15. Capítulo quince
Capítulo quince
A la mañana siguiente, me desperté en la cama de Noel, que me había cambiado de sitio mientras dormía.
Los pantalones del pijama, demasiado grandes, me habían abandonado en algún momento y, tras buscarlos bajo la manta, los localicé a los pies del colchón.
Me escabullí bajo la manta y una brisa me acarició los muslos al abrirse la puerta de la habitación.
Con el culo en pompa y la ropa interior a la vista, grité y corrí para enderezarme. Por supuesto, me enredé con las sábanas y, con las prisas, perdí el equilibrio. Me caí del colchón con un aullido poco varonil.
Me preparé para el impacto, pero, en lugar de estrellarme contra la alfombra, mi cuerpo chocó con carne y huesos.
Rodando con mi impulso, Noel me atrapó y se llevó la peor parte de la fuerza con la espalda.
Giró hasta que quedé boca arriba, con las piernas retorcidas en la sábana, mientras él se sentaba a horcajadas sobre mi cintura.
—Y mi primera tarea de guardián del día está completa. —Se rio a carcajadas—. Buenos días, Riley.
—Buenos días. —Mi vientre dio una voltereta cuando el peso de Noel se asentó sobre mis caderas.
—¿Y qué demonios hacías con tu precioso culo en pompa?
La imagen consiguió que me ardiera la cara y escondí las mejillas enrojecidas detrás de las manos.
—Se me han caído los pantalones.
Con la cabeza hacia atrás, se rio de nuevo con ojos brillantes.
—Bueno, me disculparía, pero no me ha molestado la vista.
Me guiñó un ojo, se levantó y me ofreció una mano para ayudarme a levantarme. La cogí. Sus palabras me confundieron, pero no se explayó y me sentí demasiado cohibido para pedirle aclaraciones.
Mientras me desenredaba de sus sábanas, Noel siguió riéndose y sacó ropa limpia de su cómoda. Sin sus pantalones de pijama, yo tenía las piernas desnudas desde los muslos hasta los dedos de los pies, y tiré del dobladillo de la camisa de Jai para cubrirme todo lo posible.
—Vamos a desayunar. —Noel me miró de pasada las piernas desnudas. Sus mejillas se enrojecieron—. Vístete.
La puerta se cerró tras él y me apresuré a obedecer.
Me puse la ropa del día anterior y dejé el pijama prestado doblado sobre la cama de Noel.
Una vez decente, salí al pasillo y me topé de bruces con Gideon.
Mi cara se estrelló contra su pecho, mi frente rebotó contra un prominente músculo pectoral y me tambaleé en un intento de recuperar el equilibrio.
Su grueso brazo me rodeó los hombros y mis manos se aferraron a su camisa desabrochada.
Mis dedos se toparon con carne cálida y sólida, y ambos gruñimos.
—Ten cuidado. —Gideon rodeó una de mis muñecas mientras mi otra palma presionaba su esternón—. ¿Estás bien?
Sin palabras, asentí con la cabeza e hice todo lo posible por no mirar su torso desnudo.
Fracasé; era imposible no quedarse boquiabierto ante sus abultados músculos.
Gruesos rizos rubios cubrían su pecho, el vello se oscurecía a medida que descendía hasta su ombligo y más allá hasta la cinturilla de sus pantalones.
Era suave contra las yemas de mis dedos, y reprimí el aterrador impulso de hundirlos en la zona más gruesa entre sus pectorales.
Era como una escultura de piedra, cincelada a la perfección.
La vergüenza rugió por mis venas para devorar las mariposas que revoloteaban en mi estómago.
Bethany había hablado de mariposas… ¡No!
No podía referirse a eso. No eran mariposas lo que sentía, sino una indigestión. Sí, solo una indigestión.
—¿Riley?
Como si me hubiera quemado, me aparté de él y agaché la cabeza.
—Lo s-siento.
—Está bien…
Pero ya caminaba a toda velocidad por el pasillo, a través del salón y hacia el baño.
Me negué a pensar en los extraños sentimientos que mis guardianes parecían inspirarme.
Probablemente tenía que ver con sus poderes angelicales.
Seguro que afectaban así a la mayoría de los humanos.
No era que… me gustaran. Eran chicos, y a mí no me gustaban —no podían gustarme— los chicos.
—Riley, ¿has terminado? —Noel llamó a la puerta del baño y yo parpadeé.
En el lavabo corría agua fría sobre mis manos, que me había enrojecido los dedos, y me salpiqué con prisa el rostro para refrescarme las mejillas acaloradas. Mantuve las manos bajo el chorro helado hasta que se me entumecieron antes de secármelas y salir del cuarto de baño.
—¡Por fin! Gracias al Creador. —Jai estaba junto a la puerta, con las botas puestas y la chaqueta de cuero doblada sobre el brazo—. Me muero de hambre. Mueve el culo.
—Deja de ser malo —lo reprendió Noel mientras se calzaba unos botines marrones. Me sonrió—. ¿Listo?
— Sip. —Tanteé las zapatillas con los dedos demasiado fríos como para que fueran funcionales.
Noel me quitó las zapatillas de la mano y siseó.
—¡Por el río Estigia! Tienes las manos heladas.
—Lo siento —murmuré.
