Retortijones
—Ahora que ya habéis jugado un rato por grupos, ¿qué os parece si hacemos algo todos juntos? Os propongo jugar al escondite. Venga, ¿quién quiere pillar? —gritó ella con esa ilusión que siempre la caracterizaba.
— ¡¡¡Yo!!! —chilló Roberto, un niño con el pelo muy rizado que casi siempre le tapaba los ojos.
Se puso a contar y Miguel, Camila, Beti y Rita corrieron tanto como pudieron.
Al final, justo antes de que Roberto terminara de decir el número treinta, se escondieron detrás de un arbusto y se pusieron a hablar de sus cosas.
Con tanta cháchara, no se dieron cuenta de que el juego había avanzado y que ahora pillaba otro niño y aún no los había encontrado nadie. De repente, Camila les dijo:
—¡AY! ME DUELE LA BARRIGA , y siento como si tuviera mil caracoles dentro.
Beti, Rita y Miguel se miraron. ¿Qué quería decir? Rita se puso a investigar:
—¿Estás nerviosa? ¿Es porque echas de menos a tus padres?
— ¡No! SON RETORTIJONES. Después de almorzar, a veces me entran ganas de hacer caca, pero aquí no hay ningún váter y la casa está demasiado lejos. ¿Qué hago?
—Ay, Camila, pues te agachas y ya está —respondió Beti, despreocupada.
—¿Aquí? Me va a ver todo el mundo. —Camila no quería que nadie le viera el culo.
—Pues nos alejamos —propuso Rita, que se levantó y echó a caminar para perder de vista al resto de la clase y encontrar un escondite para Camila.
Al cabo de diez minutos de buscar sitios escondidos que no les terminaban de convencer, Beti dijo:
—Este es el sitio perfecto. ¡Yo haría caca aquí!
Camila puso cara de pánico: nunca había hecho caca agachada y le daba miedo mancharse. Pero no podía esperar más o se la haría encima. Decidida, les pidió:
—Iros más lejos y no me miréis.
Sus amigos se apartaron y le dieron la espalda. Ella se preparó un pañuelo de papel para limpiarse y dijo en voz baja:
—Qué complicado es esto de hacer caca agachada.
Pero fue colocarse en posición y le salió todo de golpe, de la forma más fácil del mundo, sin tener que hacer ni fuerza.
«¡Qué alivio y qué fácil que ha sido!» , pensó.
Se limpió y puso el papel sucio dentro de una bolsita de plástico que le había dado Rita mientras le decía: «Cuando acabes, lo metes aquí y lo tiras en la casa.
No podemos ensuciar el bosque con papeles».
— ¡Ya estoy! —gritó a sus amigos, que la aplaudieron por haberlo hecho tan bien.
Cuando estaban a punto de volver con los demás, Rita los miró y preguntó:
—¿Sabéis en qué dirección estaban?
—Me parece que por ahí. ¿No oís voces? —dijo Miguel, que le parecía oír algo en la lejanía.
—A mí me parece que hemos venido por el otro lado, ¿no? —Beti estaba un poco confundida.