Capítulo 55
Willa
S t. Andrew's no era lo que esperaba.
Y siendo sincera, ni yo misma sabía qué me había imaginado.
¿Quizás algo... más elegante? O tal vez había visto demasiadas películas.
En cualquier caso, habíamos llegado hasta las afueras de la ciudad en el Hummer después de guardar mis alas en la parte trasera.
Rock iba de copiloto junto a Neo mientras yo me sentaba atrás con Oscar, con la mano entre mis muslos, acariciándome la piel sensible con el pulgar hasta que tuve que apartársela de un manotazo.
Sonrió con complicidad en la penumbra del coche, como si supiera que me había puesto cachonda.
Bastardo engreído.
Si no fuera por la multitud que entraba en la vieja casa deteriorada, con los rostros enmascarados, habría pensado que Neo tenía otro recado que hacer cuando paramos delante.
Era solo una vieja casa de campo blanca, con un amplio porche que se extendía a lo largo de toda la fachada, donde se congregaba gente disfrazada sobre los suelos descascarillados.
Unas luces blancas parpadeaban en los aleros intentando disimular el abandono, pero habría apostado lo que fuera a que a la luz del día aquello tenía una pinta chunga de cojones.
Desde dentro sonaba música de club, como si aquello fuera una rave en lugar de un club sexual privado en las afueras.
—¿Esto es St. Andrew's? —pregunté.
—El único antro de este tipo en la ciudad —dijo Neo.
—Parece que ya has estado aquí antes.
Intenté que no se me notaran los celos en la voz, pero por lo visto no lo conseguí.
—¿Celosa, Jezabel? —preguntó, buscándome la mirada en el espejo retrovisor.
—Retiro la pregunta —dije, tanto porque no quería responder como porque ahora tampoco estaba segura de querer saber.
Se rio entre dientes.
Maldición. No podía ocultarles nada a estos tíos.
Oscar abrió la puerta. —Vamos, tigresa. Te ayudo con las alas.
Cinco minutos después subíamos los crujientes escalones del porche y cruzábamos una puerta abierta.
Entramos en una gran sala principal donde brillaban lámparas con bombillas rojas sobre un surtido de muebles desparejados.
En el centro de la habitación se alzaba una enorme cruz de San Andrés que casi llegaba al techo, con una morena enmascarada atada a ella y un hombre arrodillado entre sus muslos, comiéndole el coño mientras gemía.
Detrás había una fila de hombres y mujeres que esperaban su turno mientras otro tío le manoseaba las tetas.
Estaba flipando, pero para qué engañarme, también me estaba poniendo cachonda.
Parejas y grupos, algunos con disfraces escasos y otros en pelotas, se congregaban en los sofás y sillas; unos charlaban mientras otros se enrollaban o follaban como si no hubiera un montón de desconocidos pululando por allí.
—¿Bebidas? —preguntó Oscar.
—Nosotros no —dijo Neo—. Parece que Laszlo está ocupado.
Seguí su mirada hasta un hombre mayor con un torso peludo como un tonel, embutido en un diminuto slip tipo Speedo, al que una pelirroja cubierta de tatuajes le estaba haciendo una mamada.
—¿Ese es Laszlo? —pregunté.
—Ese es Laszlo —dijo Oscar.
—No pongas esa cara de sorpresa, gatita —dijo Rock—. ¿A quién esperabas, a Timothée Chalamet?
No respondí porque todo mi tiempo en Aventine había sido una gran peineta a mis expectativas.
¿Por qué iba a cambiar ahora?
—Quédate con Willa —le dijo Neo a Oscar—. Pase lo que pase.
—Como si fuera a perderla de vista en St. Andrew's —dijo Oscar.
Sabía que estaban tensos por tenerme aquí porque la posibilidad de dejarme en casa había surgido más de una vez durante la semana, pero al final los Kings habían decidido que estaba más segura con ellos, y fuera verdad o no, a mí me lo parecía, y eso era lo único que me importaba.
—No le quites ojo a Nagy —dijo Neo—. Mándanos un mensaje si se dirige a las escaleras.
Por lo visto, la oficina de Nagy estaba en el segundo piso, y el plan era que Neo y Rock la inspeccionaran mientras Oscar y yo vigilábamos a Laszlo.
—¿Y esos? —preguntó Oscar, señalando con la cabeza a uno de los hombres trajeados de oscuro que estaban al borde de la multitud.
Había dos en la sala principal, claramente gorilas, pero supuse que habría más.
—Lo mismo —dijo Neo—. Nos aseguraremos de que arriba esté despejado. Tú avísanos si hay problemas.
—Recibido —dijo Oscar, y sonrió—. Seguro que Willa y yo encontramos cómo entretenernos.
Neo me miró y vaciló, como si quisiera decir algo más.
—Hasta ahora, Jezabel —dijo finalmente.
—No hagas nada que nosotros no haríamos —dijo Rock—. Y con eso quiero decir que no hagas nada hasta que volvamos.
No tenía de qué preocuparse. Ver y oír a gente follando era excitante, desde luego, pero los Kings eran los únicos tíos que protagonizaban mis fantasías.
—Vamos a por una copa, tigresa —dijo Oscar.
