Capítulo 6 #2
Con cada exhalación, el vendaje se tensaba levemente y el vapor fino ascendía en el frío de la tienda, más lento que en la torre, más cansado, como si el cuerpo llevara horas negociando con algo que no iba a ceder.
El lino estaba oscuro desde el centro hacia afuera con la mancha característica de las heridas internas, ese color que a Roque le ahorraba tiempo y al herido esperanza innecesaria.
La quinta costilla, según Roque, se había hundido hacia adentro con el impacto.
El pulmón derecho llevaba horas trabajando a medias, bombeando el aire con un esfuerzo que Roque oía sin levantar la venda.
Roque no había dicho nada sobre Cuéllar.
Rodrigo se acercó a Jaime. Tenía las manos a los lados del cuerpo, anchas, callosas, con los nudillos partidos de años de trabajo con armas pesadas, y ahora completamente quietas, que era lo más raro de todo porque las manos de Jaime nunca estaban quietas, siempre había algo que sujetar o revisar o ajustar, siempre había algún trabajo pequeño que hacer mientras se esperaba el trabajo grande.
En la torre del noreste, mientras los demás se cubrían de la lluvia de cascotes, Jaime había estado remendando una correa rota del arnés con hilo encerado, con esa parsimonia suya que a los inexpertos les parecía lentitud.
Rodrigo lo había visto hacer eso. Ahora las manos estaban quietas encima de la lona y no había nada que remendar.
Se quedó de pie junto a él lo que hizo falta. Luego le puso la mano en el hombro, igual que a Hernando. El hombro era sólido y caliente con la fiebre, demasiado caliente.
—Aguanta —dijo.
Sabía que la palabra no haría nada. La dejó dicha igualmente.
Salió de la tienda y el frío de la mañana le dio en la cara como agua, y con él llegó algo inesperado.
Entre el humo y la tierra removida, un hilo tenue de dulzor que no encajaba con nada de lo que había en esa loma.
Los naranjos. Alguno de los jardines en la ladera baja de Granada seguía en pie, y el viento lo traía a través de los cascotes y la ceniza.
Rodrigo lo respiró una sola vez. Luego siguió caminando.
Granada se extendía en el fondo del valle, los tejados ennegrecidos y las torres inclinadas contando en piedra la historia de una resistencia que había durado siglos y de lo que cuesta terminarla.
Rodrigo la miró durante un tiempo que no habría sabido medir.
Había ciudades que se conquistaban y dejaban indiferente al conquistador, que eran solo el objetivo en el mapa y la tarea cumplida en el parte.
Granada no era esa clase de ciudad. Tenía algo en los huesos de sus calles y en la piedra rojiza de su alcazaba que hacía difícil mirarla después de haberla tomado sin sentir que se ha ganado y perdido algo al mismo tiempo, aunque nadie supiera bien qué era lo perdido.
Álvaro Mendoza. El nombre volvía sin que lo llamara.
Un hombre que había servido a su lado durante el asedio, que conocía las rutas de aprovisionamiento y los turnos de guardia con una precisión que no correspondía a su rango.
Eso era lo primero. Lo segundo era más difícil de articular pero no por ello menos real.
En los días finales de la campaña, Mendoza había empezado a moverse de una manera que no encajaba con las órdenes que recibía.
La cosa era más sutil. Y por eso más difícil de señalar.
La diferencia entre seguir una ruta porque es la asignada y seguirla mirando otras cosas mientras se recorre.
Rodrigo lo había notado en el modo en que Mendoza pasaba junto a los puestos de artillería sin detenerse pero sin apartar los ojos de las piezas, contando algo que no necesitaba contar para cumplir su función.
En la manera en que siempre llegaba a las reuniones de oficiales con un instante de ventaja, el instante justo para haber oído las últimas palabras de la conversación anterior sin haber sido visto llegar.
En cómo conocía los nombres de los correos que llevaban los despachos al capitán Fernández de Córdoba, cosa que ninguno de su rango necesitaba saber.
Nada concreto. Nada que pudiera llevarse ante don Gonzalo y sostener con pruebas.
