Capítulo 1 #2
Salina tiene una alergia grave a los productos lácteos. Cuando entra en contacto con cualquier cosa de ese tipo, se hincha como un globo. Hace poco tuvo que ir al hospital, y desde entonces lleva siempre un Epipen encima.
—No, Jacob —dice con tono neutro—. Solo creo que sería una buena decisión que Terence te acompañara. Sé que no te llevas bien con tu hermano, pero vosotros dos juntos sois como el yin y el yang.
Tiene razón. Por mucho que me cueste admitirlo, Terence y yo, aunque estamos en bandos opuestos la mayor parte del tiempo, nos complementamos, y sea cual sea el desafío, siempre encontramos la manera de superarlo.
—Bien. Lo traeré. Pero como se ponga en plan defensivo cuando quiera poner en marcha lo del nuevo edificio, se va de ahí.
—Es tu decisión, Jacob —dice Salina con amabilidad—. Solo creo que es una buena idea. Tú aquí solo con un montón de agentes inmobiliarios y ejecutivos... creo que pensarán que tienen ventaja. La unión hace la fuerza, cariño. Eso es lo que siempre dice mi padre.
Asiento.
—De acuerdo. Lo traeré conmigo. Pero no se quedará con nosotros en tu casa, ¿vale?
—Como tú quieras, Jacob.
Su tono de voz me dice que tiene algo más en mente, pero no descubro qué es... hasta diez años después.
***
El viaje a Texas es tranquilo, afortunadamente.
Terence va ocupado con el móvil, actualizando notas y haciendo llamadas de trabajo, mientras yo conduzco, y a mitad de camino nos turnamos.
No montó ningún numerito cuando cedí y acepté que me acompañara, así que decido dejarlo en paz y mantenerme callado durante el viaje.
Cuando vengo por aquí, normalmente me quedo con Salina en casa de sus padres, donde ella vive, en la mansión familiar.
Nunca se ha molestado en mudarse, ya que la casa es tan grande que podrían vivir cincuenta personas, y sé que está esperando a casarse para dar ese paso.
Hemos hablado de casarnos, pero tanto Salina como yo estamos muy centrados en nuestras carreras y en el negocio familiar, así que sabemos que ninguno de los dos quiere hijos por ahora, y pensamos para qué apresurarnos con la boda si no tenemos intención de tenerlos de momento.
Sus padres no nos presionan, sobre todo porque sus hermanos están casados y tienen hijos, dos de los cuales todavía viven en la casa familiar.
Los otros tres viven en Texas: uno en Houston y los otros dos en El Paso.
Con una familia de seis hijos, un negocio familiar y dos pares de abuelos de los que cuidar, los padres de Salina no nos presionan para nada, y eso nos viene de perlas.
Cuando llegamos, como era de esperar, sus padres insisten en que Terence también se quede con ellos, y nos dan la bienvenida encantados.
Isabelle, que fue la niñera de Salina y ahora es el ama de llaves, nos lleva al segundo piso, a las habitaciones de invitados, y nos instalamos mientras sus padres vuelven a la oficina tras un almuerzo rápido en casa.
—Voy a pasarme por el edificio un rato, tío. Te veo luego —dice Terence, sabiendo que la cita con los agentes inmobiliarios no es hasta dentro de un par de horas, y que tenemos otra reunión con un promotor justo después.
—¿A qué vienen las prisas, Terence? —pregunta Salina. Lleva el pelo castaño, que le llega a los hombros, completamente liso.
—Quiero ir a echar un vistazo a mediodía. Ver qué tal está el tráfico por la zona.
—¿Por qué no vamos con vosotros? —ofrece Salina.
—¿No tienes que volver a la oficina con tus padres?
—pregunto. El abrazo protocolario que le di al llegar ya se ha desvanecido.