—¿Y Laszlo? —pregunté.
—El bar está al otro lado de la sala. Podemos vigilarlo desde allí.
Me guio entre la multitud y observé cómo la pelirroja le acariciaba la polla a Laszlo Nagy con la mano mientras se la chupaba. Una rubia se había arrimado a él por un lado y él la besaba con avidez mientras sujetaba la cabeza de la otra en su sitio.
Llegamos a la barra y Oscar me pidió un Huckleberry Twist y un whisky doble para él.
Me pasó la copa, chocó su vaso con el mío y se lo bebió de un trago.
Me estaba volviendo para seguir la mirada de Oscar, que supuse seguía puesta en Laszlo, cuando oí la voz de Claire a mi espalda.
—No quiero parecer rara, pero reconocería ese culo en cualquier parte.
Me di la vuelta riéndome y abrí los brazos para abrazarla.
Se apartó para mirarme. —Dios mío... Los Kings se han superado de verdad. Estás jodidamente increíble.
—Gracias —respondí—. Tú también.
Su máscara de pavo real era preciosa; las plumas hacían que sus ojos avellana parecieran más azules de lo normal, y el picardías turquesa que apenas le tapaba nada dejaba a la vista sus increíbles tetas.
Miré por encima de su hombro hacia Quinn y Erin. Era evidente que habían venido como una bandada de pájaros: Quinn de cisne, vestida de blanco; Erin de cuervo, de negro.
—Estáis las dos preciosas —dije.
—Mira quién fue a hablar —dijo Erin, repasándome el disfraz con la mirada.
La mirada de Claire recorrió el cuerpo de Oscar con apreciación. —Haces que el infierno quede bien, Oscar Drago.
Viniendo de cualquier otra habría parecido un coqueteo, pero era Claire, sin más, y no me preocupaba lo más mínimo.
Él soltó una risita. —Gracias, Claire.
Volvió a centrar su atención en mí y arqueó las cejas con picardía. —¿Has bajado al sótano?
—No, ¿qué hay ahí abajo? —pregunté, sin apartar la vista de Laszlo, que acababa de correrse sobre las tetas de la pelirroja.
—Todo lo kinky —dijo Claire.
—¿Qué tipo de cosas? —le pregunté.
—Básicamente lo que te apetezca. Vamos para allá ahora. ¿Te vienes?
Eché un vistazo a Laszlo, que se levantaba del sofá al otro lado de la habitación mientras la pelirroja se limpiaba las tetas.
—Voy a quedarme un rato con Oscar —dije—. Pero luego os busco.
—Intenta encontrarme antes de que yo encuentre a Rico, porque no creo que siga en pie cuando acabe con él —dijo Claire.
Me reí. —Entendido.
Salieron de la habitación y vi cómo Laszlo se encaminaba hacia el pasillo que llevaba a la parte de atrás de la casa.
—Esa es nuestra señal —dijo Oscar, separándose de la barra.
Me cogió de la mano y seguimos a un Laszlo desnudo, con la polla bamboleándose, mientras avanzaba por el pasillo.
Por el camino pasamos junto a puertas abiertas de varias habitaciones, una a oscuras, otra con luz estroboscópica, y por todas partes gente besándose, lamiéndose, chupándose y follando.
Me sentía como si hubiera caído por una madriguera de conejo surrealista y cachondísima.
Seguimos a Nagy hasta una habitación en la parte trasera de la casa que resultó ser la cocina. Sobre una encimera grande había un surtido de comida: botes de nata montada, magdalenas, botellas de cerveza, helado derretido, pepinillos, botellas de leche y sirope de chocolate.
Las parejas se embadurnaban entre risas, lamiéndose mutuamente mientras otros miraban.
Una mujer morena estaba sentada en la isla con las piernas bien abiertas; un hombre se rociaba los dedos con nata montada y se los hundía en el coño para follársela con ellos.
Laszlo cogió una cerveza y le quitó el tapón de rosca, luego se apoyó en la encimera a mirar, aparentemente ajeno a su propia desnudez y a la barriga que le colgaba por encima de la polla.
No podía evitar pensar que a Neo y Rock les había tocado la mejor parte del trato. Vale, ellos estaban arriba husmeando en busca de información sobre las chicas desaparecidas, pero Oscar y yo estábamos aquí abajo viendo cómo Nagy se ponía cachondo con toda la gente joven y atractiva follando.
Me sentía como una mojigata, pero de repente lo de apiñarnos en el sofá con los Kings en ropa cómoda antes de una noche de sexo en grupo —solo nosotros cuatro— me parecía especialmente atractivo.
Oscar tenía la mirada clavada en Nagy, y yo me atreví a echar un vistazo por la habitación, observando lo que pasaba a mi alrededor.
Mi atención se detuvo en una mujer joven apoyada en una zona en sombras de la pared, cerca del fondo de la habitación. Uno de los Rooks se inclinaba hacia ella, deslizándole la mano por el generoso escote.
Había algo familiar en ella, y miré con más atención, intentando reconocerla detrás de su máscara de lentejuelas doradas y plumas verdes. Mi mente trató de encajar las piezas, repasando las posibilidades hasta que por fin hizo clic.
Era Mara.