11 Quinto Sertorio, el último republicano
Aunque Sila restauró nominalmente el poder del Senado, lo hizo a través de proscripciones masivas, que eliminaron a miles de enemigos políticos y militares, en su mayoría vinculados al bando popular. La lucha en Hispania fue una extensión directa de esa guerra por la legitimidad de la res publica .
Quinto Sertorio, antiguo partidario de Cayo Mario y enemigo acérrimo del régimen silano, convirtió la península ibérica en su bastión político, su fuente de recursos y su retaguardia militar. Hispania se transformó así en el último refugio para quienes aún defendían otra idea de República.
Y digo «otra idea» porque Sertorio, aunque alineado con el bando popular, se mantuvo alejado del fanatismo y del despotismo que caracterizaron a algunos de sus compañeros de causa.
Defendía los principios republicanos con una convicción moral rara en su tiempo, y no dudó en castigar incluso a los suyos cuando se desviaban de ellos, como aquel escuadrón mariano que mandó ejecutar tras descubrir sus atrocidades contra civiles romanos.
Ese acto fue una declaración política. En una época dominada por el terror de Mario y las purgas de Sila, Sertorio trazó un tercer camino, el del líder cuya autoridad se legitimaba por la justicia.
Su poder anticipó un nuevo arquetipo de liderazgo —el del carisma personalista— que Julio César, décadas más tarde, llevaría a su máxima expresión.
Esta crítica implícita a los excesos de su propia facción, unida a su genio militar, le otorgó una autoridad moral única.
Sertorio se veía a sí mismo como a un restaurador de la justicia, un hombre que luchaba por devolver el equilibrio a Roma.
Esa certeza, más que el miedo o la disciplina, fue lo que mantuvo viva la resistencia durante años, en circunstancias que habrían quebrado a cualquier otro general romano.
La elección de Hispania tampoco fue casual.
Desde la caída de Numancia (133 a. C.), Roma había intensificado su control sobre la península, iniciando un proceso de romanización tan profundo como desigual.
La integración de vastos territorios convivía con un modelo sistemático de explotación que alimentaba conflictos endémicos.
Los gobernadores romanos se habían enriquecido durante décadas a costa de los provinciales, y cada mandato se había convertido en una oportunidad de saqueo legalizado.
Sertorio rompió con ese modelo desde el primer momento.
Nombrado propretor de la Hispania Citerior en el 83 a.
C., el primer mandato de Sertorio fue efímero, pues la victoria de Sila en Italia lo convirtió en un proscrito.
En el 82 a. C., un ejército senatorial al mando de Cayo Annio Lusco lo expulsó de la península, forzándolo a un exilio incierto en las costas de Mauritania.
No fue hasta finales del año 80 a. C. cuando, transformado por la adversidad en un formidable caudillo, regresó a Hispania llamado por las tribus lusitanas.
Aquel desembarco ya no respondía al protocolo de un magistrado romano; fue la entrada de un rebelde dispuesto a forjar desde la frontera una Roma distinta.
Desde su regreso buscó el apoyo de las tribus locales con una política pragmática y justa. Redujo los tributos, eliminó la obligación de alojar tropas romanas en las ciudades y trató a los hispanos como aliados con voz propia, parte de un proyecto que aspiraba a integrarlos, no a someterlos.
Sertorio reorganizó los territorios bajo su control, implantando una administración legal propia que evocaba los principios republicanos tradicionales.
Qué cosas, ¿eh? Tratar bien a la gente funciona.
El centro de esta «anti-Roma» se encontraba en el Alto Ebro: Calagurris (Calahorra), Osca (Huesca), donde estableció un consejo de trescientos miembros a imagen del Senado romano y fundó una escuela ( didaskaleîon , en palabras de Plutarco) destinada a la élite indígena, e Ilerda (Lleida).
Esa escuela, también llamada academia de Osca, cumplía una función doble y perfectamente calculada.
Por un lado, era un motor de integración cultural.
Los hijos de los nobles hispanos recibían una formación grecolatina completa, preparándose como futuros magistrados al servicio del nuevo orden sertoriano.
Se les permitía incluso vestir la toga praetexta , símbolo reservado a la nobleza juvenil romana, lo que elevaba su estatus sin diluir su utilidad política.
Pero la academia también funcionaba como garantía de lealtad. Plutarco no lo oculta, esos jóvenes eran hómeroi , «rehenes». Su presencia en Osca servía como garantía del compromiso de sus familias con Sertorio, y su formación los convertía en élites útiles, pero también vigiladas.
A través de esa estructura, Sertorio consiguió lo que ningún gobernador romano había logrado hasta entonces: cohesión interna real, construida sobre legitimidad cultural y política, no solo sobre coerción militar.
