Ridge
VEINTISÉIS
Jean Lafitte: Una figura prominente en Nueva Orleans, que inicialmente se presentaba como un hombre de negocios legítimo y corsario.
Aunque públicamente mantenía una imagen de respetabilidad, sus actividades clandestinas acabaron saliendo a la luz, revelando su verdadero papel como pirata y contrabandista.
Su doble identidad ilustra el complejo juego entre legalidad y engaño en la historia de Nueva Orleans.
Subo al coche y cierro de un portazo.
El volante de cuero está frío bajo mis palmas. La agitación me trepa por los brazos y los hombros, extendiéndose por el pecho. La presión es tan intensa que necesita una salida.
Arranco el motor y marco el número de Vin, poniendo la llamada en altavoz mientras me alejo del bordillo.
El zumbido del motor llena el silencio entre tono y tono. Contesta al segundo.
—Ridge —dice Vin.
Mantengo un tono neutro.
—¿Dónde estás?
Hay una breve pausa, de esas que me indican que está leyendo entre líneas.
—En el Orchid.
—Quédate ahí. Voy para allá.
Cuelgo antes de que pueda responder.
Bajo por Annunciation Street, las farolas deslizándose por el parabrisas mientras todo se acumula a la vez.
Mi nombre está vinculado a un cargamento de fentanilo del que no sé nada, y las medias respuestas de Tripp siguen repitiéndose en mi cabeza, más fuertes ahora que los Duvall apenas llevan unos días bajo tierra.
Que el rumor llegara a Coco me dice que viajó demasiado lejos, demasiado rápido. Alguien dejó que corriera cuando debería haberse sofocado. O peor, alguien quería que circulara.
No lo negué porque aún no conozco la verdad. Y ese es el problema. Mientras quede la menor duda, ella no puede estar cerca de mí. No lo bastante cerca como para recibir un golpe que iba dirigido a mí.
Que el rumor sea real o inventado da igual. Mi reputación se ha vuelto radiactiva de la noche a la mañana, y su seguridad está por encima de mi orgullo, mi rabia o lo que sea que esto entre nosotros esté intentando convertirse.
O alguien dentro de mi operación está moviendo producto sin mi consentimiento, cruzando una línea que mi padre y yo nunca cruzamos.
O alguien dejó que la mentira cobrara vida el tiempo suficiente para volverse útil.
En cualquier caso, el control falló donde nunca debería haber fallado. Y hasta que lo recupere, Coco se queda fuera de mi mundo. Aunque me cueste perderla.
Si alguien hubiera oído el ruido antes de que llegara a la calle, ese es Vin. No es cuestión de fe, es cuestión de oficio. Siempre ha sido el filtro, distinguiendo lo real de lo sembrado y lo que hay que contener antes de que escale. Si no lo ha oído, sabe dónde buscar para dar con la fuente.
Mi teléfono vibra contra la consola. El nombre de Gabe aparece en la pantalla.
—¿Sí? —contesto, sin apartar los ojos de la carretera.
—He estado revisando las fotos que sacó Wells —dice. Su voz es firme, pero hay algo contenido debajo.
Las fotos. Las que nunca terminaron de encajar.
—¿Y? —pregunto.
—Tienes que ver esto en persona.
Aprieto el volante.
—Dímelo y ya.
—No puedo —dice—. No sin explicarte cómo encaja todo. Quiero enseñártelo en persona.
Echo un vistazo al reloj del salpicadero. Vin puede decirme lo que la gente anda diciendo. Quizá Gabe pueda mostrarme por qué lo dicen, así que quiero ver primero lo que tiene. Todo esto tiene que estar relacionado con lo que sea que esté pasando con el cargamento de fentanilo.
—¿Dónde estás?
—En la oficina.
—Voy para allá.
Pensé que quitar a los Duvall de la ecuación significaría que las cosas se estabilizarían y volveríamos a la normalidad. Lo que sea que eso signifique. Me interesa más gestionar puertos que andar a la defensiva contra el desastre criminal de otro.
Ahora me doy cuenta de que la normalidad ya no es una opción. Ahí está mi límite. No es el fentanilo, ni el dinero, ni la reputación.
Es su seguridad.
El edificio aparece a la vista unos minutos después, de ladrillo y anodino. Aparco en el parking y apago el motor, quedándome ahí un momento para recomponerme antes de entrar.
Meto la mano bajo el asiento y cojo la Sig.
No me gusta necesitarla, pero esta noche no va de comodidad. Va de estar preparado. Me la coloco a la espalda y salgo a la noche.
Entro en el espacio de trabajo de Gabe.
Está en un rincón tranquilo del centro de operaciones, el tipo de sitio pensado para concentrarse, no para estar cómodo.
El aire huele levemente a aceite de armas y café viejo. La temperatura es unos grados más baja que en el resto del edificio, con el zumbido constante del equipo funcionando tras las paredes de ladrillo visto.
Gabe está sentado a su escritorio con la pierna protésica apoyada contra el marco, postura relajada pero atención afilada como una navaja. Tiene los ojos clavados en un monitor lleno de imágenes granuladas y anotaciones. No levanta la vista de inmediato.
Cuando por fin se gira, su expresión es neutra, puro profesionalismo. La única señal es la tensión en la mandíbula, un destello de irritación por verse arrastrado a las consecuencias de nuestro negocio.
Lo contrataron como jefe de logística, no como carcelero ni detective forense.
