Robada por los forajidos (La Hermandad Ironfang MC nº 3) CAMILLE
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CAMILLE

Llevo quince minutos de pie en su porche y todavía no he llamado.

Van ya tres veces que he levantado el puño hacia la puerta.

Tres veces que he vuelto al coche, llaves en mano, lista para irme y fingir que esto nunca pasó.

Y tres veces que me he dado la vuelta y he regresado, porque la alternativa —volver a mi apartamento vacío y pasarme el resto de la vida preguntándome «¿y si...

?»— es peor que lo que sea que me espere al otro lado de esta puerta.

El trayecto desde Reno duró una hora, pero se me hizo eterno.

Cada señal de kilómetro era una oportunidad para dar la vuelta, cada salida una ocasión para huir.

Mantuve las manos aferradas al volante y los ojos fijos en la carretera, porque mirar hacia otro lado me habría dado una excusa para escapar.

Elias vive en una pequeña casa de alquiler en una calle tranquila de Iron Creek.

No es nada lujoso: un bungaló de una sola planta con la pintura descascarada y el jardín descuidado, de esos sitios que parecen habitados pero a los que nadie dedica mucho tiempo.

Hay una moto en la entrada, negra y cromada, y una luz encendida en lo que supongo que es el salón.

Un carillón de viento cuelga del alero del porche, silencioso en el aire quieto de la tarde.

Está en casa. Está justo ahí, a unos seis metros.

Solo tengo que llamar.

Me tiembla la mano. Tiembla de verdad, como si fuera una adolescente a punto de confesar que le gusta alguien, y no una mujer de treinta y un años que ha conducido una hora para disculparse por arruinar lo mejor que le ha pasado en la vida.

Noto el pulso en las yemas de los dedos, en la garganta, en las corvas. Todos mis instintos me gritan que huya.

La voz de Eliza resuena en mi cabeza: Quizá las bromas son la fachada, y el verdadero Elias es el que te da demasiado miedo ver.

¿Y si tiene razón? ¿Y si he estado tan concentrada en protegerme que no he podido ver lo que era real? ¿Y si mis muros son el problema, y no su encanto?

Pienso en mi padre. En el momento en que decidí —a los siete años, viendo sus luces traseras desaparecer a la vuelta de la esquina— que nunca volvería a dejar que nadie me hiciera tanto daño.

Construí esos muros tan altos, tan gruesos, que nada podía atravesarlos.

Ni el rechazo, ni la decepción, ni el desamor.

Pero tampoco el amor. Ni la conexión. Ni las cosas que hacen que la vida valga la pena.

Durante veinticuatro años, esos muros me han mantenido a salvo.

Pero también me han mantenido sola. Me han mantenido en un apartamento vacío con paredes desnudas y un silencio tan denso que me presiona los tímpanos.

Me han impedido confiar, arriesgarme, creer que alguien podría querer quedarse de verdad.

Ya no quiero estar sola.

Ya no quiero estar a salvo.

Llamo.

El sonido resuena en la tarde tranquila, más fuerte de lo que debería. El corazón me late tan fuerte que lo noto en la garganta, y siento un impulso repentino y desesperado de huir: de subirme al coche e irme antes de que pueda abrir, antes de tener que enfrentarme a lo que venga después.

Pero me quedo. Planto los pies en su felpudo gastado —uno que dice VUELVE CON UNA ORDEN JUDICIAL en letras descoloridas— y me quedo.

Pasos dentro. El clic de una cerradura.

La puerta se abre.

Elias tiene un aspecto terrible. Es lo primero que pienso, y me golpea como un puñetazo en el pecho.

Tiene el pelo revuelto, como si llevara días pasándose las manos por él.

Las ojeras son tan profundas que podría perder monedas en ellas, y lleva una camiseta arrugada con la que parece haber dormido.

Más de una vez. La mandíbula ensombrecida por la barba incipiente, los hombros encorvados como si se preparara para un impacto.

Pero es su expresión lo que me atrapa. La esperanza que parpadea en su rostro, rápidamente reprimida, como si tuviera miedo de creer que de verdad estoy aquí. Como si hubiera estado esperando algo y anticipando una decepción.

Tiene exactamente el mismo aspecto que yo he tenido estos últimos cuatro días.

—¿Camille? —Su voz es áspera. Vacilante. Nada que ver con la seguridad tranquila que estoy acostumbrada a oírle. Nada que ver con el seductor encantador que se me acercó en una fiesta con una cerveza y una frase espantosa.

—¿Puedo entrar?

Se hace a un lado sin decir palabra, y entro.

El interior de su casa es exactamente lo que esperaba y nada parecido al mismo tiempo.

Está vacío, pero no con el minimalismo de mi apartamento, sino con la desnudez de alguien que no sabe cómo hacer que un espacio parezca un hogar.

Hay un sofá que ha conocido tiempos mejores, con el cuero agrietado en varios sitios.

Una mesa de centro con cercos en la madera de años de botellas de cerveza y tazas de café.

Un televisor encendido con el sonido en silencio, alguna película de acción congelada en la pantalla.

