Rompehechizos (Auras y Brasas 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

L a casa de los Brenner estaba en el corazón del distrito histórico de Savannah, lo que le dio a Gideon tiempo de sobra para hacer algunas llamadas.

Mientras Dacey conducía, la marisma pasaba en destellos de hierba dorada y verde y agua parda.

Observó desaparecer los últimos juncales de marisma mientras sacaba el teléfono.

Vena contestó al segundo tono.

—Ahí estás. Me pasé toda la mañana aguantándome las ganas de llamarte en medio de una lectura. —Se la oía acomodarse en una silla—. ¿Cómo estás? Asegúrate de comer suficiente. Hacer una lectura quema más calorías de lo que crees.

—Me dieron de comer en el avión. Estoy bien, Vena.

—Supongo que si estás llamando es porque ya revisaste la escena del crimen. —Su voz se suavizó—. Un niño desaparecido. No es el tipo de caso con el que debería empezar nadie.

—Alguien tiene que investigarlo. Y al parecer soy el único auramante en ciento sesenta kilómetros a la redonda.

—Lo sé. Eso no significa que tenga que gustarme.

Había un peso bajo sus palabras que lo hizo detenerse.

—Vena —dijo con cuidado—, ¿esto te hace pensar en tus sobrinas?

La línea quedó en silencio, el tiempo suficiente para que se preguntara si había ido demasiado lejos.

—Siempre lo hace —dijo al fin, y su voz había adquirido una suavidad gastada que raramente le oía—. Cada vez que un caso involucra a un niño. Eso nunca se pasa.

—Lo siento. No tienes que hablar de ello.

—No. Puedes preguntarme lo que quieras, Gideon. —Vena emitió un murmullo pensativo—. Estás preguntándote si podría estar relacionado.

—¿Es un pensamiento descabellado?

—No es descabellado. Pero… no lo creo. Lo que le pasó a mi familia no fue así. Aquella noche asesinaron a mi hermana y a su marido en su propia casa, y lo hicieron humanos. No hubo nada silencioso ni cuidadoso en ello. Quien se llevó a mis sobrinas también mató a sus padres.

—De acuerdo, pero puede que alguien haya asesinado a la familia Argent —sugirió Gideon.

—Sí, pero aun así ocultaron su crimen. Además, quienes asesinaron a mi hermana eran humanos. Un auramante analizó la escena del crimen. —Algo crujió al otro lado de la línea y oyó el clic de un bolígrafo—. Bien. Ahora cuéntame qué percibiste, y no omitas ni un solo detalle, por pequeño que sea.

Vena guardó silencio cuando él terminó. Podía imaginársela con los ojos cerrados, dando vueltas a cada detalle como si fuera uno de los objetos de sus cajas.

—Vaya —dijo al fin—. Eres todo un prodigio.

Apuesto a que la mayoría de los auramantes con el triple de tu experiencia no habrían encontrado esa costura.

—Antes de que él pudiera desviar el elogio, ella continuó—.

Ese crepitar. No estoy segura de qué tipo de magia es eso.

Desde luego no es de mago ni de brujo, tienes razón en eso.

Vamos a analizarlo juntos, entonces. ¿Podría haber sido un raiju?

—No. Me mandaste ese bigote de raiju en mayo, ¿recuerdas?

Eso crepitaba, pero era más como un rayo.

Y no había esencia animal. Esto era más cálido y sutil que la magia raiju.

Y no era salvaje en absoluto, Vena. La magia raiju se siente como un rayo salvaje.

Esto era preciso, como una labor de bordado.

—De acuerdo, descartemos al raiju. ¿Y un pájaro del trueno? Llevan carga eléctrica.

—Tampoco encaja. No se sentía como una tormenta: sin lluvia, sin viento. Y no se sentía tan… grande, si sabes a qué me refiero. Era todo lo contrario. Pequeño y fino y paciente. Quien hizo esto deshizo esa protección hilo a hilo.