Solo esa sensación de engranaje mal ajustado que roza lo que tiene al lado sin que nadie pueda señalar exactamente dónde, la sensación que Rodrigo había aprendido a no ignorar, porque siempre que la había ignorado había pagado después.
Y luego estaba el otro detalle, el más pequeño y por eso el más persistente.
Tres días antes del asalto final, Rodrigo había visto a Mendoza detenerse junto al muro norte a la hora en que el relevo de guardia dejaba ese tramo sin vigilancia durante cuatro minutos exactos.
No había hecho nada. Solo se había detenido, había mirado hacia el exterior de la ciudad, y había seguido caminando.
Cuatro minutos. El tiempo suficiente para entregar algo o para recibirlo, si alguien al otro lado del muro hubiera estado esperando.
Podía no significar nada. Rodrigo llevaba días diciéndose que probablemente no significaba nada, y el problema era que después de tantos años de campaña ya no se fiaba de sus propias absoluciones.
Rodrigo apretó los labios, revolvió esos pensamientos en la mente sin llegar a ningún lugar útil, y siguió caminando hacia el corazón del campamento, donde la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba se erguía entre sus oficiales.
El capitán Fernández de Córdoba estaba de pie frente a un grupo de oficiales que discutían la reorganización de las tropas en voz baja, midiendo cada palabra, porque todos habían visto lo que cuestan los errores.
La luz del mediodía caía sobre su armadura con una claridad que hacía brillar el metal y endurecía los rasgos.
A su alrededor, los oficiales callaban cuando él hablaba y hablaban con cuidado cuando él escuchaba.
Gonzalo escuchaba más que hablaba. Probablemente por eso llevaba tiempo siendo el hombre al que los reyes confiaban lo que no podían confiar a nadie.
Rodrigo ajustó el yelmo bajo el brazo, tomó aire y avanzó.
Se arrodilló con la espalda recta y la mano sobre la empuñadura, la mirada fija en la figura que representaba la máxima autoridad militar de Castilla.
Gonzalo lo miró sin prisa durante el tiempo que le llevó evaluarlo, como se revisa el filo de una espada antes de confiarle algo.
—Rodrigo de Salazar —dijo al fin—. La torre del noreste ha caído.
Vuestros hombres están vivos. Y vos estáis aquí, de pie, con el pergamino que encontrasteis guardado donde debía estar.
—Hizo una pausa que ninguno de los oficiales presentes se atrevió a llenar—.
Por esos actos, y por la manera en que los habéis ejecutado, os otorgo el grado de capitán. Llevadlo como habéis ganado el campo.
Rodrigo inclinó la cabeza. El peso de lo que acababa de recibir lo exigía.
—Y ahora, capitán Rodrigo de Salazar —continuó Gonzalo—, ¿juráis lealtad a Castilla y a sus Reyes, para servir con honor, disciplina y justicia en todas las ocasiones que la Corona lo requiera?
—Lo juro, señor —dijo Rodrigo.
Un murmullo recorrió a los oficiales presentes. Gonzalo asintió, casi imperceptiblemente.
—Que así sea. La Corona deposita su confianza en hombres como vosotros. Que vuestro ejemplo inspire a quienes todavía deben aprender qué significa el honor en el servicio.
Gonzalo bajó la voz un grado, lo suficiente para que los oficiales más cercanos dejaran de oír.
—Hay algo más, Salazar. Los carros de artillería y provisiones del asedio han de volver a Jaén.
Es trabajo de escolta, no de gloria, pero alguien de confianza tiene que asegurarse de que lo que ha costado diez años llega entero.
Cuando hayáis entregado la carga, presentaos ante los Reyes en Santa Fe. Os esperan.
Rodrigo se incorporó con el esfuerzo del que lleva la cota puesta desde el alba.
El peso de la cota de malla se le asentó en los hombros como si llevara ahí más tiempo del que el cuerpo estaba dispuesto a tolerar.
Luego el capitán Fernández de Córdoba volvió a sus oficiales, y Rodrigo dio tres pasos atrás y se retiró.