Capítulo 24
Capítulo Veinticuatro
E l corazón de Lucy latía con fuerza, provocándole dolor en el pecho, y los ojos le ardían porque sabía que Dax estaba sufriendo. Se notaba que aquello fue demasiado para él, que se había acostumbrado tanto a una única verdad —odiar a Jack— como para aceptar otra ahora y olvidar su ira.
Tragó saliva y se levantó, temblando.
—Será mejor que vaya tras él —susurró—. Muchas gracias por la invitación… Bueno, no fue una invitación. Gracias de todos modos. —Alzó la mano, vio las lágrimas en los ojos de Anna y la expresión resignada en el rostro de Jack. El corazón se le rompió un poco más.
—Todo mejorará —murmuró y le apretó el hombro a Anna—. De verdad. Solo necesita… procesarlo. Tiene un corazón más grande de lo que está dispuesto a admitir. —Miró con gesto de disculpa a los hermanos de Dax, en especial a Anna, antes de salir tras él.
—No es solo su asesora de relaciones públicas, ¿verdad? Es su novia —oyó decir a Anna.
Y con el «sí» de Jack, la puerta se cerró de un portazo.
Novia .
La palabra la persiguió mientras bajaba las escaleras a toda prisa, y sacudió la cabeza. No era su novia. Era… algo, pero no eso.
Abrió la verja que daba a la calle y se sorprendió al ver a Dax apoyado en su coche, esperándola.
—Sigues aquí —dijo sorprendida y corrió hacia él.
—No podía dejarte aquí tirada, ¿o sí? —respondió con brusquedad. Desvió la mirada y apretó los dientes; su rostro era el vivo retrato de unas vacaciones de verano en el infierno.
—Dax…
—No quiero hablar de ello.
Lucy tragó saliva, se retorció las manos y asintió. Luego lo abrazó con fuerza. Lo hizo porque parecía necesitar uno, y porque ella misma también lo necesitaba.
Lo rodeó con los brazos, le acarició la parte posterior de la cabeza y sintió cómo tragaba saliva, antes de hundir la nariz en el hueco de su cuello.
No dijo nada, temiendo que no hubiera nada que pudiera decir. Así que se limitó a abrazarlo con fuerza, a acariciarle el cuello con suavidad y a respirar al unísono con él. Entonces, tras lo que pareció una eternidad, Dax se apartó, respiró profundo y asintió.
—Vámonos —murmuró y se subió al coche.
El silencio en el reducido habitáculo estaba cargado de sentimientos reprimidos.
Ira. Dolor. Inquietud. No importaba que Dax no dirigiera todas esas emociones hacia ella; las sentía y se instalaban rígidas en su corazón.
Tenía la boca seca y cada una de las palabras que quería decir, morían antes de llegar a la punta de su lengua. Así que se limitó a apretar la mano de él cada vez que cambiaba de marcha. Lo besó en la mejilla cuando se detuvieron en un semáforo. En silencio, lo reconfortó.
Cuando se detuvieron frente a su apartamento menos de media hora después, supo que no iba a subir incluso antes de que abriera la boca.
—Creo que hoy prefiero estar solo, si no te importa —dijo en voz baja, mirando a través del parabrisas con obstinación.
—Claro —respondió con voz ronca—. Lo entiendo.
Sin embargo, no era capaz de decidirse a bajar, a dejarlo solo. No ahora, no cuando parecía que el peso del mundo recaía sobre sus hombros, amenazando con aplastarlo. Quería que se sintiera mejor. No, necesitaba saber que estaría mejor.
Era más importante que su próximo aliento, más importante que su propio y apesadumbrado corazón, más importante que… nada.
Se quedó allí sentada, se aclaró la garganta y rebuscó en su bolso con manos temblorosas hasta encontrar lo que buscaba: un paquete pequeño, del tamaño de su mano.
—Sé que odias los regalos, pero… bueno, no podía no regalarte nada. —Insegura, se pasó la mano por el cabello suelto e inhaló profundo—. Es una tontería y no tienes por qué aceptarlo. Solo pensé… bueno, compruébalo tú mismo.
