Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 17. Capítulo diecisiete
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17. Capítulo diecisiete

Capítulo diecisiete

Mia

D os semanas después, mi refugio se ha transformado en lo que solo puede describirse como un caos.

Un caos con una buena dosis de tíos buenos que no debería estar mirando para nada.

—¡No, no y NO! —grito por encima del ruido de las herramientas eléctricas, agitando las manos hacia el fornido obrero que intenta instalar la nueva unidad de aire acondicionado al revés—. ¡La entrada de aire va ABAJO, Marcus!

Marcus —un metro noventa y tres de puro músculo envuelto en una camisa de franela que ha visto días mejores— se rasca la cabeza y entrecierra los ojos para mirar el manual como si estuviera escrito en jeroglíficos.

—¿Está segura de eso, señorita Harper? Porque este diagrama de aquí parece que...

—Estoy segura. —Señalo con firmeza la orientación correcta—. Confíe en mí, llevo tres años estudiando cómo instalar un sistema de aire acondicionado en condiciones.

Detrás de mí, el sonido de los martillazos resuena desde la nueva sala de cuarentena, donde otros dos obreros están levantando las paredes que por fin me darán el espacio que tanto necesitaba.

El olor a serrín se mezcla con el aroma habitual del refugio a champú para perros y desinfectante, creando un cóctel extrañamente satisfactorio que huele a progreso.

Reviso mi portapapeles —sí, ahora tengo un portapapeles— y paso al siguiente punto de la lista mientras ignoro los ladridos constantes de las perreras.

Los fontaneros deberían estar terminando la nueva zona de lavado para perros en cualquier momento, los techadores están reparando la gotera de la sala de los gatos y, en algún lugar de esta hermosa locura, un electricista está instalando una docena de enchufes nuevos que de verdad funcionan.

Es como la mañana de Navidad. Solo que, en lugar de regalos bajo un árbol, tengo a profesionales competentes arreglando todos los problemas que han asolado este lugar durante años.

—¡Mia! —Zoe aparece a mi lado, vibrando con entusiasmo adolescente—. ¡Han llegado las nuevas jaulas! ¡Son ENORMES! ¡Y brillantes! ¡Y tienen dispensadores de agua automáticos!

Sigo su mirada hasta donde dos repartidores están metiendo las jaulas modulares. Parecen más propias de un hotel de lujo para mascotas que de mi pequeño y destartalado refugio.

Un estruendo procedente del almacén interrumpe mi momento de apreciación de las jaulas.

—¡BEEEEEE!

Cierto. El asunto de la cabra.

—¿Hemos sabido algo de los granjeros sobre si van a venir a por Gandalf? —le pregunto a Zoe en voz alta.

—¿Quién es Gandalf? —pregunta Marcus, todavía dándole vueltas al manual del aire acondicionado.

—Nuestro escapista particular. —Señalo hacia el almacén, donde unos golpes sordos sugieren que Gandalf está expresando su descontento con su alojamiento temporal—. Se suponía que iba a ir a un rancho, pero al parecer, cuando los dueños lo vieron, decidieron que ya tenían suficientes cabras.

—¡BEEEEEEEEEEEEE!

La puerta del almacén traquetea de forma ominosa.

—¿Debería preocuparme? —pregunta Marcus, mirando el almacén como si pudiera explotar.

—Solo si ha dejado alguna herramienta importante ahí dentro. Gandalf tiene una especial predilección por cualquier cosa que parezca masticable.

Como si lo hubiéramos invocado con nuestra conversación, Zeus —el cachorro, antes diminuto, que ahora se ha convertido en una bola de pura energía de tamaño mediano—, aparece corriendo por la zona principal con un guante de trabajo en la boca.

Detrás de él, Biscuit ladra animándolo mientras Princess, la carlina, observa el caos con la resignación de alguien que ya lo ha visto todo.

—¡Zeus! ¡Suelta! —le ordeno, pero Zeus solo menea la cola con más fuerza y sale disparado hacia la zona de obras/perreras, interpretando claramente esto como el mejor juego del mundo.

—Yo voy a por él —se ofrece el electricista, un tipo flaco llamado Pete que ha sido sorprendentemente bueno con los animales toda la mañana.

—Gracias. Pero recuerde, se le conquista por el estómago. Hay chuches en el...

Otro fuerte balido sale del almacén, seguido de un enorme estruendo que nos hace temblar a Zoe y a mí en el sitio.

—Vale, hasta aquí hemos llegado. —Me dirijo hacia el almacén, sacando el móvil—. Zoe, llama al rancho otra vez. Diles que si no recogen a esta cabra antes de las cinco, empezaré a cobrarles la estancia.

Una hora más tarde, estoy en medio de una explicación sobre el montaje correcto de las jaulas a los repartidores cuando suena la campanilla de la puerta principal. Miro y mi corazón da ese ridículo vuelco que me da cada vez que veo a Ryder desde hace dos semanas.

Está en el umbral, injustamente guapísimo con el chándal del equipo, que de alguna manera consigue resaltar cada línea perfecta de su cuerpo atlético.

Tiene el pelo todavía húmedo de la ducha de después del entrenamiento y esa sonrisa fácil que me licúa por dentro brilla con fuerza por toda la sala.

Dios, ¿cómo era capaz de funcionar antes sin esa sonrisa en mi vida?

