Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO VEINTE #3
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CAPÍTULO VEINTE #3

Levantó las caderas, su cuerpo suplicando ser tocado. Mis manos se deslizaron bajo su vestido, subiéndolo hasta la cintura, dándome una vista completa de la pequeña tira de encaje que le cubría el coño. Le bajé las bragas por sus piernas delgadas y me las acerqué a la nariz.

Inhalando su aroma, no creía que pudiera ponerme más duro, pero claramente estaba equivocado.

—Coloca tus piernas alrededor de mi cuello. Te voy a follar con mi lengua.

El color le subió a las mejillas, su respiración se volvió dificultosa, pero al instante abrió sus piernas, invitándome a devorarla. Y oh, madre mía, joder. Estaba tan mojada que me sorprendió que no goteara sobre el asiento de cuero.

Bajé la cara a su coño empapado y al probar por primera vez a esta mujer, supe que estaba jodido.

Cerré los ojos con fuerza cuando una descarga de placer me golpeó.

Layla Cambridge en mi lengua era la mejor marca de heroína que podía drogarte tanto y matarte en el mismo momento. Había encontrado mi perdición.

Deslizando mis manos bajo su culo, la levanté más cerca de mi cara, saboreando su sabor antes de comérmela como un hombre hambriento.

Sus gemidos atravesaron la niebla en mi cerebro y levanté la vista. Tal vez era mi pequeño juguete esta noche, pero había sido mía por mucho más tiempo. Parecía una maldita diosa. Nuestras miradas se cruzaron mientras pasaba mi lengua por su clítoris y ella gritó, embistiéndome la cara.

Mi polla pesaba contra mis pantalones, suplicando estar dentro de su interior. Metí mi lengua dentro de ella, queriendo follarla y sentir cómo se venía en mi lengua. Sus manos agarraron mi cabello, atrayéndome más cerca.

—¡Oh. Dios. Mío! —Sus gritos de liberación llenaron la limusina, y no había manera de que el chofer no la hubiera escuchado ni siquiera a través del separador de cristal.

Se arqueó contra mi cara, moviendo las caderas contra mi lengua, y luego se apartó.

La seguí, mi boca se aferró a su dulce y delicioso coño.

La devoré, saboreando a esta mujer hermosa, y sabía que no había manera de que la dejaría ir, en ningún sentido de la palabra.

Su cuerpo tembló ante los últimos efectos secundarios de su orgasmo. Me senté al borde del asiento y bajé la cremallera de mi pantalón. Saqué un preservativo de mi bolsillo y luego la agarré de las caderas.

—Súbete y móntame, carajo.

Apenas me aguantaba. Necesitaba estar dentro de ella en ese instante, joder. Sin dudarlo, Layla se sentó a horcajadas sobre mí. Me quitó el condón de las manos, lo deslizó por mi longitud y luego bajó sobre mi polla de un solo movimiento.

—¡Sí, joder! —gruñí, agarrándole las caderas. Miré fijamente sus ojos detrás de esa máscara, observando el hambre salvaje en ellos, que igualaba el mío. Con una mano en su cadera, levanté la otra y agarré un puñado de su cabello para acercarla a mis labios.

—Saboréate, nena —susurré contra sus labios suaves mientras embestía con fuerza dentro de ella—. Eres jodidamente deliciosa.

Apreté mi boca contra la suya mientras me follaba la polla, sacudiendo cada maldita parte de mí, subiendo y bajando, llevándome profundo. Sus gemidos y gritos se hacían cada vez más fuertes.

Separé mi boca de la suya, con ambas manos en sus caderas. La bajé con fuerza sobre mi verga.

—Te voy a follar duro toda la noche —le avisé con aspereza—. Cada agujero. Son míos .

El sonido que se escapó de sus labios fue tan condenadamente erótico. Lujuria pura.

—¿Me dejarás follarte la boca? —Su gemido era ardiente y sucio—. Respóndeme.

La expresión en su rostro era aturdida y hambrienta.

—Sí. —Su respuesta fue un jadeo, como si suplicara por ello.

—Quiero follarte el culo. —Seguí embistiéndola, perdiendo el control por completo. Se mojó más, su coño apretándose alrededor de mi polla. Mis dedos agarraron su piel, clavándose en su precioso culo, acercándose a su entrada trasera.

Su espalda se arqueó contra mí. La expresión en su rostro era puro placer.

—¿Alguien te ha follado el culo antes, cariño? —Su cuerpo temblaba en mis brazos. Me rodeó el cuello con las manos y embistió con más fuerza.

—Nunca. —Su respuesta sin aliento me tenía todo excitado. Quería ser su primero si me lo permitía.

—¿Me dejarás? —Podía notar que estaba cerca del borde—. ¿Me dejaras follarte el culo, cariño?

—Sí, sí. —Temblaba, todo su cuerpo se retorcía mientras su rostro caía en el hueco de mi cuello.

—Mi mujer pervertida. —Le eché la cabeza hacia atrás y tragué sus gritos mientras caíamos en espiral por el abismo.

Pasaron los minutos y nuestra respiración se fue calmando poco a poco.

Intenté agarrar los pañuelos mientras mi polla se deslizaba fuera de ella y ella se movía como si fuera a bajarse de mi regazo.

—No, quédate —ordené. La limpié con los pañuelos y los tiré, junto con mi preservativo, en el bote de basura junto a la puerta. Luego, la acerqué y acaricié su cabello.

—¿Algún arrepentimiento? —le pregunté. Carajo, esperaba que no tuviera ninguno, porque yo quería más. Mas nunca la obligaría. Al carajo con esos millones. Si no sentía ni una fracción de lo que yo sentía, podía tomar el dinero y largarse.