28 La subasta del trono
Los conspiradores, necesitados de un rostro respetable que diera una apariencia legal a su crimen, eligieron a Publio Helvio Pertinax, hijo de un liberto, senador veterano, administrador eficaz y hombre de virtud austera.
Representaba el ideal de la vieja moral republicana de disciplina, deber y racionalidad.
Su nombramiento fue acogido con alivio por el Senado, que creyó, de forma ya anacrónica, que una restauración moral era aún posible.
El reinado de Pertinax, sin embargo, duró solo ochenta y seis días.
Intentó reformar el ejército, controlar los gastos y, sobre todo, restablecer la disciplina entre los pretorianos.
En su idealismo, ignoró que Roma ya no se gobernaba con principios, sino con sobornos.
La guardia pretoriana, acostumbrada al donativum —el pago que aseguraba su lealtad tras cada sucesión—, se sintió traicionada.
Pertinax ofreció poco o se negó directamente a pagar.
En un sistema en el que la lealtad era un contrato económico, aquello fue un suicidio político.
La guardia pretoriana, creada por Augusto como cuerpo de élite personal del emperador, se había transformado tres siglos después en el verdadero poder soberano de la capital.
Lo que había comenzado como un instrumento de protección era ahora el mecanismo mismo de la ruina.
En el castra praetoria , aquel cuartel que Tiberio había centralizado para reforzar el control sobre las cohortes, se decidían sucesiones, se planificaban asesinatos, se repartía el poder.
Los pretorianos habían aprendido —y transmitido de generación en generación— que su posición les daba el monopolio de la coerción en Roma.
Habían depuesto emperadores, dictado leyes, forzado decisiones.
Y, al matar a Pertinax sin consecuencias, entendieron que ya no necesitaban excusas ni pretextos y que podían vender el Imperio.
Para reconstruir lo que sucedió a continuación, contamos con dos fuentes principales, cuyas perspectivas, juntas, nos ofrecen una visión más detallada del desastre.
Por un lado, el senador Dion Casio, testigo de los hechos, narra los acontecimientos desde la perspectiva ultrajada de la élite política, describiendo lo que siguió como «la transacción más vergonzosa de la historia de Roma».
Su relato es el de un iniciado, lleno de desprecio por la vulgaridad de Juliano y la codicia de los soldados.
Por otro lado, el historiador Herodiano, que escribió una generación después, presenta la escena con un estilo más literario y tintes teatrales, buscando el impacto moral.
Su imagen de los soldados pregonando la venta del Imperio desde las murallas, aunque probablemente sea una exageración retórica, capturó a la perfección la esencia del ultraje y se grabó a fuego en la memoria de Occidente.
Al vender la púrpura imperial, la guardia pretoriana desveló la terrible verdad que Roma había pretendido ignorar durante dos siglos.
El principado era una dictadura militar, no era una república pacificada ni una monarquía republicana.
Y ahora, el emperador estaba obligado a pagar una fianza de oro por su propia vida.
La subasta del Imperio fue el acto más lamentable de toda la historia romana. En el mismo castra praetoria , donde Tiberio había concentrado por primera vez las cohortes creadas por Augusto, ahora se vendía al mejor postor el derecho a ser princeps .
A un lado del muro estaba Tito Flavio Sulpiciano, suegro del asesinado Pertinax, ya dentro del castra , intentando negociar la continuidad de su familia.
Al otro lado, fuera, Marco Didio Juliano, senador veterano, antiguo cónsul y gobernador de provincias, un hombre de fortuna inmensa y reputación dudosa.
Ese hombre, con su ambición y su oro, representaba la Roma real. La del dinero y el mercado.
La escena fue de película. Los pretorianos, aún manchados con la sangre de Pertinax, encaramados a los muros del campamento; y los dos senadores lanzando ofertas cada vez más altas por su lealtad.
Sulpiciano, desde dentro, prometió veinte mil sestercios por cabeza.
Juliano, desde fuera, gritó su contraoferta: veinticinco mil, aproximadamente cinco años de paga para el que cobrara más, o poco más de seis para el que menos cobrara.
El precio de la púrpura, por fin, había sido fijado. Y Roma, desnuda ante sí misma, acababa de poner valor de mercado a su alma.
Los soldados, excitados por la promesa de oro, no deliberaron.
Bajaron por las escaleras de la empalizada y abrieron paso a Juliano.
Lo aclamaron emperador porque era la mejor oferta, y porque Sulpicio era suegro de Pertinax y suponía un peligro, claro.
Roma entera —con sus templos, sus leyes, sus dioses y sus provincias— acababa de ser vendida al mejor postor.
Escoltado por su nueva guardia de mercenarios, Juliano marchó a la Curia.
El viejo recinto, símbolo moribundo de la legalidad republicana, se había transformado en un teatro del miedo.
Rodeados por las convincentes lanzas que acababan de matar a Pertinax, los senadores lo confirmaron como augustus por puro instinto de supervivencia.
El acto fue una farsa solemne, la auctoritas senatorial servía ahora como barniz jurídico para un crimen.
Juliano intentó dotar de legitimidad a su régimen.
Proclamó augustae a su esposa, Manlia Scantilla, y a su hija, Didia Clara, cuyos retratos aparecieron incluso en monedas.
Pero el gesto tenía un aire funerario. Herodiano cuenta que ambas aceptaron los honores «con temor, como si ya previeran la catástrofe».
La plebe, más lúcida que el Senado, lo entendió al instante.
En los foros y en los circos, lo insultaban y lo apedreaban. El pueblo no podía tolerar a un emperador que había pagado por la púrpura. A sus ojos, Juliano era la personificación del colapso moral de Roma.
