Rollos de canela y caso cerrado (Misterios de Justine Case en autocaravana 1)
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1
El ferry se mecía. No con violencia, pero sí lo bastante para recordarle a Jay que estaba en el agua. Que había dejado la costa atrás. Que ya no había vuelta atrás.
Permanecía junto a la barandilla. Sola. Los dedos aferrados al metal frío. El viento le tironeaba del pelo, le echaba mechones a la cara. No se molestó en apartarlos.
Alguien se rio a su espalda. Un grupo de turistas que señalaban algo. Focas, quizás. O gaviotas. O lo que fuera que la gente encontrase interesante cuando viajaba por placer.
Jay no era una de ellos.
No estaba allí por las vistas. Ni por el aire fresco del mar. Ni por los pueblos pesqueros que las guías turísticas ponían por las nubes.
Estaba allí porque se había quedado sin opciones.
Tres días. Habían pasado tres días. La llamada de Caleb en mitad de la noche. El rostro de su hermano menor en la pantalla del móvil, pálido por el resplandor del monitor. Las ojeras más profundas de lo habitual. No había dormido. Había pasado otra noche entera pegado a las pantallas.
Por ella.
—Encontré algo, Jay —la voz le había sonado ronca. Emocionada—. Una señal GPS. Lleva meses sin moverse.
Coordenadas GPS. Como si eso fuera la respuesta a todo. Como si una serie de números pudiera salvarle la vida.
Quizás pudieran.
Jay soltó la barandilla con una mano y sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta. La pantalla mostraba las coordenadas. Las había mirado cien veces. Se las sabía de memoria. Aun así, volvió a mirarlas.
Una isla en Maine. Un punto en el mapa. Y allí, en ese punto, había alguien. O lo había habido.
Valerie.
El nombre no le decía nada a Jay. No le había dicho nada hasta que Caleb lo desenterró. Valerie Martini: antigua negra de Arabella Stone.
Y ahora, meses después, la señal GPS había dejado de moverse.
¿Qué significaba eso? ¿Seguía allí? ¿Se había escondido? ¿O se había marchado hacía tiempo y había dejado el rastreador abandonado en algún sitio?
Jay no lo sabía. No podía saberlo. Pero tenía que averiguarlo.
Porque Valerie era su única oportunidad.
La demanda. Las pruebas falsas. Los correos electrónicos que Jay nunca había escrito. Los contratos con su firma falsificada. Los abogados de Arabella, que la aplastarían si no encontraba pruebas que la exculparan.
Jay cerró los ojos. Solo por un momento.
La cuenta bancaria, vacía. La carrera, destruida. El nombre, manchado. Cualquiera que la buscara en Google encontraría los titulares. Las acusaciones. Las mentiras.
Y lo único que tenía eran unas coordenadas en una isla de Maine.
¿Y si Valerie no quería hablar? ¿Y si no quería ayudar?
La idea no dejaba de darle vueltas. ¿Y si le cerraba la puerta en las narices?
¿Y si estaba allí para nada?
Las dudas la carcomían. Pero las apartó. Las obligó a volver al rincón oscuro de su mente, donde debían quedarse.
Abrió los ojos.
La isla se había acercado. Mucho. Los detalles empezaban a distinguirse. Un pequeño puerto. Casas de colores apiñadas en la ladera de una colina. Un faro en el acantilado, blanco contra el cielo gris.
Parecía un lugar pacífico. Inofensivo. Como una postal.
Jay sabía que las apariencias engañaban. Nada era inofensivo. Ya no.
El ferry aminoró la marcha. El sonido de los motores cambió: más grave, más quedo. Alguien a su espalda empezó a recoger bolsas. Un murmullo de voces. Un runrún de expectación.
Jay soltó la barandilla. Marcas rojas en las palmas. Se las frotó. La sangre volvió a circular con un hormigueo.
Hora de desembarcar.
La rampa estaba resbaladiza. Sal y humedad. Jay caminó con cuidado, un pie delante del otro. Otros pasajeros la adelantaron. Una familia con dos niños que señalaban emocionados hacia el pueblo. Una pareja con mochilas de senderismo, inclinados sobre un mapa.
Y entonces, tierra firme bajo los pies.
Jay se detuvo. Se tambaleó ligeramente. El cuerpo se había acostumbrado al vaivén del barco y necesitaba un momento para adaptarse.
El puerto era pequeño. Más pequeño de lo que había esperado. Unos cuantos pesqueros. Redes tendidas a secar. Olor a sal, a algas y a algo más. A diésel, quizás.
Los demás pasajeros se dispersaron. La familia se encaminó hacia el pueblo. La pareja seguía enfrascada en el mapa.
Jay se quedó allí, desorientada.
Sacó el móvil. Las coordenadas indicaban poco más de un kilómetro. Lighthouse Road.
—Lighthouse Road —murmuró para sí—. Como si decirlo en voz alta fuera a servir de algo.
No sirvió.
Miró a su alrededor en busca de una señal, un mapa, lo que fuera.
Había un hombre.
Plantado frente a una cabaña. Un cartel encima: Capitanía de puerto. Corpulento, barba gris, un rostro curtido por demasiados inviernos, demasiadas tormentas, demasiados forasteros que bajaban del ferry a hacer preguntas.
La observaba por encima de una red de pesca que estaba remendando.
No furtivamente, no de reojo: abiertamente, directamente. La mirada lo decía todo. ¿Quién eres? ¿Qué quieres aquí? ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
Jay conocía esa mirada. La mirada de quienes sabían quién iba y venía. Que registraban cada rostro nuevo. Que no olvidaban nada.
