4 Roma aeterna
Si algo tenemos claro a estas alturas es que los siglos pasan, los imperios se suceden y, sin embargo, Roma sigue ahí. Cambia de forma, de rostro, de lenguaje..., pero permanece.
A veces se esconde en los pliegues de nuestras leyes; otras, asoma en las palabras que pronunciamos.
Y, sobre todo, aparece en las imágenes que nos rodean: en las pantallas de cine, en las series, en los videojuegos que nos invitan a conquistar el mundo, en todas las manifestaciones del ocio moderno.
Pero si queremos entender por qué Roma sigue tan viva, hay que mirar más allá de las ruinas.
Lo que nos interesa no es tanto la tradición clásica —la de los grandes autores y las obras canónicas— como su recepción, la manera en que cada época adapta o incluso manipula a Roma.
Porque Roma es, sobre todo, un espejo en el que seguimos mirándonos, a veces para aprender y otras para justificarnos.
Desde ese punto de vista, la Roma del siglo XXI es un campo de batalla simbólico.
Por un lado, la Roma de mármol, reconstruida por el cine y las series a golpe de épica y efectos digitales; por otro, la Roma real, la que sobrevive en nuestras leyes, en nuestra arquitectura o en la forma en que entendemos el poder.
Ambas conviven y chocan. La Roma del mito frente a la Roma de la memoria.
Y es precisamente esa fricción —entre espectáculo y verdad, entre lo que queremos creer y lo que preferimos no ver— la que nos acompañará a lo largo de este viaje.
Quiero empezar hablando de nuestro tiempo con una película que llegué a saberme de memoria: Gladiator (Ridley Scott, 2000).
Gracias a ella, la figura del gladiador ha trascendido su contexto histórico para convertirse en uno de los grandes arquetipos romanos del siglo XXI.
Es el héroe que se enfrenta solo a un sistema corrupto; el hombre justo en medio del coliseo del poder.
El gladiador histórico se diluye en el mito del individuo moderno.
Hollywood lo convierte en algo más digerible, un mártir de la virtud, no un engranaje del espectáculo.
Pero la realidad fue menos poética. El gladiador era, ante todo, un profesional del entretenimiento —a menudo, un esclavo o un condenado—, y su función no era desafiar al sistema.
Esa distancia entre lo que fue y lo que querríamos que hubiera sido explica el magnetismo emocional de la película.
Gladiator nos ofrece una Roma que consuela, no una Roma que incomoda.
Una Roma donde la justicia individual puede imponerse sobre el poder.
El relato está lleno de licencias artísticas.
El famoso saludo «ave, imperator, morituri te salutant» no fue gritado por gladiadores en el Coliseo, sino en una única ocasión, narrada por Suetonio, durante una naumaquia organizada por Claudio en el lago Fucino.
La escena de Germania, por su parte, sustituye la disciplina de la legión por un caos de duelos individuales. Pero al público no le importa. Busca emoción, no un documental. Queremos que el mito encaje con nuestras preguntas actuales, no con lo que veríamos en un museo.
El resultado es una Roma emocionalmente verosímil, pero históricamente imaginada. Y ahí está su poder, en que, pese a sus errores, dice algo verdadero sobre nosotros. El gladiador que se enfrenta al emperador refleja al individuo moderno que desafía al sistema, al poder o al destino.
El mismo mecanismo actúa en televisión. Roma , la serie de HBO (2005 − 2007), encarna esa tensión entre espectacularidad visual y autenticidad histórica.
Aclamada por su ambientación, su mayor logro fue también su trampa, la ilusión de verdad.
El espectador confunde la fidelidad estética con la veracidad histórica, cuando la serie altera hechos esenciales: el asesinato de César se sitúa en la curia equivocada, ya que los hechos tuvieron lugar en la Curia de Pompeyo y no en la Curia Hostilia, que había sido pasto de las llamas en el 53 a.
C., y aparecen figuras como Atia, que son reinventadas a partir de arquetipos literarios.
La pantalla, al final, es un nuevo foro, un espacio donde el mito se discute, se reinventa y se usa para hablar de nosotros.
Y ese fenómeno se amplifica en el mundo digital, quizá el laboratorio más vivo donde Roma sigue reinventándose. Juegos como Total War: Rome II, Expeditions: Rome o Ryse: Son of Rome han acercado la Antigüedad a millones de jugadores, que hoy «viven» Roma de forma directa, visual y participativa.
El ámbito digital refleja como ningún otro la tensión entre espectáculo y rigor.
Estos títulos logran una inmersión impresionante, pero la lógica comercial impone su ley y el rigor histórico cae en picado.