La delicada arquitectura de ficciones que sostenía al principado se vino abajo estrepitosamente.
Sobre sus ruinas quedaban un Senado aterrado, un ejército corrupto y un pueblo enfurecido.
Juliano se ciñó la púrpura, pero el manto estaba vacío; poseía la insignia del poder, pero carecía de su peso, de su gravitas .
Había comprado la apariencia, pero no la autoridad. Y en apenas sesenta y seis días, descubrió la verdad más amarga del Imperio. El dinero puede abrir las puertas del cuartel de los pretorianos, pero nunca las del corazón de Roma.
El escándalo de la subasta del trono recorrió el Imperio como un rayo.
En Roma, provocó vergüenza y furia; en las provincias, despertó ambición.
Que el poder pudiera comprarse en monedas y no ganarse en batallas fue un insulto intolerable para los verdaderos ejércitos del Imperio: las legiones de las provincias.
Desde los confines del Danubio, Siria y Britania, donde el prestigio se ganaba con sangre y no en subastas, la noticia fue el detonante de una rebelión.
Tres gobernadores se alzaron casi al mismo tiempo, cada uno con un argumento distinto, pero con la misma certeza.
Roma ya no podía dejar su destino en manos de la guardia pretoriana.
Desde Panonia, Septimio Severo fue proclamado emperador por las legiones del Danubio el 9 de abril, apenas doce días después del asesinato de Pertinax, prueba de que su ambición ya estaba preparada para ocupar el vacío. Supo envolver su movimiento con una causa moral, la venganza de Pertinax.
Desde Siria, Pescenio Níger, popular en Roma y respaldado por las legiones orientales, se presentó como defensor del orden y de la moral pública.
En Britania, Clodio Albino fue aclamado por las legiones del norte, primero como caesar designado formalmente —un pacto táctico negociado por Severo para neutralizar el frente occidental— y, luego, inevitablemente, como su último gran rival por el poder absoluto.
Didio Juliano, con su guardia de alquiler, no podía competir con tres ejércitos profesionales. Su base de poder era el castra praetoria , un fortín urbano de diez mil hombres frente a muchos más soldados endurecidos en las fronteras.
De los tres gobernadores, Severo fue el más rápido y el más inteligente.
Aclamado por sus tropas, emprendió una marcha relámpago hacia Italia.
Supo disfrazar su ambición con la causa justa de vengar a Pertinax.
Convirtió su usurpación en una cruzada moral, y ese barniz de justicia le dio una legitimidad que Juliano jamás tuvo.
Mientras sus legiones avanzaban por la península, Juliano improvisaba una defensa patética.
Dion Casio lo retrata fortificando los suburbios con empalizadas, desplegando tropas desorganizadas e incluso elefantes de desfile.
Juliano envió a su prefecto del pretorio a Severo para intentar una salida negociada, pero este no estaba para parlamentos, lo mató e hizo a los pretorianos una oferta que no pudieron rechazar: impunidad por el asesino de Pertinax.
Los pretorianos, que habían cobrado veinticinco mil sestercios por su lealtad a Didio Juliano, aceptaron la oferta de Severo y sellaron el destino del hasta entonces emperador.
El Senado, percibiendo el fin, actuó con la rapidez que solo da el miedo.
Revocó los poderes de Juliano, reconoció a Severo y, en un gesto teatral de penitencia, divinizó a Pertinax.
El 2 de junio del 193, Didio Juliano fue ejecutado en el palacio imperial.
Dion Casio recoge sus últimas palabras: «Pero ¿qué mal he hecho?
¿A quién he matado?». Era una pregunta sincera y, a la vez, un epitafio perfecto.
Juliano no había derramado sangre ni cometido crueldades; su único crimen fue creer que el poder podía comprarse como una finca o una magistratura.
Murió convencido de su inocencia, sin comprender que en Roma el oro podía comprar la púrpura, pero no la legitimidad.
Su cuerpo fue entregado a su esposa y a su hija, Didia Clara, que lo enterraron fuera de la ciudad, en la tumba familiar.
El Senado, en cambio, le negó lo que más temía, la memoria.
El nombre de Juliano fue cincelado de las inscripciones públicas, y sus monedas, fundidas, como si nunca hubiera ocupado el trono.
El trono comprado duró sesenta y seis días.
Pero el eco de aquella transacción marcó el comienzo de una nueva era.
Cuando Severo entró en Roma, comprendió que la subasta había sido el síntoma, no la enfermedad.
Convocó a la guardia pretoriana desmoralizada y le ordenó presentarse sin armas a las afueras de la ciudad bajo el pretexto de un desfile.
Una vez rodeados por sus propias legiones, los pretorianos fueron despojados de sus insignias, de sus uniformes de élite, y deshonrosamente licenciados.
Severo ejecutó de inmediato a los asesinos de Pertinax y reemplazó a todos por hombres leales a él, veteranos de Panonia, Dacia e Iliria.
Sus reformas fueron profundas. Aumentó el salario de los soldados, permitió el matrimonio durante el servicio y transformó la estructura del poder imperial, pero la más radical, sin duda, fue la que demolió uno de los pilares de la ficción augustea.
Al crear en el año 197 la Legio II Parthica y estacionarla cerca de Roma, Severo rompió el tabú de la desmilitarización de Italia.
Augusto había construido su principado sobre la idea de que las legiones pertenecían a las fronteras, manteniendo la capital libre de ejércitos.
Severo, con este gesto, declaró esa ficción muerta.