Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4) Capítulo 1
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Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4)

Rough – Demasiado Cerca (Regreso a la Montaña nº 4)

Por Frankie Love

© inepub.com

Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

Reuben

La mañana tuvo un comienzo complicado.

Las gallinas de Plum se escaparon del gallinero, obligándonos a correr tras ellas como locos.

Al final conseguimos que volvieran todas a su corral, pero eso hizo que saliéramos tarde en nuestro paseo en bici de los domingos por la tarde.

Estamos intentando crear tradiciones, o al menos mantener las que ya tenemos: martes de tacos, paseos en bici los domingos y noches de película los viernes, pero no es tan sencillo como parece.

Da la sensación de que uno de los dos siempre está de mal humor.

O Plum está cansada y gruñona, o lo estoy yo.

Y la mitad del tiempo me cuesta todo mi esfuerzo simplemente hacer lo que sea. Puede que suene mal. Me encanta ser el padre de mi hija de cinco años, Plum, la luz literal de mi vida, pero aun así... ser padre soltero es difícil. Por eso voy a sorprender a Plum con un helado.

Mientras terminamos la vuelta por Tender Trail, pasamos por delante de la casa de mi hermana Lemon.

Ahora vive allí con su marido, Anchor, pero me pregunto si van a construir algo más grande en las montañas.

Sería una pena que vendiera la casa de la abuela, pero quizá alguien más de la familia la compre.

Tiene que quedarse en la familia. Sin embargo, Lemon no está fuera, así que seguimos pedaleando por delante de su casa, de la clínica, y luego giramos frente a la cafetería.

—¿Qué hacemos aquí, Papi? —pregunta Plum mientras me bajo de la bicicleta y pongo la pata de cabra antes de desabrocharle el cinturón del asiento que lleva detrás de mí.

—He pensado que quizá podríamos tomar unos batidos y unas hamburguesas.

—¿De verdad? —Se le ilumina la cara. Tiene el pelo rizado y rebelde, unos ojazos marrones del color de la leche con chocolate y pecas por toda la cara. La poso en el suelo y luego la cojo de la mano.

—Sí, con todo el lío de las gallinas de esta mañana, me ha parecido que nos hemos esforzado mucho. Lo único es que no podemos comer demasiado para no perder el apetito para la cena familiar de esta noche.

Ella sonríe. —La abuela me ha dicho que va a hacer espaguetis con albóndigas.

—Qué suerte tienes —le digo—. Es tu plato favorito.

Ella sonríe mientras abro la puerta de la cafetería. Las campanas tintinean cuando entramos.

Nos llevan rápidamente a una mesa y veo caras conocidas por todas partes.

Algunos lugareños saludan a Plum con la mano y me asienten a mí.

He vivido en este lugar toda mi puñetera vida.

El hogar es realmente donde está el corazón.

Pero, para ser sincero, no estoy seguro de que esa frase sea completamente exacta.

Plum es donde está mi corazón.

Nos deslizamos en un reservado de esquina con una vista perfecta a la calle.

Afuera, en la acera de Home, hay maceteros gigantes llenos de plantas perennes.

De las farolas cuelgan cestas con flores que rebosan y hay coches aparcados a lo largo de la calle, lo que le da al pueblo un aire de ajetreo.

Supongo que todo el mundo está fuera haciendo sus recados del fin de semana o dándose un capricho con el día libre, igual que Plum y yo.

—Bueno —digo—, ¿qué vas a tomar?

Ella sonríe de oreja a oreja. —Hamburguesa con queso, patatas fritas y un batido de fresa.

Suelto una risita. —Vaya. Parece que tienes hambre.

—Se me ha abierto el apetito, Papi.

—Ya. ¡Qué esfuerzo, ir ahí sentada tan guapa en la bici!

Ella sonríe. —Pero si yo sé montar en bici —insiste.

—Oh, ya sé que sabes, pero también es bonito que podamos montar juntos de vez en cuando.