Su modelo de gobierno se basaba en la integración, la legalidad y el consenso, frente al modelo tradicional romano, basado en la fuerza y la imposición. Y en la guerra, esa inteligencia política se extendía también al plano psicológico.
Su ejército era un mosaico formado por romanos exiliados veteranos, disciplinados, junto a tropas indígenas fieles, movilizadas tanto por el carisma como por el mito. Y ahí entra en escena la célebre cierva blanca.
Plutarco y otras fuentes relatan cómo Sertorio utilizaba este animal —probablemente un gamo albino— como instrumento político y símbolo religioso.
Según afirmaba, era la mensajera de Diana, o, para los más escépticos entre sus oficiales, un intermediario de la diosa Fortuna.
Sus decisiones respondían a señales divinas, no a simples cálculos estratégicos.
Así, muchas de sus operaciones —en realidad, fruto de una excelente red de inteligencia y exploración— se presentaban como designios de los dioses. La cierva era una herramienta de liderazgo.
Esa puesta en escena le garantizaba obediencia inmediata y cohesión total.
La «crédula confianza de los iberos», como la llamaron las fuentes, se convirtió en un instrumento político y militar de primer orden.
Al entrelazar su carisma con un aura de inspiración divina, Sertorio no solo dirigía un ejército, creó un movimiento.
La cierva blanca, monísima y que no dudo que Sertorio la quisiera mucho, fue ante todo una genialidad política.
Desde el año 82 a. C., el Senado había intentado acabar con Sertorio sin éxito.
Controlaba militarmente la Hispania Citerior y la Lusitania, y sus constantes victorias humillaban a Roma.
Desesperados, los senadores recurrieron a una solución arriesgada, enviar contra él a un joven general cuyo ascenso había sido tan meteórico como irregular: Cneo Pompeyo.
Nacido en el 106 a. C., Pompeyo había forjado su reputación bajo la sombra de Sila.
Tras sus rápidas campañas en Sicilia y África, el dictador le concedió el sobrenombre de Magnus («el Grande»), una grandeza que Pompeyo cultivó con su carisma, ambición y habilidad militar a lo largo de las décadas siguientes.
Era un hombre joven, con un magnetismo natural y un porte que muchos comparaban al de Alejandro Magno.
Se decía incluso que Sila era el único ante quien Pompeyo se levantaba, un gesto cargado de simbolismo político.
El Senado, acorralado, rompió su propia legalidad —y ya he perdido la cuenta de las veces que lo ha hecho— para darle una autoridad sin precedentes.
A finales del 77 a. C., le concedió el título de imperator con imperium pro consule extraordinario, es decir, sin haber ocupado antes ninguna magistratura curul.
Era una violación flagrante del cursus honorum , pero la realidad era aún más grave.
Se trataba de una fractura sin precedentes del orden republicano.
El Senado otorgó el imperium pro consule —el poder supremo de mando— a un hombre que no era ni cónsul ni pretor, que ni siquiera había entrado en el Senado.
Pompeyo era, a efectos legales, un privatus , un ciudadano particular.
Este acto demostraba que, para defender la República restaurada por Sila, sus herederos estaban dispuestos a demoler sus principios jurídicos más sagrados, admitiendo que solo un poder militar al margen de la ley podía salvarlos de otro.
Los optimates intentaron justificar la medida apelando a precedentes, como el caso de Publio Cornelio Escipión durante la Segunda Guerra Púnica.
En ese contexto de emergencia, Escipión recibió un mando especial por lex popular , pero aquella situación difería tanto formal como legalmente del poder extraordinario otorgado a Pompeyo.
Este nuevo paso señalaba que, cuando la República tenía miedo, era capaz de romper sus propios principios.
Pompeyo recibió el imperium pro consule extraordinario a finales del 77 a. C. y llegó a Hispania al año siguiente, en el 76 a. C. Allí debía coordinar su campaña con Quinto Cecilio Metelo Pío, veterano general optimate que combatía desde hacía años en Hispania Ulterior desde su base en Córdoba.
El Senado, sin embargo, parecía confiar mucho más en su joven héroe, y muchos sospechaban que Metelo estaba a punto de ser desplazado para cederle el protagonismo a Pompeyo.
Ambos generales controlaban la Bética, la región más romanizada, y establecieron allí varios puntos de apoyo clave, entre ellos Pompaelo (la actual Pamplona), renombrada por Pompeyo tras establecer allí su campamento de invierno sobre un oppidum vascón preexistente.
Sin embargo, la necesidad de coordinar a dos generales con mandos distintos —Metelo con un imperium tradicional, Pompeyo con uno extraordinario— generó roces estratégicos inevitables.