Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 1. Capítulo uno
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Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5)

Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5)

Por C.H. James

© inepub.com

1. Capítulo uno

Capítulo uno

Ryder

E l rosbif de mamá está a medio comer en mi plato mientras papá se reclina en la silla, con las cejas arqueadas de esa manera que significa que estoy a punto de ser sometido al tercer grado.

—Así que, esa cabaña tuya. —Da un sorbo a su cerveza, como si tal cosa—. ¿No dijiste que ibas a poner el tejado en marzo? Estamos en junio, hijo.

Pincho una patata. —He tenido algunos retrasos con el contratista, papá.

—¿Retrasos? —Se ríe entre dientes—. ¿Así es como lo llamamos ahora?

La verdad es que he pasado más tiempo en la protectora de animales local que en mi propia propiedad. Y eso no es algo que tenga muchas ganas de explicarle esta noche al jurado de la cena familiar.

Compré mi ruinosa casa con la esperanza de empezar de cero al volver a mi ciudad natal. Elegí la peor casa de la mejor calle. Un consejo de papá, por supuesto.

Pero la casa es un desastre. Un colchón en el suelo, sin cortinas, un único enchufe que funciona. Sip. El alojamiento de cinco estrellas de un jugador de hockey profesional que gana millones para que le salten los dientes en la televisión nacional.

Viviendo el sueño, un cable eléctrico pelado a la vez.

Cam se lanza desde el otro lado de la mesa, como un halcón que detecta una debilidad. Mi hermana pequeña ha perfeccionado el arte del golpe de gracia en el momento oportuno durante veintitrés años de práctica.

—Bueno, a lo mejor terminarías la cabaña si no estuvieras tan ocupado haciendo de voluntario en la protectora de animales. —Su sonrisa se ensancha—. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí… Mia . La misma chica de la que llevas enamorado desde… siempre.

El calor me sube por el cuello.

—Cállate, Cam. Estoy ayudando con el programa comunitario. El equipo lo espera.

—Mmm. ¿El programa que terminó el mes pasado ? —Cam sonríe con suficiencia desde detrás de su tenedor e intento darle una patada por debajo de la mesa—. ¿Y no es ese el programa en el que casualmente elegiste el único lugar donde trabaja tu novia del instituto?

—Es Iron Ridge. Solo hay una protectora de animales.

Mamá desliza otra ración de judías verdes en mi plato sin preguntar. —Ah, eso me recuerda. La perra de los Henderson ha tenido cachorros. Le escribí a Mia para decirle que quizá te pasarías a verlos.

—Le dijiste… ¡espera, ¿le escribes a Mia?! —Mi cara parece la de alguien que acaba de chupar un limón—. ¿Esto es algo habitual, mamá?

—Solo cuando no nos vemos en nuestro encuentro habitual del mercado de agricultores de los jueves.

Mamá lo dice como si fuera obvio que yo debería conocer su calendario semanal de recopilación de información sobre Mia Harper.

Capta mi expresión desde el otro lado de la mesa y se encoge de hombros. —¿Qué? ¿Crees que porque te fuiste del pueblo iba a dejar de preocuparme por esa chica?

Remuevo la comida en el plato, recordando cómo mamá le enseñaba a Mia a hornear los domingos por la tarde. Cómo se reían en la cocina mientras papá y yo veíamos el hockey.

—Ella no tiene una familia como esta, cariño —dice mamá en voz baja, leyéndome la mente como siempre—. Que le rompieras el corazón no significa que yo tuviera que hacerlo.

La verdad impacta como una carga contra el cristal.

—Genial. —Doy vueltas a las judías—. ¿Así que todos estáis… hablando a mis espaldas de que soy voluntario allí?

Papá resopla. —Hijo, todo el pueblo lleva hablando de vosotros dos desde que volviste. La vieja señora Peters de la farmacia me pregunta cada semana si ya has «cerrado el trato».

Mi padre menea las cejas de forma sugerente y Cam imita el escalofrío que me recorre el cuerpo.

—Joder, papá. —Me doy una palmada en la frente—. Por favor, no vuelvas a decir cerrar el trato de esa manera nunca más.

A Cam le brillan los ojos. —Por muy asqueroso que sea, papá tiene razón. Deberías haberte visto la cara cuando apareció en tu servicio comunitario. Como si hubieras visto un fantasma y te hubiera tocado la lotería al mismo tiempo.

Y así fue. Cuando el entrenador dijo que haríamos difusión en negocios locales, nunca esperé entrar y encontrarme a Mia. No con el pelo recogido, la camisa de trabajo remangada hasta los codos y lanzándome esa mirada fría que decía que yo era la última persona que quería ver.

Resulta que ocho años no habían cambiado nada. Nada… y todo.

—Joder. Me odió ese primer día —murmullo.

—¿Puedes culparla? —Cam se encoge de hombros—. Te fuiste de Iron Ridge sin mirar atrás.

—Eso no es… —empiezo, pero la defensa muere en mi garganta.

Porque es verdad, ¿no?

La dejé con las lágrimas corriéndole por la cara mientras yo me alejaba en coche hacia la puesta de sol.

Perseguí las luces brillantes y las multitudes rugientes, el contrato de la NHL que todo el mundo decía que no podía rechazar.

