123. Hablemos de intimidad
HABLEMOS DE INTIMIDAD
Joey
—Hablemos de intimidad.
—No.
—Quiero que vuelvas al principio —dijo mi psiquiatra con calma—, a los primeros recuerdos.
—Intimidad. —La fulminé con la mirada, más que irritado. ¡La de mierda que me preguntaba la mujer! Se pasaba de castaño oscuro—. ¿Qué coño tiene que ver la intimidad con nada?
—Pues mucho —respondió, dedicándome una sonrisa reconfortante—. Empecemos por el primer recuerdo de que te abrazaran.
—¿Se refiere sexualmente hablando?
—Comencemos por lo emocional —me indicó—. ¿Recuerdas algún momento de la vida en el que tus padres te abrazaran?
—Mis padres.
Asintió con la cabeza.
—Tu madre, por ejemplo.
Me puse tenso.
—Esto es una mierda.
—Tú dime —me animó—. Hasta ahora, ¿te he llevado por mal camino?
—No —tuve que admitir a regañadientes, mientras intentaba pensar en cuando era un niño—. Me acuerdo de mi padre abrazándome.
—Centrémonos en eso, ¿vale?
—¿Y ahora qué?
—Pues ahora cuéntame qué recuerdas.
—Creo que tenía cinco o seis años —dije, esforzándome por recordar.
—Fue antes de aquella vez que nos acogieron durante seis meses. Y había marcado el gol de la victoria en un partido.
—¿Un partido de hurling?
Asentí con la cabeza.
—Estaba tan entusiasmado que me agarró y me lanzó al aire.
—Me froté la mandíbula y exhalé con dolor al recordarlo—.
Después me llevó a comprar una libra de caramelos.
—Fruncí el entrecejo y dije—: Recuerdo pensar «Si puedo seguir ganando, le tendré feliz y dejará de pegar a mi madre».
—Me encogí de hombros y añadí—: Así que seguí ganando.
—¿Funcionó?
La miré con acritud.
—¿Usted qué cree?
—Eso es muy interesante.
—¿Por?
—Porque tu mente no ha vuelto automáticamente a tu madre.
—Porque no la recuerdo abrazándome.
—Es una declaración desgarradora, Joey —dijo, escribiendo en su portapapeles.
—Era buena con Shannon —comenté, al entrarme las ganas de defenderla, aunque estuviera enterrada—. Con los niños, también.
—Pero no contigo.
Me encogí de hombros.
—Teníamos otro tipo de relación.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que no creo que me viera como a un hijo —admití con voz ronca—, sino más bien como a un compañero de equipo.
—Un compañero de equipo.
Asentí con la cabeza.
La doctora se quedó callada bastante rato antes de cambiar de tema diciendo:
—Háblame sobre la primera vez que tuviste relaciones sexuales.
—¿Por qué? —La fulminé con la mirada—. ¿Quiere algún consejo?
—¿Cuántos años tenías?
—No lo sé. Estaba en tercero cuando ocurrió. —Fruncí el ceño, me rasqué la mandíbula y me puse a recordar—. Creo que fue un par de meses antes de cumplir quince años.
—¿Crees?
Me encogí de hombros como respuesta.
—Eras muy joven.
Me encogí otra vez de hombros.
—¿Cómo te sentiste?
—No muy bien.
—¿Porque no estabas preparado?
—Porque no tenía control de mí mismo.
Arrugó la frente.
—Háblame de la chica.
—No era más que una chica del instituto. —Me recosté en la silla, me retiré el pelo de la cara e intenté concentrarme en el recuerdo—. Nos habíamos magreado…
—¿Magreado? —me interrumpió—. Lo siento, Joey, pero ¿a qué te refieres?
—A besarse —le aclaré—. Nos habíamos besado. —Me callé un momento y después añadí—: También nos metimos mano.
—Vale, entonces os metisteis mano esa chica y tú.
Asentí.
—Si estábamos en la misma fiesta o en la misma discoteca, nueve de cada diez veces terminábamos enrollándonos.
—¿Sentías algo por esa chica?
—No —admití con sinceridad—. Bueno, no es que no me gustara. La chica estaba bien. Éramos bastante amigos, pero no sentía nada de verdad por ella. No como… —Negué con la cabeza otra vez—. Simplemente… estaba ahí.
—Aoife —terminó la frase a sabiendas—. ¿No sentías nada como lo que sentías por Aoife?
—Lo que siento por Aoife —la corregí, y luego cambié de postura, incómodo—. Por aquel entonces no éramos más que amigos. Ella salía con un tío. Ya se lo he contado antes.
—Ah, sí —dijo pensativa, revisando sus notas—. El capullo de Paul, si no me equivoco.
Resoplé.
—Sí.
—Háblame de esa noche —me pidió—. Cómo fue.
