27 Galba y Vitelio el peligroso oficio de emperador
Al diseñar el principado, concentró todo el poder en su persona, pero evitó deliberadamente establecer un mecanismo de sucesión claro y legal, pues ello habría sido el equivalente a declararse rey.
El sistema funcionó mientras existió un heredero reconocible de la dinastía Julio-Claudia.
La muerte de Nerón sin heredero dejó un vacío que el sistema era incapaz de llenar por la vía pacífica.
La guerra civil no fue un fallo del sistema; fue la única herramienta que el sistema poseía para reiniciarse.
En solo doce meses, cuatro hombres se ciñeron la púrpura, pero lo que de verdad estremeció a Roma no fue la sucesión acelerada, sino la violación de un tabú que había sostenido durante casi un siglo el equilibrio del sistema: la ejecución pública de dos emperadores dentro de la propia ciudad.
Tácito, testigo lúcido del colapso, lo resumió en una expresión que desnudó el funcionamiento real del sistema: arcana Imperii , «secreto del Imperio».
Un emperador podía ser creado en cualquier lugar —no hacía falta Roma—, porque el poder ya no residía en las instituciones, ni en el Senado, ni en el derecho.
Estaba en manos de las legiones y, cada vez más, sometido al juicio inestable del populacho, decía.
La pax Augusta no murió en las fronteras, sino en el foro. Roma se había transformado en un escenario de anarquía política, y el asesinato del emperador dejó de ser un sacrilegio para convertirse en espectáculo. La violencia ya no era un recurso extremo del poder, era su lenguaje principal.
El suicidio de Nerón, en junio del 68, no supuso solo la muerte de un emperador excéntrico.
Supuso el fin del mito fundacional de la dinastía Julio-Claudia.
Como apuntó Miriam Griffin en su obra Nero: the end of a Dynasty , su desaparición «puso en peligro el sistema político que había ideado Augusto».
Con la línea de sangre extinguida, se abrió un vacío institucional que nadie podía llenar por derecho propio.
La revuelta de Cayo Julio Vindex en la Galia, respaldada por Servio Sulpicio Galba —entonces gobernador de la Hispania Tarraconense—, se presentó como un intento de restaurar la libertas republicana.
Galba, un patricio anciano de carrera impecable y fama de integridad, encarnaba esa nostalgia senatorial.
Cuando el Senado lo reconoció como emperador, pareció que se abría la puerta a una restauración de las viejas formas.
Pero el principado que recibía ya no era una monarquía disimulada por formas republicanas, era una maquinaria que funcionaba a base de oro, promesas y miedo.
Su entrada en Roma dejó claro el nuevo equilibrio.
El poder ya no residía en el Senado ni en la virtud.
Lo tenía el ejército. La primera señal llegó con el prefecto del pretorio, Ninfidio Sabino, que tras facilitar la caída de Nerón intentó proclamarse emperador antes de la llegada de Galba.
Fue ejecutado rápidamente, pero el gesto revelaba que Roma estaba a la venta.
La guardia pretoriana esperaba el donativum , la paga que garantizaba su lealtad.
Ninfidio Sabino había prometido en su nombre siete mil quinientos denarios por soldado, pero Galba, fiel a sus principios, se negó a pagar.
Quiso gobernar con moral republicana, pero Roma ya no respondía a ese lenguaje.
Galba no entendía el tiempo que le había tocado vivir.
Tácito y Suetonio coinciden en su retrato: un hombre digno, pero rígido; austero hasta el extremo, incapaz de adaptarse a un entorno dominado por la codicia.
Su frase más famosa ante las exigencias de la tropa fue: «Los soldados deben ser elegidos, no comprados».
Muy noble, pero en ese contexto fue un acto de suicidio político.
Aquella negativa le costó la vida. En el nuevo Imperio, la virtud no despertaba respeto, sino desprecio.
El golpe definitivo llegó cuando, el 10 de enero del 69, trató de asegurar su sucesión adoptando a Lucio Calpurnio Pisón Liciniano, un joven noble de moral intachable.
Restaurar la meritocracia era, en teoría, una jugada sensata.
Pero en un contexto donde la ambición mandaba y el dinero decidía, la virtud se convirtió en una ofensa.
Marco Salvio Otón, antiguo gobernador de Lusitania y uno de los primeros apoyos de Galba, esperaba ser él el heredero. Cuando se vio desplazado, entendió que el poder se ganaba con sobornos y compró la lealtad de la guardia pretoriana.
El sacramentum , el juramento sagrado que unía al soldado con su emperador, se rompió. Como escribió Tácito, los pretorianos quedaron «a merced del azar y de la codicia». Temiendo el castigo de Galba por la traición, optaron por curarse en salud.
El 15 de enero, la ciudad amaneció en medio del caos.
