Rush (La Hermandad 2) 19 Alaina #2
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19 Alaina #2

Vuelvo a la retransmisión en directo y la observo un par de minutos más, intentando ignorar la forma en que sus dedos se arrastran por mi piel. Mi atención se desplaza hacia él y, como el hombre intuitivo que he llegado a descubrir que es, lo nota.

Así que deja de tocarme porque, como también he llegado a darme cuenta, puede ser un cabrón muy cabezota.

—Las pantallas, pajarita. Dime qué ves.

Suspiro, soltando frustración y deseo a partes iguales, y vuelvo a fijarme en la retransmisión del patio trasero.

—Vale. Ahí —señalo la pantalla—, esas hojas no se mueven en un patrón en bucle.

—¿Y qué significa eso? —Desliza los labios por mi cuello, deteniéndose en la curva del hombro.

El aire se me traba en los pulmones.

—Eh, significa que no nos han comprometido.

—Eso es.

Bajo la mirada y veo sus manos tatuadas extendidas sobre la parte superior de mis muslos. Una pizca de lujuria empieza a arremolinarse lentamente en la parte baja de mi vientre.

Rush desliza esos dedos cálidos y tatuados arriba y abajo por la parte superior de mis muslos, subiendo mi falda rosa fosforito un poco más con cada pasada. Sus movimientos son ligeros, lentos, deliberados.

—Ahora haz lo mismo con las otras.

Le echo la culpa a las hormonas que se me salen por los poros por la imagen sucia que me estalla en el cerebro: yo follándome a Wolf. Y a Sully. Y a Rush.

Antes de dejarme arrastrar demasiado y, con un esfuerzo hercúleo, vuelvo a centrarme en el resto de las cámaras de seguridad. No hay cámaras en los dormitorios propiamente dichos, pero cubren prácticamente todo lo demás.

—Wolf está en el salón jugando a videojuegos.

Se pone tan expresivo cuando juega que, por cómo está levantando los brazos y gesticulando como un loco, diría que va perdiendo al juego que tenga entre manos.

Ese pensamiento hace que se me levante una comisura de la boca. Le viene bien que lo bajen de la nube de vez en cuando. Un intento de mantenerlo humilde, por lo menos.

Rush juguetea con el dobladillo de mi falda; sus dedos se deslizan por mi piel de la forma más deliciosa y mis músculos se tensan en anticipación.

Esta es rosa fosforito, corta y con vuelo. La encontré ayer en mi cajonera junto con un puñado de ropa nueva. La he combinado con una camiseta blanca desgastada, caída de un hombro.

—¿Y Sully?

Arqueo la espalda al sentir la boca de Rush en mi cuello, pegando el culo a su regazo. Su gruñido en respuesta es bajo y prolongado, y me vibra contra la espalda.

Revoloteo la mirada por las pantallas hasta que encuentro a mi rey oscuro desaparecido. Tecleo los comandos para agrandar una pantalla y luego se me para la respiración mientras el corazón me late al doble de velocidad.

—¿Sabías que estas cámaras tienen sonido?

Niego con la cabeza, hipnotizada por la imagen de mi exnovio convertido en algo en el gimnasio.

Rush quita las manos de mis muslos para teclear algo en el teclado. Estoy segura de que debería estar prestando atención, pero no consigo apartar la vista de Sully.

Solo lleva un pantalón corto de deporte, sentado en la máquina de press de banca. Devoro con la mirada toda esa piel tatuada al descubierto, y todos esos malditos músculos. No sé si llegaré a acostumbrarme alguna vez a poder mirar y tocar libremente a cualquiera de estos hombres.

Mi mirada recorre su cuerpo, incapaz de centrarse en nada concreto. Hasta que entra el sonido, y entonces ya no puedo apartar los ojos de una parte muy específica de su cuerpo.

Un gemido grave llega a través de los altavoces mientras Sully desliza la mano por su estómago y se la mete dentro del pantalón corto.

Me había olvidado de Rush detrás de mí, tan absorta en el espectáculo que Sully está dando sin darse cuenta, que doy un respingo cuando vuelve a posar las palmas sobre mis muslos.

El aire me sale en un bufido cuando arrastra las manos por la parte interior de mis muslos.

—¿Deberíamos… eh… deberíamos estar mirándolo así?

Sus dedos siguen el borde de mi tanga, jugueteando con la piel sensible de allí.

—Hace esto todos los días después de tus sesiones de entrenamiento con él.

Se castiga de más de una manera. Pero sabe que estás aquí dentro.

—Desliza los dedos sobre el triángulo de tela que separa nuestra piel—.

Conmigo. —Aprieta mi clítoris—. Trabajando hoy en seguridad.