Pero en las paredes hay fotos. Del club, sobre todo: fotos de grupo, momentos espontáneos, rostros que reconozco del clubhouse.

Stellan con el brazo alrededor de un Elias mucho más joven.

Barrett con aspecto casi humano, pillado a media carcajada por algo fuera de cámara.

Kieran a la cabecera de una mesa, levantando una copa.

Y una foto enmarcada en una estantería que me hace detenerme.

Es un hombre idéntico a Elias, quizá diez años mayor.

Los mismos ojos dorados, la misma mandíbula afilada, la misma sonrisa que no llega del todo a los ojos.

Está de pie junto a una moto, con un brazo sobre el hombro de un Kieran más joven.

La moto es vieja pero impecable, el cromo reluciente bajo la luz del sol.

—Mi padre —dice Elias detrás de mí—. Es la última foto que le hicieron. Más o menos un mes antes de que muriera.

—Se parece a ti.

—Eso dice todo el mundo. —Hay algo complicado en su voz. Orgullo y dolor y algo más oscuro por debajo—. Antes pensaba que era un cumplido. Ahora ya no estoy tan seguro.

Me doy la vuelta para mirarlo. Está de pie en el umbral entre el salón y lo que parece una cocina, guardando las distancias. Como si tuviera miedo de acercarse demasiado. Como si esperara a que le diga por qué estoy aquí antes de permitirse tener esperanza.

Las palabras que ensayé en el coche se evaporan. Todo lo que planeé decir, cada explicación cuidadosamente construida, desaparece en cuanto nuestras miradas se cruzan.

Así que simplemente lo digo. En crudo, sin pulir, aterrador.

—Me equivoqué.

Las palabras salen a borbotones, antes de que pueda perder el valor—. Escuché lo que le dijiste a Marco y huí, porque eso es lo que hago. Asumo lo peor, me protejo, nunca le doy a nadie la oportunidad de explicarse antes de haber decidido ya lo que quiso decir.

—No estabas equivocada —dice en voz baja—. Sí lo convertí en una broma. Te convertí en el remate del chiste porque no sabía cómo decirle la verdad.

—Porque así es como lo afrontas. Ahora lo entiendo.

—Doy un paso hacia él, acortando la distancia entre nosotros—.

Eliza me ayudó a verlo. Las bromas son tu armadura.

Igual que mis muros son la mía. Los dos nos escondemos detrás de algo porque mostrarnos tal como somos nos parece demasiado peligroso.

No se mueve. No habla. Solo me observa con esos ojos dorados, esperando que continúe, que me vaya o que le rompa el corazón otra vez.

—Tengo muros —digo, obligándome a seguir aunque cada palabra me cuesta un mundo—.

Altos. Mi padre se fue cuando tenía siete años, y he pasado toda mi vida asegurándome de que nadie pudiera volver a hacerme daño así.

Aparto a la gente. Asumo lo peor. Huyo antes de que alguien pueda dejarme, porque al menos así controlo el final.

—Camille...

—Así que cuando te escuché bromear sobre mí, confirmó lo que esperaba. Que solo era un juego. Que seguirías adelante en cuanto ganaras el desafío. —Se me quiebra la voz, pero sigo—. Era más fácil creer eso que creer que alguien pudiera quererme de verdad. Que pudiera elegir quedarse.

—Nunca fuiste un juego —dice con fiereza, y da un paso hacia mí. La distancia entre nosotros se reduce a metros, luego a centímetros—. Ni por un segundo. Sé que hice que sonara así, y me arrepentiré de esas palabras el resto de mi vida. Pero nunca, jamás fuiste solo un desafío para mí.

—Lo sé. —Admitirlo duele, pero también es un alivio. Como soltar un peso que llevo arrastrando días—. Creo que lo supe incluso entonces. Pero tenía demasiado miedo de creerlo. Creerlo significaría dejarte entrar, y dejarte entrar significaría que podrías hacerme daño.

Estamos cerca ahora. Lo bastante cerca para ver el agotamiento grabado en su rostro, la esperanza que intenta contener desesperadamente, el miedo que es un reflejo del mío.

—Me das miedo —admito, y la vulnerabilidad de confesarlo hace que me tiemble la voz—.

No porque seas peligroso, sino porque me haces sentir cosas que no puedo controlar.

Me haces desear cosas que he pasado toda mi vida convenciéndome de que no necesito.

Y no sé cómo dejar entrar a alguien sin perderme en el proceso.

—No voy a...

—Déjame terminar. —Levanto una mano y él se detiene—. Necesito decir esto mientras aún tenga valor.

Asiente, esperando. Paciente. La misma paciencia que mostró en aquel porche, día tras día, dejando que yo marcara el ritmo.

—Lo que intento decir es... —Respiro hondo, buscando palabras que me arañan la garganta como cristales—.

Quiero intentarlo. Esto. Nosotros. Lo que sea que esto pueda llegar a ser.

Pero necesito que seas auténtico conmigo.

No la fachada encantadora. No las bromas tras las que te escondes.

No la versión de ti que muestras a los demás porque crees que es lo que quieren ver. Te necesito a ti. Al de verdad.