Noel me ayudó a ponerme las zapatillas mientras Jai se apoyaba contra la pared con un gruñido impaciente. Yo debía haber dormido hasta más tarde de lo que pensaba para que él tuviera tantas ganas de desayunar.
—Pasadlo bien —dijo Gideon desde la puerta de la cocina.
—¿No vienes con nosotros? —solté, y él negó con la cabeza.
—Tengo que terminar unos papeles.
—Ah.
Mi intento de despreocupación fue patético en el mejor de los casos, mi decepción brilló a través de mí, y Noel rodeó a Gideon con el ceño fruncido.
—Deja de ser un aguafiestas. Ven con nosotros.
Jai abrió la puerta y me acompañó fuera, pero pude escuchar el resto de la discusión entre Noel y Gideon.
—Tengo papeleo para el Consejo y quiero hacer otro barrido de los Archivos…
Noel interrumpió sus excusas.
—Hazlo en otro momento. Riley apenas te ve.
Sus voces se apagaron mientras Jai me guiaba hasta el sedán plateado de Gideon y me abría la puerta del copiloto.
No quería causar problemas; no quería presionar a Gideon para que nos acompañara si prefería quedarse.
Pero, cuando apareció detrás de Noel, que salía del apartamento, el corazón se me subió a la garganta por una mezcla de culpa y felicidad.
Gideon le robó las llaves a Jai y dobló su enorme cuerpo en el asiento del conductor; Noel y Jai subieron a la parte de atrás.
Discutieron sobre la emisora de radio, inclinándose hacia delante entre los asientos delanteros para controlar el dial.
Como era de esperar, se enzarzaron en una discusión, empujándose el uno al otro en un intento de elegir la música, pero Gideon le puso fin de inmediato.
—¡Vosotros dos, basta! Riley está a cargo de la radio. Fin de la discusión. —Golpeó la mano de Jai, que aún buscaba el dial, y Noel carcajeó mientras su otro se acomodaba en el asiento, enfurruñado.
Nunca había estado a cargo de la radio. La presión para elegir el género adecuado era enorme, y miré a Jai y Noel para pedirles ayuda.
—¿Qué…?
—Nada de pedirles opinión. —Gideon aprovechó que estábamos al ralentí en un semáforo para pellizcarme la barbilla y obligarme a mirarlo—. Elige una emisora que quieras escuchar. Ellos se encargarán.
—Vale.
Gideon sonrió orgulloso y vi su hoyuelo cuando miró hacia delante y aceleró en el cruce.
Mientras conducíamos por la ciudad, pasé por las diferentes emisoras de radio, abrumado por la variedad. En su coche, la señora Janet siempre escuchaba sermones grabados y a mí nunca me dejaba tocar la radio. No reconocía la mayoría de la música, pero Jai y Noel se las sabían todas.
Noel canturreaba la letra; Jai golpeaba el compás con las piernas y luego hacía la pantomima de un complicado ritmo de batería. Había visto instrumentos musicales en su habitación, pero nunca lo había oído tocar. Quizá lo hiciera para mí si se lo pedía.
Cambié de emisora y Noel y Jai gimieron en señal de protesta.
Por supuesto, también se sabían la siguiente canción, y el concierto improvisado continuó.
Esta vez, Jai tocó una guitarra de aire y Noel cantó una extraña armonía en falsete.
Me reí, echándome hacia atrás en mi asiento mientras terminaban la canción de rock , una llamada Stairway to Heaven .
Al parecer, era un clásico, y Jai se tomó como una ofensa personal que yo no la conociera.
—Vamos a educarte, Riles —dijo mientras Gideon aparcaba el coche—. Música, cine, te tenemos cubierto.
—¡Oh, tiene que ver Star Wars ! Le encantará. —Noel aplaudió cuando salíamos del coche.
Jai enganchó un brazo alrededor de mi cuello.
— El señor de los anillos también. Y algunos clásicos de culto. Monty Python, El Resplandor , Clowns asesinos.
— The Rocky Horror Picture Show —sugirió Noel, y Jai se rio.
— James Bond —añadió Gideon, que nos abría la puerta para que entráramos en la cafetería.
—¿Qué te parece? ¿Listo para una reeducación cultural? —Jai me condujo a un reservado de la esquina y se deslizó dentro.
Noel le siguió y yo me metí a continuación.
—Hum, claro. No he visto muchas películas.
—La próxima fiesta de pijamas será un maratón de Star Wars —decidió Noel, y Jai estuvo de acuerdo. Chocaron los cinco para cerrar el trato.
—No creía que fuera posible que os pusierais de acuerdo en algo. —Gideon se apretujó en la mesa, y me tragué la risa cuando hizo una mueca por lo justo que estaba.
Jai y Noel le levantaron el dedo corazón exactamente al mismo tiempo y se me escapó una carcajada.
—Buenos días, chicos. —Una camarera de pelo canoso nos entregó los menús y sirvió café en las tres tazas que Jai, Noel y Gideon habían movido de la mesa—. ¿Tú también querías café, cariño? ¿O algo más?
Me miró expectante, y yo me encorvé en mi asiento, con la lengua trabada.
—Hum…
—¿Tienes chocolate caliente? —me rescató Gideon y, cuando la camarera, Doris, según su etiqueta, asintió, él sonrió—. Una taza de chocolate caliente con nata montada, por favor.