5 Roma saqueada por los galos de Breno
Clusium pidió ayuda porque estaba siendo acosada por una horda de galos procedentes del valle del Po. Aquellos pueblos celtas habían cruzado los Apeninos y penetrado en Etruria, trayendo consigo el temible rugido del norte.
¿Por qué vinieron? Las fuentes —Livio, Dionisio, Polibio, Plutarco— coinciden.
Buscaban tierras fértiles, viñedos y grano.
Nada raro. Buscaban una vida mejor. Pero la tradición romana adornó el relato.
Livio nos cuenta la historia de un etrusco llamado Arrunte, que por despecho personal contra su rey —el lucumón— habría guiado a los senones hacia el sur y les mostró el vino itálico.
Es un relato que funciona más como fábula moral que como explicación real.
Los celtas no necesitaban que nadie les enseñara el sabor del vino, ya lo conocían y comerciaban con él.
La causa real fue mucho más simple y humana.
Presión demográfica, hambre y deseo de tierras más fértiles.
Roma, sin embargo, prefirió creer que todo había empezado por la impiedad y la traición de un solo hombre.
Era una forma de salvar la honra del suelo itálico.
Habiendo situado a los galos, volvemos a Clusium.
Imagínate la escena, de repente, aparecen ante tus muros una horda de guerreros de aspecto feroz, armados con características espadas largas de hierro y grandes escudos, distintos a todo lo que habías visto, con fama de haber arrasado por donde pasaban.
Lo lógico es que te tiemblen las piernas y llames a alguien más fuerte.
Los clusinos, en este caso, hicieron lo que cualquiera haría, pedir ayuda a la policía del Lacio en ese momento.
Roma no envió tropas, pero sí una embajada.
Tres delegados de la gens Fabia, elegidos para negociar con los galos en nombre del Senado y del pueblo romano.
En teoría iban a pedir que respetaran a Clusium, aliado de Roma —aunque esa «amistad» era bastante reciente y más formal que real—.
En el fondo, lo que Roma pretendía era dejar claro que en el Lacio mandaba ella. Los amigos de Roma no se tocan.
El problema es que quizá elegir a los Fabios no fue la mejor idea.
Eran hombres de una ferocidad y una arrogancia que, en palabras del propio Livio, recordaban más al ímpetu descontrolado de los galos que a la calculada gravitas que se esperaba de un patricio romano.
Difícilmente podían ser los mejores embajadores para un encuentro que debía ser pacífico.
Los Fabios hablaron ante la asamblea de los galos senones, y estos —que jamás habían oído hablar de Roma— los escucharon con atención y hasta mostraron cierto respeto, valoraban que alguien se presentara a dialogar antes de recurrir a las armas.
Pero su exigencia era contundente. Clusium tenía más tierras cultivadas de las que necesitaba.
Debía ceder parte de ellas a los galos, y si no...
habría guerra. La diplomacia de los senones era de una simplicidad brutal. O tierras, o hachazos.
Los enviados romanos respondieron con ironía. «¿Con qué derecho exigís tierras que no son vuestras?». La respuesta gala fue aún más simple. «Con el derecho de las armas. Porque todo pertenece a los guerreros».
La tensión escaló rápido. Me los imagino pasando de las palabras a los insultos, y de ahí a las espadas.
La asamblea degeneró en un tumulto, y el clímax llegó cuando uno de los embajadores romanos, Quinto Fabio, montado en su caballo, atravesó con su lanza al jefe de los galos.
El crimen no se pudo ocultar porque todos habían visto lo que había pasado.
Los galos querían responder con la guerra total, y solo la mediación de los más ancianos los contuvo.
Decidieron, antes de nada, agotar la vía diplomática.
Enviaron a sus propios embajadores a Roma para exigir una compensación justa por la violación del ius gentium , el «derecho de gentes».
Pedían lo que consideraban razonable, la entrega de los tres Fabios responsables.
Y lo sorprendente es que el Senado romano estuvo de acuerdo. Reconoció que los galos tenían razón y que los Fabios habían manchado el honor de Roma.
Pero había un problema. Los culpables pertenecían a una de las gentes más ilustres y poderosas de la ciudad.
Era una crisis del tamaño de tres templos de Júpiter Óptimo Máximo. Así que el Senado, cobarde y astuto, optó por lavarse las manos y pasar la decisión al pueblo. Que se quemara otro con aquel fuego.
Aquí Tito Livio es tajante. La fuerza de la popularidad y, sobre todo, la del dinero lo cambiaron todo.
Los sobornos volaron como si fueran los cien metros lisos y, en uno de los giros más delirantes de la historia de Roma, los tres Fabios, amparados por su poder y su nombre, no fueron castigados y además fueron elevados de nuevo al mando militar, según Livio como tribunos con potestad consular.
Probablemente, no fue un nombramiento real, sino un recurso posterior para encajar la tragedia en el marco político de su tiempo, pero lo cierto es que la influencia de la gens Fabia los salvó, y aquel acto selló el destino de Roma.