Caminó hacia él.
Intentó sonar despreocupada. Relajada. Como si fuera una turista más que preguntaba cómo llegar a algún sitio.
—Disculpe, ¿Lighthouse Road?
El hombre no dijo nada.
Se limitó a levantar una mano y señalar colina arriba. Sin palabras. Sin explicaciones.
—Gracias —dijo Jay.
El hombre asintió. Sin decir palabra.
Pero la mirada la siguió mientras se alejaba. La sintió en la espalda. Un hormigueo entre los omóplatos. La sensación de que unos ojos la seguían.
No la abandonaría en todo el día.
La calle principal subía cuesta arriba. Adoquines irregulares bajo las zapatillas de Jay. Cada paso, un suave roce. Caminaba despacio. No porque estuviera cansada. Sino porque iba observando.
A la izquierda estaba la librería. The Little Island Bookshop. Las ventanas estaban empañadas. Un cartel pintado a mano colgaba torcido en la puerta. Dentro había estanterías llenas de libros. Sombras en movimiento. Alguien estaba dentro.
Jay siguió caminando.
A la derecha estaba la panadería. Panadería de Hazel. La puerta estaba abierta. El olor a canela y pan fresco se escapaba hacia la calle. Dulce, cálido, acogedor.
A Jay le rugió el estómago.
No había comido nada desde la noche anterior. Una barrita de chocolate de la máquina expendedora en la terminal del ferry. Nada más.
Pero no había tiempo. Primero, las coordenadas. Primero, Valerie. La comida podía esperar.
Siguió caminando.
Las miradas de la gente la seguían.
Una anciana con una escoba se detuvo. Se apoyó en el mango y miró: sin hostilidad, solo con curiosidad.
Un hombre frente a la tienda de comestibles asintió brevemente.
Un niño saludó desde una ventana del piso de arriba. Jay levantó la mano de forma automática y le devolvió el saludo.
En la ciudad, habría sido invisible. Una entre millones. Nadie la habría notado. Nadie se habría girado.
Jay agachó la cabeza. Clavó la vista en el teléfono. Fingió leer un mensaje.
En realidad, lo único que quería era no cruzar la mirada con nadie.
¿Cuánto tiempo tardaría toda la isla en saber que había llegado una desconocida? ¿Una hora? ¿Menos?
Valerie había vivido allí. Durante meses, si la información de Caleb era correcta. La gente debía de haberla conocido. Debían de haberla visto comprando, paseando.
Pero ¿hablarían con Jay?
No lo sabía.
Al final de la calle, las casas se acababan. El asfalto se convertía en grava. Gris e irregular. Un cartel desgastado se alzaba al borde del camino: Lighthouse Trail – 0,8 km.
Jay se detuvo.
Las coordenadas apuntaban exactamente allí. Ochocientos metros por recorrer. A través del bosque. Hasta el faro.
Dejó la carretera.
La grava del camino crujía bajo sus zapatos. Más fuerte de lo esperado. En la ciudad, el sonido habría quedado ahogado por el ruido del tráfico, el murmullo de voces. Allí, en el silencio, resultaba escandalosamente fuerte.
Los pinos la rodeaban. Altos y oscuros. El olor cambió. La sal se convirtió en resina.
Allí hacía más frío. Más sombrío. La luz del sol se filtraba entre las ramas. Manchas de luz en el suelo que se desplazaban cuando el viento agitaba las copas.
El viento susurraba entre las agujas. Un murmullo, un rumor.
Al borde del camino, pasó junto a unas cuantas casas de madera acogedoras. Claramente habitadas, con jardines delanteros bien cuidados y macetas de flores de colores en el porche. Nadie a la vista.
Jay estaba sola por primera vez desde que había dejado el ferry.
Pero la sensación de ser observada persistía.
Aceleró el paso.
El teléfono vibró.
Jay se sobresaltó. Lo sacó del bolsillo. ¿Caleb?
No. Solo pérdida de señal. Las barras desaparecieron una por una. Por supuesto. Una isla. Un bosque. ¿Qué esperaba?
Guardó el teléfono.
Había memorizado las coordenadas. Ya no las necesitaba. Unos doscientos metros más. Quizá menos.
El corazón le latía más deprisa.
Pronto sabría lo que Caleb había encontrado. Pronto encontraría a Valerie. O al menos una pista. Un indicio. Algo.
O nada.
El bosque se abrió.
Jay se detuvo.
Un aparcamiento rectangular de grava, rodeado de pinos. El suelo era irregular, lleno de baches y charcos de la última lluvia.
Un cartel desgastado que señalaba el sendero del faro. Y cuatro vehículos.
Cuatro vehículos.
Jay se detuvo al borde del aparcamiento. Su mirada fue de uno al siguiente. Escrutando. Comparando. Buscando.
Un todoterreno. Azul oscuro, modelo reciente. Una tabla de surf en el techo, sujeta con correas de colores. Alguien que quería ir a la playa. O que venía de allí.
Una camioneta negra. Nueva. Bien cuidada. Las llantas brillaban como si las hubieran pulido el día anterior. Ventanas tintadas. Tan oscuras que Jay no podía ver si había alguien dentro. Se quedó mirando un instante de más. Apartó la vista.
Una vieja ranchera Oldsmobile. Manchas de óxido en los guardabarros. Una pegatina en el parachoques, demasiado descolorida para leerla. Un vehículo que había conocido tiempos mejores. Muchos tiempos mejores.
Y luego la furgoneta.