—Bien, de acuerdo. Vamos a enfocarlo desde otro ángulo. Olvidemos el crepitar. ¿Quién puede abrir una protección sin romperla? Algunos Fae podrían lograrlo. Lo mismo los chamanes. Ambos podrían tener el poder, pero no serían capaces de eludir la alarma. Tiene que haber algo más… déjame pensar.

—Estoy bastante seguro de que no es un Fae ni un chamán. La firma mágica no se sentía como ninguno de los dos.

—Ya me lo imaginaba. Quizás fue una mara o un alp.

—¿Qué son esos?

—Espíritus nocturnos germánicos y eslavos. Una mara se cuela en el dormitorio de su víctima mientras duerme, se sienta sobre su pecho y le drena el poder. De ahí viene la palabra inglesa nightmare, «pesadilla».

Él hizo una mueca ante la descripción.

—Y un alp es el primo germánico de la mara —continuó Vena—. Un ser similar, pero más malévolo. Se parece más a un íncubo.

—¿Alguno de esos seres sería capaz de traspasar las protecciones?

—Quizás, pero probablemente no —dijo Vena—.

Son conocidos por entrar en los hogares a través de un ojo de cerradura, o de un nudo en la madera, o por la rendija bajo una puerta.

Cualquier grieta pequeña les sirve. La superstición llevaba a la gente a tapar los ojos de cerradura por las noches para mantenerlos fuera.

Pero no creo que puedan eludir una protección sin activarla.

No conozco ningún Mítico que pueda hacer eso.

Él gruñó y se pellizcó el puente de la nariz. —Ninguno de estos seres cumple todos nuestros criterios.

El silencio en la línea se prolongó tanto que Gideon pensó que había perdido la llamada.

—En todos mis años —dijo Vena lentamente—, he manejado magia de todo tipo de Mítico que figura en el registro del Cónclave, y de algunos que no figuran.

Me gustaría con toda mi alma darte una respuesta, pero no la tengo.

Que yo sepa, ningún Mítico vivo posee una magia que sea blanca, crepite como un cable pelado con corriente y pueda eludir una protección. No sé qué pensar sobre esto.

—Yo tampoco. —De una manera extraña, le reconfortaba que Vena tampoco supiera a qué se enfrentaban.

—Casi he terminado aquí. Voy a concluir este proyecto hoy, y luego tomaré un avión de regreso. Ya no tendrás que cargar con esto solo. Hasta entonces, llámame después de cada casa que inspecciones, y repasamos juntos lo que hayas encontrado. Sé que puedes hacerlo. Estás listo.

Gideon tuvo que aclararse la garganta antes de responder. —De acuerdo, Vena.

—Y recuerda lo que te dije sobre los Brenner.

—Tener cuidado y medir lo que digo.

—Sí —confirmó ella—. Rosalind Brenner estará buscando dónde descargar meses de dolor y rabia, y no quiero que recaigan sobre ti. Llámame esta noche.

—Lo haré. Adiós, Vena.

Bajó el teléfono, y Dacey extendió la mano sin apartar los ojos de la carretera y le acarició la nuca. Cuando él inclinó la cabeza para que pudiera hacerlo mejor, ella le pellizcó la oreja en vez de seguir. —¿Vena piensa venir en avión para arroparte por las noches? —bromeó.

—Básicamente. Pero le dije que primero tendría que quitarte el puesto.

—Ja. Muy gracioso.

Gideon sonrió, pero antes de que pudiera decir algo más, el teléfono vibró en su mano. Miró la pantalla y vio el nombre Leonhard.

—Hola, Leonhard.

—Hola. —Leonhard devolvió el saludo de manera apresurada e impaciente, como alguien que sigue las normas sociales aunque no las entienda—. ¿Dónde estás?

—Acabamos de salir de la casa de los Marchetti.

—Bien. Cuéntame todo. —La voz de Leonhard era precisa y tajante. Gideon se había formado una imagen completa del Numerai a lo largo de meses de llamadas telefónicas y se preguntó una vez más qué aspecto tendría—. Empieza por la protección perimetral. ¿El entramado era continuo o segmentado?

Gideon le explicó todo. Leonhard lo interrumpió varias veces con preguntas tan específicas que tuvo que detenerse y consultar sus notas.

