Rush (La Hermandad 2) 4 Alaina
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CUATRO

ALAINA

Lo primero que noto es el ruido. O más bien, la ausencia de ruido. Me he acostumbrado tanto a los sonidos de la ciudad que de verdad nunca duerme que la falta de gritos, claxones y música a todo volumen me resulta chocante para los oídos.

Me cuesta horrores abrir los párpados; pesan como si fueran de plomo.

Un gemido escapa de mis labios cuando abro los ojos e instantáneamente me arrepiento.

La habitación da vueltas y tengo la lucidez justa para inclinarme antes de que el contenido de mi estómago salga disparado y salpique el suelo sucio.

—Efecto secundario del sedante.

Me sobresalto al oír esa voz desconocida y recorro con la mirada la habitación en penumbra hasta que lo veo, parcialmente oculto por las sombras, en la esquina junto al umbral de la puerta.

Toso un par de veces y escupo intentando limpiarme la boca, y cuando estoy segura de que no voy a volver a vomitar, me ayudo de la mano para incorporarme.

Estoy sentada en un sofá con un gastado estampado floral azul y blanco, en una habitación con las paredes paneladas de madera del suelo al techo.

Hay dos ventanas en la pared a mi izquierda con las cortinas, del mismo estampado que el sofá, echadas.

No veo entrar ni un rayo de sol, así que solo puedo suponer que es plena noche.

El pavor se me instala en el vientre mientras miro al hombre en las sombras e intento poner en orden mis pensamientos a pesar del martilleo en mi cabeza.

Me aclaro la garganta un par de veces y hago una mueca por el escozor. — ¿Dónde estoy?

Da dos pasos hacia mí, saliendo de las sombras, pero no se acerca más.

Lleva unos vaqueros oscuros y una camiseta negra; su ropa no revela nada.

No tiene tatuajes visibles y lleva el pelo negro muy corto.

Me observa un momento mientras mueve un palillo en la boca antes de sacar un teléfono móvil del bolsillo.

Diviso la pistola en una funda de hombro cuando mueve el brazo para coger el teléfono, y una intensa oleada de pánico me recorre la espalda.

Lo reprimo, negándome a apagar el destello de esperanza que acabo de sentir. Desplazo discretamente mi peso de un lado a otro para notar el contorno de mi teléfono, que sé que guardé en el bolsillo cuando aún estaba en O’Malley’s.

Bingo.

Nunca he estado más agradecida por mi amor por los vestidos con bolsillos que en este momento. Estoy tan distraída por mi victoria que me pierdo el principio de la conversación.

—Sí, jefe. Está despierta. Sí, lo tengo.

Cuelga antes de que pueda obtener más pistas de esa conversación unilateral.

Si ver la tele me ha enseñado algo, es que necesito que siga hablando.

A la mayoría de los malos les gusta alardear de lo que han hecho o de lo que planean hacer, y con suerte, meterá la pata y me dará algo que pueda usar. De alguna manera.

Niego con la cabeza, intentando calmar el intenso latido para poder concentrarme. Necesito un plan sobre cómo demonios voy a salir de aquí.

Sí, eso es exactamente lo que necesito.

Planear cómo demonios se supone que voy a escapar de un lugar en el que nunca he estado, rodeada de gente que no conozco, en una ubicación que jamás he visitado.

Con cada palabra, el pánico crece hasta que se hincha tanto que sé que pronto llegará a su punto álgido y me arrastrará con él. No volveré a salir a flote. Y nunca saldré de aquí.

He visto suficientes películas de terror para saber que mi situación actual no pinta nada bien.

Lo que sí sé es que me sacaron de O’Malley’s, luego me desperté en una furgoneta, y después recuerdo vagamente haber visto destellos de una furgoneta ardiendo y que me llevaban a otro coche.

Y ahora aquí. He podido cambiar de ubicación una docena de veces en todos esos momentos de pérdida de conocimiento que no recuerdo.

Y con cada nueva ubicación, las probabilidades de rescate disminuyen.

Mucho. Ni siquiera estoy segura de si hay alguien buscándome.

Sabes que eso no es verdad, susurra una vocecita en mi mente.

Me trago el sabor ácido mientras pienso en ellos...

¿mis novios? No, eso no suena del todo bien.

Sully ya no es mi novio. Y la palabra parece demasiado pequeña para abarcar lo que son... o lo que podrían haber sido.

Lo único que sé es que son míos.

Y vendrán a por mí. Lo sé.

