Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Capitán. Así que ahora eso.

Mateo y Miguel lo esperaban donde los había dejado.

—Los prisioneros —dijo Rodrigo sin detenerse—. Al centro del campamento. Que sean tratados con el respeto que corresponde y atendidos si lo necesitan. Nadie muere en nuestras manos de algo que hayamos podido evitar.

—¿Respeto? —repitió Miguel.

—El nuestro, no el suyo —dijo Rodrigo—. No somos bárbaros por haberles ganado.

—Entendido —dijo Mateo, y fue a cumplirlo sin más preguntas.

Pasaron junto a la línea de artillería ligera, donde los hombres cubiertos de hollín revisaban arcabuces y pequeñas piezas de bronce y retiraban los restos de las cargas de pólvora con el cuidado que impone haber visto lo que ocurre cuando no se tiene.

La pólvora vieja impregnaba las ropas de todos ellos, acre y seca, metida en el pelo, adherida a la piel, tan asociada al oficio como el cuero o la herrería.

Rodrigo los observó de pasada. Conocía esa tarea, el orden que sigue a la destrucción, el trabajo metódico de recoger lo que queda de la guerra para poder, con el tiempo, hacer otra.

Los prisioneros eran jóvenes y viejos mezclados, con las manos atadas a la espalda y los rostros de los que han perdido sin haber decidido todavía cómo llevar esa pérdida.

Al pasar algunos lo miraron con odio. Otros miraban al suelo con una ausencia vacía, sin nada que calcular porque no les quedaba nada que perder.

Rodrigo caminó entre los soldados del campamento durante la hora siguiente, observando gestos y evaluando disposiciones con ojo veterano, porque el estado moral de un ejército se lee en los pequeños detalles, cómo se sienta un hombre cuando come, cómo sostiene el arma cuando no hay nadie mirando, si tiene los ojos del presente o los del recuerdo reciente.

Lo que veía era cansancio, no desmoralización.

Miguel caminaba a su derecha en silencio, atento a cuándo hablar y cuándo no. Rodrigo lo miró de reojo.

—Miguel —dijo—. En cada torre y calle de Granada hemos pagado un precio. Y aún nos queda lo que viene.

Miguel lo miró sin parpadear.

—La Corte no se parece a un campo —continuó Rodrigo—. Allí también matan. Con firmas que llegan tarde o con palabras dichas en la antecámara equivocada. Si llegáis sin saberlo, os aviso ahora.

—Señor —dijo Miguel—. ¿Y si no basta con ser rectos?

Rodrigo se detuvo en él un instante.

—Entonces más vale ser listos. Sin dejar de ser rectos.

Al caer la tarde, mientras el campamento se reorganizaba para la marcha, Rodrigo reunió a sus más cercanos y trazó la ruta hacia Jaén.

Dieciséis hombres asignados por el capitán Fernández de Córdoba para la escolta de los carros, cuatro carros de artillería y provisiones, caballos revisados, alimentos cargados, pertrechos en su sitio.

—La ruta es larga y el terreno no siempre ayuda —dijo, con la vista fija en el mapa desplegado sobre la tabla improvisada—. Colinas para vigías. Barrancos para emboscadas. Diego.

Quiroga levantó los ojos del mapa.

—Vos con dos hombres adelante en el puente de piedra —dijo Rodrigo—. Nadie cruza antes de que confirméis que está limpio.

—Hecho.

Diego enrolló el mapa con los dedos, ya lo había memorizado y no necesitaba volver a mirarlo.

—Hay un vado alternativo una legua al sur del puente —dijo—. Sin camino marcado, pero practicable si el nivel del arroyo no ha subido con las lluvias. Si el puente estuviera comprometido, lo usamos.

Rodrigo lo miró un segundo. Esa clase de detalle solo lo sabe quien ha recorrido el terreno, no quien ha leído el mapa.

—Bien. Lo tenéis en cuenta.

—Y recordad —dijo Rodrigo, mirando al grupo—. En la Corte también hay enemigos. Y allí no se les ve venir.

Miguel frunció el ceño.

—¿Creéis que alguien conspira ya contra la Corona?

—Creo que alguien lleva meses conspirando —respondió Rodrigo—. Y que nosotros solo acabamos de enterarnos.

Nadie preguntó cómo lo sabía. Lo preguntarían cuando fuera el momento.

Antes de que oscureciera del todo, Rodrigo habló también con los hombres más jóvenes del grupo.

—Escuchadme bien. En la Corte, vuestro trabajo es el mismo de siempre. Ojos abiertos, boca cerrada, y si algo no huele bien, me lo decís a mí antes que a nadie.

Los soldados recogieron la orden en silencio. Rodrigo los observó y supo la diferencia entre los que lo entendían y los que solo obedecían.

Antes de retirarse a su tienda, se detuvo junto al fuego donde Mateo limpiaba la hoja del montante con un trapo y aceite de hueso.

Era un ritual que hacía cada noche, sin importar el estado de la hoja, sin importar el cansancio.

Rodrigo lo había visto hacerlo en Italia, en Nápoles, en Granada, siempre con los mismos gestos, el mismo silencio.

Esta noche los gestos eran más lentos y Mateo entrecerraba los ojos cada vez que el resplandor de las brasas le daba de frente. Rodrigo lo notó.

—Mateo —dijo Rodrigo—. En la Corte no se pelea con acero. Se pelea con la palabra.

—Yo solo sé hacer uno de los dos —dijo Mateo, sin levantar los ojos del acero—. Espero que sea el que más falta haga.