—Hola, guapa —dice por encima del ruido de las obras, abriéndose paso con cuidado a través de la carrera de obstáculos en la que se ha convertido mi refugio—. Parece que las reformas van bien hoy, ¿no?

—Sí. Ruidosas, caóticas y absolutamente perfectas —sonrío, aceptando el beso que me da en la sien—. ¡Oye! Quizá deberías inspirarte para tu propia casa. Ya sabes, ¿esa en la que todavía duermes en un colchón en el suelo?

El mismo colchón que he estado compartiendo la última semana porque, al parecer, he perdido todo instinto de conservación cuando se trata de este hombre.

—Oye, que he comprado los cojines que querías —protesta con falsa indignación—. Eso cuenta como decorar.

—Unos cojines en el suelo no constituyen un mueble, Ryder.

—Sí lo hacen si los colocas estratégicamente.

Antes de que pueda responder a esta ridiculez, Marcus se acerca con el manual del aire acondicionado todavía en las manos y cara de confusión.

—Señorita Harper, siento interrumpir, pero creo que podríamos necesitar... —Se detiene a media frase, con los ojos como platos al ver a Ryder—. No me jodas. Eres Ryder Scott.

—Ese soy yo —dice Ryder con una sonrisa afable, extendiendo la mano—. Gracias por cuidar del refugio de Mia.

—Tío, ¿el gol que marcaste contra Las Vegas en los playoffs ? Legendario. —Marcus le estrecha la mano a Ryder con el entusiasmo de un fan adolescente que conoce a su ídolo—. Mi hijo tiene tu camiseta. Se la pone en todos los partidos.

Observo el intercambio con diversión, fijándome en cómo Ryder desvía los elogios y le pregunta a Marcus por su hijo. Incluso después de todas estas semanas, todavía me sorprende lo auténtico que es con los fans.

—De hecho —continúa Marcus, claramente deslumbrado—, si no es mucha molestia, ¿podría hacerme una foto? Para mi hijo, Mickey.

—Por supuesto —acepta Ryder, y los veo posar para varias fotos mientras Marcus toquetea su móvil como si estuviera desactivando una bomba.

Es entonces cuando me doy cuenta de que los otros obreros han dejado de trabajar y se están acercando a nosotros. Los fontaneros, el electricista, incluso uno de los repartidores de las jaulas... todos atraídos como polillas a la llama de la celebridad local de hockey.

Esto es lo que significa salir con Ryder Scott, me doy cuenta. Incluso en mi propio refugio, él es la atracción principal.

Pero en lugar de sentirme eclipsada, me encuentro extrañamente orgullosa.

Este hombre guapísimo, talentoso y famoso elige pasar su tiempo libre aquí, ayudándome a construir algo significativo. Aunque eso signifique que tenga que dormir en su suelo en lugar de en la cama perfectamente cómoda que tengo en mi propia casa.

—Muy bien, todo el mundo —digo en voz alta, dando una palmada para recuperar la atención—. A trabajar. Estas jaulas no se van a instalar solas, y me gustaría tener aire acondicionado antes de que llegue el verano.

Los obreros vuelven a sus tareas, pero me doy cuenta de que más de un móvil apunta discretamente en nuestra dirección.

—Tan popular como siempre —le digo en broma a Ryder mientras nos movemos hacia el rincón más tranquilo donde la nueva sala de cuarentena está tomando forma.

—Pues espera a que se corra la voz de que estoy saliendo con la rescatadora de animales más cotizada de Iron Ridge.

—Anda ya. Soy tan cotizada como Gandalf.

—Hablando del rey de Roma... —Ryder mira el almacén, que se ha quedado sospechosamente silencioso—. ¿Deberíamos preocuparnos por el silencio?

—Probablemente. Suele significar que está tramando algo.

Ryder se ríe, un sonido cálido y profundo en medio de todo el ruido de la construcción. —Y a ti te encanta.

—Me encantan los animales. ¿El caos? Eso lo tolero.

Pero eso ya no es del todo cierto.

El caos se siente diferente ahora. Más manejable. Como si en lugar de ahogarme en una marea interminable de necesidades y emergencias, por fin estuviera surfeando la ola y avanzando.

Mientras Ryder me cuenta cómo le ha ido el día, Bear emerge de detrás de las nuevas instalaciones de las jaulas. Sé su nombre real, pero lo he estado llamando Bear en mi cabeza porque, sinceramente, ¿cómo llamas a un hombre que es aproximadamente del tamaño de una pequeña montaña?

Debe de medir dos metros y tres centímetros, con unos hombros lo suficientemente anchos como para dar cobijo a una familia de cuatro y unas manos que hacen que mi taza de café parezca un juguete.

—Perdone, señorita Harper —retumba Bear con una voz que suena como un trueno lejano—. Dígame otra vez dónde quería que instalara estos dispensadores de agua. Ya se me ha olvidado.

—Oh, pues... —Lo miro, con el cuello acalambrado por el ángulo—. ¿Donde crea usted que tiene más sentido?

—Vale. Tendré que comprobar las conexiones de las tuberías —dice, y luego esboza una sonrisa que transforma su intimidante rostro en algo sorprendentemente amable.

Soy vagamente consciente de que Ryder se acerca más a mí; su mano se posa en la parte baja de mi espalda en un gesto que probablemente pretende ser casual, pero que se siente claramente posesivo.