Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

Meadow

Reuben y yo nos hemos conocido hoy mismo, pero siento, en lo más profundo de mi alma, que lo conozco de toda la vida.

Cuando me mira a los ojos, cuando sus labios se presionan contra los míos, siento un anhelo que nadie podrá satisfacer excepto él.

Me aparto del beso, con el corazón acelerado, con todo el cuerpo ardiendo, caliente, deseándolo. —¿Estás bien? —pregunta.

—Nunca me he sentido tan bien en mi vida.

—Maldita sea —dice—. Eres increíble, Meadow.

Sonrío. —Tú también eres muy especial, Reuben. —Entrelaza sus dedos con los míos, y entonces confieso—: Tengo que contarte algo. Sé que tienes experiencia. En muchas cosas en las que yo no. Has estado casado. Tienes una hija, pero yo nunca he... —Trago saliva—. El caso es que soy virgen, Reuben.

Sus ojos se encuentran con los míos. Asiente con la cabeza. —Me lo imaginaba —dice—. Por lo que mencionaste de que no habías salido de casa ni habías desplegado tus alas todavía.

—¿Eso te hace...?

—¿Qué? —pregunta.

—¿Hace que no quieras tener intimidad conmigo?

Me dedica una suave sonrisa. —Eso es lo último que se me pasa por la cabeza.

—¿De verdad? No sabía si te echaría para atrás. Si te haría pensar, no sé, que era demasiado valiosa.

—Eres valiosa, Meadow. Pero cuando oigo que eres virgen, que ningún hombre ha estado contigo, joder... me hace sentir como un puñetero hombre de las cavernas.

Me río suavemente. —¿Ah, sí?

—Sí —dice—. Me hace sentir como si pudiera ser tu protector. Como si pudiera ser quien se asegurara de que estés bien.

—¿Sientes todas esas cosas a pesar de que acabas de conocerme?

—No lo parece, ¿verdad?

Niego con la cabeza. —No —digo—. No lo parece. Quiero que mi primera vez sea contigo.

Un gruñido bajo brota de su pecho. Reuben podrá ser tierno como un cordero, pero bajo ese corazón suyo, es tan fiero como un oso; puedo sentirlo. Protector, todo un alfa y mirándome con un deseo, un hambre a la que mi cuerpo corresponde.

—Quiero tener sexo contigo —le digo claramente—. No lo digo por ser ordinaria o por ser...

Presiona un dedo contra mis labios. —No tienes que explicarte, Meadow. Yo también quiero eso. Quiero desnudarte despacio. Quiero absorberte. Quiero hacerte mía.

Trago saliva. —¿Lo dices en serio?

—Con todo mi corazón —dice.

Toma mi mano y presiona mi palma contra su pecho. —¿Sientes eso? ¿Ese pum, pum, pum? Me late a mil por hora, joder. En tu presencia, estoy vivo de una forma en la que no lo he estado en años. Maldita sea. Me hace sentir que podría ser un hombre mejor de lo que ya soy. Como si pudiera ser tu hombre.

—Reuben —digo—. Son muchas palabras para alguien a quien no conoces de nada.

—¿Acaso importa? —pregunta—. Ya sea que conozcas a otra persona de toda la vida, de hace un año, un mes, o una hora, cuando sabes que algo es real y lo tienes justo delante, ¿no es eso lo único que importa?

Lo exploro, pasando mis manos por su pecho, por su cuello, acercando mi boca a la suya. —Hazme el amor entonces —digo—. Por favor.

Me coge en brazos y me lleva por el pasillo hasta su dormitorio. Hay una cama grande con una colcha cosida a mano. Hay una foto de Plum sobre su cómoda. Pero el resto de la habitación está bastante desnuda. Le falta el toque de una mujer.

—Eso te lo concedo —dice, leyéndome literalmente el pensamiento.

—¿Supongo que esta colcha te la dio tu madre?

Él asiente. —Sí. Pero no soy un niño de mamá, de verdad.

Sonrío. —Creo que no me importa si lo eres. Me gusta el hecho de que tu hija te convierta en un osito de peluche blandito.

—¿Te gusta eso? —dice.

Asiento. —Me gustas tú.