La camarera nos toma nota y, cuando llega la comida, los dos nos ponemos a comer. —Y dime, ¿tienes algún plan para la semana? —le pregunto. Intento hablarle como si fuera una persona, no una niña, aunque no estoy seguro de si eso es lo que se supone que hay que hacer.

—Tengo el cole —me dice—. Y una cita para jugar el martes, acuérdate, con Marie.

—Me acuerdo —le digo—. Y tu abuela te va a cuidar el sábado. Tu tía Fig me ha dicho que tienen un gran plan para ti.

—¿De verdad? —pregunta—. ¿Cuál es el plan?

—Supongo que tendrás que preguntárselo esta noche en la cena.

Ella me devuelve la sonrisa mientras moja una patata en kétchup. —¿Qué es eso? —pregunta, señalando por la ventana. —Eso son caravanas —le digo.

—¿Caravanas? —pregunta, confundida.

—Sí. Son vehículos recreativos. —Su cara se arruga aún más por la confusión—. La gente vive en ellos. Es como una casa con ruedas —le explico mientras dos de ellas pasan por las calles más estrechas del pueblo—. Me pregunto adónde irán —digo.

En la parte trasera de la primera hay pintado un símbolo de la paz.

En el lateral de ambas hay unas palabras pintadas: The Wild Family Band.

Las dos están completamente cubiertas de murales.

Sonrío ante los arcoíris pintados en ellas, las nubes y los pájaros.

—Son muy bonitas —dice Plum—. Quizá podríamos pintar algo así.

—¿Quieres pintar mi camioneta con arcoíris y corazones?

Ella sonríe. —A lo mejor podría usar mis tizas para la acera —dice.

Suelto una carcajada. —Creo que puedes hacer arte con tiza en la entrada de casa.

Pero entonces una mujer asoma la cabeza por la ventana de una de las caravanas; su larga melena rubia ondea al viento, su piel está bronceada por el sol y luce una amplia sonrisa.

Plum contiene el aliento. —Parece una princesa.

Terminamos de comer y volvemos a la bici.

Plum está contenta, aunque necesita una siesta antes de que vayamos a casa de mis padres para la cena.

Mientras pedaleo de vuelta a casa, no puedo dejar de pensar en esa rubia asomada a la ventana trasera de la caravana, con el pelo al viento y los ojos recorriendo el pueblo. Era preciosa.

Cuando llegamos a casa, ayudo a Plum a bajar de su asiento.

Se frota los ojos y suelta un bostezo somnoliento.

Está agotada por el paseo en bici y el almuerzo, y probablemente le esté dando el bajón de azúcar por el batido.

—¿Qué te parece si descansas un poco antes de que vayamos a casa de los abuelos esta noche? —le pregunto.

Bosteza, aceptando mi sugerencia. Cojo unos cuantos libros del estante y los llevo a su dormitorio. Allí, me siento en su cama y abro uno. —Este me gusta —dice—. Es un cuento de hadas. Trata de enamorarse de tu Príncipe Azul.

Sonrío. —Sí. ¿Te interesa eso de enamorarse?

Ella se ríe. —No lo sé. Tú no estás enamorado, Papi. ¿Necesitas una princesa?

Suelto una risita. —Claro —le digo—, no creo que a nadie le importe encontrar a una princesa. ¿A ti sí?

Ella niega con la cabeza. —No. La señora de la ventana parecía una princesa —dice—, como Rapunzel. Tenía el pelo colgando por la ventana y estaba...

La interrumpo empezando a leer por la página uno.

Cuando entramos en casa de mis padres, veo que la mayoría de mis hermanos ya están allí. La mitad de ellos están emparejados y casados, lo que, para ser sincero, es un poco impactante.

Hace un año, todos estaban solteros, y ahora Rye está casado, Bartlett está casado, Lemon está casada.

Graham es el siguiente hermano mayor y me pregunto si se enamorará pronto.

Me río para mis adentros, imaginando de qué tipo de chica se enamoraría mi hermano.

