Epílogo. Logan
Epílogo
LOGAN
Tres años más tarde…
Lana se ríe con Hadley mientras leen la última carta de Laurel. Lindy May envía todas las cartas de Laurel a Olivia. Y Olivia las manda a una casa que tiene Lana en Grecia, aunque nunca nos quedamos allí.
Laurel se ha convertido en una chica divertida e ingeniosa que ha logrado dejar atrás su pasado y seguir adelante. Lindy le ha brindado todas las herramientas para hacerlo, y ahora ella misma ha podido seguir con su vida tras haber salvado la de Laurel.
Su exmarido se suicidó hace poco más de dos años. Lana y Jake descorcharon una botella de champán para celebrarlo, ya que, al parecer, fueron ellos quienes lo empujaron a hacerlo.
Olivia también les escribe para contarles cómo les va a Cheyenne y Alyssa, que siguen viviendo con ella. Nadie sospechó de Olivia después de que yo acribillara a Christopher Denver.
Diana Barnes se mudó para vivir más cerca de su hijo. Él le compró una casa y ella por fin puede disfrutar de su vida sin que el pasado la persiga como una sombra amenazante. Cree que Lana murió en esa explosión, y Lana dice que es mejor que así sea.
De vez en cuando compruebo qué tal está mi equipo utilizando un teléfono desechable para contactar con Leonard. Él me asegura que nadie en nuestra unidad me está buscando. Casi todos piensan que me he vuelto loco. Él es el único que sigue allí y conoce la verdad.
Dice que Craig está feliz porque oficialmente es el más guapo de la unidad.
Pero sé que lo que hice todavía pesa mucho sobre todos ellos porque les preocupa que algún día pueda ocurrirles lo mismo. Lo que pasa es que no entienden lo improbable que es eso. Y yo no puedo explicarles por qué.
Jake baja las escaleras envuelto solo en una toalla. Sería estupendo no compartir la casa con él y con Hadley, pero vivimos en un casoplón y nunca separaría a Lana de su mejor amigo después de todo lo que han pasado.
Además, duermo tranquilo por las noches, más que nunca. Nuestra casa es el lugar más peligroso del mundo para intentar entrar a robar gracias a nosotros cuatro.
Un chico baja las escaleras, también con una toalla puesta, y Hadley le silba antes de levantarse y pavonearse por el comedor con el pelo revuelto y la ropa desaliñada.
—Me alegro de que por fin hayáis terminado. No aguantaba otra ronda —le dice a Jake mientras él la atrae hacia sí y le muerde los labios con una sonrisa.
—Todavía tienes otro asalto a solas conmigo esta noche —dice—. Y la semana que viene, tú eliges quién se une.
Ella sonríe como si acabara de darle un regalo de Navidad. Personalmente, no lo entiendo. Yo mataría a alguien si tocara a Lana, y no hay duda de que ella haría pedazos a cualquiera que me tocara a mí.
Literalmente.
Pero Jake y Hadley son bisexuales, y aunque nunca se engañarían el uno al otro, de vez en cuando invitan a determinadas personas a su dormitorio.
Dos veces al mes, para ser más precisos. Créeme, sé más de la vida sexual de Hadley de lo que nunca habría deseado.
—Quiero una chica —dice mientras el hombre con el que han pasado la noche se dirige al frigorífico como si estuviera en su casa.
—Hecho —le dice Jake, y ella vuelve a sonreír mientras yo me alejo discretamente del trío.
Lana intenta contener la risa cuando me acerco a ella porque sabe que no me gusta escuchar los detalles íntimos que a Jake y Hadley les encanta compartir.
Me coge de la mano y la levanto, rozando con el pulgar el rubí rojo de su dedo anular.
—¿Está lista, señora White? —le pregunto, meneando las cejas.
—Te estaba esperando.
—Ahora mismo, estoy deseando salir de aquí y subirme al barco.
Ella se ríe de nuevo mientras prácticamente la arrastro fuera de la casa.
Ya tiene la pierna completamente curada.
Camina sin cojear y ha vuelto a asistir a clases…
de kickboxing para ser exactos. Aunque creo que sería más inteligente que ella misma las impartiera, porque es demasiado buena como para seguir siendo alumna.
Ella entrelaza sus dedos con los míos y yo me bebo una cerveza mientras caminamos por la playa en dirección al barco que nos espera.
Así ha sido nuestra vida durante los últimos tres años. No tenía ni idea de lo mucho que me estaba perdiendo. La vida es realmente maravillosa cuando te tomas el tiempo para vivirla.
Y lo más importante: bailamos todas las noches.
Hadley y yo nos hicimos cargo de la página web de Lana y Jake, ya que ellos habían emprendido otro negocio en internet que les exigía más dedicación. Lana subcontrató los trabajos de tasación a personas de confianza que necesitaban sacar un dinero extra.
Hace cinco años, nunca me imaginé dejando el FBI y pasando mis días con una asesina en serie parcialmente retirada mientras paseaba por las playas de Grecia. Nunca me imaginé compartiendo una casa con otra pareja. Nunca me imaginé nada de mi vida tal y como es hoy.
Por eso quiero tanto a Lana. No deja de sorprenderme, y estoy bastante seguro de que sería yo quien incendiaría el mundo si alguien intentara quitármela.
