Roto en Texas (Gran corazón, pueblo pequeño nº 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—A veces te da un caso leve. Eso es lo que le pasó a Ellie. Las manchas le desaparecieron en unos días y apenas tuvo fiebre. Yo, en cambio, sentí que me moría por dentro.

—Así me sentí yo anoche.

—¿Y no te han salido manchas nuevas en ningún sitio?

—No que yo vea.

—Tienes una muy rebelde en la cara —añade, untando mantequilla en sus tortitas.

—Ahora me la pongo.

Echa sirope en sus tortitas, da un bocado y, mientras mastica, abre el frasco de loción y me la aplica en la mancha. Creo que está disfrutando con esto.

—Fuiste cuidadora en otra vida —le digo mientras mastico y trago.

—Puede ser. Siempre he cuidado de Ellie cuando ha estado enferma. El año pasado tuvo anginas, que se le complicaron con una otitis y luego con una infección respiratoria. Pasaron dos semanas antes de que pudiera siquiera levantarse de la cama.

—¿No estaba casada? ¿Cómo es que no la cuidó su marido?

Me lanza una mirada.

—Ah. Así de mal, ¿eh?

—Después de casarse, todo se fue a la mierda. Es raro, pero pasa.

—¿Qué es eso que te oigo decir? —dice Ellie mientras baja las escaleras corriendo.

—Ah, hola, buenos días, Ellie —dice Sloane—. Este es Jacob. Jacob, esta es Ellie, mi hermana pequeña —añade a modo de presentación.

—Hola, Jacob.

Ellie me tiende la mano y se la estrecho.

—Encantado de conocerte, Ellie. Perdona por invadir tu casa.

—No te preocupes. No es mi casa —Ellie se encoge de hombros con indiferencia—. De hecho, anoche compré la mía.

Ellie es una versión calcada de Sloane, con la misma estatura y complexión, pero con rasgos faciales y pelo diferentes. Sloane tiene el pelo largo y castaño, mientras que Ellie lo lleva rubio con mechas decoloradas, cortado a la altura de los hombros.

A Sloane se le ilumina la cara.

—¿Quieres decir que la conseguiste?

Ellie asiente.

—Sí. Voy a verla otra vez esta mañana para tomar medidas.

—¿Cuándo te dan las llaves? —pregunta Sloane.

—En un par de días. Está completamente amueblada, así que solo tengo que alquilar una furgoneta pequeña para traerme mis cosas de casa de mi cerdo de ex marido.

—Se nota que lo echas de menos —digo con sarcasmo.

Ellie me lanza una mirada.

—¿Y a ti qué tal te van esos granos?

—Los odio. Ojalá desaparecieran.

—Siento lo mismo por mi ex —dice, metiéndose una tortita sin nada en la boca—. Volveré más tarde. No hagáis nada que yo no haría —añade mientras coge un portátil de la consola junto a la puerta y sale.

—Es encantadora —comento en cuanto se cierra la puerta.

—No tienes ni idea.

—Creo que sí. Tengo un hermano, ¿recuerdas?

Echo un vistazo a la pantalla del móvil.

—Hablando de eso, debería ponerme en marcha. Terence quiere que me una a la reunión con el embotellador esta mañana. Si quieres, puedes venir tú también.

—¿Prefieres que esté en la oficina con él?

—Claro, si quieres. Aunque la reunión es pronto.

—Puedo darme una ducha rápida y salir en diez minutos. ¿Te parece bien?

—Claro.

***

Sloane es como el Demonio de Tasmania. Durante todo el día, la he visto ir y venir a casa para ver cómo estoy, asistir a reuniones con Terence, poner lavadoras, asegurarse de que como y bebo mientras asisto a las reuniones por Zoom, y luego quedar con su hermana Ellie en su nueva casa.

La mujer es un torbellino. Nunca he visto nada igual.

Pensaba que yo no paraba en el trabajo, pero ella me deja en ridículo.

Siguiendo el consejo de Sloane, fui a ver a mi médico, y dice que solo tengo un caso leve, a pesar de la horrible fiebre, que parece haber sido lo peor.

