Ridge #3
—El negocio funciona exactamente igual que antes.
Los mismos horarios, las mismas condiciones, las mismas expectativas.
Nadie fuera de esta sala verá otra cosa que Stone Intermodal operando como siempre.
Ese es el mensaje. Nada de duelo, nada de interrupciones.
Continuidad. Lo único que ha cambiado es quién ocupa la cabecera de la mesa.
Nadie aparta la mirada.
—Me encargaré de la hija personalmente —digo—. Beau se ocupa de la logística para cogerla cuando Wells nos diga dónde y cómo. Después, estará en la cabaña hasta que Laurent esté dispuesto a hablar con franqueza.
Wells arquea una ceja, como si fuera a plantear la misma duda que yo le planteé a Vin. Ni siquiera tiene que decirlo.
—Tengo que ser yo —digo, antes de que pueda preguntar—. Boudreaux tiene que saber exactamente con quién está tratando y lo que le ha costado subestimar a esta familia. Si delego esto, el mensaje no cala igual.
Tras algo más de discusión acalorada y más ofertas para asumir distintas áreas del negocio, la reunión termina sin ceremonias.
Las sillas se apartan de la mesa y mis hermanos van hacia la puerta solos o en parejas, aunque todos se entretienen un poco, charlando de manera más informal.
Wells se detiene lo justo para encender otro cigarrillo con la colilla del anterior. Rhodes se queda un momento como si quisiera decir algo, pero parece pensárselo mejor. Keller pasa junto a mí con una sola mirada, aguda y evaluadora, que me indica que está satisfecho con lo que ha oído.
Salgo el primero.
El pasillo está en silencio, el edificio se acomoda en su ritmo nocturno, con las luces atenuadas y los teléfonos mudos.
Bajo en el ascensor y le doy las llaves al aparcacoches sin detenerme.
Cuando llego al coche, la ciudad ya se mueve a mi alrededor, indiferente y viva, el neón desangrándose sobre el ladrillo viejo de las calles del Barrio Francés.
Mi padre amaba esta ciudad porque nunca pretendió ser otra cosa que lo que era.
Conduzco con la ventanilla bajada, una mano en el volante, y dejo que el aire de la noche haga lo que el sueño no ha conseguido.
The Black Orchid aparece unas manzanas más adelante, encajado entre dos edificios anodinos, sin cartel ni cola en la puerta, el tipo de local que no necesita anunciarse porque quienes pertenecen a él ya saben dónde está.
El aparcacoches ya tiene la puerta abierta antes de que me detenga del todo.
—Buenas noches, señor Stone.
Asiento con la cabeza, pero no digo nada.
Dentro, la sala es exactamente como siempre.
Luz tenue, conversaciones en voz baja junto a las mesas, humo de puro flotando en capas sobre la barra.
Inversores, promotores, el asesor portuario al que he visto en dos audiencias municipales este año, hombres que mueven los hilos sin aparecer jamás en una fotografía.
Mi familia lleva viniendo aquí el tiempo suficiente para que el camarero me reconozca antes de que encuentre sitio. El bourbon llega apenas me siento, sin que tenga que pedirlo.
Mi padre solía sentarse tres reservados más abajo, a la izquierda, siempre en el mismo sitio, colocado de forma que veía la entrada y casi toda la sala sin parecer que miraba.
Me enseñó a leer un lugar como este: quién finge seguridad y quién la tiene de verdad, quién ya está perdiendo terreno y todavía no se ha dado cuenta.
Esta noche, algunas cabezas se vuelven a mi paso. No abiertamente, ni por mucho tiempo. Pero lo suficiente para hacerme saber que están al tanto de lo de mi padre.
Vin está al fondo de la barra, bourbon en mano, observándome como si confirmara algo que ya sabía.
Se acerca en cuanto me ve.
—El momento justo —dice.
—Mañana —respondo—. Dale a Wells esta noche para que termine de rastrear sus movimientos. Quiero una oportunidad limpia y ninguna variable que no hayamos previsto.
Vin asiente.
—Ya me lo dijo. Estará en el Indigo Blue mañana por la noche. Hay una inauguración de arte de un amigo suyo. Bastante público para que no esté en guardia, bastante discreto para que podamos actuar sin llamar la atención.
—Rocky se encarga de la aproximación —digo—. Limpio, sin marcas, sin escenas. Sale de ese bar y no vuelve a entrar. Es la única forma en que estoy dispuesto a hacerlo.
—Entendido.
—Y si se resiste —empiezo, pero me detengo a buscar las palabras adecuadas.
—No se pasa de la raya —termina Vin—. Es nuestra baza. Eso no cambia, haga lo que haga.
Levanto el vaso y doy un sorbo lento; el bourbon me calienta el estómago. Pienso en lo que supone el día de mañana. La ciudad se mueve más allá de estas paredes, y en algún lugar de ella, Laurent Boudreaux no tiene ni idea de lo que se le viene encima.
—La cabaña de Slidell —digo—. Asegúrate de que esté bien provista. Comida, ropa y todo lo que necesite para estar cómoda. Esto termina cuando se siente a negociar, ni antes ni después.
Vin alza el vaso apenas un centímetro a modo de asentimiento. No es un brindis. Solo una confirmación.