Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 56
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Capítulo 56

Willa

Q uería negarlo. Era imposible que Mara hubiera venido a Blackwell Falls sin decírmelo.

¿Verdad?

Agarré a Oscar del brazo para llamar su atención, aliviada de que la música sonara más baja en la parte trasera de la casa. —Creo que esa es Mara.

Siguió mi mirada. —Creo que tienes razón. ¿No te dijo que venía?

—No —dije—. Y creo que está metida en algo que la supera, especialmente si está aquí sola.

—Joder —dijo.

—Tengo que ir a hablar con ella —dije.

Vaciló, calculando mentalmente los seis metros que nos separarían si iba a hablar con Mara.

—Tengo que vigilar a Nagy —dijo—. Pero adelante. Te tendré vigilada. Eso sí, no salgas de la habitación.

—Vuelvo enseguida. —Crucé la habitación, pasando junto a una mujer a la que le metían los dedos untados en nata montada y otra inclinada sobre la encimera a la que se follaban por detrás.

Esperaba darme cuenta de que no era Mara después de todo, pero cuanto más me acercaba más segura estaba. Había sido mi mejor amiga desde que éramos niñas.

Era ella.

Aminoré el paso al acercarme, tratando de pensar en una forma educada de interrumpir su conversación con el Rook, y entonces pensé en la señora Giordana y sus buenos modales.

Que se joda eso.

Me acerqué a Mara sin detenerme. —¿Qué haces aquí?

Esperaba que se sorprendiera, pero cuando se volvió a mirarme vi satisfacción en sus ojos.

—Ah, hola Willa. He oído hablar mucho del baile de máscaras de Fiebre de Primavera —dijo—. Decidí venir a verlo por mí misma, ya que mi mejor amiga no quería quedar conmigo.

—Sabes que eso no es verdad —dije—. Siempre quiero quedar contigo. Es solo que...

—¿Demasiado peligroso? —Miró alrededor encogiéndose de hombros—. No me parece peligroso. Y tú estás aquí con tus Reyes, así que no debe ser peligroso en absoluto.

Arrastraba las palabras, demasiado borracha para estar en una situación como esta sola.

—Sin ánimo de ofender, Willa —dijo el Rook. Lo reconocí: un tipo bastante majo llamado Ilya—, pero creo que tu amiga ya es mayorcita para saber lo que quiere.

—Sin ánimo de ofender, Ilya, pero no tienes ni puta idea de lo que estás hablando —dije.

Levantó las manos en señal de rendición y lanzó una mirada a Oscar, que lo fulminaba con los ojos. —Voy a por una copa. —Miró a Mara—. Mara, ¿verdad? Luego te busco.

Se alejó y Mara me fulminó con la mirada. —Muchas gracias.

—Solo estoy velando por ti —dije.

—No, estás velando por ti misma —dijo, alzando la voz enfadada—. Eso es lo único que te importa ahora.

Negué con la cabeza. —Eso no es verdad. —No le había contado lo de Alexa ni lo de los Knights porque no quería preocuparla—. Solo intento protegerte.

—Tal vez no necesito que me protejas —dijo—. Tal vez solo necesito que seas mi amiga.

—Soy tu amiga —dije—. Y por eso voy a sacarte de aquí.

—Eso es imposible, porque no quiero irme —dijo, apartándose de la pared y tambaleándose hacia delante. Estaba realmente borracha—. Voy al sótano. Ahí es donde está el rollo kinky.

Sonaba absolutamente ridículo saliendo de su boca ebria.

—Sí, tú no vas a ningún lado salvo a casa conmigo. —No tenía ni idea de qué hacer con ella mientras Rock y Neo terminaban arriba, pero no pensaba dejarla así.

Le pasé el brazo por la cintura para sujetarla, pero me apartó de un empujón.

Ahora era yo la que se tambaleaba con mis tacones dorados de diez centímetros.

Oscar se abalanzó hacia mí; mi altercado con Mara lo había distraído de Laszlo Nagy. Dio dos pasos hacia delante y vi a Nagy darse la vuelta y salir de la habitación a sus espaldas.

