Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Maxim

R econocí a Layla en cuanto entró a mi club. Esos suaves mechones dorados, ese tono único de rubio que había empezado a ver en mis sueños, habían captado toda mi atención. Quería enredar mis dedos en ellos y jalarlos mientras ella me chupaba la polla, mirándome bajo esas largas pestañas.

Me estaba volviendo loco.

Mientras bailábamos, me acerqué para inhalar su aroma.

Olía igual que una semana atrás cuando la besé en la parte trasera del restaurante de Daniel. Olía divinamente, como un coco helado en la playa.

Igual que aquel día, me sorprendió inclinándose más cerca de mí, su corpiño presionando contra mi pecho.

Su piel era suave y sedosa bajo mis dedos.

Bajé mi boca, apoyando mis labios en su piel desnuda, y un pequeño gemido escapó de ella.

Joder, era suficiente para que me corriera.

Nadie me había afectado nunca como Layla Cambridge.

Quería atarla a mi cama y follarla hasta hacerla olvidarse de todo.

Pero aún más, quería protegerla de su familia codiciosa. Me había mantenido alejado de ella durante la última semana. No porque quisiera. Cada día que pasaba alejado, después de probar sus labios y sentir cómo respondía a mí, era una tortura.

Consciente de la mirada de Layla sobre mí, me aseguré de no hacer mis habituales comentarios en tono de broma. No me reconoció, y me alegré por ello, aunque me molestara que tuviera ese tipo de reacción hacia alguien que creía que era un desconocido.

No esperaba verla aquí, ni en mil años, pero qué giro de los acontecimientos.

Sí, era dueño de este club con Daniel, sin embargo, no me preocupaba por la lista de invitados. Apostaría toda mi fortuna a que Daniel la puso en ella.

Casi me la perdía, porque estaba a punto de irme. Menos mal que no lo hice. Me estremecí al pensar que alguien más la tuviera esta noche.

La forma en que se comportaba, el nerviosismo que sentía, me decía que nunca había estado en una fiesta así.

Me quedaría toda la noche por ella. La haría relajarse, la iría adaptando poco a poco, y con suerte cuando se diera cuenta de que yo era el hombre detrás de la máscara, dejaría de luchar contra esa atracción entre nosotros.

Esta última semana había sido una tortura. Había empezado el día masturbándome en la ducha, pensando en ella, y terminaba el día masturbándome, pensando en ella. Como un maldito chico adolescente enamorado.

Un pequeño suspiro se escapó de su boca y no pude resistirme a bajar la mía. En el momento en que nuestros labios se encontraron, se estremeció y me tragué otro suspiro. Sabía divino, como caramelos agridulces.

—Diez minutos para que abra el escenario. —El anuncio llegó por los altavoces. Layla se tensó en mis brazos y dio un paso atrás.

— Ummm , tengo que irme.

Dio dos pasos atrás inmediatamente y me dio un leve asentimiento antes de salir corriendo. Mis ojos seguían fijos en su figura y la observaba acercarse al escenario. «Pero ¿qué demonios?»

—Oye, amigo, pensé que ya te ibas.

Miré a Daniel.

—Veo que enviaste una invitación extra. —No era que me importara. Para. Nada.

Teníamos gustos similares, aunque él a veces se aventuraba en tríos mientras que a mí no me gustaba compartir. Pero esa era la mejor parte de este club. Mientras fuera placentero para ambos participantes, o, en el caso de Daniel, para todos los participantes, no se juzgaba.

Habíamos visto cosas y sobrevivimos, aunque algunas cosas se quedaban contigo y nos hacían un poco jodidos en el dormitorio. Quizás era porque no teníamos control sobre lo que había pasado en la guerra, así que en ese momento lo anhelábamos aquí. Formaba una combinación perfecta.

La música se detuvo y las luces se atenuaron. Daniel y yo nos dirigimos a nuestra mesa en la zona acordonada con cuerdas.

—Nos estamos preparando para empezar, damas y caballeros. —El anuncio llegó y todos se dirigieron a sus mesas, ansiosos por empezar.

Nos esperaba una botella de whiskey y me serví una copa.

El escenario se iluminó y la primera chica salió.

—No está mal —murmuró Daniel, pero sabía que no le interesaba. Era guapa, aunque de una manera inocente. A los hombres les gustaría.

—Comenzará la puja por ella.

—¡Un millón! —gritó un hombre.

La chica sonrió, siguiendo con la mirada la voz del caballero que pujó por ella. Se humedeció los labios y subió un poco más su vestido, dejando más al descubierto los muslos. De acuerdo, quizá no tan inocente.

—¡Un millón cien mil! —Ofreció otro hombre.

—¡Un millón doscientos mil! —exclamó el postor original.

Una, dos veces y ya está. La chica lo había hecho bien. El club se quedaba con el diez por ciento, pero todo lo demás era de las mujeres.

—Nuestra próxima chica es un nuevo miembro —comentó el orador, atrayendo la atención del público hacia el escenario. Curioso, yo también levanté la vista y mi sonrisa se congeló. La miré mientras estaba en el escenario, brillando como una vela y haciendo imposible apartar la mirada.

—¿Qué carajos hace Layla ahí arriba? —murmuré por lo bajo.

—Yo le envié una invitación —dijo Daniel con tono arrastrado—. De nada.