—Empieza a dibujar círculos lentos y tortuosos sobre mi clítoris, y maldigo el algodón que hay entre nosotros.

Estoy desesperada por sentir su piel. Me humedezco los labios y echo la cabeza hacia atrás, sin perder a Sully de mi campo de visión.

—Entonces, ¿sabía que íbamos a estar mirándole?

—Sí, lo sabía. —Rush aparta mi tanga a un lado y dibuja suaves espirales con el dedo sobre mi clítoris. Un gemido se me escapa de los labios antes siquiera de que me dé cuenta.

La cabeza de Sully se gira bruscamente hacia la cámara, y me quedo helada, sobresaltada porque nos esté mirando directamente.

—¿No te había comentado que este sistema puede conectarse a los altavoces de varias habitaciones? —murmura Rush contra mi piel, sin despegar los labios de mi cuello.

—No —resoplo—. No, no lo habías hecho.

El deseo se me dispara con la idea de que Sully me escuche correrse por culpa de los dedos de Rush mientras lo ve.

El brazo de Sully se flexiona con cada embestida, y mi mirada se queda pegada a la verga que tiene en la mano. No la veo con el nivel de detalle que me gustaría, pero tiro de imaginación para rellenar lo que no alcanzo a ver.

Rush me separa más las piernas, empujando mi culo contra su polla. Mi tanga se estira para dejar sitio a su mano, pero, por lo visto, no es suficiente, porque lo siguiente que oigo es el desgarro de la tela. Y luego el aire frío acaricia mi coño al descubierto.

—¿Has oído eso, Sully? Acabo de arrancarle el tanga del cuerpo —se burla Rush. Pasa un dedo alrededor de mi clítoris antes de hundirlo en mi interior y luego vuelve a subirlo para torturarme. Una y otra y otra vez.

—Hijo de puta —escupe Sully, pero no suena precisamente destrozado. De hecho, diría que suena excitado sabiendo que Rush y yo estamos aquí haciendo cosas que él solo puede oír.

Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en los hombros de Rush, sin apartar nunca la vista de la pantalla en la que Sully se pajea con movimientos rápidos y furiosos.

Rush mete un dedo, luego dos en mi coño, sincronizando el ritmo con las embestidas de Sully.

Y yo estoy jadeando como una perra.

La otra mano de Rush sube para rodearme la garganta, suave pero firme.

Arranco la mirada de Sully para mirar nuestro reflejo en la pantalla negra y apagada que tenemos delante.

La imagen de los dedos tatuados de Rush rodeando mi cuello, la cabeza echada hacia atrás de puro placer, basta para lanzarme en picado hacia un orgasmo.

—Rush, yo… —Gimo, cortándome cuando el placer se dispara.

—Eso es, cariño. Dámelo. —Me inclina la cabeza hacia atrás con su agarre en mi cuello, y miro por encima de la nariz a Sully, que trabaja su polla cada vez más rápido, gruñendo y gimiendo de placer.

Rush mantiene dos dedos dentro de mi coño y presiona la palma de la mano contra mi clítoris, y veo estrellas.

Todo se contrae, y lucho por mantener los ojos abiertos, desesperada por ver a Sully cuando se corra, pero Rush es implacable en su búsqueda de mi orgasmo.

Me rindo a las exigencias de mi cuerpo y cierro los ojos, dejando escapar un gemido lo bastante alto como para oírse en todas las habitaciones de la casa.

Al cabo de unos momentos, abro los ojos a tiempo de ver a Sully acariciarse la polla con pereza, los ojos clavados en mí y una sonrisilla en su jodidamente guapo rostro.

—¿Estás bien, pajarita?

Asiento, demasiado agotada como para usar palabras.

Rush se inclina hacia delante, coge una servilleta del escritorio y dice—: Nos vemos en la cena, tío. —Apaga la cámara de seguridad y se recuesta en la silla—. Vale, cariño, deslízate un poco hacia delante. Tengo que hacer algo de limpieza.

Tengo los músculos como si fueran gelatina, pero hago lo que me pide y me levanto de su regazo, dándome la vuelta para apoyar el culo en el escritorio y poder mirarlo de frente. ¿Limpieza?

—Ajá. No me había pasado nunca, pero has conseguido que me corra en los pantalones como un chaval que ve su primer par de tetas. —Me guiña un ojo—. Será nuestro pequeño secreto, ¿eh?

Algo cálido se despliega en mi interior, y no me refiero a otro orgasmo, aunque eso también estaría bien.

—Me gusta darte una primera vez, Dec. —Me inclino hacia delante y susurro las palabras contra su boca antes de posar un beso suave en sus labios.

Sus ojos brillan cuando me mira—. Te lo daré todo, pajarita. Todo.