Las manchas no se han extendido, lo que significa que en cuanto se sequen, ya no seré contagioso. Gracias a Dios.

Sin embargo, la única mancha que tengo en la cara me está volviendo loco.

Pica como el demonio, y como los humanos tenemos el hábito innato de tocarnos la cara, no paro de frotármela sin darme cuenta.

Sloane ya me ha amenazado con pegarme manoplas de horno en las manos con cinta americana si no paro.

—No puedo evitarlo.

—Te va a quedar una cicatriz de mil demonios si no paras.

—Bueno... intenta tú no tocarte la cara durante una hora. Y yo llevaré la cuenta de cuántas veces lo haces. Te espero —le digo mientras estamos sentados a la mesa de la cocina, con los portátiles delante y una olla de sopa a fuego lento en los fogones para la cena.

Esboza una sonrisa burlona, pero no dice nada. La he dejado sin palabras. Un punto para mí.

***

—¡No, ni de broma, imbécil! —grito y cuelgo el teléfono de golpe.

Estoy cansado, de mal humor y harto de este proveedor que quiere estafarnos.

—Jacob, busca otro proveedor y punto. Manda a ese tipo a paseo —sugiere Sloane al pasar por la habitación de invitados, ya en pijama.

Es tarde. Muy tarde. Casi medianoche. Hemos trabajado como perros todo el día. Ella de aquí para allá, y yo en reuniones de Zoom y llamadas. Ellie acaba de acostarse, así que me reprendo por haber gritado a estas horas.

—Venga, duerme un poco, ¿vale? Todavía estás recuperándote, no lo olvides —me dice con amabilidad.

—Estoy bien —gruño, aunque no pretendía sonar tan brusco.

Todavía me duele y me pica todo el cuerpo, aunque no lo admita. Soy el peor paciente del mundo: terco como una mula, tratando de olvidar lo mal que me siento a base de trabajo. Igualito que papá.

—No. No lo estás. Y si no te espabilas y duermes un poco, te pongo de patitas en la calle —dice sin rodeos, pero cuando la miro, tiene los ojos como platos.

De repente siento algo extraño en el pecho. No puedo apartar los ojos de los suyos. Me disculpo antes de poder evitarlo. La veo entrar en la habitación y sentarse a mi lado en la cama.

—Jacob, no pretendo complicarte la vida.

—Lo sé —digo, y le pongo la mano en la pierna antes de darme cuenta de lo que hago.

Es como si tuviera una experiencia extracorporal. ¿Tan enfermo estoy? ¿Por qué me permito hacer esto?

—Vale, sin juzgar —dice, y me coge la mano con suavidad—. Los dos necesitamos dormir. ¿Quieres que me quede aquí en el suelo, o te parece bien que duerma en mi cama esta noche?

Dios, ¿se puede ser más dulce? Una parte de mí no quiere que se vaya, pero la otra se siente tremendamente culpable, porque ya ha hecho demasiado por mí.

Mientras me coge la mano, no me resisto.

—Lo que tú quieras, Sloane. Lo que creas que es mejor. Al fin y al cabo, tú eres la experta.

Compartimos una mirada y me pone la mano en la frente. No sé si es para comprobarme la temperatura otra vez o simplemente para tocarme en otro sitio, pero da igual: la conexión me sienta bien.

—No tienes fiebre.

Pero tú sí. Tan cálida.

—¿Qué tal las manchas?

—No están mal —miento.

Me pica como el demonio. Quiero restregarme contra el maldito cactus que tenemos en la oficina de Luisiana. Pero no pienso decírselo.

—¿Qué te parece si te doy otra capa de loción y me voy a la cama? Si me necesitas, dejo la puerta de mi cuarto abierta, ¿vale?

Se me hace un nudo en la garganta. Vaya. Debo de estar fatal para reaccionar así. Aun así, me lo trago, me hago el valiente y acepto. Me aplica la loción, me da las buenas noches y se va. Y yo me quedo ahí, mirando el techo.

…y aunque está a solo unos metros, la echo de menos.