Ríete de las bodas Capítulo 1
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Ríete de las bodas

Ríete de las bodas

Por Megan Maxwell

© inepub.com

Capítulo 1

En un precioso restaurante del centro de Madrid, Alma con su hija Natalia y su grupo de amigas de toda la vida cenan para celebrar la inminente boda de Virginia, una de las gemelas de Romina.

Allí estaban las lobas. Alma. Nuria. Estíbaliz y Romina.

Nombre que ellas se otorgaron hacía años al ser fieles seguidoras de la loba madre, que era la cantante Shakira.

Y, por tanto, sus hijas eran las lobeznas.

—Por Virginia, la primera de nuestras lobeznas que se nos casa —levantó la copa Alma.

—Y por nosotras, ¡las lobas!

—Auuuuuu —aullaron divertidas mientras brindaban.

—Y por mi piso nuevo —dijo Nuria, que se acababa de mudar de casa.

Romina, emocionada, miró a su otra hija Carolina y comenzó a llorar. Todas la miraron, pero sonrieron. Romina era la más llorona de todas. La más sentimental. Y cuando segundos después se recompuso:

—Lo sé. Soy de lágrima fácil —afirmó, al ver cómo todas se centraban en ella.

—Mamá... deja de llorar —rio Virginia.

—Es que estoy muy emocionada.

Carolina, su otra hija, sonrió.

—Pues te vas a deshidratar —cuchicheó—. Últimamente no paras de llorar.

Romina asintió con cariño. Reconoció que llevaba razón.

—¿Cómo van los vestidos para la boda, tía Alma? —preguntó Estíbaliz.

Antes de que pudiera responder, se adelantó Carolina:

—Irán bien. Tía Alma en su precioso atelier estará haciendo maravillas con ellos.

—Yo dudo todavía sobre el velo. No sé si largo, corto, mantilla ¿o qué? —intervino Leyre.

—Pregúntale a la IA —indicó Virginia.

Las más maduras la miraron. ¿Hablaba de la Inteligencia Artificial? Natalia, captando por dónde iba Virginia, apostilló:

—No la miréis así. La IA ayuda muchísimo.

—Por favorrr —musitó Nuria—. ¿En serio creéis que la inteligencia artificial sabe aconsejar mejor que Alma o yo, que nos dedicamos al mundo de las novias?

Las chicas sonrieron.

—A ver, tía Nuria —replicó Natalia—. La IA seguro que le da una buena opción.

—¿Más que tu madre o yo?

Natalia negó con la cabeza. Su madre era una excelente diseñadora de vestidos de novia.

—Más que vosotras ¡noooooo! —afirmó con seguridad.

De nuevo el grupo volvió a chocar sus copas. Estaban felices. Muy felices.

—Bueno, lobas, ¿ya habéis encontrado vuestros disfraces para la fiesta que tenéis por el aniversario del que fue vuestro colegio? —preguntó Virginia.

Alma, Estíbaliz, Nuria y Romina sonrieron.

Se celebraba el cincuenta aniversario del colegio en donde habían estudiado de niñas y habían invitado a todos los antiguos alumnos.

En cada graduación lo típico era organizar una fiesta de disfraces.

Y para esa ocasión tan señalada no podía faltar algo semejante, por lo que la organización les había pedido que asistieran con un disfraz lo más parecido posible al que habían llevado en su graduación.

—Roberto y yo iremos de caballero y dama medieval, como fuimos en su momento.

—Yo fui de hippie —se rio Alma.

—Y yo de diosa griega —dijo Estíbaliz guiñándole el ojo a su hija Leyre.

—Y yo de Pitufina —se mofó Nuria.

Las jóvenes asintieron divertidas. A ellas les encantaba divertirse.

—Me muero por ver cómo está hoy en día Marcos Luengo —señaló Romina—. Recuerdo que eran tannnn guapoooo.

—Y tan alto.

—Y tannnn unicornioooo —afirmó Nuria.

—Yo estoy deseando ver a Micaela y Genoveva y ver cómo han sufrido el paso de los años —afirmó Estíbaliz—. Recuerdo que fueron vestidas como la prota de la película Grease y todo el colegio babeó por ellas.

—¿Seguirán tan guapas? —preguntó Alma.

Durante un rato hablaron de aquella fiesta que tenían el viernes de la siguiente semana.

—No es por jorobar el momento —dijo Carolina, tras dar un trago a su bebida—, pero Pablo y yo no estamos en nuestro mejor momento, y como siga así, al final no me caso. ¡Anulo la boda! ¡Que le den! Por idiota.

—Aire y fuego, ¿qué queréis? —musitó Estíbaliz, a la que le encantaba todo lo relativo a los horóscopos.

El grupo la miró. La relación de Pablo y Carolina estaba llena de altibajos cuando Romina, mirando a su hija, indicó:

—Carolina, ¿quieres que me dé un parraque?

—Mamáááá.

—Por Dios, hija. Te he dicho mil veces que vuestra boda es algo precipitada y que creo que...

—Mamá —la interrumpió Carolina—. Yo decido mi vida, ¿entendido?

Alma, por debajo de la mesa, tomó la mano de su amiga Romina. Al igual que Virginia tenía una relación idílica con el que iba a ser su marido, Carolina no. Pablo y ella no podían ser más diferentes.

—Ufff, por Dios, ¡qué calor! —intervino Alma, para cortar aquel tenso momento. Rápidamente se dio aire con la mano y mirando a sus amigas indicó—: La puñetera menopausia y sus calores tropicales.

—Calla —afirmó Nuria—. Seis años me duró. Y tan pronto me sentía en el Polo Norte como en el Caribe.

