EPÍLOGO
Layla
Un año después
— La corte entra en sesión. —Un fuerte estruendo me sobresaltó.
Había pasado un año desde que arrestaron a mis abuelos y a mi madre.
La sentencia de mi madre fue la semana pasada.
La suya no fue tan dura como todos esperaban, cumpliría cinco años de prisión por chantaje, fraude y obstrucción a la justicia.
Sabía que la gente pensaba que la condena era demasiado indulgente, pero a pesar de su abandono, no quería que muriera en prisión.
Daniel y Maxim debieron haber movido algunas influencias para reducir su condena en prisión, aunque sinceramente, ni siquiera quería saberlo.
Ya había terminado esa parte de mi vida.
Maxim y yo seguíamos viviendo juntos. Era la mujer más feliz del mundo, y cada día con él había sido mejor que el anterior.
Ambas fundaciones prosperaban y la recompensa era invaluable.
Tantas familias militares y adolescentes con problemas habían recibido la ayuda que necesitaban y merecían.
Las fundaciones incluso fueron destacadas en la revista Time y reconocidas por varios miembros distinguidos de la realeza.
Tenía que admitirlo: la vida era buena. Esta audiencia sería la última parte del feo pasado, y luego todo quedaría atrás.
No escuché los discursos de la defensa ni de la fiscalía ni las pruebas presentadas. Suponía que aquello era más para que mi abuelo viera que no me había vencido.
El karma realmente era una perra.
Nuestras miradas se cruzaron y no vi arrepentimiento ni tristeza en la suya.
Estaba tan frío e inmóvil como siempre. Eso no le ayudaría durante la sentencia, pero pregúntenme si me importaba.
No merecía la compasión ni el corazón de nadie porque solo se aprovecharía de ello y lo drenaría hasta que no quedara nada.
En ese momento, lo único que quería era escuchar el veredicto.
Después, nunca lo volvería a ver. Ni a mi abuela.
No estaba allí, aunque no podía decir que me sorprendiera.
Como Daniel había predicho, los cargos no se mantuvieron y fue liberada solo días después de la detención inicial.
Fue a alojarse con un familiar lejano en algún lugar del Mediterráneo.
Nunca volveríamos a verla ni a saber de ella… Lo cual me parecía perfectamente bien.
—Declaramos culpable al acusado. —El veredicto se leyó en voz alta, seguido de alboroto y un millón de flashes de cámaras.
Maxim tomó mi mano, dándome un suave apretón de consuelo.
—¿Estás bien?
Sonreí ampliamente.
—Más que bien. ¿Listo?
Nos levantamos, con su brazo rodeando mi hombro, y salimos del tribunal sin mirar atrás. Mirábamos hacia adelante, hacia el futuro.
—¿Podemos hacer una parada?
—Sí.
—La antigua casa de Livy —aclaré.
Alzó una ceja, mas no dijo nada. En su lugar, abrió la puerta de su Audi. Incluso después de saber que no había estado al volante hacía tantos años, seguía sin querer conducir. Maxim lo entendió y no insistió en el tema. En su lugar, contrató a mi antiguo chofer a tiempo completo.
No pasó mucho tiempo antes de que su coche se detuviera frente a la antigua casa adosada de Livy. Esperaba que no pensara que lo que estaba a punto de hacer era totalmente cursi. Lo era, pero quería demostrarle cuánto lo amaba y lo agradecida que estaba de que me eligiera a mí.
—Bien, dame dos minutos y luego toca la puerta —le dije sonriendo.
—¿Qué estás tramando?
Me incliné y le di un beso en la mejilla.
—Ya verás.
Salí del coche y corrí hacia la casa. Luego, esperé.
Solo fueron dos minutos, ciento veinte segundos, pero el corazón me latía con fuerza.
Estaba nerviosa. Al fin y al cabo, nunca me había abierto de esta manera con nadie.
No obstante, Maxim me hizo querer darle todo.
Su paciencia y persistencia me conquistaron, una y otra vez.
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. La abrí y, como aquel primer día, me dejó sin aliento. Con las manos despreocupadamente en los bolsillos de sus pantalones, apoyó el hombro en la puerta.
—Vine a ver a Layla Cambridge —improvisó.
Sonreí.
—Me encontraste. —La voz me tembló ligeramente y el corazón se me aceleró—.
Hace un año, cuando tocaste esta puerta, casi te la cierro en la cara.
—Se rio, recordando aquel día—. Hoy, solo quiero que sepas lo contenta que estoy de que hayas persistido.
Porque al hacerlo, abriste la puerta de mi corazón, y siempre será tuyo, mientras quieras conservarlo.
—No podía leer la expresión de Maxim, pero no había tiempo para cuestionarlo.
Lo hacía por él y por mí. No importaba a dónde nos llevara el camino, merecía saber esto—.
Te amo muchísimo. Eres el único hombre para mí.
Antes de que pudiera respirar de nuevo, me agarró por la cintura y me levantó en el aire. Luego, me abrazó, con su boca sobre la mía.
—Yo también te amo. —Su voz me acarició la piel.
—Sé que no soy la persona más fácil —murmuré contra sus labios—. Gracias por no dejarme.
—Nunca. Eres mía.
—Sí, lo soy. —Mis dedos agarraron suavemente el cuello de su camisa—. Y tú eres mío.
—Siempre lo has sido y siempre lo serás. —Dios, este hombre me hacía feliz. Dio un paso atrás, con su mirada fija en mi rostro—. Tengo algo para ti.
Mis ojos recorrieron su cuerpo.
