Rumbo al Palacio de la Zarzuela
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CAPÍTULO I NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO
CAPÍTULO I
NUESTRO PROTAGONISTA. EL COMISARIO JUBILADO MATÍAS RUBIO
Antes de iniciar la travesía he creído conveniente dar a conocer al lector quién es y cómo piensa Matías Rubio, el inefable protagonista de esta novela. El CNI no me ha puesto pega alguna. Se ha limitado a encogerse de hombros al tiempo que me ha transmitido:
—Si este es tu deseo y dado que en la primera parte de tu novela aún no lo habremos movilizado, puedes describirlo a tu gusto.
Tu descripción y la nuestra no se diferenciarán demasiado.
Tenlo por seguro. Sabemos igual que lo sabes tú cómo ha transcurrido su vida en el Cuerpo Nacional de Policía y también sabemos cómo piensa, cómo siente y cómo actúa.
En definitiva, no vemos riesgo alguno a que te explayes tanto como quieras antes de que lo hagamos entrar en acción.
Después, ya nos pertenecerá en exclusiva, aunque es posible que aún te permitamos aportar algún que otro pequeño detalle siempre y cuando no perturbe su misión. Es decir, la nuestra.
—Entonces, ¿ luz verde? —he preguntado para asegurarme.
—Luz verde hasta que se te ordene lo contrario —ha sido la respuesta.
—De acuerdo. Inicio la maniobra de aproximación.
—Maniobra de aproximación autorizada y confirmada.
¡Allá voy! El comisario Matías Rubio nunca ha necesitado muletas políticas, ideológicas o religiosas para ascender a lo largo de su dilatada trayectoria profesional.
Una trayectoria orgullosamente ganada a pulso.
Y de muletas económicas, solo las derivadas de su nómina conseguida por concurso-oposición y méritos propios .
Y si como comisario en activo nunca le ha importado correr riesgos y opinar con absoluta libertad sobre cualquier materia, ahora y a las puertas de su jubilación mantendrá su posición.
No lo duden. Seguirá estando solo ante el peligro si es que el peligro sale a su encuentro.
Sí, como Gary Cooper. ¿Lo recuerdan? Tanto si está en los cielos como en los infiernos. ¿Lo recuerdan también?
Y como lo ha hecho toda su vida dirá en voz alta lo que piensa y lo que siente.
No le importará que le caigan chuzos de punta.
Y si se preguntan el porqué, la respuesta no esconde misterio alguno.
Siempre ha estado convencido de que la ética tal y como él la entiende, algo tosca, eso sí, ha guiado su vida.
Y si alguien se la define como una muleta más , Matías Rubio le entrará al trapo.
En su opinión, la ética configura la esencia de la conducta del ser humano.
No hay una sola divinidad que supere la bondad de una persona ética, en otras palabras, humana, profundamente humana.
Intuyen lo que quiero decir, ¿ verdad? Matías Rubio no diviniza nada ni a nadie.
Solo humaniza en el mejor sentido de la palabra.
Cuando llegue al final de su vida sabrá si morirá en paz o con remordimientos.
En cualquier caso, no necesitará de un confesor.
Asumirá su responsabilidad ante quien sea si es que ese «ante sea » existe.
De todas formas y como todo hijo de buen vecino, también genera algún que otro exaltado enfado con o sin razón.
De no tenerlos, su ética humana y su deontología profesional valdrían muy poco.
Más bien serían las de un insulso autómata.
Una baratija de medio pelo que diría él.
En su opinión, el comportamiento ético requiere mucha comprensión, compromiso y servicio a los demás.
Dicho de otra manera, no es tarea fácil y mucho más si se va por la vida silbando My way .
La insuperable My way de Frank Sinatra. Su canción favorita.
Claro que, debido a su profesión, ha tenido que asumir alguna que otra colisión con su conciencia. Pese a ello, sigue convencido de que siempre ha ido —y sigue yendo— por el buen camino. Son muchas las personas que a lo largo de su vida tanto privada como policial le han dicho:
— ¡Ojalá todo el mundo fuera como usted , señor Matías!
— ¡No exageren! ¡No exageren! Quien más , quien menos, todos tenemos nuestros defectos y nuestros secretillos por lo que les ruego que no hurguen demasiado en mi pasado.
Sobre todo, entre mis queridos y antiguos delincuentes.
Claro que… ¡ había cada uno! Si yo les contara…
se harían cruces de lo que hacían, de lo que ya habían hecho, o de lo que se disponían a hacer si no les hubiera echado el guante a tiempo.