—¿Estás seguro —dijo Leonhard al fin— de que solo detectaste magia de mago y de ese otro Mítico desconocido? ¿Ningún otro tipo de magia?

—Ninguna. Solo esas dos.

—De acuerdo. Voy a introducir esta información en mi base de datos para ver si encuentro algo. —Una pausa, y pudo oír el repiqueteo de un teclado en algún lugar al otro lado—. ¿Hablaste ya con Vena? ¿Reconoció la magia del rompehechizos?

—Sí. Ella tampoco la reconoció. Viene mañana a examinarlo ella misma.

—De acuerdo. Esa es una buena noticia. —Leonhard soltó un suspiro como si cargara el peso del mundo sobre los hombros—.

La voz se está corriendo más rápido de lo que preveía.

La gente ya está hablando de los niños Míticos robados.

Nuestra recepción ha estado atendiendo llamadas sin parar de familias preocupadas que preguntan sobre rumores de niños secuestrados.

Rosalind Brenner ha estado al teléfono con la directora toda la mañana.

Amenaza con tomar medidas para que sustituyan a Kedros como directora del Cónclave si no avanzamos en los próximos días.

—¿Puede hacer eso?

—Quizás. Es muy poderosa. La directora Kedros está más preocupada por tener a la mitad de los Míticos de Savannah respirándole en la nuca. Si no obtenemos respuestas, la gente podría empezar a echarnos las puertas abajo. Nada bueno pasa cuando la gente entra en pánico.

Gideon miró la calle tranquila, los jardines bien cuidados, los robles de Virginia cubiertos de musgo, e imaginó lo que podría ocurrir si un grupo de Míticos decidiera que el Cónclave no podía proteger a sus hijos y se tomara la justicia por su mano.

—Eso suena mal —dijo Gideon.

—Sí. Lo que significa que tienes que resolverlo. Llámame cuando hayas terminado en casa de los Brenner.

Se cortó la llamada.

Bajó el teléfono y volvió a mirar por la ventanilla del auto hacia el distrito histórico. Un dolor de cabeza por tensión comenzó a aparecer detrás de sus ojos.

Donde Skidaway había sido dinero nuevo y campos de golf y amplias parcelas abiertas, el distrito histórico era viejo, denso y compacto.

Las calles se estrechaban. Enormes robles se arqueaban sobre ellas y se encontraban en el centro, y la luz del sol caía en monedas brillantes sobre el ladrillo.

El musgo español colgaba de todo en largas barbas grises.

Pasaron plaza tras plaza, cada una un pequeño parque sombreado rodeado de verjas de hierro y monumentos oscurecidos por la edad, y con su segunda vista, cada una de ellas zumbaba, capa sobre capa de magia antigua empapada en lo más profundo de la tierra.

—Esto se parece más a lo que me imaginaba —admitió—. Para los hechiceros, me refiero. Este tipo de lugar, en vez de la casa de los Marchetti.

Un tranvía turístico se les puso por delante y redujo su velocidad a paso de tortuga.

—Ahí está —dijo Dacey, señalando con la cabeza hacia adelante.

Él sintió la casa antes de que Dacey hubiera terminado de rodear la plaza.

El calor lo golpeó como si abrieran de golpe la puerta de un horno: una pared súbita y abrasadora que empujó contra sus sentidos con suficiente fuerza como para hacerle alejarse de la ventanilla del auto. Era el calor de una hoguera, el tipo que tensa la piel de la cara y te seca los ojos.

Conocía la magia del fuego. El calor de cambiante bennu de Dacey había estado a su lado toda la mañana, contenido y constante.

A Gideon le resultaba familiar y reconfortante.

Esto era de la misma familia de llamas, pero más caliente.

Mucho más caliente. La magia de Dacey era fuego ardiendo en una chimenea.

La casa de los Brenner era una caldera funcionando con la compuerta completamente abierta, capa sobre capa de firmas ígneas, generaciones de piromantes viviendo y ardiendo bajo un mismo techo hasta que las propias paredes lo habían absorbido todo como un horno de alfarero.