Una sorpresa genuina cruzó su rostro al tomarlo.
—¿Me compraste un regalo?
A Lucy le ardieron las mejillas.
—Solo un detalle. A la gente normal le gusta recibir regalos. —La comisura derecha de su boca se contrajo. Fue casi imperceptible, pero lo vio de todos modos y, por un momento, se sintió tan ligera que temió que su cabeza fuera a chocar contra el techo.
Dax tomó el paquetito y rompió el envoltorio… luego se quedó mirando el objeto que tenía en la mano con la boca entreabierta.
Era una pequeña bola de cristal con un trébol de cuatro hojas sellado en su interior. Lucy escribió «trabaja duro» en ella con letras minúsculas y un rotulador Sharpie de punta fina.
—Porque no crees en la suerte, pero sí en el trabajo duro —susurró ella con nerviosismo—.
Pensé que ya era hora de sustituir tu amuleto de la suerte, los malos recuerdos de tu padre y Jack…
por el trabajo duro que has hecho estos últimos años.
—Durante unos segundos interminables, Dax no reaccionó.
Se quedó mirando el trébol y no se movió.
Pero entonces… Entonces una lenta sonrisa se extendió por su rostro. Una sonrisa que Lucy sintió en lo más profundo de su estómago y de su corazón.
Dax levantó la vista y la miró a la cara.
—Dios, Lucy, te amo.
Ella parpadeó y abrió la boca sin comprender.
—¿Qué? —Debió haber escuchado mal.
—Mierda, ¿acabo de decir eso en voz alta? —Parecía tan sorprendido como ella.
—¡Sí! —soltó con brusquedad.
—Ah.
—¿Ah? —Sus ojos se abrieron de par en par, con el corazón galopándole en la garganta—. No quiero un «ah», ¡quiero que retires lo que acabas de decir!
Él hizo una mueca.
—No puedo. Es la verdad.
— ¿Qué? —No. ¡Eso sí que no! Tenían una aventura, un rollo pasajero, no en una relación. No estaban enamorados, no lo estaban, no lo estaban…
—Lucy —dijo Dax con suavidad, acunando su rostro entre las manos—, tenemos una relación.
—¿Qué? No.
—Sí.
—¿De dónde sacaste esa estupidez?
—De Matt. De mí.
—¿Le hablaste a Matt de lo nuestro? —Abrió la boca con incredulidad.
—Él lo adivinó… y, Lucy, tiene razón. Pensaba que mi cuerpo estaba enamorado de ti, pero…
—Se rascó el cuello con incomodidad—. Mierda, es más bien que estoy completamente enamorado de ti.
Estoy bastante seguro de que te quiero, aunque no tengo con qué compararlo, pero…
, sí, creo que así es como se siente el amor.
Sus ojos se abrieron con horror.
—Sí, así es exactamente como quieres que la otra persona reaccione ante tu declaración de amor —murmuró él, encogiéndose de hombros con impotencia—. En fin, ¿qué le voy a hacer?
—¡Deja de decir esas cosas! Llevamos tres semanas acostándonos. No puedes quererme todavía.
Dax suspiró profundo.
—Dios, de verdad que hoy no estoy para discutir, pero, creo que ya estaba enamorado de ti incluso antes de acostarme contigo.
Ya sabes, eres… un desafío. Y divertida.
Y te preocupas por la gente a la que quieres.
Nunca me aburro contigo y… Sí, así son las cosas.
Me gusta todo de ti. Incluso hasta del hecho de que te enfadas demasiado rápido.
Y que das patadas mientras duermes por la noche. Y que puedes ser un incordio.
—No doy patadas mientras duermo, corro en mis sueños.
Y… y… —Se quedó sin palabras. Los ojos le ardieron, el corazón le dolía y una sensación a medio camino entre el pánico y la dicha se extendió por su interior.