Él sonríe. —Bien, porque tengo la sensación de que en los próximos minutos nos vamos a conocer de forma jodidamente íntima.

—No me provoques —digo, agarrando su camisa y llevándolo hacia la cama. Se sienta a mi lado.

—¿Está bien tu pie?

—Me duele, pero mientras no me apoye, creo que estaré bien.

—No hace falta que estés de pie para esto. De hecho, Meadow, puedes tumbarte boca arriba y dejar que yo me ocupe de ti.

Levanto la mirada, captando su intención.

—Está bien —digo mientras vuelve a besarme profundamente.

Empiezo a desabotonar su camisa, queriendo sentir el calor de su piel, queriendo sentirlo a él.

Todo él. Su pecho es duro y esculpido como una roca, un trozo de granito, una piedra inamovible.

Y eso me pone caliente de una forma que nunca antes había sentido.

Me aparto, levantando mi vestido por encima de la cabeza. Dejo que caiga al suelo a nuestro lado.

Y entonces me quedo sentada allí, en su cama, en bragas y sujetador. Me muerdo el labio inferior.

—Joder —dice—. Estás preciosa.

Cierro los ojos, dejando que sus palabras me inunden.

Palabras que no esperaba cuando me he despertado esta mañana, pero entonces era otra persona.

Y cuando dice que era un hombre diferente a los 19 años del que es hoy, lo entiendo.

Cómo a veces la vida nos cambia más rápido de lo que estamos preparados.

Pero para esto, para este momento, estoy preparada. Mientras Reuben me tumba boca arriba, mi cabeza descansa contra las almohadas de su cama y empiezo a memorizar cada detalle. Las yemas de sus dedos acarician mi piel, desabrochando mi sujetador por el cierre central.

Exhalo mientras lo hace, dejando mis pechos al descubierto. Me los masajea suavemente, besando mis pezones. Acariciándolos como si fueran pétalos. Su lengua juguetea alrededor de la areola endurecida. Sus ojos suben para encontrarse con los míos. —Joder, eres increíble.

Sonrío, disfrutando de la calidez de la habitación.

De cómo se siente cuando sus manos tocan las mías.

Intento respirar hondo para no desmayarme de placer mientras su boca besa mi vientre, por encima del ombligo.

Sus dedos se enganchan en la cinturilla de mis bragas blancas y las quita con delicadeza más allá de mis rodillas, de mis tobillos, hasta que quedan en el suelo.

Estoy desnuda ante este hombre cuyo corazón es tan jodidamente grande, cuyos ojos me hacen derretirme, cuyo cuerpo me humedece.

Sus dedos se deslizan entre mis piernas, separando suavemente mis rodillas.

Dejo que caigan. Cuando empieza a tocarme, acariciando mi coño con tanta suavidad, la ternura me quita el aliento.

Jadeo cuando sus dedos empiezan a explorar mis pliegues, acariciándome lentamente. —Estás mojada. —Siento su aliento cálido en mi oreja. Estamos uno al lado del otro, y giro mi cuerpo hacia él en la cama. Ansiosa por que intensifique todo lo que hace.

—Quiero probarte —dice. Yo asiento con la cabeza.

—No esperes.

No lo hace. Se arrodilla ante mí en la cama, acercando mi trasero al borde, separando mis rodillas.

Su boca está en mi lugar más tierno. Me besa ahí y me lame ahí y me hace jadear.

Gimo cuando su lengua entra en mí, jugueteando alrededor de mi clítoris, enviando un fuego a través de mi núcleo, subiendo por mi columna hasta mi corazón.

Late con muchísima fuerza. —Oh, Dios. —Jadeo mientras me lleva al límite.

Un límite al que nunca antes había llegado, pero, oh Dios mío, quiero caer de pleno si eso significa que será él quien me sostenga. —Rapunzel —dice—. Eres divina.

Me río. La sonrisa en mi cara es tan jodidamente amplia mientras empieza a tocarme de nuevo con los dedos, uno hundiéndose en mi interior y luego otro, y después, oh Dios, oh Dios, mi espalda se arquea cuando un orgasmo me recorre.