Estoy mirándole los labios, esforzándome como un loco por recordar que mi hermano está justo al otro lado, y la parte de mi cerebro que sigue teniendo dieciséis años quiere pedirle que se quede y dejar que Terence haga el trabajo sucio, pero la parte de veintidós años me pone firme, diciéndome «quieto, chaval», y evita que intervenga.
Siempre profesional y con la cabeza fría, Salina frunce el ceño.
—Hemos tenido una comida de trabajo mientras estábamos en casa. Sabíamos que veníais vosotros dos, así que hemos trabajado desde casa esta mañana. Tengo otra reunión, pero no es hasta las tres.
—No tienes que venir, Salina —insiste Terence—. Solo voy a echar un vistazo. Puedes traer a Jacob dentro de un rato, después de que os pongáis al día.
Salina hace un gesto con la mano.
—Qué va, tonterías. Vamos.
***
Resulta que el edificio tiene otra oferta, y el trato se firmó justo antes de que llegáramos. Todo ha sido una maldita pérdida de tiempo, y tanto Terence como yo estamos tan cabreados que decidimos mandarlo todo a la mierda e ir a tomarnos una cerveza a las dos de la tarde.
—No os desaniméis, chicos. Es parte del juego —dice Salina, levantando la mano para llamar a la camarera.
—¿Por qué demonios no llamó ese imbécil? —gruño—. Sabía que venía desde la maldita Luisiana para reunirme con él.
—Porque eras su plan B —interviene Terence—. Todavía no había firmado nada, y no quería perder la oportunidad. Sabía que estabas ansioso por cerrar el trato.
—Menudo trato de mierda —resoplo mientras Salina pide una ronda de cervezas.
Lo que más me gusta de ella es que parece toda fina, pero se empina las birras como un universitario.
Solo verla echar la cabeza hacia atrás para darle un trago a la botella me hace sonreír.
Al instante noto que mi presión arterial vuelve a la normalidad.
—Tenía el presentimiento de que esto no iba a salir bien —dice Terence—. Me dio mala espina desde que lo mencionaste. Por eso quería venir.
Le lanzo una mueca de disgusto a mi hermano, porque odio cuando tiene razón, pero tiene un sexto sentido para este tipo de mierdas. —¿Por qué no me avisaste, tío? —murmuro, cabreado.
—Lo intenté —prácticamente chilla, y siento que la sangre me empieza a hervir de nuevo.
—Sí, bueno, pues el puto mensaje no me llegó —murmuro entre dientes.
—¿Qué has dicho, gilipollas? —dice, frunciendo los labios.
—Olvídalo. Voy al baño —digo, levantándome después de darle un trago a la cerveza.
Salina me lanza una mirada de reojo, ya muy acostumbrada a cómo Terence y yo discutimos y nos picamos constantemente.
Me siento un poco culpable por hacerla sentir incómoda, ya que todos sus hermanos parecen llevarse muy bien, pero no puedo evitarlo.
Terence, en un buen día, me saca de quicio.
Salina me dedica una media sonrisa mientras me alejo de la mesa, esperando a medias que me siga y me dé una charla motivacional, como hace a veces, pero esta vez no lo hace.
Me voy con la vejiga medio llena, sabiendo que solo estoy ganando tiempo lejos de mi hermano para no pegarle delante de mi novia y que los próximos días con ella sean muy incómodos.
La única forma de salir de esto sin que sea un completo desastre es echar un polvo mientras esté aquí.
Seguro que pegarle a mi hermano no ayudará a esa causa, especialmente si decide largarse antes y pillar un vuelo nocturno en lugar de volver conmigo en coche.
Mientras vacío la vejiga, respirando hondo para calmarme, decido olvidarme de toda esta mierda y sacarle el mejor partido posible.
¿Qué otra cosa podemos hacer? Pasaremos la noche en casa de Salina y volveremos temprano para llegar a tiempo a la otra reunión importante con papá.
Me resigno a intentar llevarme bien con Terence y suavizar las cosas, pero cuando vuelvo a la mesa tengo la clara sensación de que me he perdido algo.
***