De acusados a líderes de la República en un suspiro. Los emisarios galos no lo entendieron, tú no lo entiendes y yo tampoco. Con esa elección, Roma había elegido la vía de la violencia. Había insultado a los galos de la manera más descarada posible. Y aquella afrenta solo podía lavarse con sangre.
Los romanos, confiados, no calibraron bien el peligro. Se creyeron demasiado listos. Prepararon la guerra, sí, pero sin la seriedad de quien sabe lo que se le viene encima. Estaban convencidos de que bastaría su presencia para vencer.
Los galos, en cambio, ardían de rabia. Los asesinos acababan de ser elevados a gobernantes, un ultraje insoportable. Encendidos de ira, a marchas forzadas comenzaron a avanzar, gritando que iban a arrasar Roma.
Cuando llegaron los primeros mensajeros avisando de la marcha imparable de los senones, el pánico se apoderó de la ciudad. Entonces sí que empezaron las prisas. Se reunió a toda velocidad un ejército que más parecía una turba armada que una fuerza disciplinada.
Los dos ejércitos se encontraron junto al río Alia, afluente del Tíber, a unos dieciséis kilómetros de Roma, en torno al año 387 a. C., aunque la tradición romana situó el desastre el 18 de julio del 390 a. C., fecha ritual que quedó marcada como día nefasto.
Los senones eran muy superiores en número y, además, hacían un escándalo tremendo. Cantaban y gritaban, llenando el aire con un estruendo ensordecedor. Para los romanos, que jamás se habían enfrentado a semejante espectáculo, debía de ser como ver salir a sus peores pesadillas de entre la niebla.
Los tribunos, viendo la amenaza de ser rodeados, decidieron desplegar a las tropas a lo largo de una línea excesivamente extendida. Y ya sabes: quien mucho abarca, poco aprieta. El centro era demasiado débil.
Breno, el jefe de los senones, lo vio enseguida. Dio la orden de ataque y la batalla del río Alia comenzó... y terminó casi al instante. La línea romana se rompió en cuestión de segundos porque ¡los soldados salieron corriendo!
Unos huyeron hacia Veyes, otros hacia Roma..., cada cual por donde pudo. La batalla fue tan breve que casi nadie cayó en combate, los que murieron lo hicieron al huir, alcanzados por el enemigo o ahogados.
Los que llegaron a Veyes se encerraron allí, convencidos de que el resto había muerto. Los que corrieron hacia Roma solo tuvieron tiempo de gritar que todos se refugiaran en la ciudadela del Capitolio. Nadie pensó en cerrar las puertas. Nadie organizó la defensa.
Cuando los galos llegaron a Roma, no daban crédito a lo que estaban viendo. Se esperaban un combate feroz, un último intento desesperado de resistencia. En cambio, encontraron las murallas abiertas, sin centinelas, sin soldados, sin nadie. Una ciudad desierta.
Desconfiados, temieron que todo fuera una trampa y, en lugar de entrar, pasaron la noche fuera, vigilando y patrullando, a la espera del engaño. Pero no había trampa. Los romanos estaban paralizados por el terror.
Refugiados en la ciudadela del Capitolio, vivían atenazados por el miedo. Los rumores se multiplicaban: que atacarían de noche, al amanecer, que ya estaban preparando el asalto... Pero no ocurría nada. Y esa espera era peor que cualquier ataque.
Se tomó entonces una decisión radical. Mujeres, niños, jóvenes en edad militar y los senadores más vigorosos se quedarían en el Capitolio, fortificado como último refugio.
Allí se hizo acopio de armas y de trigo para resistir.
Los sacerdotes —el flamen y las vestales— se encargarían de salvar los símbolos del culto, llevándolos a la vecina Caere.
Alejaban a los dioses de la destrucción.
Roma podía arder, pero los dioses no serían abandonados.
Quedaba, sin embargo, un grupo incómodo, los ancianos.
Según el relato más extendido, fueron expulsados de la ciudadela.
Aquí las fuentes son confusas. Unos dicen que solo los ancianos fueron abandonados; otros, que también mujeres y pobres fueron obligados a marcharse.
Tito Livio habla de una multitud desesperada de plebeyos que, sin cabida ni pan, salió de Roma en columna, cruzando el puente Sublicio hacia el Janículo.
El ambiente era el de un pueblo condenado. Un puñado de defensores resistiría en el Capitolio, convertido en fortaleza, mientras el resto huía, se escondía o esperaba la muerte en sus casas.
Y entonces ocurrió una de esas escenas que parecen escritas para una película. Algunos ancianos regresaron a sus casas, decididos a morir en ellas. Probablemente fueron masacrados sin más, pero la tradición transformó su final en el desencadenante de todo.
Aquellos que habían ocupado magistraturas curules se vistieron con sus ropas más solemnes, se sentaron en sus sillas y esperaron al enemigo como encarnaciones de la dignidad romana.