Roto en Texas (Gran corazón, pueblo pequeño nº 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

Jacob

Salgo de su oficina echando humo. Odio cuando Terence tiene razón o cuando cree que la tiene.

En cualquier caso, me hierve la sangre. Es tan engreído que quiero partirle la cara.

Casi me devuelve a cuando nuestro padre estaba vivo y nos odiábamos, pero no voy a ir por ahí.

Eso quedó muy atrás, y tengo esa sensación en la boca del estómago, la de cuando estoy siendo un imbécil, y la odio.

Cuando paso por la oficina de Sloane, está hablando por teléfono, y la miro, concentrada en su trabajo, hablando con intensidad y profesionalidad, y me doy cuenta de que joder, sí, está pasando.

Y me siento mal al mismo tiempo que caigo en la cuenta.

La idea de vivir en su casa me hace tan feliz que sonrío, pero al mismo tiempo, siento que estoy siendo infiel.

A mi pasado. A mis recuerdos. A lo que tuve y perdí.

A lo que nunca volveré a tener. Le juré a Dios cuando Salina murió que nunca encontraría otra como ella, nunca más, y lo decía en serio.

No debería sentir esto por nadie. Salina era la única para mí.

Lo sabía entonces y lo sigo sabiendo ahora.

Amo a Salina. Nunca dejé de amarla. Pienso en ella todos los días desde que murió. Nunca la olvidaré.

Pero también, la idea de no estar cerca de Sloane día y noche me entristece.

Es enfermizo admitirlo, pero en los últimos cinco minutos, mientras estaba en la oficina con Terence sin tenerla a la vista, la eché de menos.

La sonrisa que me dedica cuando levanta la vista de su llamada es contagiosa.

Le devuelvo la sonrisa y le guiño un ojo, y algo me impide moverme.

No puedo alejarme de ese rostro. Veo que está terminando la llamada, así que me quedo donde estoy.

Sin embargo, la sonrisa se me borra enseguida cuando veo a Terence aparecer por la esquina con una mirada de «tengo razón, imbécil» en la cara. No le daré esa satisfacción.

—Acabo de concertar una reunión con un proveedor de etiquetas. Puede que nos ofrezcan mejores precios y una función despegable para ese concurso que el departamento de marketing quería organizar —informa Sloane, contenta. Dios, rebosa entusiasmo, y me encanta.

—Eso es fantástico. Bien hecho. Tendremos que celebrarlo —digo.

—Claro —asiente Terence—. ¿Qué tenías en mente? —insiste, con esa sonrisa engreída en la cara.

—Lo de siempre, cena o almuerzo. Lo que sea. ¿Qué os parece?

—¿Por qué no dejamos de poner el carro delante de los bueyes y esperamos a ver qué pasa? —aconseja Sloane—. No me gusta vender la piel del oso antes de cazarlo, y tengo como norma personal no hacerlo nunca.

—Me parece bien —asiento.

Resulta que conseguimos el trato, así que planeamos llevar a nuestro equipo a cenar dos noches después. Nuestra recepcionista reserva una mesa grande en un restaurante a las afueras de la ciudad, y, estúpido de mí, no espero a que Terence se aleje antes de ofrecerme a compartir coche con Sloane.

—Claro, sí. ¿Quieres beber tú o lo hago yo? —pregunta ella.

—¿Te estás aficionando a la bebida, hermano? —bromea Terence.

—No —digo con firmeza, y luego me suavizo cuando hablo con Sloane—. Puedes beber si quieres. Además, vamos al mismo sitio después, de todos modos —. Luego me dirijo a Terence de nuevo—. ¿Vas a traer a Kobie? No ha conocido al resto del equipo.

—¿Estás seguro de que eso va a estar bien? No sé si es justo traer a mi mujer si no se permite que vengan otros cónyuges.

—Bueno, ¿por qué no lo permitimos? —propongo.

Terence frunce el ceño.

—Claro. Podemos hacer eso. Solo tendremos que decirle a Julie cuántas personas seremos en la mesa.

Mientras vamos al restaurante, Sloane no deja de mirar por la ventana, y me pregunto qué estará pensando.

—¿Estás bien? —pregunto, y me permito alargar la mano para apretarle la suya.

—Sí, solo estoy... repasando mentalmente algunas de las cosas que pasaron en esa reunión que nos trajo aquí.

—¿Pasó algo malo? Porque pensé que todo había salido bien.

—No, estuvo bien. Solo que no estoy segura de cómo van a lograrlo... tecnológicamente hablando.

—¿Te refieres a la pestaña?

—Sí —asiente, y me doy cuenta de que mi mano sigue sobre la suya.

Ninguno de los dos hace ademán de apartarla.

Otra cosa que he notado... Sloane sigue durmiendo en mi cama...

aunque ya estoy bien. Ninguno de los dos ha dicho nada al respecto tampoco.

Vale, lo de dormir juntos tenía más que ver con mi insomnio y mis pesadillas que con la varicela, pero aun así.

Ella viene a mi habitación y duerme, sin que hablemos de ello.

Es raro, porque anoche me descubrí pasándole el brazo por la cintura, y cuando me desperté, tuve que ir a darme una ducha fría.

El sexo ha sido algo distante para mí durante años, salvo algún encuentro casual una o dos veces, y a veces me olvido de mis necesidades biológicas, que aparecen como un recordatorio brutal en mañanas como esta.

Pero no me permitiré mirar a Sloane de esa manera, y dudo que ella me vea así tampoco.

¿O sí? Ahora que lo pienso, siento ese ligero magnetismo cuando le toco la mano, y me pregunto si ella también lo siente.