La diplomacia, la economía o la política se reducen a guerras incesantes, como si Roma hubiera vivido en combate perpetuo.
Frente a ello, han surgido comunidades que se toman Roma en serio, desarrolladores de mods que corrigen errores, reconstruyen ejércitos y reinterpretan el pasado con una fidelidad que a menudo supera a la de los estudios.
También hay proyectos como Summa Expeditionis (Lobico Games) o Pax Augusta (Roger Gassmann) que persiguen esa misma idea: recrear la antigua Roma con el máximo rigor posible.
Si añadimos Citadelum (Abylight) o Anno 117: Pax Romana (Ubisoft), no cabe duda de que vivimos una nueva edad de oro romana, esta vez digital.
Pero si hablamos de cómo Roma vive hoy, hay que reconocer que la imagen dominante sigue siendo la dictada por los vencedores. Lo que creemos saber proviene de textos escritos por y para la élite. Esa mirada patricia amplifica la voz del poder y silencia a la plebe.
Entre las rendijas, sin embargo, asoman otras voces.
Juvenal, Horacio, Marcial. En ellos suena otra Roma, una ciudad ruidosa, desigual, de insulae hacinadas y de abuso cotidiano.
Más allá de la Roma de mármol, existía la Roma de carne y hueso, la que desconfiaba del poder y sabía que la justicia era privilegio de unos pocos.
Y, aun así, el mito persiste. Se invoca más para justificar la ambición que para aprender del error.
Lo vemos incluso en el discurso de algunos poderosos modernos.
Elon Musk compara la caída de Roma con el «hedonismo» o con lo woke , reduciendo siglos de historia a un eslogan moral.
Es la vieja lectura de Edward Gibbon, que ignora lo que la historiografía moderna ya sabe, que Roma no cayó por la decadencia moral, un mensaje desfasado, sino que lo hizo por un cúmulo de factores.
Una lectura simplista que convierte el pasado en arma ideológica.
Algo parecido ocurre con la fascinación de Mark Zuckerberg por Augusto.
Se repite la vieja teoría del gran hombre , la idea de que el mundo avanza gracias a individuos excepcionales.
El emperador se convierte en CEO; el Imperio, en su empresa.
No hay verdadero interés histórico detrás, solo una forma de glorificar el poder absoluto bajo la capa de la grandeza romana.
El eco romano sigue sonando incluso en el terreno de la autoayuda.
El estoicismo vive hoy un renacimiento en la cultura empresarial.
Gurús y ejecutivos lo citan como receta para mantener la calma, pero reducen una filosofía compleja a un eslogan de autocontrol.
Marco Aurelio, si pudiera leer a algunos de estos neoestoicos, se llevaría las manos a la cabeza.
Este estoicismo de bolsillo ofrece a las élites tecnológicas el pretexto moral perfecto. Les permite justificar el «pragmatismo despiadado» como virtud, mantener la mente fría ante las consecuencias sociales de sus decisiones y revestir de sabiduría antigua la indiferencia moderna.
Y esa instrumentalización del pasado no ha terminado.
El fin del Imperio sigue usándose como advertencia política.
Se trazan paralelismos entre la crisis de Roma y los problemas actuales: polarización, desigualdad, inmigración...
Se repite la idea del colapso, como si la historia fuera un ciclo inevitable.
Pero la historiografía moderna desmonta ese mito. Roma no cayó por el lujo ni por la corrupción. Cambió. No hubo un derrumbe, en su lugar se dieron transformaciones sucesivas, crisis y adaptaciones.
El final del Imperio de Occidente fue un proceso multicausal: concentración de la riqueza, agotamiento institucional, presión fiscal, desigualdad creciente y factores ambientales y epidemiológicos que agravaron su fragilidad.
Aun así, el relato pesa. La narrativa del colapso se usa para justificar el autoritarismo o el aislamiento, presentándolos como defensa ante un supuesto desastre inminente.
Y ¿sabes una cosa? No es ninguna novedad.
Es el mismo patrón de siempre. Roma ha sido evocada una y otra vez como edad dorada, como ideal de orden frente a la supuesta decadencia.
Una edad dorada que nunca existió, una decadencia que nunca existió y un cataclismo que, por supuesto, nunca llega.
La Roma que sí existió —la que cambió, la que sobrevivió en las leyes, las lenguas y las ciudades— es mucho más fascinante. La que perdió en Cannas, en Arausio, en Adrianópolis. La que creyó ser invencible y descubrió, demasiado tarde, que no lo era.
Esa es la Roma que nos importa. La que sangra, duda, cae y se levanta. La que sorprende al mundo volviendo a la carga una y otra vez. La que, al mirarla sin filtros, admiramos aún más.