A Matías Rubio que, por su condición de madrileño sueña con un Madrid libre y moderado a la vez, no le importa votar a Isabel Díaz Ayuso.
¿Sorprendidos? ¿Decepcionados? ¿Indignados?
Los lectores que voten a los partidos de izquierda o a los partidos separatistas no se lo deben tomar a mal.
Si le cae bien la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid es debido a que su estilo desenfadado de hablar y actuar se parece mucho al suyo sintetizado en su lema: « Vivir y dejar vivir a todo el mundo » .
Un lema entre vivaracho y desenvuelto que le ha acompañado toda su vida.
Claro que como madrileño que es, siempre ha sido un acérrimo defensor de la unidad de España y de la lengua española sin hacerle ascos al madrileño castizo.
En cuanto a las lenguas catalana, vasca y gallega, las respeta como tales lenguas, pero las teme.
¿Por qué? Porque sabe que son el alma y el instrumento imprescindibles para conseguir la desintegración de España desde sus respectivos patrimonios histórico culturales.
Y tampoco le gustan los partidos radicales de izquierda que, en nombre de una hipotética justicia social, son capaces de destruir la libertad individual sin que ellos mermen la suya o salgan empobrecidos de la política.
Los conoce muy bien. En cierta ocasi ón unos cuantos de sus ufanos activistas tal y como ellos mismos se denominan, le prepararon una emboscada cuyo objetivo no era otro que ponerle en un aprieto de naturaleza profesional.
No lo consiguieron, pero desde entonces ya no se ha fiado nunca más de ellos, al menos de los más extremistas.
En cuanto puede no le importa lanzarles algún reproche subido de tono.
«¡Ignorantones, más que ignorantones! No sabéis hacer ni siquiera una o con un canuto ».
Y según cómo le coja, no se detiene por más críticas que reciba de su familia.
— ¡Hay qu e ver cómo se sitúan en la función pública escarneciendo a sus competidores!
¡Cómo acaparan todos los trabajos posibles!
y ¡ C ómo engordan sus cuentas corrientes!
—sigue sosteniendo Matías en voz alta. Y claro, sus rotundas diatribas acaban por alcanzar a toda la clase política española sin distinciones. Y no se detiene. ¡No!
— ¡ Cielo santo! ¡C ómo les gusta el poder!
¡Qué jugarretas se hacen entre ellos! ¡ Y qu é satisfacción muestran cuando, desde la tribuna de oradores, se escuchan a sí mismos!
Sobre todo, los menos capacitados intelectual y culturalmente hablando.
Esos que acostumbran a situarse a medio camino entre la política y el paro.
Y, por esta doble razón y haciéndose los interesantes, son los que en los hemiciclos o ante la prensa han de soltar las más insolentes y ofensivas invectivas.
De no hacerlo, pasarían desapercibidos y eso, más que su muerte política, sería su liquidación económica.
¡Adiós vestidos a medida y peluquer í as pijas!
¡Qué triste sería para muchos de ellos volver al barrio que los vio nacer!
Barrios más bien pobres o… ricos, pues de todo hay en la viña de la clase política española.
¡Y cuidado! Con ello no quiero decir que entre nuestra clase política no haya gente preparada.
¡ Qu é conste! —añade Matías a modo de colofón final, pero sin abandonar ni una sola de sus permanentes sospechas—.
Ningún político,—insiste de nuevo—, se olvida de priorizar su enriquecimiento personal, de eternizarse en su escaño o cambiar de camisa si la situación lo requiere.
Está convencido de que Adolfo Suárez se equivoc ó al no limi tar a dos mandatos la reelección de los presidentes del Gobierno y de los políticos en general.
¿Tiene razón? Que cada cual opine lo que quiera, pero a él nadie le hará cambiar de parecer.
Ténga nlo por seguro. Como más tiempo en el poder, más mangoneo y enviciamiento.
Y recuperando a Isabel Díaz Ayuso, para Matías Rubio es una madrileña como él pese a que sus orígenes hayan sido muy distintos.
No es lo mismo haber nacido en Usera que en Chamber í .
La ve como una mujer libre y espontánea que también dice lo que siente y piensa.
Sin hipocresías ni silencios. Muy castiza ella y temerosa también de que se rompa España.
Si dice que no quiere elevar los impuestos, no los eleva; le encanta, según tiene entendido, pasear a su perrito o perrita, no está seguro de su sexo; y no le importa homenajear al mundo del toreo caiga quien caiga tal y como no hace mucho tiempo lo hizo en Sevilla el todavía exiliado Juan Carlos I.
Tres componentes que coinciden con sus deseos y sensibilidades.