Pero tengo que hacer todo lo posible para ayudar. Y tengo que salir de este lugar... de esta situación. Una vez que esté a salvo, entonces me abandonaré al miedo que se cierne sobre mis hombros y podré tomarme un respiro para examinar mis sentimientos por tres hombres muy diferentes.

Con mi nueva determinación, yergo los hombros y miro al tipo que tengo delante. — ¿Quién eres? —Mi voz es clara a pesar de la visión doble.

—Vaya, vaya. Vamos, Alaina. Me dijeron que eras lista, pero no estás haciendo las preguntas adecuadas —dice mientras se golpea la sien con el dedo índice—. No, no quién soy yo... ¿quién eres tú?

Me quedo petrificada al oír mi nombre. Vale, sabe quién soy. A ver, no es una gran sorpresa teniendo en cuenta que me han secuestrado... Dios mío, ¿en qué se ha convertido mi vida?

Pero un momento. Ha dicho ¿quién soy yo? ¿No lo sabe ya?

—Mira. Creo que ha habido un malentendido, yo no soy a quien buscas. Por qué...

Me interrumpe con la mano en alto en el gesto universal de stop. —Eres exactamente a quien buscamos. —Su voz es cortante, impaciente.

Niego con la cabeza un par de veces. — ¿Qué quieres de mí?

—Ah, ahí está. Por desgracia, ya he dicho demasiado.

El resto te lo dirá el jefe. Hasta entonces, disfruta de tu estancia en la cabaña.

Es un trocito de cielo lejos de las bulliciosas multitudes de la ciudad.

Hay un lago que bordea un lado de la propiedad...

lo bastante grande como para no ver la otra orilla.

De día, claro. Está en mitad del bosque en un terreno de dos hectáreas, así que nadie te oirá si gritas.

Tenlo en cuenta mientras esperas. —Me anuncia mi destino con una sonrisa burlona pintada en la cara.

Entorno los ojos y hago lo posible por fusionar las dos imágenes que veo de él en una mientras intento encontrar algo para grabarlo en mi memoria. Sé que Wolf querrá todos los detalles en cuanto llegue.

El desconocido da media vuelta y sale de la habitación.

Oigo el clic de la cerradura y, aunque sé que es inútil, me levanto y cruzo la habitación para probar el pomo. No cede, y no hay pestillo en el pomo de este lado.

¿Qué clase de puerta se cierra así desde fuera? Me estremezco al pensar para qué usaría alguien una habitación casi vacía como esta.

Apoyo la frente en la puerta. —Piensa, Lainey, piensa —susurro.

Ladeo la cabeza y me doy la vuelta para comprobar los lugares obvios donde habría una cámara de seguridad —las esquinas y encima del riel de la cortina— y no encuentro nada.

Bien, esto es bueno.

Si no hay cámaras, puede que tenga una oportunidad de escabullirme.

Cruzo la habitación y abro con tiento la otra puerta. El alivio se instala momentáneamente en mis pulmones al ver un pequeño cuarto de baño. Apenas es lo bastante grande para darse la vuelta, pero tiene un retrete y un lavabo, y ahora mismo, con eso me basta.

Acciono el interruptor al entrar. La impresión me corta la respiración cuando me encuentro cara a cara con mi reflejo.

—Madre mía —susurro.

Mi pelo, antes suave y ondulado, parece la melena de un león, llena de tierra y suciedad.

Una mancha negra me cruza la mejilla y los moratones florecen en mi pómulo y bajo el ojo.

El verde esmeralda vibrante de mi vestido de cumpleaños se mofa de mí con desgarros y enganchones por todo el corpiño.

El dobladillo está roto sobre un muslo y la tira de tela de un hombro pende de un hilo.

Sangre seca y encostrada bordea mi fosa nasal, pero eso no es lo que capta mi atención.

Me quedo mirando, hipnotizada por la visión de la sangre seca en la coronilla.

Aparte de un esguince de tobillo hace unos años, nunca me habían herido así. Nunca había sangrado de esta manera.

Me llevo lentamente la mano a la cabeza y palpo los bordes del corte. Un dolor agudo y punzante me recorre al explorarlo y hago una mueca.

—Muy bien, Lainey. Tú puedes —susurro mientras sostengo mi propia mirada en el espejo.

Asiento un par de veces y me fortalezco mentalmente. No sé qué está pasando ni dónde estoy, pero soy lista y tengo recursos y... y sé que Wolf me estará buscando. Solo tengo que aguantar.

Abro el grifo y sale un chorrito de agua marrón antes de quedarse seco.

Vale.

