11 Quinto Sertorio, el último republicano #2
Sertorio, que conocía bien a sus enemigos, sabía que su debilidad más profunda no estaba en la táctica, sino en que el carácter, el prestigio y la ambición movían cada una de sus decisiones.
Por eso, cuando logró atraer a Pompeyo hacia un enfrentamiento directo en la costa levantina, buscó aislarlo estratégicamente y, al mismo tiempo, exponerlo ante todos, antes de que pudiera coordinar sus fuerzas con Metelo.
Ese movimiento culminó en el asedio de Lauro, una maniobra que sería un golpe maestro de guerra psicológica y uno de los episodios más brillantes —y menos recordados— del genio sertoriano.
El asedio tuvo lugar en la campaña del 76 a.
C., aunque algunas fuentes lo sitúan en el año siguiente.
La ubicación exacta de la ciudad sigue siendo objeto de debate historiográfico.
Durante mucho tiempo se identificó con Edeta (la actual Llíria), pero la falta de evidencias arqueológicas ha hecho que otros investigadores propongan localizaciones alternativas, como Puig del Castell, al norte del Ebro.
Sin embargo, la lógica estratégica de la campaña de ese año sigue apuntando firmemente a la costa levantina.
Pompeyo avanzaba hacia el sur para unirse a Metelo, y Sertorio se interpuso en su camino; un enfrentamiento en esta región era, pues, militarmente inevitable.
Lauro fue el escenario donde la audacia estratégica de Sertorio se impuso a la fuerza bruta de un Pompeyo aún inexperto.
La ciudad se había pasado al bando optimate y su caída habría supuesto un desastre político para Roma en la costa levantina. Sertorio, con su habitual audacia y precisión estratégica, puso sitio a la ciudad, pero su objetivo real no era la plaza, era Pompeyo. Lauro era el cebo.
Pompeyo, incapaz de tolerar que una ciudad aliada cayera ante sus ojos, avanzó con todas sus fuerzas para socorrerla. No podía permitir que un fracaso público manchara su reputación, su mayor activo político.
Sertorio, anticipándose a cada movimiento, había preparado el terreno.
El punto clave del asedio era un collado que dominaba la llanura frente a la ciudad.
Desde allí se controlaban las rutas de comunicación y todos los accesos logísticos.
Sertorio se adelantó y ocupó la posición, fortificándola rápidamente.
Pompeyo, al ver al enemigo en el collado, interpretó el movimiento como un error.
Creyó que Sertorio se había expuesto, atrapado entre sus propias legiones y la ciudad.
Convencido de su ventaja, envió incluso a un mensajero a los sitiados anunciando que pronto verían al rebelde acorralado y el asedio levantado.
Pero la realidad era exactamente la contraria. Sertorio, protegido tras sus fortificaciones, dominaba completamente el terreno y controlaba todas las rutas de maniobra y suministro de Pompeyo.
Cuando este acampó, descubrió que no podía atacar sin arriesgarse a un desastre, ni moverse para socorrer la ciudad sin dejar expuesta su retaguardia. Sertorio lo había atrapado sin necesidad de librar batalla.
El general rebelde había inmovilizado al comandante más celebrado de Roma. En su primera gran campaña independiente, Pompeyo demostró ser todavía inexperto en el arte de la guerra irregular, frente al genio de Sertorio, sin que llegara a producirse un solo enfrentamiento a gran escala.
Frontino, en sus Strategemata , nos proporciona un testimonio fascinante de cómo Sertorio convirtió la logística pompeyana en su propia trampa.
Relata que solo había dos zonas disponibles para recolectar forraje, una cercana y otra más alejada.
Sertorio ordenó a su infantería ligera hostigar sin descanso a cualquier destacamento pompeyano que se aventurara a la zona más próxima, obligando al enemigo a dirigirse hacia la región más lejana.
Cuando las tropas de Pompeyo se desplazaron allí, Sertorio ya las esperaba.
Había dispuesto una emboscada con diez cohortes de infantería pesada y otras tantas de infantería ligera hispana, apoyadas por dos mil jinetes.
La maniobra aniquiló a la fuerza de forrajeo pompeyana y demostró la superioridad táctica e informativa de Sertorio sobre la logística rígida del sistema romano.
Sertorio no solo había inmovilizado a Pompeyo, lo estaba desangrando lentamente. Desgajaba poco a poco su capacidad de resistencia, forzando al joven general a tomar decisiones previsibles, que solo exponían aún más a sus tropas.
El punto culminante de la humillación llegó con la rendición de Lauro.
Viendo que Pompeyo no podía o no se atrevía a intervenir, Sertorio ordenó capturar y destruir la ciudad.
