ROMPIENDO LA TRADICIÓN CAPÍTULO 1
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ROMPIENDO LA TRADICIÓN

ROMPIENDO LA TRADICIÓN

Por C. M. Carpi

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Brad

Las ruedas del autobús giran, giran, giran...

Las ruedas del autobús giran, giran, giran...

Por toda la ciudad...

—Me encanta esa lista de reproducción.

—¡Joder! —Dean se quita las gafas, lo que es una auténtica pena porque le quedan increíblemente sexys, y las deja sobre la mesa de centro—.

Te juro que, si vuelves a cantar esa canción una vez más, me ahorco.

—Cierra el portátil de golpe y lo deja a su lado en el sofá—.

¿De verdad esos dibujos son seguros para Claire?

Porque, sinceramente, a mí todo esto me parece una secta.

Intento contener la risa para ver hasta dónde es capaz de llegar con esa teoría. Da igual el tiempo que pase, nunca dejan de hacerme gracia sus ocurrencias.

—¿Una secta? —pregunto, dando un trago a mi cerveza antes de dejar la botella junto al sillón y cruzarme de brazos.

—¡Sí, tío! Esas canciones se te meten en la cabeza de una manera... —Se señala la sien, la sacude exageradamente y se levanta para ir hasta la nevera—. La semana pasada, en plena reunión, me sorprendí cantando «La vaca Lola».

Esta vez ya no puedo contener la risa.

—Solo me di cuenta de lo que estaba haciendo cuando solté un «mu, mu, mu» y mi becaria me dio una patada en la espinilla. —Se deja caer de nuevo en el sofá, abre la cerveza y le da un largo trago antes de dejar la chapa sobre la mesita auxiliar—. Dice que llevaba más de diez minutos tarareándola.

Cojo mi cerveza, me levanto y voy a sentarme a su lado. Los dos apoyamos las piernas sobre la mesa de centro al mismo tiempo.

—Ayer, en mitad de una operación, me puse a cantar la canción de la hora del baño.

—Me lavo la cara, la, la, la, la, la...

Cantamos al unísono y rompemos a reír al instante.

—Nadie me interrumpió mientras iba repasando cómo había que lavarse cada parte del cuerpo. Solo paré cuando Nate me preguntó si ya estaba lo bastante limpio como para concentrarme en la operación.

—Te lo digo en serio. Esas canciones no son buenas para ella. Creo que ya va siendo hora de que empiece a ver Discovery o Animal Planet.

—Claro, porque no hay nada más saludable que ver cómo unos animales se despedazan entre ellos.

—Bueno... quizá le guste «La Cueva del Dragón».

—Dean, tiene un año y medio. Es normal que le gusten esos dibujos tan coloridos. Además, son educativos. Ayer se negó a salir de la bañera hasta terminar de lavarse todos los dedos de las manos y de los pies.

—No sé, no sé... —Se deja caer contra el respaldo del sofá y apoya la cabeza en mi hombro—. ¿Te apetece ir a tomar unas cervezas al Luminous?

—La verdad es que me apetece más pedir una pizza, poner un partido y quedarme tirado en el sofá contigo.

—Esperaba que dijeras eso. —Saca el móvil del bolsillo, lo desbloquea y aparece una foto de Claire tomada un sábado por la mañana: despeinada y con cara de muy pocos amigos, igual que su padre antes de tomarse el café.

Los dos sonreímos al verla.—Joder... La echo muchísimo de menos y solo lleva media hora fuera de casa. ¿Crees que estará bien con tu hermana?

—Seguro que sí.

—¿Y si se pone a llorar en mitad de la noche?

—No lo hará. Pero, si pasa, iremos a buscarla.

—¿Le has dicho que no le dé demasiadas chuches?

—Ajá —murmuro con la botella aún apoyada en los labios.

—¿Se ha llevado el cuento que le leemos todas las noches? Estaba tan concentrado terminando un informe que ni siquiera me fijé en lo que llevaba en la mochila.

—Sí. Yo metí el cuento... y también al señor Mono.

—¡La leche! ¿Llevará suficiente? Ya sabes que hay noches en las que todavía pide pecho...

Levanto un poco la cabeza y acallo sus palabras con un beso.

—Va a estar bien —susurro.

Él sonríe con esa expresión traviesa que tanto me gusta.

—¿Qué?

—¿Sabes de qué acabo de darme cuenta?

—¿De qué?

—Estamos solos en casa.

Asiento sin apartar la vista de sus labios. Se pasa lentamente la lengua por el inferior, plenamente consciente del efecto que tiene sobre mí. Sus ojos azules permanecen clavados en los míos mientras yo soy incapaz de mirar otra cosa que no sea su boca.

Dean me quita la botella de la mano, la deja junto a la suya sobre la mesita y se quita la camiseta.

—No me puedo creer que podamos volver a follar en este sofá cama.

También me quita la camiseta y se inclina sobre mí.

Me pongo duro al instante.

