Capítulo 1 #2
Una explosión cercana sacudió el arco bajo el que se protegían. Polvo y fragmentos descendieron sobre sus hombros.
—Señor, esto se viene abajo —dijo Miguel, y se atragantó con la última sílaba.
Rodrigo lo miró.
—Tú aguanta, Miguel. El arco no es asunto tuyo.
Desde lo alto de la muralla, unos ojos los seguían. Yusuf al-Hakim tenía la frente alta y la paciencia estratégica más alta aún, y se inclinó levemente sobre el parapeto. No le quedaba nada que perder. A su lado, Hamid ibn Faray callaba.
—¿Ordenamos hostigarles con más flechas? —preguntó Hamid en árabe.
Yusuf negó con lentitud.
—Ese no es un alférez ordinario —dijo sin apartar los ojos—. Mira cómo examina la piedra. Esperemos a ver hasta dónde llega.
Abajo, Rodrigo sintió, sin razón que pudiese nombrar, el peso de una mirada sobre la nuca. Alzó la vista. Solo vio sombras y humo.
El viento cambió de dirección y empujó el humo hacia la plazuela, envolviéndolos en una bruma acre que raspaba la garganta y cerraba los párpados por instinto. Rodrigo se cubrió la boca con el antebrazo y retrocedió dos pasos hasta quedar bajo el amparo del arco.
—No permanecerán quietos —dijo Rodrigo en voz baja—. Si han visto nuestra posición, intentarán rechazarnos para que no informemos.
—Entonces cumplamos la orden y volvamos —insistió Mateo—. No somos más que seis.
Rodrigo no contestó de inmediato. Desde la grieta en la muralla le llegaba el sonido inconfundible de madera arrastrándose sobre piedra, de martillos apresurados, de hombres reforzando la grieta a destajo. Los defensores trabajaban deprisa.
Rodrigo escuchó los martillos un instante más. Luego apartó los ojos de la grieta y los puso en sus hombres.
Diego le tocó el hombro sin darle tiempo a pronunciar palabra.
Un gesto corto, dos dedos, hacia la retaguardia.
Rodrigo giró con la espada en alto y los hombres se abrieron en abanico contra las paredes, apuntando al callejón por donde habían venido.
Mateo se plantó delante de Miguel y le empujó el cañón del arcabuz hacia abajo con la palma abierta. No dispares hasta saber a qué.
Los pasos resonaron en la calle. Firmes, regulares, sin intención de ocultarse. Un destello de acero entre la bruma, luego la silueta.
Rodrigo bajó la espada.
—Es Montijo —dijo.
Mateo no bajó la suya hasta verlo con sus propios ojos.
El capitán Alonso de Montijo emergió del humo con cuatro soldados detrás y la cara larga tiznada de hollín.
Tenía los ojos claros encendidos, la mandíbula adelantada y las manos lejos de la empuñadura, sin necesitar la espada para imponer lo que venía a decir.
Se plantó bajo el arco, miró a los cinco hombres de Rodrigo apostados contra las paredes y después la calle a sus espaldas, calculando el terreno que habían recorrido más allá de la posición asignada.
—¿Qué hacéis aún aquí, Salazar? —La pregunta cortó el aire como un filo romo—. Se os ordenó reconocer y regresar al campamento.
Rodrigo inclinó la cabeza lo justo.
—Mi capitán, hemos confirmado la grieta en el tramo oriental. Es más profunda de lo que indicaban los informes. Si se presiona ahora, podría ceder por completo.
Montijo no dijo nada de inmediato. Se acercó al borde del arco y examinó la muralla.
La grieta era visible desde allí, recta de arriba abajo por todo el lienzo.
La argamasa se desmoronaba y el apuntalamiento de los defensores asomaba por el borde superior, hecho con lo que había a mano, con la prisa de lo que no va a aguantar.
Rodrigo lo vio mirarla. Lo vio evaluar lo que tenía delante con la mirada del soldado competente que Montijo era, porque Rodrigo nunca había dudado de su competencia. Solo de su voluntad.
El silencio entre ambos fue denso, atravesado solo por el tronar sordo y lejano de las bombardas.
—Las piezas mayores están destinadas a este sector al alba —dijo Montijo al fin—. No arriesgaré hombres en un arrebato nocturno.
Arrebato. Aquella palabra le escoció. Como si su juicio militar fuese un simple capricho.
—No hablo de arrebato, señor —respondió Rodrigo sin levantar la voz—. Hablo de oportunidad. Están reforzando la grieta ahora mismo. Si esperamos hasta el alba, perderemos la ventaja que la artillería nos ha concedido.
—La ventaja la decido yo, no vos.
—La ventaja la están perdiendo ellos esta noche, mi capitán. Mañana ya no será nuestra.
Montijo cerró la boca con fuerza. Le sostuvo la mirada a Rodrigo más tiempo del necesario. Al final tragó saliva y apretó la mandíbula.
—¿Me enseñáis mi oficio? —Montijo avanzó medio paso.
—Jamás, señor. Solo cumplo con el deber de informar lo que mis ojos ven.
Ninguno de los presentes intervino. Detrás de Rodrigo, Diego seguía con los ojos en la grieta, midiendo el ritmo de los martillos al otro lado del muro. Mateo tenía la mano en la empuñadura y los dientes apretados sobre lo que no iba a decir.
Rodrigo había sido educado en la obediencia a la jerarquía. Sabía que la disciplina sostenía ejércitos y evitaba el caos. Pero también sabía, porque lo había visto en Loja y en Íllora, cuántos cuerpos se quedaban en el suelo por unos instantes de duda.
«¿Y si me equivoco?»
Montijo habló de nuevo, cortando el recuerdo.
—Retirada inmediata. No quiero más bajas inútiles esta noche.
Rodrigo asintió… y en ese mismo instante un bloque de madera fue izado sobre lo alto del muro y encajado con prisa en la grieta. El golpe seco fue inequívoco.
—Apuntalan —dijo Diego sin apartar los ojos de la grieta—. Si refuerzan el interior, mañana necesitaremos el doble de fuego para quebrarlo.
Montijo vaciló apenas un segundo. Fue suficiente.
—He dado una orden —dijo. La voz no subió. No hacía falta.
Aquella frase no dejó resquicio. Rodrigo comprendió que la decisión, si se tomaba, sería exclusivamente suya. Miró a sus hombres. Vio miedo, sí, pero también manos apretadas sobre las armas y pies orientados hacia la brecha.