Para ella, eso me convierte en un romántico.
Me encanta mi vida.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta Lana con un suspiro mientras apoya la cabeza sobre mi brazo.
Dos meses después de llegar a Grecia, Lana y yo nos casamos. Solo estábamos nosotros cuatro y un oficiante, pero fue perfecto. Hadley y Jake tardaron dos años en seguir nuestro ejemplo.
—En lo loca que puede ser la vida y en lo bien que pueden salir las cosas —le digo, levantándole la mano para poder besarle los dedos.
Ella sonríe mientras se acurruca más cerca de mí, con su vestido blanco ondeando al viento.
Hoy es nuestro aniversario y vamos a salir en barco para pasar un largo fin de semana lejos de casa.
—Desde luego que nuestra historia es única —dice, deslizando los brazos alrededor del mío y apretándolo contra sí.
—No sé por qué lo dices —digo con tono burlón.
Ella se ríe poniendo los ojos en blanco.
—Es verdad. Somos como una pareja cualquiera —dice con tono serio, pero esbozando una pequeña sonrisa.
—Romance con terror. Eso es un género, ¿no? —pregunto, sonriendo cuando le arranco una carcajada.
Ella da media vuelta y camina de espaldas de cara a mí.
—¿Quieres que sea sincera? —pregunta, mordiéndose el labio.
La agarro por la cintura, encantado con la forma en que se ríe cuando la levanto.
—Sí —digo, mordisqueándole la barbilla antes de besarla.
Me rodea la cintura con las piernas mientras me abraza con fuerza, y yo sigo cargándola en dirección al barco.
Con una sonrisa, me dice:
—Es mi historia de terror favorita de todos los tiempos.
Sonrío contra sus labios cuando llegamos al muelle, y ella se baja para caminar a mi lado, cogidos de la mano. Se está poniendo nerviosa. Lo noto.
Hay algo que debes aprender para amar a una chica como Lana. Tuvo que sacar algo de su interior para poder acabar con el reinado de terror de Delaney Grove.
Ese algo no puede encerrarse sin más.
Necesita cuidados especiales. Cuidados que le proporciono una vez al año porque disfruto ayudándola a mantener la cordura. Y tampoco puede vivir negando quién es.
Cargamos las cosas en el yate y ella se encarga de servir el champán, mientras nos alejamos del muelle y nos adentramos en el océano. Brindamos, y rozo mis labios con los suyos cuando se acerca.
Estamos navegando sin tierra a la vista cuando echo el ancla y compruebo los monitores para asegurarme de que estamos completamente solos y nadie puede molestarnos.
Ella me dedica una sonrisa, con los ojos brillantes de expectación.
—¿Estás lista para tu regalo? —le pregunto.
Ella sonríe de oreja a oreja.
—Sí.
Le cojo la mano y la guío hacia la cubierta inferior. Ella me sigue, prácticamente pisándome los talones por la emoción. En cuanto llegamos abajo y ve su regalo, se detiene y esboza una sonrisa que se va ensanchando cada vez más.
—¿Cómo lo has conseguido? —me pregunta.
—En realidad fue un favor que me pidió un amigo. Al parecer, este tipo ha violado a varias chicas a lo largo de la costa, pero, debido a la inmunidad diplomática de su padre, nadie se atrevía a tocarlo. Estaban tramitando revocar esa inmunidad cuando su padre lo mandó de vuelta a Columbia.
Los ojos de ella brillan de emoción mientras Juan Álvarez abre desmesuradamente los suyos y trata de liberarse, insultándonos con la boca amordazada. Lana ladea la cabeza y lo observa mientras él se sacude contra las cadenas.
—¿Y tu fuente es fiable? —pregunta ella, mirando a Juan, impaciente por pasar a la acción.
—Fue Leonard quien llamó. Su última víctima solo tenía quince años y la degolló. Confío en Leonard, y yo mismo revisé el expediente. Tienen pruebas físicas suficientes para demostrarlo, y ni siquiera se ha molestado en negarlo. Pero no pueden tocarlo.
Se pone de puntillas y me besa sin dejar de sonreír. Juan sigue intentando escapar en vano.
—Gracias —murmura mientras le paso la navaja.
La aferra con fuerza y su cuerpo tiembla ante la sensación de euforia que se avecina. Una cantidad excesiva podría arrebatarle el alma. Una dosis reducida podría hacer que se rebelara por no aceptarse como la persona en que se ha visto obligada a convertirse.
Pero una vez al año no hace daño. Y Leonard le saca partido, porque no todos los monstruos terminan en la cárcel.
Lana es única, y no cambiaría nada de ella. Porque ahora veo el mundo tal y como es realmente, y sé que mi único lugar está a su lado.
Me acerco por detrás a ella mientras pone la música y la rodeo con los brazos por la cintura para balancearnos al compás. Ella está ansiosa por ponerse manos a la obra, pero saborea el momento, provocándolo con la esperanza de no haberle excitado demasiado todavía.
Recuesta la cabeza contra mi pecho mientras alarga este momento al máximo.
Me acerco a su oído y le susurro:
—Feliz aniversario, mi vida.
Fin