Rompehechizos (Auras y Brasas 3)
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Capítulo 1
P or costumbre, Gideon dejó que sus sentidos de auramante vagaran por el jardín trasero de su madre.
La mayoría de los invitados eran completamente humanos, sin rastro alguno de magia en ellos.
La señora Henderson, junto a la mesa de postres intentando convencer a alguien de que aceptara una segunda porción de pudín de plátano cuando era evidente que ya estaba lleno, era tan mágica como un ladrillo.
Pero algunos de los miembros de la iglesia emitían señales distintas.
Frunció el ceño y agudizó la concentración.
Había dos mujeres cerca de la ensalada de papa a las que reconocía vagamente de las veces que su madre lo había arrastrado a los servicios dominicales, y ambas llevaban firmas mágicas tenues.
Las auras no eran fuertes. Más bien un residuo, el tipo de cosa que uno podía absorber al manipular objetos encantados o pasar tiempo cerca de seres mágicos.
Había notado trazas similares en Gregory Thorne, allá en Millhaven, donde años de proximidad con su esposa bruja habían dejado una marca mágica en el hombre.
Estas se sentían igual. Secundarias y absorbidas, no innatas.
Lo archivó mentalmente y siguió adelante. Los miembros de la iglesia de su mamá eran muy unidos. Bastaba con que uno solo de ellos tuviera alguna herencia mágica para que las trazas residuales se propagaran a través de abrazos y estudios bíblicos a lo largo de meses y años.
La fiesta del Cuatro de Julio había llenado el jardín mientras él estaba adentro cambiándose de camisa por tercera vez.
Al final se había decidido por un polo que su mamá siempre decía que resaltaba el azul de sus ojos.
Fuera cierto o no, ya no importaba. Se le había acabado el tiempo y era la única opción que no lo hacía parecer mal vestido ni como si fuera a solicitar un préstamo bancario.
El humo del asador y de la carne a la parrilla flotaba en el aire cálido.
Serpentinas rojas, blancas y azules colgaban de los postes de la cerca, y un altavoz portátil sobre la mesa del patio tocaba música country.
La mitad del vecindario había acudido, junto con un grupo de la iglesia de su mamá, y para evidente deleite de ella, el pequeño jardín trasero estaba abarrotado.
Después de años de apartamentos diminutos y paredes delgadas, ver a su mamá en una casa de verdad —aunque fuera alquilada— todavía le provocaba una oleada de orgullo tan intensa que dolía.
Ella siempre había soñado con una casa con cerca blanca y un jardín que pudiera cuidar.
El pensamiento llevó la mirada de Gideon hacia los dos arriates elevados que albergaban una mezcla de verduras y flores brillantes y alegres.
La risa de su mamá atravesó el ruido de la fiesta, y se giró para encontrarla junto a la mesa de postres con la señora Henderson.
No habían terminado de desempacar el camión de mudanzas cuando la señora Henderson ya había adoptado a su mamá.
Actuaban como si llevaran treinta años siendo mejores amigas, no treinta días.
Su mamá parecía más feliz y relajada de lo que la había visto en años. Se lo merecía. Todo esto.
Estaba intentando no revisar el teléfono cada treinta segundos esperando la llegada de Dacey, cuando el pastor Simon se acercó con un plato de papel que se combaba bajo el peso de dos hamburguesas y una montaña de ensalada de col, con un vaso de té helado dulce en la otra mano.
Era un hombre corpulento. Alguien le había dicho a Gideon que el pastor había jugado fútbol americano en la universidad, y podía creerlo.
Simon tenía la complexión de alguien que había sido atlético décadas atrás, pero que hacía tiempo había dejado de luchar contra la gravedad.
Sus gruesos lentes descansaban ligeramente torcidos sobre la nariz, y su sonrisa afable era del tipo que lograba que la gente se ofreciera voluntaria para el comité de limpieza.
—¡Gideon! —Simon le dio un codazo amistoso, con las manos demasiado llenas para cualquier otra cosa. Una pequeña descarga de electricidad estática entre ellos hizo que Gideon se estremeciera y sacudiera el brazo.
—Lo siento, Gid. Le doy calambre a todo el mundo.
No puedo esperar a que terminemos de recaudar fondos para cambiar la alfombra del salón social de la iglesia.
Arrastro los pies por esa alfombra y podría hacerle puente a un camión.
—Se rió de su propio chiste y tomó un sorbo de su bebida—.
Me alegra verte. Parecen años desde la última vez que pudimos hablar de verdad.
Me preocupaba que encontraras algo mejor que hacer que pasar el Cuatro de Julio con nosotros, los viejos.
Gideon fingió no notar el comentario pasivo-agresivo.
—No me lo perdería, pastor.
Sus sentidos rozaron al pastor. Una tenue cualidad mágica se aferraba al hombre, no intensa, pero estratificada.
Como escuchar varias emisoras de radio a la vez, todas a muy bajo volumen.
Captó hilos de calor, hilos de algo metálico y destellos de otras cosas que no lograba descifrar.
