Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 11. Capítulo once
42%

11. Capítulo once

Capítulo once

Ryder

L as puertas automáticas del Icehawk Arena se abren y me golpea esa familiar ráfaga de hielo recién hecho. Pero hoy, en lugar de los nervios habituales antes del entrenamiento, prácticamente floto por la entrada principal.

Porque lo de anoche ocurrió de verdad.

Mi piel todavía conserva los leves restos del aroma de Mia, y cada músculo de mi cuerpo se siente relajado de esa manera satisfecha que solo llega después de... bueno, después del tipo de noche que se va a repetir en mi cabeza durante el resto de mi puta vida.

La forma en que se veía debajo de mí, con los ojos muy abiertos y confiados, su jodidamente sexy cuerpo perfecto contra el mío.

Los suaves sonidos que hacía cuando le besaba ese punto justo debajo de la oreja.

Su piel era como la seda bajo mis dedos, y ese embriagador olor a vainilla hacía que me diera vueltas la cabeza.

Dios, era perfecta.

—¡Eh, novato! ¿Piensas quedarte en el vestíbulo todo el día o vamos a entrenar?

La voz de Blake atraviesa mi muy inapropiada repetición mental, y me doy cuenta de que he estado parado en medio de la entrada del estadio, congelado como una especie de estatua enamorada.

—Sí, lo siento. Es que estoy cansado. —Me pongo a su lado mientras nos dirigimos al vestuario.

—¿Cansado? —Blake levanta una ceja, echándome un vistazo que es demasiado perspicaz para mi tranquilidad—. Tienes la misma cara que alguien a quien le acaba de tocar la lotería y ha solucionado el hambre en el mundo el mismo día.

Por ahí van los tiros.

—He dormido bien —digo, lo cual es técnicamente cierto. Una vez que por fin nos pusimos a dormir, claro.

Blake resopla.

—Claro. Y yo soy el Papa.

El vestuario ya bulle de actividad cuando abrimos las puertas. Connor se está atando los patines, Jackson encinta metódicamente su stick , y aproximadamente la mitad del equipo está repartida en diversas fases del proceso de equiparse.

Los sonidos familiares del caos previo al entrenamiento me envuelven. Cuchillas de patines raspando contra el hormigón, el clang metálico de las puertas de las taquillas, los chicos picándose unos con otros con el tipo de afecto que solo proviene del sufrimiento compartido en el hielo.

—¿Alguien sabe por qué estamos aquí? —grita Jackson desde el otro lado de la sala, pasándose la camiseta por la cabeza—. Creía que el entrenador había dicho que teníamos el día libre hasta el partido.

—Probablemente quiera volver a repasar los sistemas de juego —sugiere Connor, sin levantar la vista de sus patines—. El power play de Montreal ha estado machacando a los equipos últimamente.

Me siento en mi taquilla y la memoria muscular se apodera de mí mientras me quito la ropa de calle y cojo mi equipo. Primero los pantalones de compresión y la camiseta térmica, luego la coquilla que ha salvado a mis futuros hijos más veces de las que quiero contar.

Hablando de futuros hijos…

El pensamiento me asalta de la nada, una imagen de manos diminutas y ojos color avellana y quizá una niña con la barbilla testaruda de Mia que preferiría rescatar pájaros heridos a jugar con muñecas.

Eh, para el carro, Scott.

Pero incluso mientras intento apartar el pensamiento, este se queda pegado como una canción que no puedes quitarte de la cabeza. Hay algo en lo de anoche, en la forma en que Mia se veía en mi cocina esta mañana, que hace que lo imposible parezca de repente posible.

Como si la razón exacta por la que compré esa casa estuviera empezando a cobrar vida. Aunque no tenga las reformas listas como esperaba.

¡Ryder!

La voz de Blake me devuelve a la realidad, y me doy cuenta de que he estado sosteniendo la misma espinillera durante los últimos dos minutos sin ponérmela.

—¿Qué?

—Te he preguntado si Sophia te ha dicho algo sobre lo de la beneficencia. —Me estudia la cara con la intensidad de alguien que analiza la grabación del partido de la semana pasada—. La recaudación de fondos del sábado. ¿Esa con la que llevas obsesionado toda la semana?

—Sí, me ha enviado un mensaje esta mañana. Va todo sobre ruedas. —Me abrocho las espinilleras y cojo los pantalones de hockey—. Las mesas de los vendedores están todas vendidas, Lucy tiene las redes sociales que echan humo y, al parecer, medio pueblo piensa venir.

—Bien. —Blake asiente con aprobación—. Debería ser un exitazo. Tu chica va a quedarse impresionada.

Mi chica.

Las palabras me provocan un cálido rubor en el pecho, aunque técnicamente no tengo ni idea de si Mia es algo mío después de la conversación de esta mañana. O la falta de ella.

Pero, Dios, quiero que lo sea.

—No es mi chica —digo automáticamente, pero hasta yo me doy cuenta de lo poco convincente que suena.

Connor suelta una carcajada desde el otro lado de la sala.

—Una mierda. Llevas escrito en la cara ese brillo de «acabo de follar», novato.

El calor me sube por el cuello mientras la mitad del vestuario se gira para mirarme con diversos grados de diversión y curiosidad.

—No sé de qué hablas —murmuro, concentrándome intensamente en atarme los patines.

