Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 20. Capítulo veinte
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20. Capítulo veinte

Capítulo veinte

Mia

L a mañana siguiente llega con ese tipo de aire fresco de la montaña que hace que todo parezca posible.

Estoy dándoles el desayuno a los cachorros cuando oigo el sonido familiar de un portazo en el aparcamiento, seguido de la voz alegre de alguien que claramente no sabe que el refugio aún no ha abierto oficialmente.

—¡Mia, cariño! ¿Estás ahí dentro?

La voz de Carol Scott atraviesa la puerta principal y siento una inmediata oleada de calidez. Me apresuro a abrir la entrada y la encuentro en los escalones con una bolsa térmica en una mano y una bandeja de cafés en la otra.

—Señora Scott…, Carol —me corrijo, recordando su insistencia en que la tuteara—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Oh, de todos modos me he levantado con el alba, y Tom no paraba de decir que seguramente estás viviendo a base de comida para llevar y cafeína mientras Ryder está fuera.

—Entra en el refugio pasando a mi lado y observa el progreso de la reforma con evidente aprobación—.

Además, quería ver estas mejoras de las que Ryder no para de hablar maravillas.

¿Comida para llevar y cafeína?

Primero Emma me trajo magdalenas ayer, ahora Carol con el desayuno. Lo próximo será que Sophia aparezca con la comida y Natalie con la cena.

¿Acaso todo el mundo en Iron Ridge cree que me moriré de hambre si no me vigilan? Sobreviví ocho años alimentándome perfectamente sola cuando Ryder no estaba para «preocuparse» por mí.

Carol deja las bolsas en el mostrador de la entrada y empieza a sacar lo que parece ser comida suficiente para alimentar a un pequeño ejército. Ya veo de quién lo ha sacado Ryder.

Magdalenas recién hechas —de esas de arándanos y limón que huelen a mañana de domingo—, termos de lo que seguro que es un café perfectamente preparado y lo que parece una fuente de horno que todavía está caliente.

—Carol, no tenías por qué haberte molestado.

—Tonterías. Estás cuidando de todos los demás. —Señala con un gesto el cuarto del fondo, donde Zoe está ocupada alimentando a los animales—. Alguien tiene que cuidar de ti.

La simple amabilidad en su voz me hace un nudo en la garganta.

—¿Cómo está? De verdad —pregunto, aceptando el café con gratitud—. Parece que está bien cuando hablamos, pero…

—¿Pero quieres saber si echa de menos su casa?

—La sonrisa de Carol es comprensiva—. Cariño, ese chico nos ha estado llamando cada noche, y al menos la mitad de cada conversación es sobre ti.

Ayer se pasó veinte minutos describiendo el mensaje que le enviaste sobre uno de esos adorables cachorros que aprendió a sentarse a la orden.

—Eso es… la verdad es que es muy tierno.

—Está coladito por ti —dice Carol sin más, y luego mira el refugio con curiosidad—. ¿Te importa si ayudo con la rutina de la mañana? Solía ser voluntaria en el refugio de animales del pueblo de al lado antes de que nos mudáramos a Iron Ridge.

—¡Claro que no! Me encantará la compañía.

—La invito con un gesto a que pase al cuarto del fondo, pasando con cuidado por encima de un montón de serrín—.

Solo ten cuidado con las herramientas. Estos hombres no saben recoger lo que usan.

Te juro que es como si pensaran que los martillos echan piernas por arte de magia y vuelven solos a la caja de herramientas por la noche.

Carol se ríe, siguiéndome. —Oh, cielo, así son los hombres en general. Una vez, Tom se dejó su juego de llaves de vaso esparcido por todo el garaje durante una semana. Decía que estaba en mitad de un proyecto. —Pone los ojos en blanco con cariño—. El proyecto llevaba días terminado.

—De tal palo, tal astilla —murmuro, recordando el estado actual de la casa de Ryder—. Aunque supongo que no me puedo quejar demasiado. Están haciendo un trabajo increíble aquí.

Me pongo a trabajar y Carol demuestra ser sorprendentemente hábil manejando todo, desde el gatito más pequeño hasta el perro de rescate más grande. Tiene un don natural con los animales; les habla con una voz suave y maternal que los tranquiliza al instante.