Ignorándolo, recorrí sus rasgos con mi mirada, empapándome de cada curva de su cuerpo hasta que mi atención se posó en su rostro y esos labios carnosos y sonrientes. Algo tropezó en mi pecho y los músculos se me tensaron con la necesidad de gritar, “¡Mía!” a toda la sala.

—La puja…

—¡Un millón! —gritó Daniel antes de que el orador pudiera siquiera empezar.

Giré bruscamente la cabeza hacia mi amigo, con el corazón latiéndome con fuerza de manera territorial en el pecho. «Mía. Mía. Mía». Él la tendría sobre mi cadáver.

—Oh, un público entusiasta esta noche. —El orador sonrió muchísimo.

—¡Un millón y medio! —Alguien más se unió a la puja.

«Oh, ni de chiste, carajo». Me hervía la sangre mientras luchaba contra el impulso de sacarle los ojos a cada uno de esos hombres solo por verla.

—Dos millones —intervine, fulminando con la mirada a mi amigo.

Las cejas de Daniel se alzaron, pero sus siguientes palabras demostraron que no estaba disuadido de dejar de joderme.

—Tres millones.

—¿Qué demonios estás tramando? —siseé.

—Podríamos compartir. —Sonrió con arrogancia, sus ojos brillando divertidos. «¿Pero qué carajos?» La posesividad me estalló en el pecho, caliente y fea, exigiendo que le quitara la sonrisa burlona de la cara. Ni de broma la compartiría con nadie.

—No —gruñí, con la mandíbula tensa mientras luchaba contra el impulso de darle un puñetazo. Layla Cambridge sería mía y solo mía. Quería subir furioso y alejarla de las miradas lascivas que sabía que estaba atrayendo. ¿En qué carajos estaba pensando?

Me giré para mirar a Layla de pie en el escenario, envuelta en ese hermoso vestido sexy y esa máscara que le tapaba la mitad del rostro, antes de decir con calma.

—Cinco millones.

—Seis millones —continuó Daniel.

Sabía que lo hacía para provocarme y estaba funcionando. El cabrón. Pero él no sabía que estaba dispuesto a gastar cada centavo que tenía si era necesario.

—Desde la boda de tu hermano, sabía que sería tuya —replicó con sequedad—, y sabía exactamente cómo encender la chispa.

Volvió a centrar su atención en el escenario.

—¡Siete millones! —intervino alguien del público, pensando que tenían una oportunidad con ella.

—¡Ocho millones! —continuó Daniel la guerra de ofertas y mis nudillos se apretaron—. Además, nuestro club se beneficiará mucho con ella.

¡Idiota!

—Diez millones —interrumpí y se escucharon jadeos de sorpresa a mi alrededor, pero lo único que me importaba era que Layla Cambridge estaría atada a mi cama. No a la de Daniel, ni a la de nadie más. La mía.

Daniel se rio.

—Ve por tu mujer, Maxim.

Me bebí mi whiskey antes de levantarme y decir.

—Eres un imbécil.

—Ella iba a ser mi regalo para ti para que lo sepas. ¿Por qué crees que le aseguré la invitación?

Le hice una seña obscena por encima del hombro y me dirigí hacia la parte de atrás del escenario, donde Layla apareció poco después, aún con la máscara puesta, y su pecho agitado.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí. Eso fue… —Buscó una palabra—. Un poco emocionante y alocado.

Me reí.

—¿Qué? ¿No estás acostumbrada a que los hombres paguen diez millones de libras por ti?

Se mordió el labio inferior, volviéndome loco de deseo.

—No —susurró. Su tono era bajo, pero luego, como si admitiera algo vergonzoso, enderezó los hombros y levantó la barbilla—. Aunque no lo creas, nunca he hecho algo así.

—Yo tampoco —admití. Sí, era mi club, aun así, nunca había participado en las subastas—. Parece que es la primera vez para ambos.

— Hmmm .

—No te preocupes. Estoy seguro de que los dos disfrutaremos mucho de esto. —Mierda, realmente esperaba no parecer demasiado espeluznante. Me pasé la mano por el cabello, esa sensación de inseguridad era nueva para mí—. Al fin y al cabo, se trata de… placer. ¿Verdad?

¡Oh, por Dios santo, carajo!

Los ojos de Layla se entrecerraron hacia mí.

—Si no me gusta lo que sea este placer, no lo haré. ¿Está claro?

Ahí estaba. Empezaba a preocuparme que mi pequeña dinamita se hubiera ido.

—Por supuesto. —Me reí, su irritabilidad funcionando de maravilla para mí—. Pero me aseguraré de que te guste.

Sus labios se entreabrieron ligeramente, sus mejillas se sonrojaron, y tuve que usar todo mi autocontrol para no lanzarme sobre ella.

—Señor, si puede firmar esto, por favor.

—Apareció la líder de la subasta, con su atuendo de negocios adecuado para el cargo y no para este asunto atrevido.

Me dio un papel. Mientras firmaba mi copia, ella le entregó la otra a Layla—.

Y si puede firmar esta, por favor. Así se garantiza su privacidad.

Depende de ustedes dos si revelan sus identidades el uno al otro después de salir de este edificio, pero mientras estén aquí, tengan en cuenta que las máscaras permanecen puestas. Incluso durante su tiempo en privado.

—Entendido —confirmé.

—Tener puestas las máscaras es perfecto —coincidió Layla.