Apenas era un adulto. Apenas tenía edad para saber lo que hacía. Joder, ni siquiera tuve las agallas de pedirle que viniera conmigo. Simplemente la dejé y me fui. Como un maldito cobarde que se alejó de la única persona que realmente lo conocía.

Mamá se levanta de la mesa, recogiendo nuestros platos vacíos. Papá charla con Cam sobre unas inversiones de trabajo y, cuando estoy a punto de hacer el amago de irme, mamá vuelve de la cocina.

Deja caer un táper azul en mi regazo.

—Estas son para Mia. Magdalenas de limón y arándanos. Son sus favoritas. —Me lanza una mirada intencionada—. No dejes que se pongan duras esta vez, Ryder Scott. Te lo advierto.

Joder.

Para ser justos, la mirada que me está clavando mamá está justificada. La última vez, las llevé encima durante tres días antes de armarme de valor para dárselas. Para entonces, estaban duras como discos de hockey.

—Sabes que no soy su repartidor —protesto débilmente, a pesar de que ya estoy planeando en mi cabeza la mejor manera de entregárselas.

—No, eres el chico que le rompió el corazón. —La voz de mamá se suaviza—. Pero estás intentando arreglarlo, ¿verdad?

—Mamá, yo…

—¿ Verdad , cariño? —Mamá se apoya en la mesa y me mira fijamente hasta que asiento con la cabeza—. Buen chico.

Miro el recipiente como si pudiera explotar.

Estas últimas semanas en la protectora, lavando jaulas, acarreando sacos de comida, construyendo la nueva valla, todo como parte del Programa Comunitario de los Icehawks… es lo más feliz que he estado desde que volví a Iron Ridge.

Y, curiosamente… no es por el hockey.

Es por ella.

Porque a veces, cuando cree que no la estoy mirando, Mia, mi antigua novia del instituto…, baja la guardia. Y en ese dulce momento, vislumbro a la chica que solía mirarme como lo hacía cuando éramos más jóvenes.

Esa dulzura en sus ojos, esa casi sonrisa que parpadea en su rostro antes de que recuerde que se supone que está enfadada conmigo.

Es como ver el sol asomarse entre las nubes de una tormenta. Es breve, sobrecogedor, pero desaparece antes de que puedas apreciarlo de verdad.

Como ayer, cuando estaba forcejeando con un enorme san Bernardo que decidió que mi cara necesitaba una limpieza.

Cuando por fin escapé del baño de lengua y levanté la vista, allí estaba ella…

apoyada en el marco de la puerta, con los ojos arrugados en las comisuras, ese hoyuelo que solía besarle apareciendo por un instante antes de que volviera a poner su expresión de indiferencia profesional.

Esos momentos valen todo el trabajo pesado, todos los madrugones, todas las bromas que aguanto de los tíos en el vestuario por pasar mis días libres recogiendo mierda de perro en lugar de dormir hasta tarde.

Vivo para esos segundos de descuido, coleccionándolos como recuerdos preciosos. Porque me dan la esperanza de que tal vez, solo tal vez, no haya destruido por completo lo que teníamos.

Veinte minutos después de despedirme de mis padres, estoy sentado en mi camioneta fuera de la protectora, con las magdalenas en el asiento del copiloto, tratando de convencerme de que esto es algo normal.

Solo déjaselas. Entra y sal rápido. No lo hagas raro.

Excepto que todo en esto es raro.

Llevo diez minutos dando vueltas a la manzana como una especie de acosador de productos de repostería, y estoy bastante seguro de que la señora Henderson me ha estado observando por la ventana.

La protectora está mayormente a oscuras, excepto por el cálido resplandor de la sala principal.

El coche de Mia sigue aquí. Ese Honda destartalado con las pegatinas de la organización de rescate cubriendo la mitad del parachoques.

Probablemente está haciendo las rondas nocturnas, asegurándose de que todos estén acomodados para pasar la noche, cuidando de todos los demás excepto de sí misma, como siempre hace.

Podría dejar las magdalenas en el umbral. Llamar y salir corriendo como si tuviera doce años.

Pero esa sería la salida del cobarde.

Y ya he sido un cobarde durante ocho años.

— A la mierda —mascullo para mis adentros, cogiendo el táper y obligándome a salir de la camioneta antes de perder el valor.

La campanilla sobre la puerta suena cuando entro, pero no hay ni rastro de Mia en la recepción.

Miro a mi alrededor y me asomo por el estrecho pasillo hasta que oigo su voz procedente de la zona de las jaulas.

Esta noche tiene ese tono suave y tranquilizador que usa con los animales asustados…

La misma voz que usó conmigo la noche en que le conté lo del infarto de mi padre en el penúltimo año de instituto.

Doy un paso silencioso, dejando que su voz me atraiga.

—Ya sé, pequeño. Sé que da miedo estar en un sitio nuevo. Pero ahora estás a salvo, ¿vale? Ya nadie te va a hacer daño.

Sigo el sonido y la encuentro agachada junto a una jaula en el rincón del fondo, engatusando a un pitbull mestizo que tiembla con suaves caricias de sus dedos a través de la alambrada.

El pelo se le está saliendo de la coleta, y tiene una misteriosa mancha de lo que podría ser pienso…

o tierra… o, santo Dios , ¿es eso mierda de animal?