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EL ÚLTIMO VERANO
JOSH
H e pasado todo el verano confirmando la teoría de que los humanos somos un cúmulo de decisiones imprecisas, de ideas fugaces, de valentía súbita que nos lleva a sacar provecho de la impulsividad.
Eso es exactamente lo que siento yo cuando le envío el corto a Isaac, sabiendo que quizás no es lo adecuado, lo inteligente, lo que debería hacer…
, pero aun así lo hago, esperando una respuesta, un estímulo, algo que me haga saber que aún hay esperanza.
Aunque, bien es cierto que ni en mis mejores sueños hubiera esperado una reacción así: con sus manos envolviendo mi espalda y las mías aferrándose a su camisa por el pecho, arrastrándolo con tanta pasión desmedida hasta conseguir que mi cuerpo toque la puerta del escarabajo amarillo.
Enredo mis dedos en su corbata y profundizo el beso, que me sabe a conflictos sin resolver, pero también a una esperanza no perdida.
Joder, cuánto había echado de menos besarlo, sentirlo, tenerlo tan cerca de mí, que no pudiera anhelarlo más. Su lengua se entrelaza con la mía con tanta intensidad que creo desfallecer varias veces (incluso correrme, si me apuras). Qué locura. Qué nivel de tensión.
Se separa levemente de mí, lo suficiente como para que sus labios sigan posados sobre los míos y me hagan cosquillas al hablar.
—Era justo el boca a boca que necesitaba para reanimarme. Menuda carrera me he dado para venir a verte. —Destensa el nudo de su corbata mientras mueve su cuello.
—Ha sido muy romántico, Isaac. —Sonrío, dejándome llevar por su risita nerviosa, por mi vello de punta, por mis manos aún en su pecho, por las ganas que tengo de volver a repetirlo hasta la saciedad.
No sé. Sonrío por todo. —Nunca se me habían declarado en traje.
Lo apuntaré como nuevo objetivo conseguido.
—No es tan perfecto como ves. Estoy sudado y tengo las piernas empapadas. Creo que hasta tengo una mancha por aquí. —Baja la mirada hacia el roce entre sus muslos y, efectivamente, hay un surco de sudor que no me puede importar menos.
—Da igual. Para mí es perfecto.
—Supongo que después de llevarte a una mazmorra, ya no puede haber nada peor.
—Da igual lo que hagas, Isaac. Me vuelves loco.
Si quieres llevarme a un cementerio, tampoco me quejaré mientras estés conmigo —confieso, honesto y soltando el agarre de su corbata—: Yo también te quiero.
Y siento mucho haberme comportado como un idiota con mis traumas.
El amor siempre me ha dado miedo, aunque creo que desde que te conozco jamás he sentido esa sensación de vértigo al dejarme llevar a tu lado. Eres paz para mí, Isaac.
—Joshua —Posa sus manos sobre mis mejillas y me acaricia con sus pulgares—, eres lo mejor que me ha pasado este último verano. Bueno, de hecho, lo mejor que me ha pasado en la vida.
Vuelve a besarme, aunque esta vez es más escueto y breve.
Los transeúntes están pululando a nuestro alrededor y tampoco es plan de volver a devorarnos aquí contra el coche como dos adolescentes rebeldes, ¿verdad?
Aunque lo pone realmente difícil porque me mira como si fuera la única cosa que le importa, algo delicado y a la vez contundente a lo que estaría dispuesto a aferrarse.
Y yo…, yo sé que si vamos a la deriva, al menos iremos en el mismo barco y merecerá la pena el trayecto.
No sé.
Quizás debería atreverme, lanzarme a la piscina sin miedo al vacío. Por una vez en la vida debería acoger a la incertidumbre y abrazarla con fuerza.
—A tomar por culo. —Eso es lo único que digo antes de mandar a la mierda todos mis pensamientos sagaces, y abalanzarme de nuevo sobre él. Sé que tendré la camisa hecha un desastre y que ahora mismo se parecerá más a un papel de origami que a un trozo de tela, pero me da igual.
Esto. Aquí. Es perfecto.
Todo el último verano ha sido perfecto.
Llegamos a la fiesta de la boda una hora después.
Y, pese a mis múltiples flaqueos, me mantengo firme y no hacemos nada más que besarnos y besarnos nuevamente contra el coche hasta que nuestras respiraciones nos piden una tregua.
Nos montamos en el escarabajo amarillo como tantas otras veces hemos hecho y ponemos rumbo hacia el salón. Aunque todo se siente diferente.
Isaac tiene su mirada sobre mí y yo me enrojezco al pensar que me observa con detenimiento.
—¿Alguna vez te he dicho que estás guapísimo mientras conduces? —pronuncia en un susurro mientras posa su mano sobre mi muslo.
—Nunca.
—Pues te lo digo ahora. Estás guapísimo. Incluso más que con las gafas de Stuart Little . De hecho, creo que me pones un poco cuando estás tan concentrado.
—Isaac —le advierto antes de que pueda continuar y volvamos a introducirnos en una espiral de lascivia sin fin alguno.
