5 Roma saqueada por los galos de Breno #2
Al día siguiente, los galos cruzaron la puerta Colina y entraron en Roma. No hubo asalto en un primer momento, la ciudad se entregó sola. Caminaban por el foro, miraban los templos, subían por las calles con cuidado, todavía temiendo una emboscada.
Breno, el jefe de los senones, ordenó vigilar el Capitolio mientras el resto exploraba con precaución.
Las casas plebeyas estaban cerradas. Los atrios de los patricios, en cambio, abiertos de par en par. Pero esa hospitalidad aparente despertaba desconfianza. Todo cambió cuando entraron en la casa de Marco Papirio.
Papirio estaba sentado en su silla curul, con sus mejores galas y el bastón de marfil en la mano.
No se movió. No habló. Los galos, fascinados, se acercaron como si contemplaran una estatua.
Miraban la ropa, el porte, la barba larga.
Uno de ellos, llevado por la curiosidad, acarició aquella barba blanca. Papirio lo golpeó y el galo lo apuñaló.
El saqueo comenzó de inmediato. Todo aquel que se encontró en las calles fue asesinado. Las casas fueron saqueadas y, una vez vaciadas, incendiadas.
Sin embargo, no arrasaron con todo. Los galos eran saqueadores, no suicidas. Sabían perfectamente que una ciudad destruida no les servía para negociar. Pero la sangre y el humo marcaron para siempre el recuerdo de aquel 390 a. C.
Desde la ciudadela del Capitolio, los romanos contemplaban el horror. Veían a los enemigos recorrer las calles sin rumbo, escuchaban el crepitar de las llamas, los gritos de mujeres y niños, el estruendo de los edificios al derrumbarse. Roma ardía, y ellos solo podían mirar.
Un día tras otro, desde lo alto, los defensores observaban cómo su mundo desaparecía.
Al principio lloraban, pero pronto se insensibilizaron.
El humo, los cadáveres, los lamentos..., todo se convirtió en un murmullo constante.
Sus ojos ya no miraban la ciudad, sus ojos estaban puestos en las armas que sostenían.
Si los galos querían el Capitolio, tendrían que matarlos a todos.
Los saqueadores decidieron entonces asaltar la ciudadela.
El ataque fue feroz, pero inútil, ya que los muros de la ciudadela aguantaron.
Los galos comprendieron que la única vía posible era el asedio.
Y aquí conviene recordar un detalle que suele pasarse por alto: en un sitio no solo padecen hambre los sitiados.
Los sitiadores también tienen que comer.
Los romanos habían salvado parte del trigo en el Capitolio. El resto estaba en Veyes o se había perdido entre las llamas. Los galos pronto entendieron que no podían permitirse un asedio largo.
Breno decidió entonces dividir sus fuerzas.
Una parte vigilaría la ciudadela y la otra saldría a saquear las ciudades vecinas en busca de provisiones.
Fue así como algunos llegaron a Árdea, donde Marco Furio Camilo —conquistador de Veyes— vivía desterrado por disputas políticas.
Amargado, se lamentaba de la decadencia de Roma...
hasta que llegó la noticia. Era el momento que había estado esperando. El momento de su redención.
Convenció a los ardeates para atacar el campamento galo de noche y causaron una carnicería. Degollaron a los que dormían, arrasaron a los que despertaban confundidos, y los pocos que lograron huir fueron rematados en Ancio.
El Senado —o lo que quedaba de él— entendió entonces que su única salvación era Camilo. Un mensajero salió del Capitolio por un paso oculto hasta Árdea, con un encargo doble: entregarle poderes de dictador y rogarle que salvara Roma.
Pero los galos no tardaron en descubrir ese mismo camino.
Treparon por las rocas, en silencio, ayudándose unos a otros.
Ni los centinelas ni los perros dieron la alarma.
Tal vez fueron algunos animales —aves o gansos— los que se agitaron y despertaron a los defensores.
La leyenda afirmaría después que fueron los gansos sagrados de Juno los que salvaron Roma con su graznido, dando fama eterna a un joven llamado Marco Manlio.
Marco, sin pensarlo, tomó las armas y embistió al primer galo que alcanzaba la cima, lanzándolo colina abajo. Los siguientes quedaron colgados entre las rocas y fueron abatidos uno a uno. Los demás, repelidos a pedradas. Roma había resistido. Gracias a los gansos.
Pero el hambre apretaba en ambos bandos.
Los días pasaban, la tensión aumentaba. Tito Livio, ansioso por maquillar la humillación, se enreda en contradicciones, afirma que los galos estaban exhaustos por el hambre y la peste, pero también dice que eran los romanos los que no podían más.
Incluso asegura que desde el Capitolio lanzaban panes a los sitiadores para humillarlos...
, cuando poco antes hablaba de raciones reducidas y sacrificios.
Lo cierto es que Roma no podía más. Estaba al borde de la rendición. Los galos repetían una y otra vez que todo ese sufrimiento se podía acabar... si se les pagaba. Y al final, el Senado cedió. Se aceptó negociar. Roma, la invicta, iba a pagar por sobrevivir.
El tribuno Quinto Sulpicio Longo pactó con Breno el precio, mil libras de oro. Trescientos veintisiete kilos.
En el foro, ante los dioses que habían visto nacer la ciudad, comenzó el pesaje.
La balanza estaba trucada. El oro nunca era suficiente.
Cuando Sulpicio protestó, Breno arrojó su espada sobre los pesos y pronunció una frase que heló el alma de todos los presentes: «Vae victis» —«¡ay de los vencidos!
»—. Una frase que probablemente jamás existió más allá de la pluma de Tito Livio, pero que simbolizaba la humillación máxima.
Roma había sido derrotada, doblegada, obligada a entregar su oro para salvar lo poco que quedaba. El recurso dramático perfecto.
Y aunque la tradición quiso borrar esa mancha, lo más probable es que Roma sí pagara el rescate. Los galos se fueron con el botín, y solo después —según Diodoro de Sicilia— Furio Camilo los alcanzó y recuperó parte del oro.
Tito Livio prefirió otra escena. Camilo llega justo en el momento del pago, anula la rendición diciendo que solo él tenía autoridad para pactar, y proclama que Roma se rescata con hierro, no con oro. Esa fue la versión que triunfó. Convertía la derrota en mito. La vergüenza, en una victoria épica.
Camilo derrota a los galos y regresa en triunfo, aclamado como un nuevo Rómulo, «padre de la patria».
Pero Estrabón ni siquiera le concede ese papel, atribuye la victoria final a los etruscos de Caere. Y Aristóteles, nada menos, menciona a un tal Lucio que habría salvado Roma, eliminando por completo la figura de Camilo...
¿Entonces? ¿Pagó Roma? ¿Fue salvada por Camilo, por Caere, por un Lucio olvidado?
Lo único cierto es que Roma quiso borrar de la memoria el sabor amargo de la rendición. Nadie quería recordar que la Ciudad Eterna fue saqueada, sus ancianos degollados en sus casas, su oro pesado en balanzas trucadas y su Senado reducido a mendigar la paz.
El mito exigía otra versión, y la tuvo. Pero el eco de aquella espada cayendo sobre los pesos —real o imaginaria, da igual— nunca se apagó.