Conociendo a Mac, mi hermano menor, él será el próximo en pasar por el altar.

Siempre se le han dado bien las mujeres.

Encantador y despreocupado. La estrella del fútbol americano y jugador de béisbol en el instituto.

Sin embargo, ahora tiene veintiún años y trabaja para nuestro padre.

—Hola, Reuben —dice Lemon—, ¿cómo vas? Me ha parecido verte pasar con la bici por delante de casa hoy, pero no estaba segura ya que no te has parado a saludar. —Se pone la mano en la cadera.

Plum corre hacia ella y la rodea con los brazos por la cintura. —Hola, tía Lemon. Perdona que no paráramos; teníamos cosas que hacer, cosas importantes.

—¿Ah, sí? —dice Lemon—. ¿Qué tipo de cosas importantes?

—Teníamos que ir a por batidos. —Le sonríe a su tía y yo me río. Eso es lo que tienen los niños: siempre dicen las cosas como son.

—Hola, Anchor, ¿cómo va todo? —pregunto. El marido de Lemon sonríe y me ofrece una cerveza. —Claro —le digo.

Voy con él a la cocina y me encuentro allí a mis padres, preparando la cena. Mamá está haciendo los espaguetis con albóndigas, tal como predijo Plum, y cuando cojo un palito de pan que acaba de salir del horno, mi madre me da un cachete en la mano.

—Reuben, nada de robar comida. Ya conoces las reglas.

Me río. —Lo siento, mamá —digo, dándole otro mordisco. Cojo la IPA que Anchor me tiende y la abro. —Gracias, tío —le digo—. ¿Cómo va el trabajo últimamente?

Anchor se encoge de hombros. —Bastante bien. De hecho, he comprado un terreno en las montañas. Lemon y yo estamos pensando en construir una casa allí.

Me río. —Sabes, justo estaba pensando en eso hoy. ¿Qué vais a hacer con la casa vieja de la abuela?

Lemon se ha unido a nosotros en la cocina, junto con Rye, mi hermano mayor. A él se le abren los ojos de par en par. —No podéis vender la casa de la abuela —interviene.

Lemon nos asegura: —No voy a vender nada. No sé qué vamos a hacer con ella, pero queríamos construir una casa propia. ¿Tan mala idea es?

—Creo que es una idea estupenda —dice mamá—. Es agradable tener un sitio que sea de los dos, y la casa de la abuela es pequeña, sobre todo si empezáis a tener bebés pronto.

Lemon se sonroja. —Mamá, me casé hace apenas un mes.

—Ya lo sé —dice mamá—, pero solo tengo una nieta. Me vendrían bien más. —Me mira y sonríe, pero cambian de conversación rápidamente porque tener a Plum puede ser algo hermoso, pero el hecho de que yo no tenga a su madre es algo que les rompió el corazón a todos.

Nos sentamos a cenar y todo el mundo está de buen humor.

Fig, especialmente. Es mi hermana pequeña y se va a graduar en el instituto dentro de un mes.

Hemos pasado a discutir los planes para su fiesta de graduación.

—Estaba pensando que haremos algo a lo grande en el jardín trasero.

Una hoguera, barbacoa, de todo. Quizá podamos contratar a una banda.

Mi madre se ríe. —Fig, la gente no contrata bandas para su fiesta de graduación.

—Ya —dice Bartlett—, podríamos simplemente poner una lista de reproducción.

Fig frunce el ceño. —Todos los demás en la familia han tenido fiestas increíbles últimamente. ¿Por qué yo no puedo tener una?

Prairie, la mujer de Rye, se ríe. —Creo que tendrás una gran fiesta cuando te cases, Fig.

—Pues eso no va a pasar nunca —responde ella mientras añade una montaña de queso parmesano a su pasta.

—Yo tampoco me voy a casar —coincide Mac.

Me río ante eso. —Sí, claro. Cualquiera de estas noches vendrás a la cena familiar totalmente pillado, con el anzuelo hasta el fondo. Ya lo estoy viendo.