Nada era lo suficientemente nítido como para identificarlo.
Un cóctel de tenues residuos, mezclados en un murmullo de fondo.
Había leído en uno de los libros de Vena que las personas profundamente devotas —aquellas que habían pasado décadas en oración intensa y práctica espiritual— a veces desarrollaban un aura tenue.
El texto lo llamaba resonancia basada en la fe.
Era una teoría marginal, pero contaba con cierto respaldo histórico, y tenía sentido para Gideon, dado que Simon llevaba predicando en esa comunidad desde que él tenía memoria.
O quizás era algo más sencillo. El pastor Simon pasaba su vida entera rodeado de personas, aconsejándolas en sus mejores y peores momentos.
Era inevitable que se cruzara con personas Míticas.
Gideon solo podía imaginar cuántas manos estrechaba el hombre cada semana. El residuo tendía a acumularse.
De cualquier manera, hizo una nota mental para preguntarle a Vena al respecto.
—¿Cómo te está yendo en el nuevo trabajo? —preguntó Simon, tomando otro sorbo de su té—. Tu mamá me dice que te está yendo muy bien. Está orgullosa de ti, ¿sabes? Todos lo estamos.
—En realidad, muy bien. Me gusta el trabajo.
—Gideon sintió un pequeño placer genuino.
La versión de su trabajo que su mamá y Simon conocían era en un crematorio, lo cual, si bien no era exactamente glamoroso, era un empleo estable y bien remunerado, y eso contaba mucho para su mamá.
Para ella, el trabajo honesto y la ética laboral eran de las virtudes más elevadas que una persona podía tener.
—Bien, bien. —Simon asintió con aire solemne y le dio un mordisco a su hamburguesa.
Masticó, tragó y fijó en Gideon la clase de mirada escrutadora que siempre lo hacía sentir como si tuviera catorce años y lo hubieran atrapado faltando a la escuela—.
¿Sabes? Te hemos echado de menos en los servicios.
A los chicos más jóvenes les vendría bien tener cerca a alguien como tú.
Un joven ejemplar con la cabeza bien puesta.
—Oh, es muy amable de su parte…
—De hecho… —Simon cortó la cortés negativa de Gideon y se giró para escudriñar el jardín—. Ahí está. ¡Caleb! Hijo, ven un momento.
Un joven se separó de un grupo reunido junto a las hieleras de bebidas.
A Gideon le tomó un momento ubicarlo entre los pocos domingos que su mamá había logrado llevarlo.
Lo había visto de lejos, pero nunca lo habían presentado formalmente.
Caleb era unos años menor que Gideon, probablemente de poco más de veinte años.
Era delgado y de aspecto pulcro, con un polo de manga corta no muy diferente al suyo.
Tenía un rostro abierto y sin artificio.
—Caleb Ross. Un gusto conocerte oficialmente. —Su apretón de manos era firme y su contacto visual, directo.
—Gideon. Igualmente.
Simon le dio una palmada en el hombro, con el orgullo irradiando del hombre en oleadas.
—Caleb prácticamente lleva el grupo de jóvenes él solo últimamente.
Dirige el estudio bíblico de los miércoles, es entrenador asistente del equipo de béisbol de los chicos y conduce la camioneta de la iglesia cuando mis rodillas me fallan.
Además, está terminando su carrera de ingeniería.
No había nada malo en Caleb, pero aun así, a Gideon no le cayó bien.
Simon los miró a los dos, claramente encantado consigo mismo. —Gideon, ustedes dos deberían conocerse. Creo que formarían un equipo formidable con esos chicos.
—Me encantaría, sinceramente. —Caleb lo decía en serio; toda su cara se iluminó—. El pastor habla de ti todo el tiempo. Sería un honor.
Gideon estaba buscando una salida amable cuando llegó su mamá.
—Caleb, qué guapo estás. —Stella le puso en las manos un vaso de té dulce recién servido.
Se giró, con una mano sobre el brazo de Caleb, y su rostro estaba suave y radiante de una manera que dejó un dolor silencioso bajo las costillas de Gideon—.
¿Ya se conocen? Caleb es maravilloso. Una bendición para nuestra congregación.
—Acabamos de conocernos. Parece un gran chico —dijo Gideon, y lo decía en serio, a pesar del escozor.
Caleb agachó la cabeza, poniéndose un poco colorado con los elogios, y levantó su té dulce en un pequeño saludo.
—Debería ir a hincarle el diente al pollo frito.
—Lo dijo con calidez y naturalidad, pero sus ojos volvieron a Gideon y se quedaron ahí—.
Fue un gusto conocerte por fin, Gideon. Y oye.
Se acerca nuestra gran colecta a beneficio de los niños en hogares de acogida.
Es lo mejor que hacemos en todo el año: recaudar dinero para los niños en el sistema que no tienen a nadie de su lado.
Deberías venir y ser parte de ello. Siempre necesitamos buenas personas, y te mostraría de qué se trata realmente lo que hacemos. ¿Lo pensarás?
—Lo pensaré —dijo, porque era más fácil que decir la verdad.