—Maxim Caldwell, no estás sugiriendo que…
Echó la cabeza hacia atrás, una risa fuerte retumbó a nuestro alrededor.
—No, mi chica pervertida. No vamos a follar aquí.
Puse los ojos en blanco de forma juguetona.
—Tenía tantas ganas de otra ronda y… —Mis palabras se congelaron justo como yo, viendo a Maxim arrodillarse y luego sacar una caja del bolsillo interior de su chaqueta—. ¿Qué estás haciendo? —Respiré, mi cerebro de alguna manera tardando en comprender la escena frente a mí.
—Layla Cambridge, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?
—Lo miré con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar sus palabras.
O quizá demasiado aterrorizada para hacerlo.
Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra.
Lo intenté de nuevo, mi voz perdida en algún lugar entre las emociones que me ahogaban la garganta—. Esperaré todo el tiempo que haga falta.
Me ardían los ojos y una oleada de emociones me invadió.
Asentí, vigorosa y alocadamente. Lágrimas de felicidad me rodaron por el rostro, dando paso a muchas más. Reí y lloré, asintiendo con la cabeza mientras la garganta se me apretaba por tantas emociones.
—¿Eso es un sí? —murmuró—. Me preocupa que estés llorando.
—Sí, Maxim —respondí con dificultad mientras las palabras finalmente salían—. Oh, Dios mío. Sí, sí, sí.
Me lancé sobre él, casi lo hice perder el balance y nos tiré a los dos por las escaleras.
—Te haré feliz, amor. —Sus palabras fueron una promesa mientras me ponía el anillo en mi dedo. Era un anillo precioso, pero no se comparaba con él. Nadie ni nada lo haría jamás.
—Ya lo hiciste —musité, con el corazón amenazándome con estallar de felicidad.
Nos llevó más tiempo llegar a casa de mi hermana y su hermano.
Como siempre, su casa era un caos. El padre y el abuelo de Maxim cuidaban de Brandon y de los trillizos. Incluso Daniel estaba allí, uno de los bebés en su regazo. Si tuviera que adivinar, era Lena, porque él no paraba de mover suavemente su rodilla. Le ayudaba con los cólicos.
—Hola, hermana —la saludé con un beso—. Te ves bien.
Se rio.
—Porque de verdad pude ducharme.
—Oh, ¿eso es todo lo que hizo falta? —bromeé.
—Bueno, eso y algo de sexo en la ducha —susurró para que nadie más pudiera escuchar.
—Eso, chica —dije, incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro—. También tuvimos un poco de sexo en el coche —añadí, sonriendo.
—¿Qué están susurrando ustedes dos? —preguntó el abuelo de Maxim y se me sonrojaron las mejillas. Por suerte, Livy también se sonrojó.
— Um , nada —respondimos ambas al unísono y estallamos en carcajadas.
Liberty se apresuró hacia su suegro para ayudar con Lily mientras yo fui a sentarme junto a Daniel.
—Hola, Daniel —lo saludé con una enorme sonrisa—. ¿Volverás a aparecer alguna vez en nuestra fundación?
Puso los ojos en blanco.
—Quizá.
—¿Quieres que cargue a Lena?
—¿Cómo sabes que es ella? —preguntó—. Todos están vestidos igual, caramba.
Me reí.
—Bueno, la estás haciendo rebotar en tu rodilla y es la única con problemas de cólicos. Y mira esta pequeña marca. —Le señalé una pequeña peca detrás del cuello—. Ella es la única que la tiene.
Parpadeó y luego me miró, sacudiendo la cabeza.
—Increíble. Eso podría haber sido un pedazo de tierra.
—Sí, porque ya está revolcándose en la tierra —bromeé mientras la levantaba—. El tío Daniel no sabe de lo que habla, ¿verdad, Lena? —le susurre.
—Este lugar es un manicomio —murmuró entre dientes.
—Pero de la mejor manera posible. —Sonreí radiante, sentándome a su lado—. ¿Verdad, cariño? —Miré a mi alrededor a la casa llena y a esta familia que se había convertido en mía. Todos ellos eran invaluables para mí.
—¿Qué es eso? —El chillido de Livy sobresaltó a todos.
Miré a mi alrededor, confundida.
—¿Qué?
Me señaló con el dedo.
—¡Eso!
Miré a Lena en mi regazo y luego a Daniel confundida. Se encogió de hombros, sin saber de qué hablaba, y luego se levantó y se dirigió a Maxim y su hermano. Probablemente, demasiada acción para su gusto.
— Ummm , un bebé —respondí con vacilación, como si fuera una pregunta capciosa—. ¿Tu bebé?
—¡En tu dedo, Layla! —chilló—. Oh, Dios mío, ¿es lo que creo que es?
Busqué a Maxim. Él sonrió, con un brillo feliz en los ojos. Se apoyó en la chimenea, charlando con su hermano y Daniel, pero su mirada estaba en mí.
—Supongo que depende de lo que pienses que es —contesté.
—¿Vamos a tener otra boda? —El abuelo Caldwell se frotó las manos, sonriendo feliz.
Acabábamos de comprometernos, aun así, ya sabía que no quería nada elaborado.
Como si hubiera leído mi mente, Maxim intervino:
—Layla aceptó ser mi esposa, pero planearemos nuestra boda a nuestro ritmo. —Pasaron varios minutos de gritos y felicitaciones de Livy y luego de los abrazos de todos, antes de que Maxim continuara—: Y no se preocupen, todos aquí estarán invitados.
Más besos y felicidad circulando. Sentí que el corazón me podía estallar de tanto amor. Esto era lo que significaba tener una familia.
FIN