—¿Cuánto hace que no hacemos esto? —Su voz ronca junto a mi oído me recorre el cuerpo entero, enviando un escalofrío directo a la entrepierna.

—¿Cuánto hace que no follamos... o cuánto hace que no follamos aquí?

—Cinco días. No es que los haya estado contando... —susurra contra mi cuello mientras mueve lentamente las caderas, dejándome notar lo duro que está él también—. Bueno... sí. Claro que los estaba contando.

Sonrío antes de buscar su boca con urgencia. Gime en cuanto nuestras lenguas se encuentran y ese sonido grave me atraviesa por completo, empujándome todavía más contra él.

—Pero creo que no hemos vuelto a usar este sofá cama desde que llegó Claire.

Dean se pone de rodillas, me baja los pantalones junto con los calzoncillos y, con la misma torpeza, se deshace también de los suyos.

Estoy tan excitado que un solo segundo lejos de su cuerpo ya me parece demasiado.

Yo también he estado contando los días para esto, desesperadamente.

A principios de año le prometí que dejaría de hacer tantos turnos, pero estos últimos días han sido una locura y he acabado pasando la mayor parte del tiempo metido en quirófano.

—Tengo todo el fin de semana libre.

—Entonces, más nos vale aprovecharlo.

Un segundo después ya solo existen las manos, los gemidos y una excitación que amenaza con desbordarnos. El sofá cama, aunque demasiado estrecho para los dos, hace que nuestros cuerpos rocen el uno contra el otro con mucha más facilidad.

—Joder, Dean... —Aprieto los cojines a mi lado y alzo las caderas cuando su lengua recorre mi pecho y desciende lentamente por mi abdomen, dejando un rastro de besos cálidos hasta alcanzar la punta de mi polla—.

Cuánto echaba esto de menos... —murmuro con la voz rota por la excitación cuando su lengua recorre toda mi longitud.

Levanto la cabeza justo a tiempo para verlo sonreír de medio lado, observándome a través de las pestañas.

—¿Tú también lo echabas de menos? —pregunta.

Y, sin darme tiempo a responder, vuelve a envolverme con la boca. La ansiedad con la que me toma hace que apenas pueda pensar. Solo puedo abandonarme al deseo que se apodera de cada rincón de mi cuerpo.

—Ah... —Arqueo la espalda y le sujeto el pelo, suplicándole en silencio que vaya más hondo, más rápido.

Pero se detiene de golpe.

—Tienes que dejar de gemir así —dice, todavía de rodillas, mientras me mira desde abajo y empieza a acariciarse—. Me vuelves completamente loco cuando gimes así.

—Joder... —Me incorporo apoyándome sobre los codos para observarlo—. ¿Qué estás haciendo?

—Jugando contigo.

Tiene los ojos empañados por el deseo y no aparta la mirada de la mía.

Alargo el brazo hacia la mesa auxiliar, cojo sus gafas y se las tiendo. Dean sonríe sin decir una palabra, las coge y se las pone.

—No sabía que eso te ponía.

—Pues creo que sí.

Aprieta con fuerza la base de su polla y parece que vaya a sonreír, pero, en lugar de hacerlo, deja escapar un gemido que abre sus labios formando una perfecta «o» mientras cierra los ojos durante un instante.

—Hazlo —le pido.

Dean vuelve a abrir los ojos y se sorprende al verme imitándolo.

Sí. Nos estamos masturbando sin apartar la vista el uno del otro y, tengo que admitirlo, la experiencia resulta completamente nueva... y terriblemente excitante.

—No voy a aguantar mucho si sigues mirándome así.

—Lo sé... Yo tampoco.

—Joder... —gimo.

Ese sonido parece encender algo dentro de Dean. Su mano empieza a moverse cada vez más deprisa, con más fuerza, mientras su respiración se vuelve completamente irregular.

—Me voy a correr, Brad...

Lo dice apenas un segundo antes de correrse.

Yo no tardo en alcanzarlo, arrastrado por sus gemidos y por los espasmos que recorren todo su cuerpo.

—Vaya... —murmura mientras se deja caer sobre mí sin darle la menor importancia al desastre que ha quedado sobre mi abdomen—. Creo que nunca habíamos hecho algo así.

Me deja un beso lento sobre el pecho antes de entrelazar sus piernas con las mías.

—Eso no es verdad. Ya lo hemos hecho unas cuantas veces por videollamada.

—Es cierto. —Levanta la cabeza y deposita un beso en mis labios—. Pero en persona es muchísimo mejor.

—Muchísimo mejor.

—¿Pedimos una pizza ahora?

—La verdad... —me muerdo el labio inferior antes de besarte otra vez, esta vez solo un instante—, ahora mismo me apetecen otras cosas contigo... en nuestra cama.

Deslizo la mano por su espalda, le aprieto el culo y la llevo entre nuestros cuerpos hasta encontrar su polla. Ya no está tan dura como hace un momento, pero conozco su cuerpo lo suficiente para saber que tardará muy poco en volver a estar lista.

—Soy todo tuyo, Brad.