CAPÍTULO XIII VEINTE DÍAS MÁS TARDE. LA ENIGMÁTICA ESTRATEGIA SUBE A LA SUPERFICIE #2
Matías sigue con sus pipadas y continúa manteniendo que la izquierda, la derecha y el separatismo agradecen que solo haya sido un ciberataque.
Por el bien de todos es mejor que el Rey y la Princesa no abdiquen.
Ya llegará su tiempo deben pensar los republicanos, pero de momento quietos.
Todos quietos. Una quietud opuesta al «Quieto todo el mundo» del ex teniente coronel Tejero ya fallecido.
Concha le dice que ponga los cubiertos en la mesa. La cena está lista. Sentados ante el televisor, Concha suelta el segundo fuego de artificio de la noche.
—Oye, Matías. ¿Cómo acabó aquella promesa que nos dijiste que habías hecho a los que te dieron alcance la noche de la verbena de la Paloma?
—Bien. Un policía joven recién incorporado a Asuntos Internos encontró por casualidad el expediente de la Paula Andrea.
—¡También es casualidad!
—Al parecer, el muchacho quería hacer méritos y buscando en los ficheros de la Dirección General de la Policía encontró que se habían olvidado de cancelar mis antecedentes policiales.
Dio parte a sus superiores, que eran los mismos que me arreglaron el incidente y aquella noche se limitaron a decirme que si me llamaban de la Dirección General, que no me preocupara.
El expediente ya lo habían enviado al otro mundo, pero si algún jefazo me preguntaba por la tal Paula Andrea, que me montara una historia lacrimógena.
Una de esas que a ti tanto te gustan. « No nos dio ninguna oportunidad ni al agente Méndez ni a mí » .
Y mira Concha las veces que le dije que tirara el arma al suelo.
— ¿Muchas? —le pregunta Concha.
— ¡Coño! ¡ Si me oyeron desde Portugal! En fin, caso cerrado.
— ¿ Crees que la noche será larga, Matías?
—Si solo ha sido un ciberataque tal y como han dicho, durará lo que quiera el Rey.
Es más, si yo fuera él, no desmentiría su discurso, me limitaría a guardar silencio.
Como Rey constitucional lo dejaría todo en manos del Gobierno, del jefe de la oposición y de los informativos de las diferentes cadenas de radio y televisión.
Espero que esta noche los políticos, ya sea en su cama o en un bar de copas, comenten lo que ha sucedido y que reflexionen sobre la suerte que hubieran podido correr de haber sido cierto.
—Quizá dejarían de tirarse los trastos a la cabeza y se dedicarían a hacer prosperar a España —responde Concha dando la razón a su marido. Una de las pocas veces que se la ha dado, pues, por norma general y como ya sabemos, lo hace callar.
Concha, siguiendo su inveterada costumbre de lavar los platos a mano pese a tener lavavajillas, se dirige a la cocina y Matías mira una y otra vez el móvil o si suena el timbre de la puerta de la calle.
Bueno, ¡ qué se le va a hacer! Tanto el uno como el otro se resisten a sonar.
Dandi se le acerca, le pone la pata sobre la rodilla y le recuerda que ha de hacer sus necesidades.
Se dirigen hacia el Manzanares. En la calle, pese a que la noche invita a pasear, no se ve un alma.
Matías, como el resto de los madrileños, todavía camina confuso por lo que ha ocurrido esta tarde.
Dandi, unos pasos por delante, olisquea todo lo que encuentra en la acera.
Como buen animal de costumbres fijas, al alcanzar el primer árbol, lo huele a conciencia, levanta la pata y orina.
Matías lo observa sin moverse. Dandi le devuelve la mirada.
Matías se encoge de hombros. Dandi entiende y culmina el cruce de sus respectivas miradas con sus necesidades mayores.
Matías, bolsa en mano, recoge la defecación y la descarga en la papelera situada a unos pocos metros.
—Mira que llegas a olisquear Dandi, pero no te enteras de nada.
— ¿ De qué me he de enterar? ¿Acaso has olido a salchichas y yo no?