Negué con la cabeza, intentando hacerle entender que nuestro objetivo se escapaba —Neo y Rock presumiblemente seguían arriba rebuscando en las oficinas de Nagy—, pero Oscar tenía la mirada clavada en mí, y la urgencia de su rostro dejaba claro que yo era su prioridad.

A mi lado, Mara murmuraba y me apartaba las manos de sus brazos mientras yo intentaba sacarla de la habitación.

Fue un momento de confusión: Laszlo saliendo de la habitación sin que Oscar se diera cuenta, Mara peleándose conmigo a cada paso, Oscar abriéndose camino entre la multitud de gente follando —literalmente follando— para llegar hasta mí.

Entonces, como si las cosas no pudieran empeorar, el chillido de una alarma de incendios.

Me tapé los oídos por instinto y sacudí la cabeza para intentar despejarme a pesar del sonido penetrante.

El humo había empezado a llenar la habitación desde algún punto desconocido y Mara miró a su alrededor, confundida.

Busqué a Oscar al otro lado de la habitación, pero a todos les había entrado el pánico y se empujaban y daban codazos para llegar al estrecho pasillo que llevaba a la puerta principal.

Agarré a Mara del brazo, pero se zafó y desapareció entre la neblina, demasiado borracha para entender o importarle lo que estaba pasando mientras el humo se espesaba.

Tosí mientras el humo acre se me colaba por la garganta hasta los pulmones. Estaba desesperada por encontrar a Mara y a Oscar, pero no veía nada, y un momento después sentí una ráfaga de aire frío cuando alguien abrió una puerta trasera que daba a la cocina.

La multitud me arrastró hacia ella mientras giraba la cabeza en todas direcciones, buscando desesperadamente a Mara y a Oscar, con la esperanza de que ya estuvieran fuera o yendo hacia allí, más cerca de lo que creía pero ocultos por el humo.

Pensé en todos los reportajes que había leído sobre personas pisoteadas en clubes abarrotados durante incendios.

Nunca había entendido cómo podía suceder, pero ahora la posibilidad me parecía demasiado real: la presión de los cuerpos, dolorosa y poderosa, me obligaba a avanzar en una dirección y a una velocidad que escapaban a mi control.

Me pareció una eternidad hasta que salí por la puerta trasera y el aire gélido de la noche me golpeó.

Me tambaleé hacia delante con el resto de la multitud, parpadeando para quitarme el humo de los ojos. Me nublaba la visión, me impedía distinguir los rasgos de las personas que se arremolinaban a mi alrededor presas del pánico, mientras la alarma de incendios seguía chillando.

Vi las llamas que salían por las ventanas del segundo piso y un grito ahogado brotó de mi garganta al pensar en Neo y Rock.

No , pensé. No .

Me froté los ojos, buscando entre la multitud a Oscar, a Mara y Claire, a Quinn y Erin.

Pero no vi a ninguno, y me tambaleé rodeando la casa hacia una multitud que se congregaba en la parte delantera, con la esperanza de encontrarlos allí.

Casi había llegado a la fachada cuando alguien me agarró por detrás.

Durante una fracción de segundo pensé que era uno de los Kings, pero todo estaba mal: no era el tirón de alivio de una mano que me atrajera hacia unos brazos fuertes, sino alguien que me inmovilizaba los brazos a los costados desde atrás, me levantaba del suelo, me alejaba de la multitud.

—¡No! ¡Suéltame! —gritaba, pero apenas me salía un susurro de la garganta, enronquecida por el humo.

La casa y la multitud se alejaban cada vez más mientras me arrastraban hacia atrás; todos estaban demasiado ocupados salvando sus vidas como para darse cuenta.

No podía ver el rostro de quien me llevaba, pero pensé en Emma y me pregunté si así se había sentido ella en los momentos previos a su desaparición.

Un momento después me arrojaron a la parte trasera de una furgoneta. Me lancé hacia la puerta, pero se cerró antes de que pudiera alcanzarla. Me pusieron una bolsa negra en la cabeza y sentí el pinchazo de una aguja en el cuello.

Y luego, nada.