Rojo sangre (Mindf*ck 5) Capítulo 8. Logan #2
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Capítulo 8. Logan #2

—Aprendimos por las malas, y yo me despojé de aquella ingenuidad tan pronto como logré sobrevivir.

Le hice una promesa a mi hermano, y pienso respetarla.

Una promesa que él sabía que sería capaz de cumplir.

Ahora solo veo la bondad cuando de verdad existe.

Soy más inteligente. Ellos me hicieron más inteligente.

También me convirtieron en lo que soy hoy: letal y despiadada.

Me obligo a creer que había una razón para ello y, cada vez que salvo a alguien del mismo destino que yo sufrí, me siento un poco más cerca de Marcus.

Debo de estar mal de la cabeza porque, si me pidiera que me uniera a ella, lo haría sin dudarlo. Así que le agradezco que no lo haga porque ni siquiera sé cómo sentirme al respecto.

—Cuando las luces se apagan y suena la música, a veces me acuerdo de mi madre bailando con mi padre.

Era muy pequeña. Tanto que no entendía lo importante que era atesorar todos esos recuerdos y empaparse de ellos.

Pero los que conservo permanecen conmigo.

Son esos recuerdos los que me mantuvieron con vida y me ayudaron a acallar algunas de mis pesadillas.

Le acaricio el labio con el pulgar mientras la miro atentamente.

—Vamos —digo antes de apartarme de ella y ponerme de pie.

Ella me mira como si hubiera perdido la cabeza hasta que enciendo el teléfono y la música comienza a sonar. Su mirada se ilumina casi al instante y sonríe cuando le tiro de la mano, instándola a que me acompañe.

Desnudos en mitad de la habitación, la pego a mí. Ella coloca la cabeza en mi pecho y yo le beso la coronilla mientras la abrazo lo más fuerte posible.

Y bailamos.

Bailamos varias canciones.

Hasta que de repente se me echa encima y me besa con ansia, como si no pudiera aguantar más y la noche estuviera a punto de acabar.

Y la hago mía una y otra vez, hasta que el sol empieza a brillar sobre nosotros y ambos estamos demasiado agotados como para intentar otra ronda.

Mientras ella se acomoda encima de mí, con los ojos cada vez más cerrados por el cansancio, le pregunto:

—¿Por qué Lana Myers? ¿Qué te llevó a elegir ese nombre?

Ella sonríe, luchando por mantener los ojos abiertos.

—Mi madre me contó que ella y mi padre siem­pre discutían sobre mi nombre antes de que naciera.

Ambos estuvieron de acuerdo desde el principio con Marcus, pero con mi nombre no.

Fue una de las pocas discusiones que tuvieron.

Ella quería llamarme Victoria, por mi difunta abuela.

A mi padre le encantaba el nombre de Lana; lo había oído durante un viaje con sus padres cuando era adolescente.

Decía que sentía que yo iba a ser una Lana, y no una niña tan refinada como sugería el nombre de Victoria.

Ella se ríe entre dientes, desviando la mirada mientras vuelve a sumergirse en sus recuerdos.

—Mi madre contaba que, en cuanto nací, supo que había acertado. Pero mi padre insistía en que era él quien tenía razón, porque la defi­nición de Lana encajaba perfectamente conmigo, aunque mi madre argumentaba que yo había heredado el temperamento de cualquier Victoria que hubiera existido jamás.

Ladeo la cabeza, queriendo entender la broma interna.

—¿Qué significa el nombre de Lana?

—Depende del país. Valiosa. Piedrecita. Rayo de luz. Pero mi padre decía que era el significado hawaiano el que más me representaba: a flote, tranquila como aguas en calma. Hizo falta una tormenta para encontrar esa serenidad.

Ella vuelve a mirarme a los ojos y yo sonrío, pensando en lo mucho que encaja con ella.

—Necesitaba un nombre que significara algo; necesitaba algo que me impidiera transformarme en otra persona. Era el único que tenía —añade.

Le acaricio la nariz con el dedo y le doy un toquecito en la punta.

—Te queda perfecto. Pero ¿por qué Myers?

Una sonrisa sombría se apodera de sus labios.

—Mi padre también era un fanático de las películas de terror. De las de la vieja escuela. Decía que no tenía tiempo ni paciencia para guaperas y creídos que tenían problemas con mamaíta.

Me río inesperadamente y ella sonríe.

—Mamá siempre se burlaba de él diciendo que simplemente le gustaban los psicópatas aterradores y descarados con evidentes trau­mas maternos. Michael Myers era uno de sus favoritos.

Me río a carcajadas, negando con la cabeza. Ella levanta la mano y me acaricia el pelo con los dedos. Nuestras miradas se cruzan y un silencio tranquilo nos envuelve.

—¿Puedo preguntarte algo relacionado con el caso? —pregunto vacilante.

—Ya sabes todo lo que ha pasado —dice Lana con cautela—. No puedo contarte lo que falta.

—¿Sabes quién es el asesino original?

Entonces alguien llama a la puerta e interrumpe nuestra conversación.

—¿Sí? —grita Lana, con el cuerpo recostado sobre el mío.

—Siento interrumpir el reencuentro, pero se ha convocado una reunión de emergencia. Donny dice que tenemos que ir a las cabañas lo antes posible.

—Mierda —gruño, harto del día, y ni siquiera ha empezado.

Lana se aparta de mí con una elegancia natural, coge una bata y se la ata antes de que yo consiga levantarme de la cama. Se apoya contra la pared y se limita a observarme mientras me visto a toda prisa.

—Eres bueno, Logan —susurra Lana, llamando mi atención mientras se sienta en el borde de una cómoda—. Es lo que más me gusta de ti. Haz lo que creas que es mejor. No te preocupes por mí. Estaré bien.

Sabía cuál iba a ser su respuesta cuando le hice la pregunta anoche, pero escuchar la determinación en su tono es como un mazazo en el estómago.

—Esto no es un adiós, Lana. Volveré esta noche. Tendremos que dormir, pero volveré.

Ella me sonríe, pero una vez más es un gesto forzado.

Vuelvo a encender el teléfono y dejo que se llene de mensajes que no tengo tiempo de leer. En lugar de desperdiciar estos últimos minutos, la beso y le hago saber que la sigo queriendo, incluso si decide terminar con esto.

Todavía me bullen en la cabeza mil argumentos contradictorios sobre por qué esto está bien o mal, pero me niego a renunciar a ella.

—Hasta luego —digo contra sus labios.

—Hasta luego —murmura ella en respuesta.

Hadley y yo nos vamos y nos dirigimos a su coche. Al ver lo despeinada que está, me doy cuenta de que… la casa solo tiene dos dormitorios.

—Pensaba que eras lesbiana —digo mientras ella trabaja en su ordenador portátil sentada en el asiento del copiloto del coche plateado que vete tú a saber de dónde ha sacado.

—Ya te dije que no. Siempre me han gustado tanto los chicos como las chicas… Pero ¿sabes qué? Tengamos esta conversación más tarde. Sea lo que sea lo que tiene preocupado a Donny, me da mala espina.

—Seguro que no es nada —contesto, restándole importancia.

Hasta que estamos a punto de llegar a las cabañas no me doy cuenta de que Lana no llegó a responderme a la pregunta que le hice sobre el asesino en serie original.

Sin embargo, su mirada me dijo que lo sabe.