Capítulo 61
Willa
M e cepillé los dientes, me froté la lengua y me di una ducha caliente. Luego me puse mis pantalones de estar por casa más suaves y una camiseta, y me metí en la cama.
Rock me había preguntado si quería que se quedara, pero realmente solo quería estar sola.
Y no solo sola. Quería estar dormida.
Y no solo dormida. Por un tiempo al menos, quería estar muerta para el mundo.
Caí en un sueño inquieto con imágenes de bosques oscuros, agua brillante y chicas muertas con el pelo enmarañado.
Cuando desperté horas después, la calidad de la luz en mi habitación había cambiado, y supe que era por la tarde.
Permanecí en la cama durante mucho tiempo mirando al techo, escuchando el zumbido bajo, casi inaudible de la casa a mi alrededor, pensando en Nikki y en lo que sus padres estarían pasando.
No lo sabía exactamente. Nunca habíamos recibido la peor de las noticias.
Mi madre podría haber estado convencida de que Emma estaba muerta, o eso había dicho, pero nunca nos habíamos enfrentado a su cuerpo maltratado.
Todavía teníamos un pequeño rayo de esperanza de que estuviera en algún lugar, viva —o al menos yo lo tenía.
Había personas que decían que eso era peor.
Personas que se lo susurraban entre ellas y algunas que incluso nos lo decían a la cara.
Pero esas eran personas que nunca habían tenido a alguien a quien amaban desaparecer de sus vidas.
Si lo hubieran experimentado, sabrían que cualquier esperanza, por dolorosa que fuera, era mejor que la finalidad de saber que nunca volverías a ver a la persona que amabas.
Los padres de Nikki se enfrentaban ahora a esa finalidad, y todo mi cuerpo dolía con ello, con el conocimiento de que yo podría haber sido responsable.
Pensé que debería llorar. Tenía sentido —me sentía absolutamente miserable, como si pudiera marchitarme y desvanecerme— pero las lágrimas no venían.
Tal vez las había gastado todas por Emma.
Tal vez nunca volvería a llorar. No lo sabía.
Todo lo que sabía era que Nikki estaba muerta, y mi mente empezó a darle vueltas a lo que eso significaba, cómo alguien –probablemente quien se había llevado a Emma y a las otras chicas– había estado lo suficientemente desesperado como para eliminar a Nikki con tal contundencia.
No habían empacado sus cosas para que pareciera que se había ido por su cuenta, y no la habían hecho desaparecer en el aire como a Emma. Quien hubiera matado a Nikki había estado lo suficientemente desesperado como para asesinarla y dejarla en el bosque con evidencia obvia de ese asesinato.
Eso significaba algo. Simplemente no sabía qué todavía.
Sonó un golpe en la puerta de mi habitación y levanté la cabeza. —Adelante.
Oscar abrió la puerta suavemente y entró llevando una bandeja. Cuando se acercó, vi que contenía un plato cubierto, una taza de té humeante, un plato con galletas pequeñas y una pila de libros.
—Rock te ha preparado algo de comida y té por si tienes hambre —dijo Oscar.
Colocó la bandeja en la mesita de noche y me entregó la taza de té, luego se sentó en el colchón junto a mis piernas.
Ahora que había pasado algo de tiempo, estaba aún más horrorizada por haber vomitado por todo el suelo de la cocina y haber dejado que los Kings lo limpiaran.
No era precisamente un final sexy para la ardiente noche que había compartido con Oscar.
Tomé un sorbo cuidadoso de té. —Hmmm...
—Jengibre —dijo Oscar—. Rock dice que calmará tu estómago.
Acuné la taza entre mis manos. —Siento lo del desastre.
Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. —No lo sientas. —Sonrió—. Neo lo limpió.
Casi escupí mi segundo sorbo de té. —¿Neo? ¿Tuviste que prometerle la sangre de mi primogénito?
Oscar negó con la cabeza. —Se ofreció él mismo.
Fruncí el ceño. —Es que... no lo entiendo.
—¿Qué no entiendes?
—A veces es tan cabrón. La mayor parte del tiempo —dije—. Realmente parece que me odia, pero luego va y hace o dice algo amable y empiezo a sentir que estoy loca.
Oscar sonrió. —No estás loca, pero Neo no te odia. Ya te lo dije.
—Claro, pero su actitud hacia mí te contradice cada día.
—Neo es simplemente... complicado. —Oscar dudó, como si estuviera eligiendo sus palabras cuidadosamente—. Ha pasado por mucho.
Roberto Alinari era un imbécil, sin duda. Tenía un vago recuerdo de haber oído que había maltratado a Neo, que el maltrato era la razón por la que la madre de Neo se había ido cuando él era pequeño, y no tenía ninguna duda de que tener a Roberto como padre no había sido un paseo.
Pero el resto de nosotros tampoco lo habíamos tenido fácil. Nadie lo tenía en nuestro mundo.
Pensé en la madre de Rock, que había muerto de cáncer, y en el hermano de Oscar, cuyo suicidio se consideraba un signo de debilidad tan grande que la familia había inventado una mentira para explicar su muerte.
—Puede unirse al club —dije—. Eso no le da excusa para ser un imbécil.
—Hay más detrás de todo esto —dijo Oscar.
—Entonces ilumíname —dije. Estaba cansada de sentirme un paso por detrás de los Kings.
—No me corresponde a mí contarlo, preciosa. —Se levantó y me besó en la cabeza—. Envíanos un mensaje si necesitas algo más.
Dejé la taza y cogí la pila de libros —tres que estaban en mi lista de deseos—. —Espera... ¿Cómo sabías que quería estos? ¿Cómo sabías siquiera que me gusta leer?
No había estado leyendo tanto desde que había llegado a Aventine, y definitivamente no delante de los Kings.
—Publicaste fotos de los libros que lees en las redes sociales —dijo como si fuera obvio—. Y los libros fueron fáciles, simplemente miré tu lista de deseos en línea.
Ya casi había salido por la puerta cuando pensé en algo más. —¿A qué hora salimos para el Orpheum?
Era sábado. Eso significaba que Neo tenía una pelea, y ya me habían dejado claro que asistiría para que los Kings pudieran vigilarme.
—No vamos —dijo Oscar—. La pelea ha sido cancelada.
Levanté las cejas. —Neo debe estar tomándoselo muy bien —dije, con la voz cargada de sarcasmo.
Oscar se encogió de hombros. —Él fue quien la canceló.