—Querías saber de qué van las fotos —dice Gabe. No es una pregunta. Señala la silla frente a él—. Vas a querer sentarte.
—Estoy bien —digo, sin moverme. Cruzo los brazos, más para sujetarme que para marcar distancia—. Dímelo y ya.
Gabe me observa un momento, luego asiente una vez. Se vuelve hacia la estación de trabajo, gira la pantalla hacia mí y abre una imagen, ampliándola para que la vea bien.
La reconozco de inmediato.
Vin. El hombre de la marca de nacimiento. Dos de los hombres de los Duvall. Los cuatro aparecen frente a un almacén cerca del río, pillados a mitad de conversación.
No hay armas desenfundadas, no hay tensión visible. Solo hombres hablando. El tipo de fotografía que parece inofensiva hasta que la contrastas con todos los asesinatos y el caos que ha sacudido esta ciudad en las últimas semanas.
Mi postura cambia antes de que mi mente termine de procesarlo.
—Wells me entregó estas después de tu conversación sobre Tripp —dice Gabe. Su prótesis emite un leve sonido mecánico al cambiar de posición—. Le chirriaba el momento. Las fotos no cuadraban del todo con la historia que manejábamos. Así que me pidió que rastreara su origen.
Mantengo los ojos en la pantalla.
—¿Y?
—Encontré al fotógrafo.
Eso me llama la atención, pero mantengo la expresión neutra.
—¿Aclaró algo? Vin dijo que mi padre contrató a alguien para documentar esas reuniones por si las cosas se torcían. ¿Hay algo más?
Gabe pasa a la siguiente imagen. El mismo almacén, otro día. En esta, Vin estrecha la mano del hombre de la marca de nacimiento.
—Eso es cierto —dice—. Robert lo contrató. El fotógrafo no sabía por qué, solo que tenía que vigilar este almacén concreto las veinticuatro horas.
Me giro ligeramente, con la atención agudizada. Esa distinción importa.
—Entonces, ¿cuál es la novedad? Ya sé todo esto.
—El fotógrafo no era de los nuestros —continúa Gabe—. Sin historial en este mundillo ni conexiones. Se dedica a vigilancia corporativa y trabajo industrial. Litigios de transporte. Conflictos urbanísticos. Lo contrataron porque no levantaría sospechas.
—Vale —digo—. Entonces, ¿dónde se tuerce la cosa?
Gabe exhala lentamente y muestra una tercera imagen. Otro almacén. Hombres diferentes, la misma distancia de teleobjetivo.
—El problema no son las fotos en sí —dice—. Es lo que tu padre hizo con ellas.
Espero.
—Robert no solo recopiló estas imágenes —continúa Gabe—. Las cruzó con fechas, ubicaciones y manifiestos de carga. Comparó los rostros de estas fotos con nombres que ya estaban fichados por unidades federales antidroga por tráfico de fentanilo en Estados Unidos.
Mis hombros se tensan. Fentanilo.
—No me dijo nada —digo.
—No —coincide Gabe—. No lo hizo. Aún intentaba desentrañarlo todo antes de decidir qué hacer.
Ahora muestra una línea de tiempo. Fechas alineadas con rutas de envío, llegadas a puerto y transferencias de almacén.
—Tu padre se dio cuenta de lo que estaba pasando el día antes de que lo asesinaran —dice Gabe—. Descubrió que el envío ya estaba en camino.
Un peso lento y frío se asienta en mi pecho.
—Desde Asia —digo.
—Sí. El fentanilo ya estaba en camino, previsto para pasar por la infraestructura que él controlaba. Eso significaba dos cosas. Una, tenía el poder de detenerlo. Y dos... —Hace una pausa, dejando que cale—. Cualquiera que estuviera involucrado perdería cientos de millones si lo hacía.
Me paso una mano por la boca. Las piezas encajan con una precisión nauseabunda.
—¿Y el fotógrafo? —pregunto.
Gabe vuelve a moverse, con la expresión endurecida.
—Ahí es donde la cosa se pone fea.
Muestra un conjunto final de notas.
—Alguien abordó al fotógrafo la mañana del asesinato —dice—. Quienquiera que fuese quería saber quién lo había contratado y por qué. Se asustó porque no estaba preparado para aguantar esa presión.
—Así que habló.
—Les dijo que Robert Stone lo había contratado —dice Gabe—. Les contó lo que había estado fotografiando. Les reveló que Robert había pedido cobertura adicional. Fechas concretas. Almacenes concretos.
La inevitabilidad me golpea antes de que termine la frase.
—Sabían que él sabía —digo.
—Sabían que tu padre estaba a punto de pararlo todo —dice Gabe—. Sabían que tenía pruebas. Y sabían que en cuanto actuara, el envío se iba al traste.
Suelto el aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo.
—Así que lo mataron.
—Sí.
La palabra cae como un mazazo. No es sorprendente, solo brutal en su simplicidad.
—No lo mataron para expandirse —continúa Gabe—. Lo mataron porque el envío ya estaba demasiado avanzado para echarse atrás. Había demasiado dinero en juego. Tu padre se convirtió en un obstáculo que no podían permitirse.
Muestra otra imagen. Con marca de tiempo, geolocalizada, y más cerca del puerto.
—Todavía necesitaban tiempo —dice—. Tiempo para asegurarse de que el contenedor llegara a su destino.