Mac golpea la mesa, riendo: —Mira quién fue a hablar. ¿Y tú qué?

Trago saliva, mirando a mi pequeña, preocupado.

Sin embargo, Plum sonríe radiante. —Le he dicho a Papi que debería enamorarse de una princesa y vivir feliz para siempre.

Todos en la mesa ríen entre dientes. —¿Ah, sí? ¿Y qué le ha parecido eso a tu padre? —pregunta mi hermana Lemon.

Plum dice: —Papi ha dicho que le parecía una buena idea y que probablemente todo el mundo quiera una princesa, como el tío Mac, el tío Graham y la tía Fig.

Supongo que todos podríais tener un príncipe o una princesa.

No lo sé. Lo único que pienso es que Papi también debería vivir feliz para siempre.

—Creo que tu padre vive muy feliz para siempre contigo, cielo —dice mi madre, suavizando el ambiente.

Aunque Plum se limita a encogerse de hombros, mojando su palito de pan en salsa marinara. —A lo mejor —dice—, pero es primavera. ¿No es cuando el amor está en el aire?

Mi padre se ríe. —Plum, ¿de dónde sacas esas ideas?

Ella se ríe. —No lo sé. Creo que es porque soy la única nieta —dice, mirando a sus tías y tíos. Todo el mundo en la mesa estalla en carcajadas. Y yo me pregunto cómo mi pequeña ha llegado a tener una personalidad tan arrolladora.

Más tarde, cuando todos están pasando el rato en el salón, me encuentro en la cocina con mi madre. Está poniendo el hervidor para una taza de té. —¿Quieres una? —pregunta.

Asiento. —Me apetece. —Abro la puerta de la despensa, saco un par de bolsitas de té y las meto en las tazas.

—Dime, Reuben —dice mamá—, ¿a qué venía eso que decía Plum ahí dentro? De que necesitas una princesa.

—No lo sé, mamá. Es una niña de cinco años. Su mundo entero son las películas de Disney, las princesas y los cuentos de hadas.

—¿Tú quieres eso? —pregunta mamá. Vierte el agua caliente en las tazas y me entrega una.

—Mamá, han pasado cuatro años.

—Sí, exactamente —dice mamá—, cuatro años. Es mucho tiempo, Reuben. No has tenido ni una sola cita.

—He tenido una cita —le digo, interrumpiéndola.

Mamá se ríe. —Ir a una subasta de la guardería con una vecina de la que eras amigo en la infancia no es una cita.

Me río. —Y además estaba casada. Su marido estaba de misión con el ejército.

—Exacto —dice mamá—, eso no es una cita.

—¿Necesito una cita? —pregunto—. Soy feliz con Plum. Tengo a la mejor familia del mundo.

—Lo sé —dice mamá—, pero tus hermanos mayores y tu hermana, todo el mundo se está casando. No quiero que te sientas...

—Mamá —le digo suavemente—. Me siento conforme.

Siento paz. Me siento... —La voz se me quiebra, delatando la verdad—.

No lo sé —digo—. Conozco a todo el mundo en este pueblo.

No voy a desarraigar a Plum precisamente.

Además, ¿cómo iba a conocer a alguien? Tengo veintitrés años y soy viudo. Tengo una hija; eso es mucho.

—Lo sé, cariño —dice—, pero a lo mejor la persona adecuada llega un día al pueblo en coche y te vuelve loco.

Curiosamente, mi mente se va a esa Rapunzel, con la cabeza asomada a la caravana y su pelo rubio ondeando en el aire. —A lo mejor —le digo—. Mientras tanto, ya tengo un montón de chicas estupendas conmigo: tú, Lemon, Fig, mis nuevas cuñadas y Plum.

Mamá me da una palmadita en la espalda. —Está bien. Está bien. Ya basta de charla por parte de tu madre. No intento darte un sermón.

—Lo sé —le digo—. Tu trabajo es simplemente quererme.