Capítulo 10
Jacob
Me despierto empapado en sudor, temblando como si estuviera a punto de sufrir una convulsión, y Sloane está a mi lado, sacudiéndome con suavidad. —¿Jacob? Jacob, despierta. Estás teniendo una pesadilla.
Me incorporo de golpe en la cama; el corazón me late con fuerza. Tras un momento, al darme cuenta de dónde demonios estoy, la miro. —Vaya con mi teoría de que durmieras en la habitación conmigo.
—Eso es porque no estaba en la habitación. Y vuelves a estar ardiendo... mucho. Quédate quieto mientras te tomo la temperatura.
Suena el pitido del termómetro y la oigo suspirar en la oscuridad. —Dios mío, Jacob. Estás que ardes. Tengo que meterte en un baño fresco o acabaremos en el hospital.
—De acuerdo —cedo, quitándome los pantalones.
—Deja la ropa interior puesta hasta que lleguemos al baño. Y agárrate a mí. Con semejante fiebre no te tendrás en pie.
Llegamos al baño en un momento. Sloane llena la bañera y se da la vuelta mientras me quito los calzoncillos y me meto dentro. —Vuelvo enseguida con el Advil. No intentes levantarte.
No discuto. Me siento fatal. Me duele todo el cuerpo y me pica al mismo tiempo.
Es como si tuviera hormigas recorriéndome la barriga, donde están las manchas.
Aunque no parece que se hayan extendido a ningún otro sitio.
A menos que estén en la cara y no pueda verlas.
Quiero rascarme la piel alrededor del ombligo con un rastrillo, pero descubro que el agua fría ayuda, así que me echo agua en la zona con la mano.
Sloane regresa y me hace tragar el Advil.
Una dosis doble esta vez. Y noto que mantiene la mirada por encima de la cintura.
Añade más agua fría, coge una esponja de una cesta metálica del borde de la bañera y empieza a dejarla gotear sobre mi cuerpo.
Aunque está fría, sienta bien. El cuerpo me pica menos y ya no tengo la sensación de que voy a estallar en llamas.
Después de unos diez minutos así, me mira. —¿Estás bien, Jacob?
Estoy adormilado y mareado, pero ya no me siento tan fatal. —Sí —es lo único que digo. Oigo a alguien subir las escaleras, pero la puerta del baño está cerrada, así que los pasos pasan de largo.
—¿Todo bien, Sloane?
—Sí, gracias —responde Sloane.
—Me voy a la cama —dice Ellie.
—Buenas noches.
Gracias a Dios su hermana tiene el detalle de mantenerse alejada.
—¿Dónde estabas? —le pregunto a Sloane—. ¿Cómo es que no estabas en el dormitorio?
—Estaba abajo mangueando a Ellie.
—Me preguntaba por qué no había irrumpido aquí.
—La avisé. Sabe respetar.
Después de un momento, solo se me ocurre una cosa que decir. —Gracias.
—De nada.
Tengo la sensación de que quiere besarme la frente, pero probablemente estoy delirando. —¿Cómo te sientes?
—Un poco mejor.
Se inclina, coge el vaso del lavabo y lo llena de agua otra vez. —Toma. Bebe más agua. Está claro que tienes que hidratarte mucho más.
Me la bebo y luego, después de casi quedarme dormido en la bañera, Sloane habla en voz baja. —Creo que has pasado lo peor. ¿Quieres intentar levantarte? ¿Que te lleve a la cama?
—Sí —digo somnoliento. Me ayuda a levantarme, y creo que a ninguno de los dos nos importa un bledo que esté desnudo. Ni siquiera estoy seguro de si mira mientras me coge una toalla y me ayuda a secarme, para que no me caiga de culo. —Ponme esto alrededor y ya. Esta vez voy a dormir en pelotas.
—Buena idea. Volveré a encender el ventilador también —dice, asintiendo.
Volvemos a la habitación y me deja meterme solo bajo la sábana de arriba, me quita la toalla húmeda y vuelve a encender el ventilador. —Entonces, ¿de qué iba el sueño? —pregunta, arrodillándose junto a mí en el suelo.
—Sloane, ven aquí. Levántate del suelo —digo, tocándole el brazo.
Creo que ya hemos superado lo de que duerma en el suelo.
Joder, estoy bastante seguro de que me ha visto todo.
No duda y se sube a la cama junto a mí. Aparte de mi propia madre, nadie me ha cuidado tan bien nunca, y apenas la conozco.
Solo ese pensamiento me hace mirarla de una manera en que nunca he mirado a nadie.
Mientras se apoya en el codo con la cabeza sobre la almohada, la miro.
—Me encantaría contarte de qué van mis pesadillas, pero no estoy...
no estoy listo. No estoy listo para contárselo a nadie, francamente.
Hasta ahora, solo lo saben Terence y mi terapeuta.
—Lo entiendo, Jacob. No pasa nada. Solo pensé que tenía algo que ver con la fiebre, pero si las tienes a menudo y no quieres hablar de ello, es totalmente comprensible. De hecho, no te culpo.
—Gracias.
Le pongo la mano en el brazo. —Eres única, Sloane.
Solo sonríe. —Vete a dormir. Es la fiebre, que te hace decir cosas.
La miro a los ojos y le digo con ellos que no, no lo es.
***
Me despierto y veo a Sloane durmiendo a mi lado.
Sus pestañas le rozan las mejillas, ligeramente sonrosadas por el sueño, y tiene la mano encajada entre la almohada y la mejilla.