—Sabes, cariño —dice mientras limpiamos las jaulas—, Ryder compró esa casa suya hace ocho meses.

Hago una pausa en medio de rellenar un cuenco de agua. —¿Ocho meses?

—Mmm. La pagó al contado, tenía grandes planes de reforma. Se pasó semanas midiendo las habitaciones. —La voz de Carol es deliberadamente casual, pero intuyo que esta historia tiene una moraleja—. ¿Pero sabes qué es lo interesante?

—¿Qué?

—Dejó de trabajar en ella el día que te lo asignaron durante aquel programa de hockey.

La Iniciativa de Ayuda a la Comunidad.

Dejo el cuenco de agua y me giro para mirarla de frente. —¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que tenía los muebles elegidos, los planos de la reforma hechos, todo el tinglado montado.

—Carol se endereza junto a la jaula que está limpiando y me clava esos cálidos ojos marrones que recuerdo de las tardes que pasaba en su casa después del instituto—.

Pero en el momento en que empezó como voluntario aquí, todo lo demás quedó en suspenso.

—No lo entiendo.

—¿De verdad? —Su sonrisa es amable—. Mia, cariño, durante ocho meses ese chico habló de convertir esa casa en un hogar. Pero nunca parecía entusiasmado con ello. Era solo otro proyecto, otra cosa que tachar de su lista.

Se acerca a la siguiente jaula, donde Princess, la carlino, preside la corte como la realeza canina que se cree.

—¿Pero estas últimas semanas? Nos llama cada noche para hablar de tu trabajo aquí, de las reformas del refugio, de lo orgulloso que está de lo que has construido. Ha estado tan centrado en ser parte de tu mundo, cariño…, que se ha olvidado de construir el suyo.

Algo hace clic en mi mente y sus palabras de repente calan en mí.

—Ha estado eligiendo pasar tiempo conmigo por encima de todo lo demás.

—Exacto. —Carol me guiña un ojo y mete la mano entre los barrotes de la jaula para rascar a Princess detrás de las orejas—. Y no digo que eso sea necesariamente malo, pero…

—¿Pero? —la apremio con impaciencia.

—Pero creo que está empezando a darse cuenta de que si quiere construir un futuro contigo, tiene que construirlo de verdad.

Literalmente. —Se gira para mirarme de frente, con expresión seria—.

Últimamente ha estado hablando de la casa de otra manera.

No como su casa, sino como… bueno, como vuestra casa. Vuestra, de los dos.

Mi corazón vuelve a revolotear, pero esta vez se mezcla con una repentina sensación de pánico.

—Carol, solo llevamos unas semanas juntos. Oficialmente, quiero decir.

—Oficialmente, sí. Pero Mia, ese chico ha estado enamorado de ti desde que teníais diecisiete años. Esto no es una relación nueva en la que estáis viendo si sois compatibles. —Su sonrisa es suave pero cómplice—. Esto es simplemente retomar lo que dejasteis.

Tiene razón, y eso es lo que me aterroriza.

Porque en algún momento, sin pretenderlo, yo también he empezado a pensar en el futuro. No solo en salir con Ryder, sino en construir algo con él. Algo permanente.

—Ha estado llamando a contratistas desde la carretera —continúa Carol, aparentemente ajena a mi pequeña crisis existencial—. Intentando coordinar las obras de la casa mientras está de viaje. Creo que quiere tenerlo todo perfecto para cuando vuelva.

—¿Perfecto para qué?

Carol me lanza una mirada que sugiere que me estoy haciendo la tonta a propósito. —Para lo que venga después, cariño.

El sonido de las herramientas eléctricas al ponerse en marcha en la zona de la reforma me evita tener que responder a esa afirmación. La voz de Bear resuena por encima del ruido, dando instrucciones a gritos a Marcus sobre algo relacionado con enchufes y tomas de tierra.

—Esos hombres están haciendo un trabajo precioso —observa Carol, viendo a Bear levantar sin esfuerzo una jaula que probablemente pesa más que yo—. Muy profesionales.

—Son increíbles. No podría haber pedido mejores contratistas.

—Y muy guapos —añade con un brillo travieso en los ojos que me recuerda poderosamente a su hijo—. No me extraña que Ryder haya estado un poco celoso.

—¿Te ha contado eso?

Carol se ríe. —Le dije que la seguridad en una relación no proviene de la ausencia de gente atractiva en el mundo.

