21 Las guerras serviles #2
La represión que siguió fue implacable. Aquilio persiguió sin descanso los focos restantes de resistencia y ejecutó sin contemplaciones a los supervivientes.
Diodoro cuenta que mil esclavos, refugiados en su última fortaleza, fueron capturados y enviados a Roma para morir en la arena.
Algunos, antes de ser lanzados a las fieras, prefirieron matarse entre ellos.
Manio Aquilio restauró la Pax Romana a sangre y fuego, pero su final fue tan brutal como el mundo que había ayudado a sostener.
Más de una década después, en el 88 a. C.
, fue capturado en Asia Menor por las fuerzas del rey Mitrídates VI del Ponto.
Según las crónicas, murió ejecutado de una forma simbólica que quizá te suene.
Le obligaron a beber oro fundido, una alegoría cruel de la codicia romana.
El hombre que había defendido el orden económico de los latifundia murió consumido por el mismo metal que ese orden veneraba.
La tercera guerra servil, encabezada por Espartaco, sería la más célebre y también la más temida. Esta vez, la insurrección estalló en el corazón de Italia.
En el 73 a. C., en el ludus de Capua —una escuela de gladiadores—, un grupo logró escapar.
Entre ellos estaba Espartaco, un tracio que, según las fuentes, había servido en el ejército romano, ya fuera como soldado o como mercenario.
Ese pasado le dio el liderazgo, la disciplina y los conocimientos militares que lo convertirían en un enemigo formidable.
Junto a él estaba Crixo, un galo que también jugaría un papel clave en los primeros compases de la rebelión.
Lo que empezó como la huida de unos setenta hombres se convirtió en una marea. Miles de esclavos fugitivos, especialmente pastores y trabajadores de los latifundia del sur, se unieron rápidamente. En muy poco tiempo, la fuga se transformó en ejército.
La pregunta sobre qué buscaba realmente Espartaco sigue dividiendo a los historiadores.
La imagen romántica del revolucionario que soñaba con abolir la esclavitud ha quedado descartada desde hace tiempo.
Sus movimientos indican un propósito más inmediato.
Huir, sobrevivir y liberar a cuantos pudiera.
Si hubiera querido marchar sobre Roma, lo habría hecho cuando la ciudad estaba indefensa; en cambio, eligió avanzar hacia el norte, con la intención de cruzar los Alpes.
Cuando ese plan fracasó, giró hacia el sur, quizá buscando embarcarse hacia Sicilia.
Su siguiente movimiento ha generado un intenso debate, producto de las contradicciones entre nuestras fuentes.
Según el relato de Plutarco, el único de nuestros biógrafos que lo menciona, Espartaco selló un pacto con piratas cilicios para transportar a dos mil hombres a Sicilia y reavivar allí la llama de la rebelión.
Pero los piratas, tras recibir el pago, lo traicionaron y zarparon.
Si este plan fue real, revelaría una audaz visión estratégica.
Si fue una invención o un rumor recogido solo por Plutarco, su marcha hacia el sur no fue más que el último recurso de un ejército acorralado.
Mientras tanto, la República temblaba. Espartaco había derrotado a pretores y legados, y el Senado, desbordado, recurrió al hombre más rico de Roma: Marco Licinio Craso. Con dinero, ambición y una voluntad de hierro, Craso asumió el mando.
Su primera acción reveló el grado de desesperación al que había llegado Roma.
Tras la desobediencia de un legado, Craso impuso la antigua y temida decimatio , uno de cada diez soldados fue ejecutado por sorteo.
El terror se convirtió en herramienta de disciplina, antes de volverse contra los esclavos.
La República, acorralada, recurría a los mismos métodos con sus tropas que con sus enemigos.
Atrapado en el sur, sin aliados ni salida al mar, Espartaco fue cercado por Craso, que ordenó construir una muralla de mar a mar para encerrarlo en la península de Regio.
Los rebeldes, desesperados, lograron romper el cerco y enfrentarse a las legiones en una última batalla.
Fue una matanza. Plutarco lo describe luchando en primera línea, herido en el muslo, resistiendo de rodillas hasta caer rodeado de enemigos. Su cuerpo nunca fue hallado.
Craso había vencido, pero la gloria no le pertenecía por completo.
Cneo Pompeyo Magno, que regresaba de Hispania, interceptó a cinco mil fugitivos y los aniquiló.
Se atribuyó el mérito final, avivando una rivalidad que trascendía lo militar y entraba de lleno en la política.
Roma, en su victoria, dejaba al descubierto las fisuras de su élite.
Dos generales, un único imperium y una República que ya no sabía a quién obedecer.
La rivalidad entre Craso y Pompeyo por el mérito de la victoria reveló algo más profundo.
El poder real había dejado de residir en las magistraturas y se concentraba ya en el control de los ejércitos.
La sangre de los seis mil crucificados en la Vía Apia fue el precio visible de aquella paz aparente, pero el verdadero coste fue el ascenso imparable de los jefes militares, que menos de una década después estarían dispuestos a destrozar la República por completo.
La represión posterior fue uno de los actos más infames de la historia romana.
Seis mil prisioneros fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia, desde Capua hasta Roma.
Esa calzada, símbolo de la expansión y del poder de la República, se transformó en un corredor de la muerte.
Las cruces alineadas representaban algo más que un castigo, eran un mensaje.
Una lección destinada a los vivos, no a los esclavos que colgaban de ellas.
Cada senador, cada comerciante, cada viajero que recorría aquella arteria comprendía con nitidez la coreografía del orden romano.
La vida de unos pocos reposaba sobre los cuerpos deshumanizados de los demás.
Las guerras serviles fueron algo más que rebeliones, fueron síntomas de una enfermedad estructural, resultado de un modelo económico basado en la violencia, la desigualdad y la explotación sin límite. La desesperación de los esclavos fue el combustible. La codicia de los amos, la causa.
Euno, Atenión y Espartaco fueron derrotados, pero dejaron al descubierto una verdad que Roma nunca quiso asumir.
El sistema que sostenía su grandeza contenía desde el principio el germen de su caída.
Un sistema que se sustentaba en aquel momento en la sangre de los seis mil crucificados en la Vía Apia.