Quizá sí, y por eso no se aparta, o quizá está demasiado nerviosa para moverse.

Pero no parece nerviosa. Y yo no siento ninguna vacilación con ella, así que supongo que está tan cómoda como yo. Y eso da miedo.

—A mí su explicación me pareció bastante ingeniosa, la verdad. Quizá es solo porque todavía eres nueva en este sector.

Tras un instante, asiente. —Sí, probablemente tengas razón.

—Oye.

Me mira.

—Lo estás haciendo genial, Sloane. Lo digo en serio.

Sin darme cuenta, le llevo la mano a los labios y se la beso. Es como si mi cuerpo actuara antes de que pueda pensarlo.

En mi mente, estoy gritando: «¿qué acabas de hacer? ¡Idiota!», pero cuando la miro, me dedica una sonrisa cálida y me da las gracias con la misma calidez. Le guiño un ojo, y aunque mi mente me dice que le suelte la mano, mi corazón me dice que no.

***

La barriga de Kobie empieza a notarse un poco.

Es increíble cómo unos pocos días pueden marcar tanta diferencia.

Incluso Sloane comentó lo bien que se la ve.

—Dios, me alegro tanto de que no te hayas puesto enferma por mi culpa —digo efusivamente, aliviado.

Terence tiene cuidado de colocarnos en extremos opuestos de la mesa, por si acaso, y me parece bien.

Sloane se sienta a mi lado, y la mesa está llena de risas y alegría, hasta que Julie, nuestra recepcionista, hace un comentario.

—Entonces, Jacob, ¿cuándo vas a seguir los pasos de tu hermano y pedirle matrimonio?

Su mirada va de Sloane a mí, y su sonrisa es radiante. Hasta ahora, no me había dado cuenta de que tenía el brazo alrededor de ella. Bueno, está apoyado en el respaldo del banco de cuero, ya que estamos en una mesa de esquina, pero aun así.

Se me pone la cara colorada, seguro. Pero Sloane, bendita sea, responde, ya que mi lengua parece estar paralizada. —Oh, no somos pareja, Julie.

Frunce el ceño. —¿En serio?

—Sí, en serio —responde Sloane con un resoplido suave, pero luego me mira como diciendo: «pero cómo me gustaría que lo fuéramos», y sonríe.

—Oh, lo siento —dice Julie.

—No pasa nada —responde Sloane, quitándole importancia con un gesto.

Terence me mira, y noto que Kobie tiene la misma expresión, como si ambos supieran lo que está pasando, y eso me incomoda un poco. Mientras me escabullo del sitio con la excusa de que tengo que ir al baño, rezo para que Terence no me siga, pero lo hace.

—Venga, dilo —suelto, cabreado.

—Decir qué —dice retóricamente—. Eres tú el que se está largando hecho una furia.

—Necesito mear. ¿Qué quieres?

—Tú no necesitas mear más que yo.

Vamos por el pasillo hacia el baño cuando Terence me detiene. —Vamos a dar un paseo.

—¿Adónde? Estamos en un restaurante, imbécil —me burlo.

—Salgamos fuera.

—Pero nos están esperando.

—Pueden esperar. Somos los putos dueños de la empresa y estamos pagando la maldita cuenta. Pueden esperar diez puñeteros minutos mientras le meto algo de sentido común en la cabeza a mi hermano.

—No quiero oírlo, Terence. Olvídalo —digo, dándome la vuelta hacia la mesa.

—¿Qué es lo que no quieres oír, Jacob? —exige, poniéndome la mano en el pecho.

—Ya lo he oído todo antes. Que crees que me estoy enamorando de ella. Pues no. Así que puedes olvidarlo.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir negándolo, Jacob? ¿No viste cómo te miraba esa mujer? Está enamorada de ti, y tú sabes perfectamente que estás enamorado de ella, pero eres demasiado terco para dejar que pase. No puedes pasar página, ¿verdad?

La gente pasa y nos mira fijamente.

—Terence, este no es el momento ni el lugar para esto. Y ya te lo dije... no quiero oírlo.

Terence se aleja furioso y resopla: —Bien. Jódete la vida. Como si me importara.

***

Sloane entra en la habitación mientras estoy tumbado en la cama, y me cuesta horrores, me parte el corazón en dos, pero le pido que me deje solo esta noche.

—¿Está todo bien, Jacob?

—Estoy bien. Es solo que... no sé si deberíamos seguir haciendo esto.

Tras un momento, asiente. —Está bien. Prueba a dormir solo esta noche. A ver si ya estás bien.

—Eso es lo que estaba pensando —miento.

—Buenas noches —dice, y dentro de mi cabeza estoy gritando: «¡espera! ¡Vuelve!», pero me muerdo la lengua hasta notar el sabor cobrizo de mi propia sangre.

—Buenas noches.

Ahí tumbado, escuchando los crujidos de la casa, maldita sea, no puedo dormir.

Entonces lo noto. El móvil vibra: un mensaje.

Es Terence. Quiere llamarme. Le contesto que vale, que de todos modos estoy despierto, aunque no estoy seguro de que después de esta noche tenga algo bueno que decirme. Descuelgo al primer tono. —Sí.

—¿Podemos hablar?

—¿Qué quieres? —pregunto con sequedad, porque ambos sabemos a qué viene.

—Aquí no. Estoy fuera.

—¿Estás qué? —pregunto, levantándome para mirar por la ventana.

—Estoy fuera. Yo tampoco podía dormir. Kobie insistió en que habláramos.