19. Capítulo diecinueve
Capítulo diecinueve
Mia
H an pasado tres días desde que Ryder se fue de viaje, y estoy descubriendo que ser la novia de un jugador de hockey es una forma especial de tortura.
La rutina matutina en el refugio se me hace rara sin sus cafés por sorpresa. En lugar de encontrarlo apoyado en el mostrador con esa sonrisa infantil y dos vasos humeantes de Chapter & Grind, me recibe el coro habitual de ladridos y el zumbido de los obreros.
—¡Buenos días, señorita Harper! —dice Bear desde donde está instalando la última de las puertas de las nuevas jaulas. La voz de ese hombre probablemente podría hacer temblar las montañas, pero, por alguna razón, todos los animales del lugar parecen adorarlo.
Zeus está ahora mismo sentado a los pies de Bear como un devoto discípulo, moviendo la cola mientras observa trabajar al grandullón.
—Buenos días, Bear. ¿Cómo van esos dispensadores de agua?
—Deberían estar todos conectados para la hora de comer —retumba, y luego le sonríe a Zeus—. Tu chico ha estado supervisando. ¿A que sí, amigo?
Zeus ladra una vez, como si confirmara su papel vital en el proceso de construcción.
Estoy comprobando cómo están los cachorros —ahora gordos, sanos y listos para ser adoptados la semana que viene— cuando suena la campanilla de la puerta principal.
—¡Entrega especial! —resuena la voz de Emma, y levanto la vista para verla haciendo equilibrios con una bandeja de vasos de café y lo que parece media pastelería de bollos.
—¿Emma? ¿Qué haces aquí? —pregunto, enderezándome desde el corralito de los cachorros, donde los cuatro pequeñajos se pelean por un juguete de cuerda.
—Traerte sustento y asegurarme de que no te has vuelto completamente salvaje sin tu novio para.
.. hum... civilizarte . —Deja la bandeja en el mostrador, casi tirando mi pila de solicitudes de adopción—.
Además, Logan se ha apostado conmigo veinte pavos a que para el tercer día ya estarías usando la ropa de Ryder.
Me miro. La sudadera verde de los Icehawks en la que estoy nadando definitivamente no es mía.
—Mierda. Nos conoce demasiado bien —mascullo, aceptando el café agradecida.
—Paga la apuesta, guapa. Aceptaré mis ganancias en forma de que admitas que lo echas de menos desesperadamente —sonríe Emma.
—No lo echo de menos desesperadamente —protesto, pero hasta yo me doy cuenta de lo poco convincente que sueno—. Lo echo de menos... de forma razonable. Una cantidad normal y saludable.
—Mia, has mirado el móvil catorce veces desde que he llegado. Eso ha sido hace tres minutos.
Mierda.
—Solo... estoy asegurándome de que ha llegado bien a Detroit. Ya sabes lo peligrosos que pueden ser los viajes hoy en día.
—Ajá. —Emma se acomoda en la silla a mi lado, claramente con la intención de quedarse un rato—. ¿Y cuántas veces comprobaste ayer que llegara bien a Chicago?
—Eso es diferente. Chicago tiene un tráfico terrible.
—¿Y cuando llegue a Boston?
—La delincuencia.
—Claro. ¿Así que ahora todas las ciudades del mundo tienen algún problema?
Abro la boca para discutir, y luego la cierro. Porque la verdad es que he estado mirando el móvil obsesivamente cada veinte minutos, esperando sus mensajes como una quinceañera enamorada.
Me encanta saber de él, me encantan esos pequeños retazos de su día, pero también me recuerdan lo lejos que está.
—Vale. Lo admito. Esto es más difícil de lo que pensaba —confieso, hundiéndome más en su sudadera. Todavía huele a él… ese aroma increíble y sexi que me hace querer hundir la cara en la tela.
—¿Difícil en el buen sentido o en el malo?
—¿Ambos? —Observo a Marcus salir de la nueva sala de cuarentena y levantarme un pulgar, lo que sugiere que el trabajo eléctrico va sobre ruedas—.
Me encanta que se le ocurra escribirme sobre cosas al azar.
Como ayer, que me envió una foto del desayuno de su hotel con el pie de foto: «No tan buenas como mis tortitas».
Pero luego lo veo viviendo esta vida completamente diferente, viajando a estas ciudades increíbles, jugando frente a miles de personas. ..
—¿Y te preguntas si la vida en un pueblo pequeño es suficiente para él?
Exacto. Tenía que ser Emma, yendo directamente al meollo de mi inseguridad.
—A ver, mira esto. —Hago un gesto alrededor del refugio, que, aunque está mil veces mejor que hace una semana, sigue siendo en el fondo un parque de bomberos reconvertido, lleno de animales y con el persistente olor a desinfectante industrial—.
Este es mi mundo. Perros rescatados, el caos de la reforma y una cabra que probablemente necesite terapia.
Como si lo hubiera invocado, un fuerte balido resuena desde el armario de los suministros, seguido de lo que parece ser Gandalf expresando su opinión sobre su alojamiento.
—Y su mundo son vuelos en primera clase, hoteles de lujo y estadios llenos de fans que gritan —continúo—. ¿Y si estar aquí empieza a parecerle... poca cosa?
Emma me estudia el rostro con esa mirada perspicaz que significa que está a punto de decir algo que me va a tocar la fibra sensible.
