Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO ONCE #3
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CAPÍTULO ONCE #3

La combinación de su voz y el aire fresco de la noche hacía que todo esto resultara irreal.

Era una mujer adulta; podía reconocer que había sido demasiado dura. Culpé a mi cara de pocos amigos. Bien, bien, era más que eso. A veces era simplemente una perra. Pero cada vez más, me encontraba sin querer ser así con él.

—Necesito disculparme por lo de antes. —Podía oír cómo titubeaba mi voz, dudando que él me perdonara—. Fue presuntuoso de mi parte asumir que solo querías tomar algo para… ummm … —Realmente necesitaba escupirlo—. Me comporté como una idiota, y lo siento.

—¿Los hombres que te invitan a tomar algo con ellos suelen esperar sexo?

Su franqueza me tomó desprevenida. Me alegré de que la oscuridad nos envolviera, porque ocultaba el calor que me invadió la cara.

—Supongo. A veces se hacen una idea equivocada, pensando que me gustan.

—¿Y es así?

Debería haberle mentido. Estaba en la punta de mi lengua, pero la verdad salió a la luz en su lugar.

—Normalmente, no. —Probablemente, eso significaba que usaba a los hombres tanto como ellos me usaban a mí.

No era de extrañar que no pudiera encontrar la felicidad.

Esa canción Looking for Love in all the Wrong Places, buscando amor en todos los lugares equivocados, sonaba en mi mente, burlándose de mí.

—¿Quizá sea buena señal que te negaras a tomar algo conmigo, entonces? —La voz de Maxim era pensativa, como si estuviera resolviendo un rompecabezas—. Podría significar que te gusto al menos un poco.

A pesar de mí misma, una extraña risa burbujeó dentro de mí y escapó de mis labios.

—Supongo que puedes verlo así —respondí. Estaba más cerca de la verdad de lo que él mismo sabía.

—Entonces, ahora ¿eso es un sí o no a tomar algo?

—Simplemente puedo hacerte compañía. —Ofrecí, bajándome al suelo de mármol del balcón—. En realidad, no tengo muchas ganas de beber esta noche. —Permaneció callado, y me pregunté si quizá ya no quería mi compañía—. A menos que prefieras…

—Tener compañía me parece bien.

Casi esperaba que hiciera un chiste o se riera… Cualquier cosa . Pero se quedó en silencio, aparentemente relajado. De la forma más extraña, pensé que la oscuridad le sentaba bien.

—Gracias por la hospitalidad de hoy —dije finalmente, rompiendo el silencio.

—No hace falta que me des las gracias. Ahora somos familia. Me alegré de que todo hubiera salido bien.

— Hmmm.

Ahora se rio.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé. No he ido a muchas bodas, pero creo que la mayoría de las bodas resultan bien, supongo.

—¿Supones?

—Sí. —Me recosté apoyándome en mis manos.

—¿Parece que hay una historia ahí? —Me sonrió por encima del borde de su vaso.

—Eso es quedarse corto —murmuré, recordando la casi boda de Livy hacía tantos años.

—¿Quieres explicar más?

— Hmmm. En realidad, no —mencioné, sonriendo—. No es tan interesante. ¿Y tú? ¿Has ido a alguna boda llena de dramas?

— Hmmm .

Me reí de su respuesta.

—Eso en realidad no es una respuesta.

—Digamos que las bodas no son mi evento favorito —respondió.

—¿Por qué?

El canto de los grillos era el único sonido hasta que volvió a hablar, su timbre profundo me provocó escalofríos.

—Una boda a la que fui… El novio nunca llegó. Lo mataron, y lo encontramos la mañana del día de la boda.

Me quedé boquiabierta en su dirección.

—L-lo siento mucho. ¿Cuándo fue eso?

—Durante mi misión en el Medio Oriente. Mi amigo y su chica decidieron casarse, cansados de esperar para llegar a casa.

Tragué saliva con fuerza. Ni siquiera podía imaginar lo destrozada que debió de sentirse la mujer.

Su confesión sincera reveló un poco más del hombre bajo la máscara. Me hizo querer aliviar cualquier sentimiento doloroso que aún pudiera quedar. Y esa idea en sí misma era ridícula, porque ni siquiera podía aliviar los míos.

—Lo siento —susurré. Una parte de mí quería acercarse y tocarlo, ofrecerle consuelo. En cambio, cerré las manos en puños y las mantuve firmes—. No puedo imaginar lo difícil que debió de ser.

—Sobrevives, de una forma u otra —musitó. Estaba segura de que tenía razón, pero la culpa era difícil de sacudirse—. En otra boda, yo era el padrino y el novio acabó teniendo un infarto durante la ceremonia.

—Jesús —murmuré—. ¿Quizá ya no deberías ir a bodas?

—Creo que tienes razón. —Podía oír una sonrisa en su voz, y el pecho se me retorció con una emoción extraña—. ¿Has estado casada alguna vez, Layla?

Me burlé de eso.

—Dios, no.

—¿Por qué no? —Había una leve curiosidad en su voz.

—No lo sé. Supongo que simplemente nunca pasó —respondí con sinceridad—. ¿Y tú?

—No

—¿Alguna vez quisiste? —No sé por qué pregunté eso.

—En algún momento, sí. —Aunque me sorprendió que respondiera, en ese momento recé para que no me hiciera la misma pregunta—. Pero después de unas cuantas misiones, ya no parecía tan relevante.

Fruncí el ceño ante la extraña explicación. ¿Qué había pasado para que se volviera tan cínico?

Permanecimos sentados en nuestros respectivos balcones, envueltos en la oscuridad, el silencio a nuestro alrededor denso. Después de tantas semanas, meses , incluso, de caos, era reconfortante.