Una sensación con la que no sabía qué hacer—.
No —susurró—. No puedo volverme dependiente de ti, Dax.
Él arqueó las cejas con sorpresa.
—¿Dependiente? No te volverás dependiente de mí.
La garganta y las primeras lágrimas asomaron a sus ojos.
—Pero si ya lo soy.
Esa era la cruda realidad que la velada le reveló: lo habría dado todo con tal de hacerlo feliz. Sufría cuando él sufría. Estaba enfadada con Jack porque Dax lo estaba y porque no podía soportar la idea de verlo de aquella manera.
—Mierda —susurró y se tapó la cara con las manos.
Era ridículo. Debería haberse dado cuenta incluso mucho antes.
No eran solo sus emociones las que dependían de él, ¡era toda su vida!
Y aquello venía ocurriendo desde hacía más de unas pocas semanas—.
Dax, ya soy dependiente de ti —repitió en voz baja.
»Dependiente de que te comportes para poder mantener mi trabajo.
Dependiente de que quieras guardar tu secreto y de que yo tenga que quedar como una estúpida para que te salgas con la tuya.
Durante el último año, he dependido de si tenías buen humor o de si querías molestarme.
—El nudo de su garganta creció y, por mucho que tragara, no conseguía deshacerse de él—.
Y en las últimas semanas, me has hecho depender de tu sonrisa y de tu risa.
De tu cuerpo, de tu calor, de tus miradas y de tus besos.
De que estés bien… ¡porque yo sufro cuando tú no lo estás!
—Se rio con amargura—. Me juré a mí misma que eso nunca ocurriría.
—Lucy, estás perdiendo el control —dijo Dax con firmeza, retirándole las lágrimas de las mejillas con el pulgar y mirándola directo a los ojos—. Eso no es dependencia. Eso es estar enamorado. Sé de lo que hablo, yo tengo el mismo problema.
Ella apretó los labios y sacudió la cabeza.
—Depender de otro, estar enamorado… son una misma cosa, Dax.
—No, no lo son —reafirmó él—. Toda esa mierda.
.. que hice a propósito para que te enfadaras y que estuvieras a merced de mis caprichos, lo siento, ¿de acuerdo?
¡No te imaginas cuánto, pero eso es agua pasada!
Y si lo de mantener las cosas en secreto te molesta…
—Tragó saliva y respiró profundo—. Entonces mañana iré a ver a Leslie y le diré que Jack es mi hermano.
—No —susurró ella, con nuevas lágrimas reemplazando las anteriores—. ¡No quiero eso, Dax! Porque eso significa que tú eres dependiente de mí. ¡No deberías basar tus decisiones en mí! Yo no debería basar las mías en ti…
—¡No basarlas, sino tenerlas en cuenta! —dijo él elevando la voz—. Busqué en Google qué implica tener una relación, Lucy, porque no tenía ni idea de lo que supone en realidad. Significa buscar soluciones juntos. Que tienes tu propia vida, pero que la otra persona, naturalmente…
—No —lo interrumpió de golpe, con el pánico rugiendo en su pecho y confundiéndole los pensamientos. Tenía que dejar de hablar. No quería escucharlo—. ¡No, no! No. —Se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta. Necesitaba distancia.
Amor. Estar enamorado. ¿Qué sabía Dax de esas palabras? ¿Qué sabía ella de ellas? Nada. Absolutamente nada.
—¡Lucy! —Dax la agarró de la muñeca y la miró casi suplicante—. Esta noche ha sido una mierda, pero si te vas ahora, esto será lo peor de todo. Así que, por favor, ¿no podemos hablar de ello? ¡No es el fin del mundo que quiera estar contigo!
—No es el fin del mundo. Pero es demasiado —respondió en voz baja. Y entonces soltó su mano de la de él, cerró la puerta de un portazo y corrió hacia su apartamento.
No acabaría como su padre. No era demasiado tarde.
¿Entonces por qué sentía que el corazón ya se le estaba rompiendo en mil pedazos?