Galba fue sacado en litera desde el Palatino rumbo al foro.
Plutarco describe la escena como un mar humano: la multitud no huía, se arremolinaba en los pórticos, en las gradas, esperando ver qué ocurría.
Roma ya no era un lugar donde se administraba justicia, era un anfiteatro político.
El asesinato de emperadores se convirtió en parte del espectáculo urbano.
Galba cayó junto al Lacus Curtius, un punto cargado de simbolismo trágico.
Según la tradición, allí se había sacrificado Marco Curcio, un joven romano que se arrojó a una sima abierta en el suelo del foro para salvar la ciudad.
Galba, último defensor de las viejas virtudes, se convirtió, de forma irónica, en un nuevo Curcio.
Entregó su vida por una idea que Roma ya no compartía.
Pero su muerte no cerró ninguna grieta. La abrió aún más.
Las fuentes difieren sobre la identidad del asesino.
Algunos nombres que han llegado hasta nosotros son los de Terencio o Lecanio, pero el relato más extendido, según Tácito, apunta a un soldado de la decimoquinta legión, de nombre Camurio, que le habría atravesado la garganta de una estocada.
Sea como fuere, un emperador acababa de ser asesinado por sus propios guardias, ejecutado por negarse a participar en el sistema de sobornos.
Su cuerpo fue mutilado. Su cabeza, cortada y levantada en una lanza, se convirtió en una advertencia.
Plutarco detalla que su asesino, al no poder sujetar la cabeza calva, la envolvió en su capa antes de alzarla ante la multitud. Luego, corrió con ella por las calles, blandiendo la lanza aún manchada de sangre como si fuera un trofeo.
Era el gesto más simbólico imaginable. El pontifex maximus convertido en un trofeo sangriento. El poder ya no era sagrado. La púrpura imperial podía mancharse, la cabeza del emperador podía exhibirse. La monarquía disfrazada de Augusto había muerto. Roma había descubierto el placer del sacrilegio.
Otón fue proclamado emperador por la guardia pretoriana, los mismos hombres que habían asesinado a Galba.
Desde su primer día, su poder se sostuvo sobre la sangre y la inestabilidad.
Intentó legitimarse con gestos populistas —incluso evocando la memoria de Nerón—, pero su autoridad dependía de los mismos que habían traicionado a su predecesor.
Tácito describe a aquellos soldados como «enloquecidos por el miedo y la culpa», promotores del caos para ocultar sus propios crímenes.
Roma, tras el frenesí, era un cuerpo enfermo que apenas respiraba.
Mientras Otón intentaba afianzar su posición en la capital, las legiones del norte se movían.
En enero del 69, las tropas de Germania Inferior, resentidas por los favoritismos de Galba y por su abandono político, proclamaron emperador a Aulo Vitelio.
Así se cumplía el oscuro arcano del poder que Tácito había revelado, el Imperio se decidía en la frontera.
La guerra era inevitable. Las fuerzas de Otón marcharon hacia el norte y se enfrentaron a las legiones germánicas en la primera batalla de Bedriacum.
Derrotado, Otón se suicidó. Para Tácito, ese acto fue una muestra de nobleza, un último gesto de dignidad en medio del colapso moral del sistema.
Sin embargo, la historiografía moderna se debate entre la interpretación heroica —la virtus de quien se sacrifica por la paz— y una lectura más pragmática, un cálculo final para evitar una guerra civil prolongada.
El gesto fue trágico, sí, pero también lúcido.
Fue una salida que evitó un baño de sangre aún mayor.
Mientras su cadáver aún no se había enfriado, Vitelio, general de las legiones del Rin, se preparaba para ocupar la capital.
Vitelio fue el primer emperador proclamado exclusivamente por la fuerza provincial.
Su legitimidad venía del músculo militar de las legiones germánicas.
Representaba el triunfo de la frontera sobre la urbe, de las armas sobre las leyes.
A diferencia de Galba, no tenía abolengo, ni la máscara de virtud que aún protegía a algunos aristócratas.
Su ascenso fue meteórico; su reinado, breve.
Entró en Roma a mediados de julio del 69, rodeado de sus soldados victoriosos.
La imagen que ha llegado hasta nosotros está moldeada maléficamente por la propaganda flavia, que nos lo presenta como si fuera poco menos que un monstruo.
Tácito y Suetonio lo describen como el reverso absoluto de la virtud: un glotón cruel, obsceno, deformado por sus excesos.
Suetonio se deleita en los detalles: el rostro congestionado por el vino, el vientre inmenso, la pierna lisiada que lo hacía cojear.
El cuerpo se convierte así en una metáfora política, un emperador grotesco para un régimen degenerado.
Se decía que castigaba con severidad a sus propios hijos por sus defectos físicos, que odiaba en los demás lo que no podía ocultar en sí mismo.