—Mal iríamos si no las olieras. Por cierto, nunca he sabido los años que tienes. En cierta ocasión se lo pregunté al veterinario. Tampoco lo sabía, pero no se olvidó de pasarme la factura. ¡Y menuda factura! Pues no me sales caro que digamos.
Siguen con el paseo y Matías le pregunta qué le ha parecido el discurso del Rey.
Dandi ni le mira. Un pipí aquí, otro allí.
Siempre marcando territorio. Matías se detiene y mira con descaro hacia atrás.
¿Por qué? Porque sabe que alguien le sigue.
Alguien que conduce un coche desde que han aban donado la portería de su domicilio.
No se ha equivocado. El Toyota camuflado de taxi madrileño que conducía Jaime les da alcance.
Esta vez no es Jaime quien lo conduce, lo conduce Alfredo con la lucecita verde apagada.
Les invita a subir. En el asiento de atrás se coloca Dandi no sin antes ofrecer una cierta resistencia.
Unos cuantos chuches lanzados por Matías en forma de ráfagas lo despistan, cae en la trampa y puerta cerrada.
Matías se sitúa en el asiento del copiloto, mira a Alfredo mientras este dirige su mirada al retrovisor exterior para iniciar la carrera.
— ¿¡Qué diablos ha ocurrido, Alfredo!? —pregunta mirando ahora al frente.
—Eso es lo que nosotros también querríamos saber. Desde el día que Jaime y yo te acompañamos al Café Varela no hemos sabido nada más de ti. ¿Qué tal te fue con Paco Bauza?
—Muy bien. ¿No os ha dicho nada? ¿No ha establecido contacto con vosotros desde entonces?
—Ha establecido los contactos reglamentarios, pero ¿qué nos tenía que decir?
—Me encargó que escribiera un discurso de despedida del Rey. Solo un ensayo… Ya sabes…
— ¿ Y?
—Que el discurso que esta tarde el Rey ha leído en televisión por obra y gracia de la inteligencia artificial según han dicho era el mío. Enterito tal y como se lo pasé escrito a Paco Bauza.
— ¿ No se te dijo que no debías dejar rastro alguno?
—Me lo dijiste, pero ¿cómo no iba a dejárselo leer a Paco Bouza? Cuando salimos del Café Comercial lo destruimos en mil trozos y lo repartimos entre una papelera y un contenedor situados en la Glorieta de Bilbao y la calle de Sagasta, respectivamente.
Entonces, Matías, ¿cómo te explicas que quienes han manipulado con la ayuda de la inteligencia artificial la figura del Rey también hayan utilizado tu discurso?
—Cometí un error.
— ¿ Cuál?
—Bauza debió fotografiarlo con su móvil mientras fui al servicio. Entre mi lentitud prostática y el lavado de manos le di suficiente tiempo para que llevara a cabo el proceso fotográfico. Al fin y al cabo, solo eran dos folios y por una sola cara. Ni siquiera eso. Un folio y medio.
—Más que probable.
—Y lo dices tan tranquilo. ¿Puedo saber dónde está ahora Paco Bauza?
—Disfrutando de esta noche madrileña. Ya le hemos encargado un nuevo servicio. Mañana acudirá al Centro.
— ¿¡Cómo que le habéis encargado otro servicio !? Me acabas de decir que no os advirtió de la existencia de mi discurso.
—¿Eso he dicho? ¿Y adónde nos lleva eso?
— ¡ Hay que ver de qu é pasta estáis hechos en el CNI! O sea, que al final de la película y como sospechaba voy a ser yo el malo y me van a caer a mí las correspondientes sanciones. ¿No es por ahí donde van los tiros, Alfredo?
—En absoluto. Si he venido a buscarte esta noche ha sido para tranquilizarte y felicitarte. Lo que ha ocurrido esta tarde era lo que queríamos que ocurriera. Ni más ni menos. No te podemos dar ninguna medalla ni ninguna compensación económica, pero intuíamos lo que escribirías y no nos equivocamos.
—Entonces, ¿ha sido el propio CNI quien ha montado el reality show de esta tarde y que ha aterrorizado a toda España?
—No seas exagerado. En alguna que otra ocasión ejercemos de agentes dobles de nosotros mismos. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No soy tan cortito. ¿ Se os resistía el Rey?