—Por favor. —Jackson interviene desde su rincón, sin siquiera molestarse en levantar la vista de la cinta de su stick —. Pareces alguien a quien le acaban de decir que la Navidad se ha adelantado y le han traído todo lo de su lista de deseos.

—A lo mejor por fin le ha echado un par de huevos y ha pasado a la acción —sugiere Connor con una sonrisa.

—Ya era puta hora —grita alguien, y de repente toda la sala está opinando sobre mi vida amorosa como si fuera una especie de ejercicio de equipo.

—Vale, vale. —Blake levanta las manos, pero él también está sonriendo. Capullo —. Dejad al hombre en paz. Incluso en el vestuario, algunas cosas son sagradas. Al menos durante unos días.

Me guiña un ojo y yo le lanzo una mirada de agradecimiento, pero antes de que pueda darle las gracias como es debido, mi móvil vibra en la bolsa de deporte y la voz del entrenador Brody retumba por el vestuario como una sirena de niebla.

—¡Bueno, señoritas! ¡En marcha! —El entrenador golpea la puerta con el puño—. ¡El tiempo en el hielo empieza ahora, no cuando decidáis honrarnos con vuestra presencia!

Salimos del vestuario en una estampida salvaje, con los patines repiqueteando contra la alfombra de goma que lleva al hielo.

El estadio está vacío, a excepción de unos cuantos tipos de mantenimiento y lo que parecen ser Sophia y Lucy, acurrucadas en las gradas con portapapeles y lo que parece ser una caja de material promocional de tamaño industrial.

El hielo brilla bajo las potentes luces del estadio, perfectamente inmaculado por ahora, esperando a que lo destrocemos con ejercicios y partidillos.

—¡Vueltas de calentamiento! —grita el entrenador desde detrás del banquillo—. ¡Dos vueltas, y luego repasamos sistemas de juego!

Me impulso, acomodándome en la rutina del calentamiento. Zancadas largas y suaves que aumentan gradualmente la velocidad y hacen que la sangre fluya. A mi alrededor, el resto del equipo se extiende por el hielo, cada uno encontrando su ritmo.

Este es mi lugar feliz. Lo ha sido desde que tenía seis años y mi madre me ató los patines por primera vez. La sensación de velocidad controlada, la forma en que el aire frío te quema en los pulmones, el sonido de las cuchillas surcando el hielo.

Pero hoy, ni siquiera el hockey consigue despejarme la cabeza por completo.

Cada vez que doy la vuelta al extremo más alejado de la pista, mis ojos se desvían hacia la galería del estadio, donde puedo ver a Emma colgando una enorme pancarta de « Noche benéfica de Colas y Patas » en la entrada de la cafetería.

Me ve y me levanta un pulgar con tanto entusiasmo que casi se cae de la escalera de mano.

—¡RYDER SCOTT!

La voz del entrenador atraviesa el hielo como un latigazo, y me doy cuenta de que me he desviado demasiado cerca de la valla, perdido en mis pensamientos sobre ojos color avellana y besos de buenos días.

Mierda.

Corrijo el rumbo y aumento la velocidad, pero el daño ya está hecho. El entrenador Brody tiene esa mirada. La que significa que está a punto de cantarme las cuarenta delante de veinte tíos que no me lo perdonarán en la vida.

Efectivamente, cuando termina el calentamiento y nos reunimos alrededor del banquillo para recibir instrucciones, el entrenador Brody me hace un gesto con la cabeza hacia la entrada del túnel.

—Novato. Una palabra.

Doble mierda.

Patino hasta allí, muy consciente de que todos los ojos del estadio siguen mi movimiento. Los chicos intentan parecer ocupados con sus botellas de agua y los ajustes de sus sticks , pero puedo sentir su curiosidad, y su diversión, irradiando a través del hielo.

Hunter Brody tiene una presencia intimidante en su mejor día. Un metro noventa de antiguo enforcer con ojos grises y oscuros que han visto todo lo que este deporte puede ofrecer.

Hoy, en la sombría entrada del túnel, parece que podría levantar una camioneta en press de banca solo para demostrar algo.

—¿Quiere decirme dónde tiene la cabeza hoy? —pregunta, irguiéndose y clavándome la mirada en el puto alma.

—Mi cabeza está aquí mismo, entrenador. Lista para trabajar.

—¿Ah, sí? —Se cruza de brazos y la cazadora de Iron Ridge se le estira sobre unos hombros que siguen siendo impresionantemente anchos para un hombre de cuarenta y tantos—. Porque, desde donde yo estoy, parece alguien que tiene las prioridades confundidas.

Aprieto la mandíbula.

—Mis prioridades están bien.

—¿Lo están? —Se acerca más, y recuerdo que incluso sobre patines, el hombre es intimidante de cojones—. Porque he estado oyendo cosas, Scott. He oído hablar de demasiadas noches hasta tarde. Y de refugios de animales. Y de eventos benéficos que no tienen nada que ver con el hockey.

—Entrenador, con el debido respeto, lo que hago en mi tiempo libre…

—Afecta a este equipo —me interrumpe con una mirada fulminante—. Afecta a su rendimiento. Afecta al hecho de que ganemos o perdamos el sábado por la noche.

—Mi rendimiento ha sido bueno.