Esa degradación servía a un propósito: justificar su linchamiento como si fuera un acto de justicia divina.
Pero desde Oriente surgía un nuevo rival, Tito Flavio Vespasiano, gobernador de Judea, veterano de múltiples campañas, que había reunido bajo su mando a las legiones de Egipto y Siria.
Su poder no se limitaba a la fuerza militar; lo respaldaba una red de fidelidades tejida en las provincias y consolidada por la necesidad de orden.
En octubre del 69, en la segunda batalla de Bedriacum, las fuerzas flavias lideradas por Marco Antonio Primo aplastaron al ejército de Vitelio. Una vez más, el trono quedaba vacío.
Con las tropas de Vespasiano a las puertas de Roma, el poder de Vitelio se desintegró.
El Senado lo abandonó, sus soldados desertaron, el pueblo guardó silencio.
Intentó abdicar, incluso negociar su huida, pero el tiempo de las palabras había pasado.
El emperador que había ascendido por la fuerza pretendía ahora salvarse con diplomacia, y Roma ya no escuchaba.
Se ocultó en el Palatino, pero fue descubierto. Según Tácito ( Historias , III.68), lo hallaron escondido en la casita del portero de la casa de su esposa, un detalle deliberadamente humillante que subrayaba su caída desde la cúspide del poder hasta el último peldaño de la jerarquía.
La marcha hacia el foro fue un espectáculo de degradación cuidadosamente escenificado.
Le ataron los brazos a la espalda, le colocaron una soga al cuello y lo empujaron desnudo por la Vía Sacra.
Para evitar que agachara la cabeza, le pusieron una espada bajo el mentón, forzándolo a mantener la mirada al frente.
La plebe —la misma que décadas antes había aclamado a Augusto— se apiñó en los márgenes del camino para insultarlo, escupirlo y lanzarle desperdicios.
Suetonio, con su brutal franqueza, lo resume así: «Algunos le arrojaban estiércol, otros lo llamaban incendiario y glotón, y algunos se burlaban de sus defectos corporales».
A diferencia de Galba, asesinado por soldados profesionales, Vitelio murió a manos de todos: la plebe, los esclavos, los legionarios.
Cada uno participó de la venganza, como si Roma entera necesitara purgarse a través del cuerpo del emperador.
Fue una ejecución colectiva, una catarsis de odio y miedo, en la que la política se transformó en espectáculo y el espectáculo, en justicia.
El cortejo del horror culminó en las Scalae Gemoniae, las Escaleras de los Lamentos, donde durante siglos se habían expuesto los cadáveres de los traidores.
Allí fue torturado sin piedad. Le rompieron los huesos, le desgarraron el rostro y, cuando pidió clemencia, un tribuno se burló.
Vitelio, con su último aliento, alcanzó a decir según Tácito: «Y, aun así, fui vuestro emperador».
Poco después, lo apuñalaron y arrastraron con un gancho hasta el Tíber.
Su cuerpo, negado al entierro, fue lanzado al río como el de un criminal cualquiera.
Así terminaba su reinado y, con él, toda noción de sacralidad del poder imperial.
Roma, que durante un siglo había aprendido a venerar a sus emperadores como divinos, ahora los despedazaba como si fueran bestias.
Las muertes de Galba y Vitelio, separadas por apenas once meses, son dos caras de un mismo colapso.
Ambas revelan cómo la legitimidad había sido devorada por la violencia, y cómo la violencia se había convertido en la forma de gobierno.
En ambos casos, el poder ya no dependía de la ley ni de la tradición, sino del momento, de la masa, del acero.
Galba encarnó el último intento de devolver al trono una apariencia de legalidad senatorial.
Se apoyaba en la austeridad republicana, en la autoridad del Senado y en la elección racional de un sucesor virtuoso.
Vitelio, en cambio, representó la victoria de la fuerza sin ley.
Llegó al trono por el apoyo de las legiones del Rin, pero perdió el poder en cuanto perdió a su ejército.
Entre ambos, se revela un cambio en la naturaleza del poder.
La muerte de Galba fue obra de una traición interna, ejecutada por soldados que aún respondían a una lógica jerárquica.
La de Vitelio fue una orgía popular, una marea incontrolable.
En ambos casos, el Imperio había renunciado a administrar su soberanía.
Primero la delegó en la guardia pretoriana, luego en la multitud enfurecida.
El colapso del año 69 no fue una anomalía, fue la consecuencia lógica de un sistema peligrosamente diseñado.
Augusto, el arquitecto del principado, había concentrado el imperium sin prever una sucesión clara.
Su fórmula ambigua —ni república, ni monarquía— funcionó mientras hubo una dinastía visible.
Pero con la extinción de la línea Julio-Claudia, la violencia que había sido confinada a las fronteras regresó al corazón del Imperio. La sangre volvió al foro.