La escena fue un acto de guerra cuidadosamente calculado, concebido para arruinar su prestigio y no para causar bajas.
No hubo masacre civil, pero Plutarco cuenta que Pompeyo se vio obligado a presenciar cómo la ciudad entera ardía ante sus ojos.
El mismo autor añade que, entre todos los episodios de aquella guerra, ninguno lo enfureció tanto como Lauro.
Lauro no fue una derrota militar cuantificable, pero sí un desastre político y moral. El fracaso demostró que Sertorio no se dejaba intimidar, y lanzó un mensaje devastador a todos los pueblos de Hispania que aún confiaban en Roma: «Nadie acudirá en tu ayuda».
El impacto fue inmediato. La destrucción de Lauro alteró el equilibrio moral del conflicto. Muchas ciudades hispanas, que empezaban a dudar de Sertorio, volvieron a su causa convencidas de que aquel rebelde era el verdadero protector.
Sertorio, por su parte, mantuvo una disciplina férrea incluso en la victoria.
Controlaba el impulso de la venganza y canalizaba la violencia como herramienta política.
Ese episodio lo elevó, ante los ojos de sus aliados hispanos, más allá de la imagen de un simple general, lo transformó en una figura casi sagrada, un hombre favorecido por los dioses o, al menos, por Fortuna.
La maestría militar de Sertorio residía en su capacidad para trascender el modelo de guerra romano tradicional.
Su genio consistía en fusionar tácticas, combinaba la disciplina y organización de las legiones con la adaptabilidad, la velocidad y el conocimiento del terreno propios de la guerra irregular, perfeccionada por los pueblos hispanos durante generaciones.
Sertorio adoptó y refinó las tácticas de guerrilla que ya habían utilizado líderes indígenas como Viriato. No buscaba la gloria de una gran batalla campal a menos que la ventaja táctica fuera clara. Su objetivo era otro, desgastar al enemigo lentamente.
Mediante inteligencia militar, espionaje, movimientos nocturnos y ataques sorpresa, Sertorio socavaba la moral, los suministros y los recursos de sus oponentes, Pompeyo y Metelo.
En una época en que los recursos provinciales sostenían las guerras de Roma, esa estrategia fue letal.
Obligó a la República a mantener un conflicto prolongado y carísimo.
Creó el primer ejército romano verdaderamente eficaz en operar fuera de la ortodoxia de la batalla convencional.
Pero ni siquiera el genio podía escapar a los males endémicos de la política romana. El poder de Sertorio fue devorado desde dentro, por la fatiga de la guerra, la escasez de recursos y, sobre todo, por el resentimiento de sus propios oficiales.
La tensión más grave surgió con Marco Perpenna Ventón.
Perpenna, que había llegado a Hispania con una fuerza considerable —algunas fuentes hablan de veinte mil legionarios—, carecía del carisma y la inteligencia de su superior.
Era un aristócrata celoso, incapaz de aceptar la autoridad de Sertorio, un homo novus que le recordaba, con cada victoria, que el mérito podía superar al linaje.
Las fricciones, que comenzaron hacia el 75 a. C., se transformaron pronto en odio. Finalmente, la ambición destruyó lo que el enemigo no había conseguido vencer.
En el año 72 a. C., durante un banquete en Osca, Perpenna asesinó a Sertorio. Su caída no llegó por manos de Pompeyo o de Metelo; fue el resultado de los mismos males que corroían a la República: la codicia, el resentimiento y la traición dentro de la nobleza.
Tras el asesinato, el ejército sertoriano se desmoronó casi sin combatir.
Pompeyo, sin apenas esfuerzo militar, aniquiló lo que quedaba de la resistencia.
No obstante, en un golpe maestro de política, ejecutó al traidor Perpenna y destruyó la lista de partidarios sertorianos que este le ofreció, poniendo fin al ciclo de venganzas silanas.
Con este acto final, Pompeyo regresó a Roma como un hombre de orden y moderación.
El fracaso de Sertorio dejó el camino libre a las ambiciones autocráticas que marcarían el final de la República.
El hombre que desafió a Roma para salvar la res publica encarna su tragedia final.
En las montañas de Hispania, luchando por la legitimidad arrebatada por Sila, se vio forzado a inventar el molde del poder que acabaría por destruirla: el del líder carismático, sostenido por un ejército leal a su persona y no al Senado.
No fue el último republicano a la manera de Catón, un defensor inflexible de las viejas formas.
Fue, quizá, algo más complejo y trágico.
El último hombre que intentó gobernar con los ideales de la República, solo para demostrar que ya solo podía ser salvada —o destruida— por la autoridad de un solo hombre.
Con su muerte, asesinado por la envidia de los suyos, el camino hacia el principado quedó irrevocablemente despejado.