Capítulo 14
Willa
S entí el pecho oprimido por los nervios mientras avanzábamos por el camino arbolado hacia la majestuosa casa que se alzaba a lo lejos.
La última vez que había estado aquí, vine sola y nerviosa por otra razón: sabía que mi plan para acceder a la biblioteca del decano Giordana dependía de que la entrega que había programado llegara en el momento exacto.
También dependía de que la viuda del decano Giordana reaccionara a la entrega como yo esperaba.
Por suerte, mi plan había funcionado, pero ahora volvía a estar en el punto de partida por culpa de haber perdido el teléfono.
Esta vez no estaba nerviosa por que me descubrieran.
Me ponía nerviosa pensar que la señora Giordana me viera y me cerrara la puerta en las narices —ya se había mostrado exasperada (¿recelosa?) cuando por fin me echó de la casa en mi última visita— o, peor aún, que no le importara lo que tuviera que decir sobre las chicas desaparecidas.
Sobre Emma.
—Sigo pensando que sería más sensato que uno de nosotros fuera contigo —dijo Oscar desde el asiento del conductor del Mercedes que Daisy nos había prestado.
Todavía no había tenido ocasión de preguntarle por su historia, pero con cada favor que nos hacía, sentía más curiosidad.
Nos había dejado un coche —no el precioso coche rojo que parecía hecho literalmente a su medida, sino un lujoso Mercedes negro— en un aparcamiento junto a uno de los senderos de Blackwell Falls.
Neo nos había llevado a recogerlo de camino a su encuentro con Hawk, dondequiera que fuese.
—Estoy de acuerdo —dijo Rock—. Aunque no te encadene en el sótano, podría intentar envenenarte el té o algo así.
—No me va a envenenar el té —dije—. Ni siquiera sabe que voy a venir. Además, ¿de qué serviría que estuvierais allí? También os enveneraría el té a vosotros.
—Ahí es donde te equivocas —dijo Rock—. Ni siquiera me gusta el té.
—No vais a venir. —Miré a Rock y luego a Oscar mientras este detenía el coche junto a un BMW frente a la casa—. Ninguno de los dos. No hablará conmigo si estáis allí.
No me molesté en decir que quizá ni siquiera me dirigiera la palabra. Era un riesgo que sabíamos que corríamos. Si la señora Giordana había sabido lo que hacía su marido, mi visita podría empeorar las cosas.
Sabría que nosotros lo sabíamos.
Incluso podría alertar a Roberto de nuestra presencia, avisarle de que habíamos vuelto a Blackwell Falls.
Aun así, seguía pensando que merecía la pena arriesgarse. Roberto probablemente sabía que acabaríamos volviendo a Blackwell Falls de todos modos, y si la señora Giordana prefería negar las actividades de su marido, no estaríamos peor de lo que ya estábamos.
—Entonces vamos a poner un límite de tiempo —dijo Oscar. Miró el salpicadero del Mercedes—. Acaban de dar las doce. Si no has salido a la una, entramos.
Suspiré.
—Bien.
No me hacía gracia la restricción —no tenía ni idea de cuánto tardaría en conseguir que la señora Giordana me escuchara—, pero sabía que solo querían protegerme.
—¡Y no bebas el té! —gritó Rock mientras yo salía del coche.
Me reí a pesar de lo seria que era la situación. Todavía llevaba puesto el caftán, y lo absurdo de verlo apretujado en el asiento trasero con aquella prenda ondeante, mientras me gritaba cosas sobre el té, disipó por un momento mi nerviosismo.
Alcé la vista hacia la majestuosa mansión mientras caminaba hacia la puerta principal. Era realmente una casa preciosa, de estilo antiguo y señorial, oculta en una finca boscosa privada gracias a la fortuna familiar de la señora Giordana.
Volví a preguntarme qué había llevado al decano Giordana a arriesgarlo todo. Estaba claro que con su esposa le había tocado la lotería. En mi última visita había quedado patente que ella había amado a su marido a pesar de las evidentes diferencias de clase social.
Había vivido en esta hermosa casa con una mujer que lo amaba y sin ninguna preocupación económica.
No tenía sentido. ¿Acaso Roberto tenía algo contra él? ¿Algo con lo que lo chantajeaba? ¿O el decano Giordana, como tantas personas, albergaba un lado oscuro que lo impulsaba a hacer daño a otros y a arriesgar todo lo que le importaba?
No tenía las respuestas. Ni siquiera estaba segura de que la señora Giordana las tuviera, pero el decano Giordana era mi única conexión con lo que Roberto había estado tramando, y estaba muerto.
Eso significaba que la señora Giordana era nuestro último recurso.
Me acerqué a la puerta tallada, encajada en la fachada de piedra añeja de la casa, y llamé al timbre.
La última vez que había estado aquí, llevaba un cuaderno en las manos, un accesorio que en aquel momento me había servido de escudo protector. Me había hecho pasar por periodista del periódico escolar y había podido escudarme tras un propósito y una identidad ficticios.
Ahora me sentía expuesta. No quedaba más remedio que decir la verdad en un momento en que la verdad resultaba cada vez más peligrosa.
Estaba levantando la mano para llamar por segunda vez cuando la puerta se abrió.
Al principio pensé que quizá fuera el ama de llaves de la señora Giordana. La mujer que había en el umbral tenía aspecto desaliñado, el cabello canoso suelto sobre los hombros en una maraña de ondas. Iba sin maquillaje, los labios pálidos y finos bajo unos ojos marrones ensombrecidos por el dolor.
Solo cuando se ajustó el holgado cárdigan beige que le colgaba del cuerpo delgado y alzó la barbilla con gesto altivo, caí en la cuenta de que era la señora Giordana.
Había envejecido diez años en los dos meses transcurridos desde la última vez que la vi, pero el destello de reconocimiento en sus ojos dejó claro que me recordaba perfectamente.
Comenzó a cerrarme la puerta en las narices con una sola palabra:
—No.
La detuve con lo único que se me ocurrió: la verdad.
—Le mentí la última vez que estuve aquí —dije atropelladamente.
Se detuvo y me miró con dureza; la resignación de su rostro se había tornado en algo parecido a la amargura.
—A menos que venga a decirme algo que no sepa ya, puede irse.
—Yo... —Busqué las palabras adecuadas, las que la convencerían de confiar en mí o, al menos, de dejarme entrar—. Quiero explicarle por qué mentí.
—¿Por qué debería importarme? —preguntó ella.
—Porque no creo que usted sea mala persona —dije—. Y…
Arqueó las cejas.
—¿Y?
—Y tampoco estoy del todo segura de que su marido fuera mala persona.
Tuve que obligarme a pronunciar la mentira. Fuera cual fuese el motivo de la decana Giordana, nadie bueno planea matar a alguien y enterrarlo en una fosa anónima en el bosque.
Durante un largo instante me preguntó si, aun así, me cerraría la puerta en las narices. Pero entonces la abrió de par en par y retrocedió hacia el recargado pero elegante vestíbulo.
—No espere que esta vez la deje a solas —dijo—. Su truquito de la entrega fue listo, pero no tanto.