—No me lo recuerdes —cuchicheó Estíbaliz—, que estoy como Alma. Y encima, el otro día fui a la ginecóloga y me ha mandado unas pastillitas para la vitamina D. Al parecer la tengo baja.

—Yo he comenzado a tomar las de la osteoporosis —soltó Romina.

—Para la meno, yo tomo unas pastillas naturales muy buenas que me compró mi exsuegra Emilia —indicó Alma.

Las jóvenes, al escucharlas, sonrieron.

—Reíros, que todo llega en esta vida —dijo Alma, señalándolas con el dedo—. Y cuando os llegue la menopausia, o cualquier otra cosa, que os llegará, os acordaréis de lo que estamos diciendo en estos momentos, y espero que os lo toméis tan bien como nos lo tomamos ¡las lobas!

—Auuuuuu —aullaron las cuatro amigas.

Divertidas, todas sonrieron.

—Qué bueno Barry White —dijo Nuria, refiriéndose a la música ambiental.

—¿Quién es ese? —quiso saber Carolina.

—¿Tu hija no sabe quién es Barry White? —Nuria miró a Romina sorprendida.

—Pues, por lo que veo, no.

—Por favorrrrr, Romina —resopló Nuria—. Qué pobre cultura musical les habéis dado a las niñas.

—Y mirando a Carolina, explicó—: Barry White, también conocido como el Maestro, fue un compositor, arreglista y cantante ¡increíble!

—Carolina miró a su hermana Virginia. Nuria preguntó—: Nombres como David Bowie, Etta James, Bryan Adams, Annie Lennox, Tina Turner o las Spice Girls, ¿os suenan de algo?

Las jóvenes se miraron entre sí.

—Alguno sí —musitó Leyre.

Estíbaliz, al escuchar a su hija, sonrió.

—A mí me suenan todos —afirmó Natalia—. Incluso te podría mencionar a cantantes como Tino Casal, Janet Jackson, Stevie Wonder y Phil Collins o grupos como A-ha, Spandau Ballet o Police.

—Alma sonrió, orgullosa de su hija. La música era algo que siempre le había acompañado en su vida y, por consiguiente, a su hija también; Natalia, tomando su mano, afirmó—: Tengo la gran suerte de tener una madre a la que le encanta la música, por lo que he crecido con ella, y reconozco que tengo una buena cultura musical.

Aunque, hoy por hoy, para mi madre y para vosotras tres, «la loba jefa» sea la mejor.

Las cuatro amigas se miraron y sonrieron. Adoraban a la cantante Shakira. ¡Diosa suprema y mujer empoderada!

—Siempre me ha encantado este cantante —afirmó Nuria, moviendo los hombros al ritmo de Barry White—, y lo mejor es que tengo un vecino al que le debe de gustar también, porque lo pone mucho.

—¡Mira qué bien! —afirmó Estíbaliz.

Divertidas, hablaban sobre música cuando comenzó a sonar la canción Risk It All , de Bruno Mars.

—Diosssss, estoy enamorada de esta canción —murmuró Alma.

—Es una pasada de bonita —se mostró de acuerdo Carolina, que conocía a aquel cantante.

—Cada vez que la escucho —prosiguió Alma—, el vello de todo el cuerpo se me eriza y me hace creer que el amor puede existir.

—Cree antes en los marcianos... es más sano —se mofó Nuria.

Alma tarareó la canción.

—Pero ¿tú has escuchado las cosas tan bonitas que dice la canción? —dijo, mirando a Nuria.

Nuria asintió. Al igual que Alma, entendía muy bien el inglés.

—¿Os imagináis que alguien os diga que por daros la luna aprendería a volar? —preguntó Alma, al ver que Carolina se la traducía a su madre Romina.

—Por favorrrrrr, ¿qué te han puesto a ti en la bebida? —se rio Nuria.

—Cianuro, como poco —se mofó Alma, consciente de lo que había dicho.

Todas estallaron en carcajadas. Tanto Nuria como Alma eran dos grandes escépticas en el amor. Sus pasados en aquella materia no habían sido los mejores. De pronto, a Natalia le sonó el móvil.

—Tengo dos noticias que dar —dijo.

—¡Cuenta! —gritó Estíbaliz.

—La primera. Papá ya llegó a Badajoz.

Todas resoplaron. Aquello para ellas era irrelevante. Carlos no era objeto de su devoción.

—Por mí, como si se desintegra en el camino —murmuró Nuria.

—¡Tía Nuriaaaaa! —protestó Natalia.

—Mucho viaja a Badajoz —indicó Romina—. Este tiene algo allí.

Alma sonrió. La vida de su exmarido, con el que apenas tenía relación, le importaba cero.

—¿Y la segunda noticia cuál es? —pidió Estíbaliz.

Natalia sonrió y tomó aire.

—¡Se casa Susanita! —soltó. Todas se quedaron paradas, y ella aclaró—: Susana es mi prima.

La nieta de Clara. La hermana de la yaya Emilia.

Y mamá, tú y yo estamos invitadas. —Alma, sorprendida, parpadeó por aquella noticia.

Natalia añadió en bajito—: Me lo acaba de decir papá en su mensaje.

Pero me pide que nos hagamos las sorprendidas cuando nos lo cuente la yaya Emilia, ¿vale, mamá?

—Por supuesto, corazón.

—¡Esto de las bodas es una epidemia! —exclamó Romina.

—¡Mañana mismo me pongo mascarilla! —se burló Nuria.

Estíbaliz, con gesto tosco, le dio un golpe a su amiga en el brazo.