—Mia, ¿sabes lo que dijo Logan cuando decidió dejar el hockey y quedarse aquí conmigo?
—¿Que eres irresistible y que no podría vivir sin tus rollos de canela?
—Dijo que se había pasado años persiguiendo algo que parecía importante, solo para descubrir que lo más importante había estado aquí todo el tiempo. —Me aprieta la mano—. Ryder ya te eligió una vez, cuando volvió a Iron Ridge. ¿Este viaje? Es solo su trabajo. Pero ¿tú? Tú eres su vida.
Antes de que pueda responder, mi móvil vibra con otro mensaje.
Ryder: Este hotel parece decorado por alguien a quien le encanta, pero le encanta de verdad, el color beis. Mándame una foto de algo con color para no perder las ganas de vivir.
No puedo evitar sonreír, y le hago una foto a uno de los cachorros con el ridículo pañuelo arcoíris que Zoe insistió en ponerle esta mañana.
Mia: ¿Con esto vale?
Aparecen tres puntos y su respuesta llega de inmediato.
Ryder: Perfecto. Dile que es un icono de la moda. Te echo de menos x
—¿Ves? —dice Emma, leyendo por encima de mi hombro sin ninguna vergüenza—. Ese no es el mensaje de un hombre que se arrepiente de sus decisiones en la vida.
Mi móvil suena antes de que pueda discutir, y el nombre de Ryder ilumina la pantalla. El corazón me da ese vuelco tonto que lleva dándome desde hace tres semanas.
—Tengo que cogerlo —digo, poniéndome ya de pie.
—Claro que sí. ¿Y, Mia? —Emma sonríe—. Intenta que no parezca que eres completamente desdichada sin él. Al menos, hazte un poco la dura... a los hombres como él les gustan los retos.
Me apresuro hacia la puerta, contestando ya la llamada mientras salgo al aire fresco de la tarde.
—Hola —digo, y puedo oír la sonrisa en mi propia voz.
—Hola a ti. ¿Ya me echas de menos?
—Desesperadamente —admito, abandonando toda pretensión de hacerme la interesante—. ¿Cómo te trata Detroit?
Me siento en el banco de fuera del refugio, ajustándome bien su sudadera.
—Como una ciudad que alcanzó su apogeo en los setenta y no se ha enterado de que los tiempos han cambiado.
—Se ríe y puedo imaginar su sonrisa. Monísima, adorable y aun así terriblemente sexi—.
Pero el hielo está bien y Connor solo se ha caído de culo dos veces en el entrenamiento, así que somos optimistas para el partido de esta noche.
Me echo a reír y parte de la opresión en mi pecho se alivia.
Esto es lo que he estado echando de menos. No solo oír su voz, sino este cachondeo, la forma en que podemos hacernos reír incluso a cientos de kilómetros de distancia.
—¿Cuánto te queda para volver a casa? —pregunto, y al instante me arrepiento del tono necesitado de mi voz.
—Tres partidos más. Tres ciudades más. Tres habitaciones de hotel beis más. —Su voz se suaviza—. Pero ¿quién los cuenta, verdad?
Yo. Yo sí que los cuento.
—Debería volver dentro. Emma ha traído café y, si la dejo sola con los obreros demasiado tiempo, probablemente se ponga a planearles las bodas.
—¿Emma está ahí?
—Sí, ha venido con café. Probablemente solo para asegurarse de que no me vuelva completamente salvaje sin ti para civilizarme.
—Dile que le doy las gracias. ¿Y, Mia?
—¿Sí?
—Hazme una videollamada esta noche. Quiero verte la cara, no solo oír tu voz.
El calor que se extiende por mi pecho ante esas palabras es casi vergonzoso. —Me gustaría.
—Bien. Estaré en mi habitación beis sobre las nueve de tu hora. Intenta no dejar que Bear enseñe demasiado los músculos mientras no estoy.
—No prometo nada.
Su risa me sigue mientras cuelgo y vuelvo a entrar, donde Emma está enfrascada en una conversación con Marcus. Porque, al parecer, todo el mundo en este pueblo es experto en todo.
Pero mientras me reincorporo a mi rutina, comprobando a los animales y supervisando las reformas, me encuentro guardando pequeños momentos para compartirlos con Ryder más tarde.
Quizá Emma tenga razón. Quizá no se trate de si mi vida es lo suficientemente grande para él. Quizá se trate de que él está eligiendo formar parte de ella, con habitaciones de hotel y todo.
El día parece pasar volando, pero las nueve se hacen de rogar.
Salgo corriendo del refugio y el camino a casa se me hace interminable, pero finalmente entro por la puerta de mi apartamento, ya con el portátil en la mano.
Me acomodo en mi cama, ajustando el ángulo de la pantalla del portátil y alisándome el pelo. Es ridículo lo nerviosa que estoy por una videollamada con mi propio novio, pero tres días separados me han hecho sentir como una adolescente de nuevo.
Puntual, mi portátil suena con una llamada entrante.
El corazón me da un vuelco cuando la cara de Ryder llena la pantalla. Incluso a través de la conexión a internet ligeramente inestable del hotel, está guapísimo. Tiene el pelo revuelto y lleva una camiseta blanca que se le pega a los hombros de la manera correcta.
—Ah... Ahí está —dice, y su sonrisa ilumina mi pantalla—. Dios, qué guapa estás. Incluso a través de este wifi de hotel pixelado de mierda.