—Me está pidiendo que recuerde algo que sucedió hace un millón de años.
—Hace tres años y medio, no un millón —me corrigió calmada.
—Tres años y medio —repetí y me reí.
—¿Te hace gracia?
—No, es que… —Negué con la cabeza y me reí para mis adentros cuando se me pasaron por la cabeza los recuerdos de conversaciones pasadas—. Es por algo que Aoife decía mucho.
—¿Cuándo?
—Cuando le preguntaban cuánto tiempo estuvo con su ex.
La doctora sonrió antes de devolver la atención a su extraña investigación.
—Cuéntame cómo fue la noche en la que perdiste la virginidad.
—¡Por Dios, esto es muy violento!
—Dame el gusto.
—Fue una noche de Halloween —reconocí—. La noche en la que nació Sean.
—¿2001?
—Sí.
—Por favor, continúa.
—Había una discoteca para menores en la ciudad y fui con unos cuantos chavales —le dije, recordando—. Había tenido un encontronazo con el capullo de Paul. Se estaba poniendo muy sobón con Aoife por aquel entonces.
—¿Y eso te provocaba?
—Hacía algo más que provocarme.
—Sigue.
—Me fui a tomar por culo con unos amigos, me metí una raya de coca. La verdad es que me metí un montón.
—¿Todo cocaína?
—No. —Negué con la cabeza—. Me había dado por la oxicodina en esa época.
—Las pastillas.
—Sí, pero prefería machacarlas y esnifarlas.
—Para que se liberara más rápido y de forma más intensa.
Asentí con la cabeza, moviéndome en mi asiento mientras el ansia familiar se despertaba dentro de mí.
—Bueno, estaba ido y recuerdo que la chica me llevó a un lado del edificio.
—¿Aiofe?
—No. —Negué con la cabeza—. Danielle.
—¿Y qué pasó luego, Joey?
—Pues estaba… —Fruncí el entrecejo, tratando otra vez de juntar las piezas—. Estaba besándola y entonces se puso a bajarme la cremallera para tocarme.
—¿El pene?
—No me importó —respondí, asintiendo—. Quiero decir, era agradable. Me sentía bien. Es que… fue más una sorpresa que nada.
—¿Porque te estaba tocando ahí?
—Porque en ese momento estaba ido —admití antes de añadir—: Porque ni siquiera la veía a ella en mi cabeza.
—¿A quién veías?
—A Aoife.
—Sigue, Joey —dijo después de anotar algo en un papel.
—Me tenía inmovilizado contra la pared y recuerdo intentar levantar las manos para calmar las cosas, pero… no pude moverlas. Y entonces, ella… Eh… Entonces estaba sentado en el suelo con un condón en la polla y dentro de la chica.
—Estabas dentro. —La doctora frunció el ceño—. ¿No sería más apropiado decir que ella estaba encima de ti?
Me encogí de hombros.
—Fue… una puta noche muy confusa.
—Porque no consentiste.
—Estaba empalmado.
—Tener una erección es una reacción humana a la estimulación.
—Estoy casi seguro de que también me corrí.
—La eyaculación también es una respuesta del cuerpo ante la estimulación.
—Sí, bueno. —Levanté las manos y me reí—. Regresé allí y me la follé voluntariamente un montón de veces más durante años, así que no debió de estar tan mal.
La doctora no se rio.
—Pero esa noche no fue voluntario. Y, aunque sí lo hubiera sido, estabas drogado y no eras capaz de dar tu consentimiento.
—¿Podemos dejarlo? —dije con tono de advertencia—. Ya le he oído este rollo a Shannon y no me lo trago, ¿vale? No soy una víctima. No me violaron, joder. Me coloqué y follé. Son cosas que pasan.
—¿Estás abierto a reconocer la posibilidad de que se aprovecharon de ti?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no soy una víctima.
—¿Puedo sugerir algo?
—Adelante.
—Si tu hermana te contara la misma escena, que un chico al azar de su clase en el instituto le hubiera hecho perder la virginidad de la misma manera que tú perdiste la tuya, ¿cómo reaccionarías?
Me puse tenso.
—No.
—¿Cómo te sentirías al oírlo, Joey?
—Querría matarlo.
—¿Por qué?
—¡Porque no estaría bien, maldita sea!
—Pero ¿sí está bien lo que te pasó a ti porque eres un chico?
Abrí la boca para contestar, pero no salió nada.
«Joder».
—Ya… —Negué con la cabeza y dejé escapar un gruñido—. Ya veo lo que está haciendo, doctora, y no va a funcionar.
—Te han defraudado y se han aprovechado de ti de maneras terribles —continuó—.
Entiendo por qué te niegas a considerarte una víctima y, esté yo de acuerdo o no, respeto lo que me dices, pero necesito que aceptes que lo que te sucedió no es aceptable y fue una violación grave de confianza y consentimiento.