—¿Y qué te respondió?

—Dijo que se sentiría más seguro cuando estuviera en casa para recordarte por qué lo elegiste a él en primer lugar.

La nota posesiva en esa frase, incluso de segunda mano, hace que se me agite el estómago. Estoy a punto de responder cuando mi móvil vibra con un mensaje.

Ryder: Buenos días, preciosa. ¿Te puedes creer que en esta ciudad cobran cuarenta dólares por un café del servicio de habitaciones? Qué ganas de estar en casa contigo. ¿Qué tal tu mañana?

Le enseño el mensaje a Carol, y su rostro se ilumina de orgullo maternal.

—¿Ves? Está pensando en ti antes incluso de haberse despertado del todo.

Respondo rápidamente: Tu madre me ha traído café de verdad y magdalenas, así que mi mañana es bastante mejor que la tuya. También está ayudando con los animales y siendo maravillosa en general.

Su respuesta llega de inmediato: Claro que lo es. Dile que la quiero y que no tiene permiso para avergonzarme demasiado.

Le enseño la respuesta a Carol y ella resopla con falsa indignación.

—¿Avergonzarlo? Jamás. Simplemente estoy siendo amable.

—¿Qué le digo que has dicho?

—Dile que su madre es un encanto y que tienes suerte de tenerme como futura suegra.

Casi me atraganto con el café. —¡Carol!

—¿Qué? ¿Me equivoco?

Antes de que pueda formular una respuesta que no implique balbucear incoherentemente, Bear aparece en la entrada de la zona principal.

—¿Señorita Harper? Perdona que te interrumpa, pero el nuevo sistema de agua está oficialmente terminado. ¿Quieres venir a echar un vistazo?

—Por supuesto. —Me levanto, agradecida por la distracción—. Carol, ¿quieres ver el progreso?

—Me encantaría.

Seguimos a Bear a la zona de las jaulas, donde la transformación es poco menos que milagrosa. Las nuevas jaulas son un espectáculo bajo la iluminación mejorada que instalaron ayer, cada una equipada ahora profesionalmente con dispensadores automáticos de agua y estaciones de comida.

—Esto es increíble —susurra Carol—. Mia, deberías estar muy orgullosa.

Lo estoy. Estoy orgullosa. Pero mientras veo a Carol moverse por el refugio reformado, señalando las mejoras y haciendo preguntas inteligentes sobre mis planes de expansión, me doy cuenta de otra cosa.

Quiero compartir este orgullo con Ryder.

Ha dejado de vivir su vida… y la ha dejado de vivir por mí. Organizó la recaudación de fondos que ha hecho todo esto posible. Pero no solo eso, también pasa más tiempo aquí que en su propia casa.

Ahora quizá sea su turno.

Quiero que vea lo que su recaudación de fondos ha hecho posible, quiero recorrer estas mejoras juntos.

Más que eso, quiero hacer algo por él. Algo que demuestre que no soy una mera espectadora en esta relación, sino una participante activa en la construcción de nuestro futuro, una reforma a la vez.

Ya sea aquí, en mi refugio, o en su casa. La casa que, según jura, compró para mí.

—Carol —digo de repente, interrumpiendo su conversación con Bear—. ¿Qué dirías si te dijera que quiero darle una sorpresa a Ryder cuando vuelva a casa?

Sus ojos se iluminan de interés. —¿Qué tipo de sorpresa?

Miro a mi alrededor las reformas casi terminadas del refugio, a Bear y Marcus, que han demostrado que pueden hacer milagros con la motivación adecuada, a Carol, que está claramente interesada en ver a su hijo feliz de nuevo.

—Del tipo que implica convertir una casa en un hogar.

La sonrisa de Carol es radiante. —Oh, cariño. Creo que es una idea maravillosa.

—¿Crees que le parecería bien que yo coordinara las obras en su casa mientras él está fuera?

—Creo —dice Carol con cuidado— que le encantaría volver a casa y descubrir que te has adueñado del espacio que vais a compartir.

El espacio que vamos a compartir. La suposición en esa frase probablemente debería aterrorizarme.

En cambio, lo siento como un desafío.

—Bear —le llamo, y la montaña de hombre levanta la vista—. ¿Qué te parecería un proyecto extra?