Su aspecto de niña dormida me dan ganas de acariciarle la mejilla, pero me contengo.
Me moriría si la despertara y me devolviera una mirada horrorizada.
Es difícil recordar que trabaja para mí.
Parece que después de anoche, es algo más que una simple colega, y quizás el cariño y la conexión que tiene conmigo van más allá de eso.
¿O me lo estoy imaginando? ¿Quizás Sloane es tan buena persona que haría eso por cualquiera?
Es posible. Pero eso no explica por qué está tumbada a mi lado.
Si no hubiera conexión entre nosotros, se habría quedado en el suelo sin moverse, o mejor dicho, jamás se le habría ocurrido ofrecerse a quedarse en la misma habitación que yo.
Evalúo cómo me encuentro. No me martillea la cabeza ni estoy empapado de pies a cabeza.
De hecho, creo que si me levantara, no lo pagaría caro.
Y justo entonces, mi corazonada se pone a prueba cuando el móvil empieza a vibrar en la cómoda. Me incorporo despacio y lo cojo. Es Terence.
—Hola —respondo.
—Hola, tío. ¿Estás vivo?
—Apenas —me aclaro la garganta. El termómetro está en la mesita de noche.
Lo cojo y me lo paso por la frente. Cuando miro la pantalla, aparece una carita feliz indicando que tengo la temperatura normal.
Sin embargo, ya empiezo a notar picor. Anoche no nos pusimos más loción después del baño, aunque todavía queda algo de residuo.
Encuentro el frasco y me doy cuenta de que estoy completamente desnudo, así que cojo la toalla de anoche, que está colgada en el pomo de la puerta, y me la enrollo en la cintura.
—¿Te sientes mejor?
—Sí, la verdad. Me pica como si tuviera un sarpullido, pero al menos no es como si tuviera hormigas por todo el cuerpo.
—Bien. ¿Dónde está Sloane?
—Todavía durmiendo —aparto el teléfono de la oreja para mirar la hora. Son casi las siete—. ¿Cómo está Kobie?
—Está bien. Sin señales de nada. Ayer hicimos venir a alguien para limpiar la casa de arriba abajo. Kobie y yo salimos a cenar mientras se encargaba de todo. El sitio ha quedado tan estéril como un quirófano.
—Bien. Gracias a Dios.
—Solo quería ver cómo estabas. Tenemos una reunión con el embotellador esta mañana, pero puedo encargarme yo.
—¿Quieres conectarme por Zoom?
—Si te ves con fuerzas, claro. Pero si no, no pasa nada.
—Vale. Déjame ducharme y ver cómo me encuentro después, y te aviso.
—Suena bien, hermano. Hablamos pronto.
—Nos vemos.
Cojo unos pantalones de chándal y una camiseta, lo más cómodo que se me ocurre, y me dirijo al baño.
Sloane sigue dormida, así que la dejo tranquila.
La verdad es que me siento más humano que hace doce horas.
Pero por si acaso, me preparo para sentarme en la bañera si empiezo a marearme.
Justo cuando cierro el grifo, ya terminado, oigo la voz de Sloane.
—¿Estás bien ahí dentro?
—Sí, estoy bien. Se me ha ido la fiebre.
—¿En serio?
—En serio —me río por lo bajo—. Salgo en un minuto.
—Vale. Estaré abajo. Tengo que hacer pis.
Sonrío. No sé por qué me ha dicho eso, pero me parece adorable, de todas formas.
Después de secarme, me aplico con cuidado más loción en las manchas, repasándolas una a una, y doy gracias a Dios de que solo las tengo en el estómago... por ahora. Me visto y bajo a la cocina, donde encuentro a Sloane.
—Vaya, tienes mejor aspecto —dice, y me llega el aroma del desayuno.
—Gracias. Tengo a la mejor enfermera del mundo.
Sonríe.
—¿Tienes hambre?
—Me muero de hambre.
—Vale, tengo tortitas calentándose en la plancha. Voy a cambiar las sábanas de tu cama y vuelvo. Dos minutos. Sírvete —dice, y veo que todo está preparado en la mesa. Cómo demonios ha hecho todo eso mientras yo estaba en la ducha es un misterio para mí.
Mientras me sirvo, empiezo a darme cuenta de lo diferente que es su casa comparada con la mía.
En cuanto a calidez y comodidad, por no hablar de la hospitalidad, esto es mucho mejor.
Joder, en mi casa un invitado tiene suerte si encuentra sábanas de repuesto.
Tengo una habitación de invitados, pero nunca se usa.
Creo que Terence se ha quedado conmigo una o dos veces, pero se quedó dormido en el sofá y se levantó antes de que yo saliera de la cama a la mañana siguiente.
Cinco minutos después, Sloane baja con un montón de cosas de la habitación donde dormí.
—Dios, déjame ayudarte con eso.
—No te hagas el valiente, Jacob. Si te esfuerzas demasiado, lo pagarás después.
—Bueno, tú tampoco te mates —replico, abriéndole la puerta del sótano.
—Mejor ponte loción en esa pústula de la cara, Jacob —me aconseja, ignorando mi comentario.
Oigo la lavadora arrancar desde el sótano, y luego la oigo subir corriendo las escaleras y volver con otro montón de cosas.
Después de pasarme la loción y los algodones, deja los platos en el fregadero y se sienta conmigo a la mesa del desayuno.
—¿Entonces se te bajó la fiebre?
—Sí. Creo que tengo un caso leve. Aunque después de anoche no lo dirías.