—Solo quería dejarlo claro. Ese es mi punto débil… Bueno, ese y que te retoques las caracolas del pelo. Ahí… ahí pierdo el control. —Lo miro de soslayo y lo pillo alzando ambas comisuras de sus labios, fanfarrón como solo él sabe serlo.
Bajamos del coche con las manos entrelazadas.
Ambos nos damos cuenta pero ninguno la aparta.
¿Para qué hacerlo? Entramos al salón y, pese a que las luces están apagadas y son solo unas cuantas de neón las que alumbran el camino, todos parecen percatarse de nuestra presencia y más aún, de nuestro agarre.
Maia sonríe, Dylan aplaude, Elisa hace una mueca de ilusión.
—Joder, qué tensión —me dice Isaac por encima de la música.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca.
Nos acercamos a nuestros amigos, que bailan como si fueran posesos en mitad del salón.
—¡Qué tíos más guapos! —nos dice Dylan—. Si alguna vez queréis un trío, tenéis mi número de teléfono.
Elisa le golpea el hombro, molesta.
—Perdón, princesa —Dylan pasa su brazo por encima del hombro de la chica y la acerca a él —. Estoy fuera del mercado, chicos. Tendréis que buscaros a otro.
—Espera, ¿ qué ? —Creo que la mandíbula se me desencaja cuando comparten un beso en los labios.
—Es una larga historia —contesta Isaac con sorna.
Alza su cabeza por encima del grupo y busca con la mirada a sus padres entre los invitados a la boda.
No tarda demasiado en encontrarlos. De hecho, se están acercando a nosotros cuando queremos darnos cuenta.
Seguimos con las manos entrelazadas y yo aprovecho el contacto para darle un apretón cargado de energía y confianza.
—Cariño, ¿dónde te has ido? Te hemos estado buscando —Raquel es la primera en hablar. No parece percatarse de nada de lo que está ocurriendo.
Flora sí que lo hace, de hecho, sonríe aún más al vernos.
—Lo siento. He ido a por Josh.
—¿Cómo estás? —David me saluda con amabilidad y normalidad. ¿Por qué no dicen nada?
—Tengo que contaros algo… —Isaac, viendo que la situación parece no avanzar, carraspea su garganta y se prepara para soltarlo todo—: Estamos saliendo.
Sus padres se quedan callados durante algunos segundos, con expresiones impertérritas en el rostro.
Estamos preparados para cualquier reacción posible, pero necesitamos que digan algo o nos hundiremos aún más en el suelo.
Noto que Isaac empieza a golpear la tarima con el zapato fino que lleva en los pies.
También suda, porque su piel me impregna los dedos.
Lo veo tragar con dificultad, consiguiendo que la nuez se le mueva por la garganta a su antojo, en un nerviosismo desmedido.
Cuando creo que va a morir en la boda, su madre palmea sus manos, como sacándonos a todos del ensimismamiento:
—¡Ay, cariño! —Raquel se abalanza sobre ambos y nos abraza con fuerza—. Menos mal que os habéis dado cuenta. Si sois el uno para el otro.
—¿Cómo? —Esto lo decimos al unísono, estupefactos.
—Lo hablamos con Margaret y Henry en la última cena. Tenéis tanta complicidad… Era tan frustrante que no os percatarais —secunda David.
—Pero…, ¿entonces os da igual? —Isaac necesita respuestas.
—Por supuesto que no. ¡Nos encanta que estéis juntos! Llamé a Lily el otro día para decirle que teníamos que hacer algo. Ya teníamos un plan armado para juntaros en el mismo sitio y dejaros encerrados durante horas, a ver si surgía la chispa. —¿Ha hablado con mi madre sobre Isaac?
—¿Qué teníais un qué ?
—Vamos, cariño…, era para ayudaros. Pero nos alegramos de que hayáis podido hacerlo solos. ¡Qué bien! —Raquel se pone a bailar alzando la copa que lleva en la mano con una alegría arrolladora—. Yo me encargaré de los arreglos florales de vuestra boda, ¿vale?
Miro a Isaac con una sonrisa ladina. Él tiene en la mirada ese destello del brillo típico que te inunda cuando por fin consigues sacarte un peso de encima. Respira con parsimonia y sé que piensa: «Joder, qué alivio».
La música vuelve a su lugar, inundando el salón (aunque creo que nunca ha cesado, solo que nosotros no hemos sido capaces de escucharla por la estupefacción). Pasamos el resto de la noche celebrando el amor en todas sus formas, en todas sus partes.
Y nos besamos más.
En todos los lados. En las mesas, en la sala de baile, en los baños, en el coche de vuelta, en mi habitación, en mi ducha.
Y creo que nunca he estado tan feliz. Para rematar el día, en uno de mis arrebatos, borracho y con el pecho de Isaac pegado a mi espalda, justo cuando el sol empieza a desplegar sus primeros rayos, envío el Trabajo Final.
Lo envío en su versión en borrador porque creo que ya es perfecta.
Del amor y del mar.
Nunca he necesitado nada más.