No pasa nada.

No necesito limpiar estos cortes.

Está bien. Estoy bien.

Miro el retrete y sopeso la conveniencia de usarlo cuando recuerdo el motivo por el que he entrado aquí en primer lugar: ¡mi teléfono!

Me maldigo por olvidar algo tan importante y perder el tiempo mientras lo saco de mi bolsillo delantero oculto.

—Mierda.

La pantalla está llena de grietas como una telaraña, pero puede que aún funcione. Deslizo el dedo para desbloquearlo y me siento tan aliviada de que funcione que casi me echo a llorar. Busco el contacto de Wolf, pulso el botón de llamada y me pego el teléfono a la oreja.

—Vamos, vamos, vamos —suplico con el corazón latiendo al mismo ritmo.

Al no oír señal, lo retiro para mirar la pantalla y se me cae el alma a los pies. Sin cobertura.

—Vale. No pasa nada. Buscaré cobertura —me susurro el plan a mí misma.

Extiendo el brazo en el aire, sosteniendo el teléfono en diferentes esquinas del pequeño aseo con los ojos clavados en las barras de cobertura de la esquina superior.

Mis costillas protestan por el movimiento, enviando una punzada de dolor a mi costado que me quita el aliento.

Pero no tengo ni idea de cuánto tiempo estaré sola, así que me trago el gemido y sigo moviéndome.

Vuelvo a la habitación y me dirijo de inmediato a la ventana. Si no tengo cobertura, saltaré por la ventana y correré hasta que la encuentre. La comodidad familiar de mis Vans blancas me calma los nervios mientras muevo los dedos de los pies.

Nunca en mi vida he estado más agradecida por mi amor por las zapatillas. De hecho, a partir de ahora puede que hasta duerma con ellas.

Me detengo junto a la ventana y escucho si hay movimiento en la casa. Al no oír nada, vuelvo a mirar el teléfono —sigue sin cobertura— y descorro las cortinas de flores.

Parpadeando rápidamente, no alcanzo a comprender lo que veo. Una docena de clavos mantienen la ventana fijada de forma semipermanente al marco y me resulta casi imposible abrirla.

Vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo y lo intento de todos modos.

Tras sesenta segundos y sin lograr ni un milímetro de diferencia, me rindo y recorro el perímetro de la habitación con el teléfono en alto.

Mis pasos son un poco más pesados mientras regreso al sofá. Me siento en el otro lado, guardo el teléfono y me aseguro de que el contorno no sea visible a través del vestido.

Una vez satisfecha con su ocultación, dejo caer las manos sobre el cojín e intento pensar en mis próximos pasos. Pero es difícil. Cada vez que intento pensar con intensidad, la cabeza me duele como si alguien me hubiera dado un martillazo.

Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y paso las manos por la tela áspera. Reprimo una mueca cuando mis dedos pasan por unas manchas endurecidas en el sofá.

Algo me pincha el dedo índice e inclino el cuerpo para ver un lápiz afilado encajado entre el cojín y el reposabrazos.

Vale, puedo usar esto.

Saco el lápiz y paso suavemente los dedos por los bordes del cojín, con la esperanza de encontrar algo más que pueda servirme. Un lápiz podría darme una pequeña ventaja, pero necesito algo más... algo más contundente.

Sin nada más en las manos, me escurro del sofá y me arrodillo en el suelo. Lo único que hay debajo del sofá son pelusas y un trozo de madera roto. Cuelga de un hilo hacia la parte trasera del sofá, y tardo un momento en darme cuenta de que es parte del armazón.

Camino de rodillas hacia un lado y me asomo debajo para ver mejor. Me pego al suelo, estiro el brazo bajo el sofá y agarro con los dedos el trozo de madera astillado. Me cuesta unos cuantos tirones, pero finalmente consigo arrancarlo y sacarlo, llevándome varias astillas de recuerdo en el proceso.

Es más o menos del tamaño de mi antebrazo, lo bastante grueso como para no poder rodearlo por completo con la mano, y tiene un borde dentado. Es mejor arma que un lápiz, aunque no por mucho. Me recuerda un poco a una versión tosca de una estaca.

Gracias, Crónicas Vampíricas, por esa imagen mental.

Ni siquiera estoy muy segura de qué demonios pienso hacer con ninguna de las dos cosas, pero me siento un poco mejor sabiendo que tengo algo para defenderme.

Me acomodo de nuevo en el sofá y meto el trozo de madera entre el cojín y el reposabrazos para ocultarlo lo más posible.

Luego, espero.