Capítulo 1 #3
—Diego —su voz cortó el humo—, cubre la izquierda. Miguel, prepara fuego. Jaime, trae la maza.
Montijo dio un paso adelante.
—¡Rodrigo de Salazar! Eso es insubordinación.
Rodrigo no apartó los ojos.
—Es responsabilidad, mi capitán.
Y salió del amparo del arco y avanzó hacia la base de la muralla.
Durante un latido eterno, Rodrigo esperó la orden de arresto. No llegó. A sus espaldas, sonó la voz de Montijo.
—Maldita sea. Seguidlos. Y que Dios nos juzgue a todos —escupió Montijo entre dientes.
Los soldados del capitán corrieron tras Rodrigo.
Desde lo alto de la muralla, Yusuf siguió el avance.
—Ha desobedecido —dijo sin quitarle ojo al castellano.
—Eso lo hace peligroso —respondió Hamid.
—O valioso —replicó Yusuf—. Ese, al otro lado del muro, acaba de desobedecer al suyo y de tomar la grieta. Tú quédate aquí y observa, Hamid. Si caigo, quiero que alguien recuerde lo que vio.
Abajo, Rodrigo alcanzó la grieta. La piedra estaba caliente por los impactos recientes. La argamasa se deshacía entre los dedos, seca y sin trabazón.
Los soldados de Montijo habían traído cuatro arcabuces. Rodrigo los distribuyó en abanico frente a la grieta, con Miguel y Diego cubriendo el adarve.
—Disparad a todo el que asome por encima del lienzo —ordenó.
Los arcabuces tronaron. Dos defensores que intentaban asegurar el apuntalamiento cayeron hacia el interior del muro.
Jaime descargó el primer golpe de maza. El impacto resonó entre los sillares haciendo vibrar la piedra bajo sus pies, polvo y fragmentos saltaron en todas direcciones.
Desde lo alto comenzaron a caer piedras y aceite hirviendo.
Un barril golpeó el suelo a un paso de Hernando y reventó con el estallido sordo de la madera que cede de golpe bajo el impacto.
El aceite se abrió en abanico desde el punto de impacto, hacia todas las direcciones a la vez, el líquido pesado y oscuro extendiéndose por las losas con la velocidad de algo que ha estado bajo presión y encuentra salida de golpe.
Hernando tenía la rodela alzada sobre la cabeza, resguardándose de las piedras que caían del adarve, y el aceite le buscó el brazo por debajo del borde. Le alcanzó el antebrazo izquierdo desde la muñeca hasta el codo.
El grito fue animal, arrancado por el cuerpo sin que la voluntad pudiera suprimirlo, y le siguió otro, más largo y más ronco, el que sale cuando el dolor todavía está subiendo y el cuerpo no sabe cuánto queda por llegar.
Hernando apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula y el siguiente se quedó dentro, convertido en un gemido sordo que le salía por la nariz con cada respiración.
La piel se contrajo primero y al instante se levantó en una ampolla larga que le tomaba todo el antebrazo, pálida y tensa como cuero puesto a secar demasiado rápido.
El borde de la quemadura era irregular, más oscuro donde el aceite había llegado primero y con más temperatura, más rosado donde había llegado ya enfriándose, y en el frío de la noche, del tejido dañado subía un vaho fino y acre, el calor del cuerpo escapando por donde ya no había piel que lo retuviera.
Hernando bajó los ojos al brazo y midió cuánto le quedaba útil del codo a la muñeca.
El cuerpo le dosificaba el dolor en plazos que permitían seguir de pie.
La cara no se le movía porque no podía permitirse moverse.
Lo elevó, comprobó que los dedos respondían —respondían, aunque con la rigidez nueva de los tendones que el calor había tocado por encima— y siguió sosteniendo la espada con la mano buena.
—Hernando —dijo Rodrigo.
—Funciona —respondió sin apartar los ojos del frente.
El aceite que había quedado en el suelo ardía todavía en charcos pequeños e irregulares, azul en los bordes y amarillo en el centro, y la luz que daban era insuficiente y caprichosa, iluminando las caras desde abajo con una claridad que hacía los rasgos irreconocibles.
El olor era el de la grasa animal quemada mezclado con algo más dulce y más difícil de nombrar que venía del propio brazo de Hernando y que Rodrigo reconoció sin querer reconocerlo.
Siguieron avanzando.
El calor le rozó la nuca a Rodrigo. Cada segundo aumentaba la probabilidad de que un contingente mayor descendiese sobre ellos. Pensó en el consejo de guerra, en la humillación pública, en la posibilidad de perder nombre y honra. Luego lo apartó.
Mientras Jaime descargaba golpe tras golpe, Rodrigo recargó el arcabuz sin mirar las manos. Pólvora, baqueta, pelota, cebar la cazoleta. La mecha seguía viva.
—¡Otra vez! —ordenó Rodrigo.
Jaime golpeó con furia redoblada. Un bloque se movió. Diego disparó de nuevo, cubriendo la parte superior.
Miguel recargó el arcabuz y Diego tensó otra flecha a cubierto, mientras el polvo de los sillares les caía encima.
La muralla crujió.
Un crujido hondo. Parte del lienzo cedió. La grieta se abrió lo suficiente para permitir el paso de un hombre. Montijo se apostó a un lado de la brecha con sus hombres, cubriendo el acceso desde fuera.
Rodrigo no dudó.
—¡Conmigo!
Y fue el primero en internarse en la herida de piedra.