Y sí, he intentado hacer esto antes, hacerme correr, pero esto, esto es otra cosa.

Algo más. Nuestro. —Oh, Dios —jadeo de placer.

Mi humedad brota de mí mientras él besa la parte interna de mi muslo.

Y estoy llorando de placer. Mis hombros tiemblan.

No sabía que fuera posible sentirse tan bien.

—Oh, Dios —vuelvo a decir mientras aterrizo.

Me tapo los ojos con las manos, negando con la cabeza.

No podía imaginar que sería así porque esta es una profundidad que no sabía que existiera.

El movimiento de sus dedos se intensifica.

—Voy a hacer que te corras otra vez —me dice.

Jadeo cuando añade un tercer dedo. Y ahora es más que un toque.

Es un ritmo constante que me hace gritar.

—Oh, Dios mío. Oh, Reuben. Oh, Reuben. Sí.

Sí. —Y él sabe que por fin me tiene donde pertenezco.

La caída libre es mucho mejor que saltar desde un acantilado.

Esto es un clavado en toda regla, y sea cual sea el agua que haya debajo de mí, sé que quiero entrar de cabeza. Reuben deja que termine.

Y entonces retira la mano, ofreciéndome sus dedos, diciéndome que los lama. Lo hago, saboreándome a mí misma. Y luego vuelve a rodear mis pechos con sus manos como si fuera algo digno de adoración. De admiración. —Lo eres todo, sencillamente.

Niega con la cabeza, mirándome como si fuera de otro mundo. Lo beso entonces, rodando sobre él, montándolo. Lo beso con tanta fuerza que a ambos se nos corta la respiración.

Y luego, mirándolo desde arriba, digo: —Quiero probarte de la misma forma que tú me has probado a mí. Te quiero todo, Reuben. No me hagas esperar. Y no me hagas pedírtelo de nuevo.

Me gruñe con deseo mientras se desabrocha el cinturón y yo le bajo los vaqueros. Y entonces me muestra su longitud, expuesta, desnuda ante mí, este portento de hombre que es más de lo que jamás imaginé. Es enorme. Pero más que eso, está vivo y grueso y listo.

Me desea como yo lo deseo a él, y un gemido escapa de mi boca una vez más.

El placer absoluto es incapaz de contenerse dentro de mi cuerpo.

Lo toco con ansia, acariciando su largo miembro, sus testículos.

Bajo la boca hacia ellos, sin haber tocado nunca antes un pene ni unos testículos, pero esto, esto… no tengo suficiente.

Lo chupo. Chupo sus testículos en mi boca, masajeándolos, respirándolo.

Es todo un hombre. Ahora mismo, es todo mío.

Gruñe de deseo, apretando mi trasero mientras me inclino, con la boca en su polla.

Lo introduzco en mi boca. Me llega hasta la garganta, pero no me importa.

Quiero más. Quiero más. Lo quiero todo. Y él me lo da.

Muevo la cabeza de arriba abajo. Todo en esto es primario e instintivo. Y sí, no tengo la menor idea de si lo estoy haciendo bien o mal. Pero se siente tan bien. Su boca, mi boca sobre él, su piel contra mi piel.

Se la chupo hasta que está palpitante, venoso y listo. Y sé, antes de que lo haga, que se va a correr dentro de mi boca y que me voy a tragar su semilla y que bajará por mi garganta y llenará mi vientre y no estaré satisfecha. Quiero más. Quiero más. Todo.

Me masajea el trasero mientras se la chupo hasta sacar la última gota, y su grito de placer resuena por la habitación, haciendo que mis párpados se cierren en un tipo de modorra que no es cansancio. En algo que solo puede describirse como satisfacción.

Me arrastro hasta él y me acuna en sus brazos y vuelve a besarme, saboreándose a sí mismo.

Y no sé si así es como se suponía que debía ir la cosa.

Nunca lo había imaginado así, esta fantasía.

Pero sea lo que sea esto, Reuben y yo en su cama, en su cabaña anidada en el bosque a solas, siento que es más que un cuento de hadas.

Más que una fantasía. Siento que esto podría ser mi vida.

Mi mañana. Siento que Reuben podría ser mi para siempre.